Capítulo veintiséis #3
Esconder la única ganzúa había sido una proeza agónica. A regañadientes, Knox me había atiborrado de antibióticos y analgésicos antes de coser la ganzúa entre los puntos que en ese momento mantenían cerrada la herida.
Un poco de dolor, mucha ganancia y libertad para moverse.
—¿Qué has hecho? —Gracie se quedó mirando el desastre en mi costado, con la voz débil y los ojos atormentados—. Esa herida es un desastre. ¡La estás haciendo sangrar aún más!
Cierto. Todo ese hurgar había irritado la lesión de mala manera.
Estaba aún más hinchada que antes y supuraba sangre y otras cosas en las que prefería no pensar.
Mi pequeño encontronazo con los secuaces de Martin me había reventado algunos puntos, pero por ahora, mientras no perdiera demasiada sangre, podía seguir adelante.
—Parece peor de lo que es. —Ahí estaba. Agarré el pasador metálico con la punta de los dedos y lo saqué, mordiéndome el labio para contener un gemido. Me coloqué el vendaje, me bajé la camiseta y me obligué a respirar hondo varias veces para que dejara de darme vueltas la cabeza.
—Oh, Seb. —Con los ojos brillándole en la oscuridad, Gracie me acarició la mejilla con ternura, refrescándome la cara sudorosa.
—Estaré bien. —Aparté el dolor, forcé las manos a quedarse quietas y limpié la sangre del pasador—. Déjame ver esas esposas.
Cogí el móvil de las manos de Gracie, lo apoyé en una viga metálica horizontal y lo orienté hacia mi regazo. Gracie se mordió los labios, se arrodilló y puso las manos delante de mí.
—Tienes las muñecas magulladas, así que esto podría doler, pero lo haré rápido —dije—. ¿De acuerdo?
Asintió sin apartar los ojos de mi cara. Introduje el pasador en la cerradura, lo moví un poco y voilà, las esposas se abrieron con un clic.
Gracie se liberó las manos y, masajeándose las muñecas, me dedicó una pequeña sonrisa torcida.
—Nada mal para un viejo Delta imprudente con un agujero en el costado.
—Ni viejo ni imprudente, jovencita —le devolví la sonrisa—. En cuanto al agujero, viene con el territorio.
Dejé a un lado el odioso hierro y me puse manos a la obra. Arranqué la chaqueta del matón muerto más cercano, le desanudé la fea corbata y le desabroché la camisa negra de vestir.
—¿Qué haces? —preguntó Gracie, ayudándome a quitarle la camisa al tango muerto.
—Conseguirte algo que ponerte. Si no te tapo esos encantos cuanto antes, este rescate va a acabar en algo más que un rescate. ¿Me sigues?
No era mi mejor chiste, pero logró que Gracie sonriera de nuevo y eso era todo lo que necesitaba.
La sostuve mientras se levantaba con una mueca que me quemó las entrañas y agravó el escozor en mi costado.
Se puso la camisa, se la abotonó rápidamente y se dobló las mangas.
Le quedaba enorme. Le llegaba casi hasta las rodillas, pero lo tapaba todo, así que cumplía su función.
—Ahora tú —susurró—. Déjame el cuchillo que te guardaste.
Le entregué la hoja. Rasgó las costuras de las mangas de la chaqueta barata que le habíamos quitado al matón muerto. Después de anudar las mangas entre sí, recogió la fea corbata del suelo, la dobló varias veces, se levantó y la presionó con cuidado sobre mi herida.
—Sujeta esto.
Procurando no hacerme daño, colocó las mangas unidas sobre la corbata doblada, las apretó alrededor de mi torso y las anudó a mi espalda, reforzando el vendaje empapado y presionando la herida.
—Medida provisional —se limpió las manos en la camisa y me devolvió el cuchillo—. Me gustaría mantener tu sangre dentro de ti.
—Me gusta esa idea. —Guardé el cuchillo y planté otro beso en su frente, ansiando más de ella, siempre más.
—¿Qué sigue? —preguntó.
—Ahora esperamos nuestro transporte.
—¿Nuestro transporte? —Se echó hacia atrás y me miró—. ¿Cómo nos encontrarán?
Me di palmaditas en el costado y arqueé las cejas.
—GPS.
Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Su mirada incrédula iba de mi herida a mi cara.
—Por favor, no me digas que, además de coserte un pasador metálico en la herida, también te metiste un chip GPS ahí dentro.
—De acuerdo. —Me dirigí hacia la puerta y me asomé para inspeccionar la salida—. No te lo diré.
—¡Seb!
La ira en su susurro gritado me hizo volverme. Me di la vuelta y me encontré con el horror grabado en su cara.
—¿Qué pasa?
—¡No puedes usar tu herida como un bolsillo para guardar tus cachivaches!
Me encogí de hombros, desconcertado por su furia.
—Pensé que era una idea ingeniosa.
—¡Una idea ingeniosa y dolorosa que podría matarte! —El miedo brilló en sus ojos—. Estás loco. ¿Lo sabes? La locura debe ser un requisito para ser operador especial.
—Fue un riesgo calculado y salió bien.
—Riesgo calculado, ¡y una mierda! —resopló—. ¿Cuándo llegará tu dichoso transporte?
—Pronto —eso esperaba, pero antes teníamos que sobrevivir —miré el reloj del móvil e hice un cálculo mental— veintiún minutos, asegurándonos además de que el yate no acelerara y alcanzara aguas internacionales.
Quité el seguro de mi 9 mm prestada y, sujetándola con la mano derecha, alargué la otra para tomar los dedos fríos de Gracie.
—Vamos.
Iba a ser por los pelos.