Capítulo veintiséis #2
El silencio fue la única respuesta.
—¿Sebastian? —probé el pomo, pero no cedió—. ¿Estás ahí?
Nada.
Un tropel de pasos anunció que alguien bajaba las escaleras.
Oh, Dios. Me acurruqué con la espalda contra la pequeña puerta, intentando hacerme lo más pequeña posible.
La puerta de cristal comenzó a girar sobre sus bisagras.
Vislumbré la mano que empujaba el pomo. Estaba atrapada, no tenía adónde huir.
La puerta achaparrada a mi espalda cedió. Caí hacia atrás. Un par de brazos fuertes me atraparon y me arrastraron al interior. Al mismo tiempo, una mano me tapó la boca, impidiéndome gritar. La pequeña puerta se cerró de nuevo y la oscuridad me envolvió.
—Silencio —un susurro íntimo me acarició el oído—. Estoy aquí.
***
Sebastian
Me aferré a Gracie, dando gracias a todos los dioses de todas las religiones por encontrarla viva. Se desplomó contra mí, temblando, luego logró darse la vuelta con las piernas temblorosas y apretó su cuerpo contra el mío. La rodeé con los brazos y la estreché.
—Shhh —le acaricié el pelo y le besé la frente. Recordando las marcas que había visto en su espalda, tuve cuidado de no presionarla ahí—. Vas a estar bien, Primrose. Ya lo verás.
Me enfurecía que estuviera desnuda, fría y sudorosa, temblando como una hoja al viento.
—No deberías estar aquí —susurró, con el rostro hundido en el hueco de mi cuello, donde dejó un rastro cálido y húmedo—. Quiere matarte. Es una trampa. Le dijo a su jefe que no sobrevivirías a la noche.
—Lo sé —a tientas en la oscuridad, le recorrí el cuerpo suavemente con los dedos, buscando heridas—. ¿Estás herida?
—Estoy un poco dolorida, pero bien.
—¿Él...?
—No, no lo hizo —susurró—. Lo interrumpieron.
Solo pensar en las manos de Martin sobre Gracie me convertía en un maníaco homicida.
—Siento mucho que esto haya pasado —susurré, estrechándola contra mí mientras le rozaba con los labios las cejas, los párpados, las mejillas—. Siento no haber sido sincero contigo y...
—Lo sé —me abrazó contra su pecho—. Siento cómo reaccioné. Estaba enfadada. Me sentí traicionada, pero tampoco fui justa contigo.
—No hace falta que te expliques —le besé la coronilla—. Estoy tan jodidamente agradecido de que estés bien. Estás viva, estoy aquí, y voy a mantenerte con vida.
Encontró mi boca y nuestros labios y lenguas se enredaron, aunque solo un instante. Sabía a lágrimas y a sal marina, pero debajo de todo eso, sabía a ella misma.
Ponte a trabajar. Sácala de aquí.
En la oscuridad total, le palpé los antebrazos y las manos. Todavía estaban esposadas, y un buen peso de hierro le colgaba de las muñecas. Toqué el metal y me di cuenta de que era una argolla de hierro con su placa de montaje, la misma que había vislumbrado durante mi llamada telefónica con Martin.
Mi valiente Primrose debió de arrancar la argolla de la pared y lograr escapar de la habitación donde la tenían retenida. Contuvo el aliento cuando toqué el hierro alrededor de sus muñecas.
Martin había hecho esto. El bastardo lo pagaría, con creces.
—Saliste —susurré—. Estaba a punto de ir a buscarte. ¿Cómo me encontraste?
—Vi un rastro de huellas mojadas y unas gotas rojas y pensé... —Hizo una pausa y un jadeo que también sonó como un sollozo resonó en la oscuridad del casco—. Oh, Sebastian, ¿por qué viniste?
—Vine a buscarte. Sé que es una trampa, pero vas a salir de aquí. Te lo prometo. Aguanta.
Seguí el sonido de otra embarcación que se acercaba.
—Algo está pasando.
Pegué el oído al casco y escuché. Una lancha motora se acercó al yate. Pasos pesados anunciaron la llegada de más gente. Luego la lancha se alejó, los motores se encendieron y el yate se puso en marcha de nuevo. No era la mejor oportunidad, pero un Delta nunca espera que le regalen nada.
Nosotros creamos nuestras propias oportunidades.
El pasillo al otro lado de la puerta resonó con pasos. Reconocí las voces de los brutos que me habían arrojado aquí. Volvían, y no precisamente para ver cómo estaba.
—Por aquí. —Tanteando en la oscuridad, guié a Gracie hacia la esquina, donde antes había localizado un montón de viejas lonas apiladas—. Métete debajo y no te muevas.
—Pero...
—Nada de peros —susurré, enterrándola bajo la pila—. Pase lo que pase, quédate escondida.
No veía una mierda, pero me aseguré de cubrirla bien con las lonas. En silencio, corrí hacia donde la luz se filtraba por la puerta. Abrirla me había costado un dolor de mil demonios y mucha precisión, pero ahora tenía que cerrarla de nuevo.
Lo peor fue volver a guardar la ganzúa en su escondite. Contuve un quejido. Joder, cómo dolió.
