Capítulo veintiséis
Sebastian
Intercambié una última mirada con Knox y Karma y, sin decir otra palabra, bajé las escaleras corriendo, me subí a la camioneta y aceleré por la calzada. Llegué al otro lado en un minuto y cuarenta y dos segundos, un nuevo récord.
Alertados por Knox, Devon y Mac se apartaron, manteniendo las puertas metálicas abiertas.
La rabia que palpitaba en mí amenazaba con cortocircuitarme el cerebro, pero sabía controlarme.
Había hecho muchas cosas turbias en mi vida, pero lo de hoy requeriría una síntesis de mis habilidades, el uso de cada neurona que poseía y nervios de acero.
Llegué a la carretera principal justo cuando el todoterreno apareció en la curva. Salí de mi camioneta, me planté con firmeza y levanté las manos en el aire. Había dejado mis armas y mi cuchillo atrás. No necesitaba armas cuando yo mismo era un arma.
Las puertas del todoterreno se abrieron revelando a un conductor y cinco matones con trajes baratos, armados con unas flamantes Uzis y una variada colección de pistolas. Me rodearon y me cercaron mientras me observaban con nerviosismo.
—Quítate los zapatos y desnúdate hasta quedarte en calzoncillos —ordenó el líder de cuello grueso.
No se arriesgaban, y yo tampoco. Apreté los dientes, me quité los zapatos, me saqué la camiseta y me bajé los pantalones.
Con cautela, dos de los matones se adelantaron y examinaron mis zapatos y mi ropa. Se tomaron su puto tiempo. Cuando le hicieron una señal de aprobación al jefe, el matón al mando apuntó con su Uzi al vendaje que Knox me había envuelto alrededor del torso.
—Levántalo.
Agarré el borde, levanté la gasa y mostré la herida cruda y espantosa de mi costado. Pudieron ver bien las toscas puntadas que me mantenían de una pieza, la sangre que aún rezumaba y goteaba en algunos puntos, y mi carne, hinchada hasta el tamaño de un balón pequeño.
—Eso probablemente duele un poco —el matón soltó una carcajada y sus amigos también—. Vístete. Date prisa.
Seguí sus instrucciones al pie de la letra.
—Al coche —ordenó el hombre cuando terminé de atarme las botas.
Sabía lo que probablemente iba a pasar incluso antes de que pasara, pero me importaba una mierda. Prioridad número uno: llegar hasta Gracie. Aunque eso significara una conmoción cerebral.
Como era de esperar, el golpe vino por detrás.
***
Gracie
Las perversas atenciones de Martin se ralentizaron debido a varias llamadas telefónicas que le ocuparon la mayor parte del tiempo. Sus respuestas solían ser síes secos o blasfemias furiosas. Solo se mostró cordial una vez, cuando le cayó una buena bronca de la persona al otro lado de la línea.
—Se lo dije, señor Cuevas —dijo Martin con voz inusualmente amable—. Lo tengo bajo control. No necesita subir a bordo. Yo me encargo de Aguilar.
Me encargaré de Aguilar. No podía permitir que matara a Seb. Lo que significaba que tenía que salir de este aprieto, y pronto.
Arrodillada en el colchón con las manos atrapadas muy por encima de mi cabeza y los brazos doloridos por la tensión, agradecía las frecuentes interrupciones telefónicas que daban un respiro a mi piel de la fusta de Martin.
Parecía imposible, pero a estas alturas mi espalda se había entumecido en algunos lugares.
Cuanto más me golpeaba Martin, menos me importaba.
Cuando colgó tras la última llamada, intentó compensar el tiempo perdido y lo disfrutó, como atestiguaba el bulto en sus pantalones que se reflejaba en el espejo, mostrando claros signos de excitación.
La visión era mucho más aterradora que la fusta.
De repente, dejó caer la fusta, se subió al colchón y se acercó a mí de rodillas. Me agarró por los hombros, me dio la vuelta, me estampó la espalda contra el espejo y me abrió las rodillas de un tirón, dejándome expuesta ante sus ojos.
Se bajó la cremallera.
Con las manos esposadas y el cuerpo colgando ahora del anillo de hierro, no tenía manera de defenderme, y sin embargo tenía que intentarlo.
Cuando se acercó de rodillas hacia mí, le di una patada con todas mis fuerzas. Mi pie le alcanzó en el estómago. Salió volando hacia atrás, tropezó con el borde de la cama y acabó despatarrado en el suelo, boqueando.
Un tanto para la dulce y dócil Primrose. Las lecciones de Karma habían dado sus frutos.
Le había dado una buena patada, pero él se levantó del suelo con un gruñido, fulminándome con la mirada.
—Debes de disfrutar con el dolor —gruñó, con saliva acumulada en las comisuras de la boca—. Vas a pagar por eso.
Le sonó el móvil. Se lo sacó del bolsillo.
—¿Qué? —gritó.
Lo que oyó le hizo subirse la cremallera. Cuando terminó, se guardó el móvil en el bolsillo.
—Tú y yo no hemos terminado —apuntó hacia mí con la fusta—. Volveré.
En cuanto cerró la puerta, me desplomé en mis ataduras. Había estado a segundos de ser violada, tal vez incluso asesinada. Luché contra el pánico y me obligué a inspirar y espirar.
Tenía que salir de allí.