Mientras la cerradura traqueteaba, me tumbé en el mismo lugar donde me habían dejado. Boca abajo, cerré los ojos y reduje el ritmo de mi respiración y mis latidos, algo que me habían enseñado a hacer.
La puerta se abrió de golpe y la cubierta tembló cuando los matones se acercaron con pasos pesados. Alguien me presionó dos dedos en el cuello y gruñó.
—Todavía está inconsciente.
—Kramer quiere hablar con él antes de que lleguemos al punto de entrega —dijo otro hombre.
—Querrás decir que quiere burlarse de él antes de que lleguemos a aguas internacionales.
La presión en mi cuello cedió.
—Seguramente violará a la novia delante de sus narices y luego la hará pedazos y se la echará a los tiburones mientras este pobre desgraciado mira.
Sobre mi cadáver.
—Sangriento pero efectivo.
Un tono lascivo tiñó la voz del segundo matón.
—La novia está buena. Espero que nos toque turno.
—Oh, nos tocará —se rio el hombre—. Nos lo hemos ganado, y a él le gusta ver sufrir a las mujeres.
Ya había oído bastante.
—Despierta.
Dos pares de manos ásperas me sentaron.
—Vamos. Necesitamos que estés despierto.
La cubierta retumbó, señal de que uno de los matones se había arrodillado frente a mí. Me dio un par de cachetes en la cara y luego me zarandeó con fuerza.
No podía desperdiciar la ventaja posicional ni el factor sorpresa. Pasé de cero a cien en un segundo. La base de mi mano se estrelló contra el tipo que tenía delante antes incluso de abrir los ojos. El golpe impactó donde quería, bajo la barbilla, y le echó la cabeza hacia atrás.
Crac.
Antes de que el hombre cayera a la cubierta, ya me había girado.
Le di un codazo en la rodilla a su compañero y le barrí las piernas.
Cayó con fuerza sobre la cadera mientras buscaba su arma a tientas.
Me abalancé sobre él, aplastándolo con todo mi peso, y le asesté un puñetazo letal en la garganta.
Un graznido resonó en la pequeña habitación, seguido de un silbido final.
El objetivo dos también estaba acabado.
Un rectángulo de luz entraba por la puerta entreabierta. Registré a ambos hombres, me apropié de sus pistolas y revisé los cargadores. Llenos, y un par de silenciadores en sus bolsillos.
Me gustó eso.
Después de enroscar los silenciadores y meterme las armas por detrás del pantalón, volví a buscar más material: conseguí un cuchillo bien majo que uno de los tipos llevaba en una funda en la pierna.
Ahora sí estaba en el juego.
Rebuscando en los bolsillos de uno de los hombres, localicé su móvil.
—Gracie —llamé en un susurro mientras marcaba a Knox—. Sal. Cierra la puerta, por favor.
Emergió de debajo de las lonas con el rostro pálido, que reflejaba la luz blanca de la puerta y dejaba ver un moretón en la mandíbula que me hizo hervir la sangre. Pasó con cuidado por encima de los matones muertos, llegó de puntillas hasta la puerta y la cerró.
Knox contestó al primer tono.
—¿Identificación?
—Designación tres, ocho, cinco, veintitrés —solté.
—Autenticado.
—¿Estás rastreando? —pregunté.
—Afirmativo.
—¿Tiempo estimado de llegada?
—A la velocidad actual, T menos veintitrés minutos para contacto. Más si el objetivo acelera.
—Entonces adelante —dije—. Repito: adelante.
—Adelante —confirmó Knox, y el rugido de un motor arrancando al otro lado de la línea casi ahogó sus siguientes palabras—. Tritón fuera.
La línea se cortó. Según mi plan, Knox y el equipo habían cazado a los vigilantes de Martin, se habían escabullido de Crescent Beach y ahora estaban persiguiendo el yate.
Hasta ahora, todo bien.
Activé el modo linterna del móvil e iluminé a una Gracie desnuda y maltratada, agachada a mi lado.
—¿Y ahora qué? —preguntó en un susurro.
—Ahora nos deshacemos de esto —dije, señalando con la barbilla el hierro que colgaba de sus muñecas.
Parpadeó varias veces, mirándome fijamente.
—¿Cómo?
—Sujeta esto y dame algo de luz.
Le entregué el móvil y señalé la mancha húmeda en mi camiseta negra.
Centró el haz donde le indiqué. Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, apoyado contra la pared, me subí la camiseta empapada de sangre, aparté el vendaje y, apretando los dientes, metí el dedo en la parte superior de la herida, intentando agarrar la única ganzúa escondida bajo los puntos.
Mi cuerpo gritó un «¿qué demonios estás haciendo?». La herida sangraba y hacía los ruidos de succión más asquerosos cada vez que hurgaba con el dedo. El casco empezó a dar vueltas a mi alrededor y luché contra las ganas de vomitar. Era como si me estuviera clavando otro perno de acero.
Cualquier otro día, llevaba una multiherramienta encima. En la mochila, guardaba un juego completo de ganzúas en un práctico estuche con cremallera. Sabía que las posibilidades de colar una herramienta útil ante los matones de Martin exigían elegir con cabeza.