Me di la vuelta, me afiancé y, obligando a mis rodillas temblorosas a responder, me puse de pie sobre el colchón.
La coronilla casi me rozaba el techo mientras examinaba bien mis ataduras.
La cadena entre las esposas pasaba por el anillo de hierro.
Necesitaría la llave de las esposas para liberarme.
El anillo estaba montado en una placa de metal atornillada a la pared.
Había aprendido mucho sobre construcción y carpintería mientras trabajaba en la reconstrucción de Crescent Beach.
Se me ocurrió que la construcción interior del yate no era de madera ni de hormigón.
La pared era un panel de espejo instalado sobre una estructura metálica.
¿Podría arrancar el anillo de la pared?
Di un paso atrás en la cama, agarré las cadenas por encima de las esposas y tiré hacia abajo con fuertes tirones que me rozaron los dedos y me magullaron las muñecas.
Mientras tiraba de las cadenas, me movía a un lado de la cama y luego al otro, ejerciendo presión adicional sobre los tornillos que sujetaban la placa, empleando todo mi peso.
No estaba segura de cuánto tiempo había pasado cuando el anillo cedió un poco, pero se oían muchos golpes arriba y a mi alrededor. Se me heló el corazón cuando los motores del yate cobraron vida con un ronroneo.
¿Qué significaba eso? ¿Estaba Sebastian a bordo? ¿Estaba Martin huyendo?
Sigue adelante. Regla número cuatro. No te rindas.
Mientras el barco comenzaba a moverse, aumenté el ritmo y la fuerza de mis tirones, añadiendo peso y palanca al apoyar los pies en la pared de espejo.
El sudor me corría por la espalda. Era un trabajo agotador y mis dedos y muñecas se llevaban la peor parte, pero para cuando el yate ganó velocidad y comenzó a cabecear y balancearse en las olas, los tornillos habían cedido y la placa del anillo estaba a medio salir de la pared.
Alternando entre tirones largos y sacudidas cortas, fui avanzando. De repente, la argolla cedió. Me cayó encima junto con la placa de montaje, y quedé jadeando y dolorida, desplomada sobre el colchón.
Al menos ya estaba libre de la pared.
Con las esposas, la argolla y la placa a cuestas, bajé de la cama como pude, me puse de puntillas y miré por la ventana alta y pequeña. Era imposible que cupiera por ahí. Tendría que escabullirme de esta habitación si quería salir de este barco.
Quería salir de este barco.
El yate redujo la velocidad, balanceándose sobre las olas. Los motores se apagaron. Pegué la oreja a la puerta. Voces. Golpes contra el costado del barco. Más gente subiendo a bordo. Seguí con el oído los pasos pesados que sonaban sobre mí hasta que llegaron a las escaleras a mi izquierda.
El sonido de varios hombres arrastrando algo pesado resonó en el pasillo. En algún lugar a mi derecha, una puerta se cerró de golpe. Los hombres dieron media vuelta y subieron las escaleras. El pasillo quedó en silencio.
¿Qué había sido todo eso?
Aunque tenía las muñecas magulladas, atadas por las esposas y lastradas por todo aquel hierro, probé el pomo de la puerta. Giró sin resistencia. Solté un suspiro de alivio en silencio. Martin no había echado la llave. Sin duda había pensado que yo era demasiado débil para liberarme.
Por una vez, me alegraba de que me subestimaran.
Entreabrí la puerta y eché un vistazo. El pasillo estaba vacío. Salí de la habitación y cerré la puerta tras de mí.
Las voces llegaban desde las escaleras a mi izquierda, así que giré a la derecha.
Caminé de puntillas por el corredor, pasando ante varios umbrales tenuemente iluminados.
Mis pies descalzos resbalaban sobre el suelo de madera.
Al mirar hacia abajo, vi un montón de huellas de zapatos mojadas y unas cuantas gotas rojas en el suelo.
No creía que fueran manchas de vino.
Siguiendo las huellas, llegué al final del pasillo y me topé con una puerta de cristal que enmarcaba un tramo de escalones. En lo alto de las escaleras, vislumbré una cubierta abierta y la noche más allá.
¿Podría salir, saltar de este barco de los horrores y sobrevivir?
Los riesgos eran muchos. Podían atraparme y enfurecer a Martin hasta el punto de matarme, aunque, por otra parte, no creía que planeara mantenerme con vida mucho más tiempo. Si lograba saltar del barco, las hélices podían despedazarme, o podía ahogarme en la estela.
Incluso si lo lograba, no tenía ni idea de lo lejos que estaba de tierra. La argolla de hierro y mis manos atadas harían difícil flotar e imposible nadar. Y sin embargo, prefería morir en el mar que en este barco a las crueles manos de Martin.
Pero si Sebastian estaba en este yate, no me iría sin él.
Un clic apagado captó mi atención. Venía del pequeño hueco situado a la derecha de la puerta de cristal. Seguí las huellas mojadas hasta el hueco. Una sola gota de sangre manchaba el suelo frente a una puerta baja y achaparrada.
Reconocí la puerta. Era la entrada al compartimento del casco donde me habían encerrado cuando me trajeron a bordo por primera vez. Otro clic resonó tras esa puerta. El pulso se me aceleró.
¿Sería posible?
Me incliné hacia la puerta y susurré:
—¿Sebastian?