Capítulo veinticinco #2
—Negativo —dije—. Iré en cuanto tenga un destino. No pienso dejarla sola con ese psicópata.
—Gracie es fuerte —Karma levantó la vista de la pantalla y asintió—. Más fuerte de lo que crees.
—Lo sé —apreté los dientes—. Pero si algo le pasa...
Entonces Karma hizo lo menos propio de ella. Se levantó de la silla, se acercó y me abrazó.
—Te quiere y sabe que tú la quieres. Eso es todo lo que necesita.
—No lo sé —refunfuñé—. Se enteró de lo de Tee. De Trev y los demás. Estábamos discutiendo cuando nos atacaron.
—Lo sabe —Karma se apartó y, sujetándome por los hombros, me dio una pequeña sacudida—. Puede que estuviera furiosa contigo, pero lo sabe.
La idea de que muriera pensando que la había traicionado me desgarraba las entrañas.
—Karma tiene razón —los brazos de Knox nos envolvieron a Karma y a mí, un giro de acontecimientos impactante que nos dejó a todos en carne viva emocionalmente y me obligó a luchar por mantener el control—. Gracie es fuerte. Hará todo lo que esté en su mano para sobrevivir.
Joder. Mis amigos entendían mi dolor y estaban dispuestos a apoyarme de la manera que necesitara, incluso con... eh... abrazos.
—Gracias, chicos —conseguí decir con la voz entrecortada.
—No hay de qué —Knox se soltó—. Y lo digo en serio, no menciones esta mierda de los abrazos... a nadie.
—Entendido —dije, y Karma asintió enérgicamente.
Habíamos cruzado una línea y yo... no me importaba.
El portátil pitó. Karma volvió corriendo a la mesa y abrió un mensaje.
—Trev tiene algo.
Al mismo tiempo, sonó mi móvil. Miré la pantalla. Desconocido.
Sabía quién era. También sabía lo que tenía que hacer. Knox y Karma se colocaron delante de mí, fuera de plano. Acepté la llamada, pulsé el altavoz y activé la cámara.
En mi pantalla apareció el rostro de Martin, con esa sonrisa burlona que pensaba borrar de la faz de la tierra.
***
Gracie
—¿Dónde está? —la voz de Sebastian crepitó por el altavoz del móvil de Martin, cargada de furia—. Dímelo ahora mismo o mueres.
—Sebastian, viejo amigo —Martin esbozó una sonrisa burlona ante la cámara—. Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo demonios estás?
—Déjate de gilipolleces —escupió Sebastian—. La quiero de vuelta, ilesa, ahora.
—Vaya humor de perros —Martin soltó una risita—. Y yo que pensaba que eras un Delta tan rígido y con el cerebro tan lavado que no tenías ni estados de ánimo ni personalidad. Necesito que te calles y escuches. Si haces lo que te digo, ella estará bien.
Martin estaba disfrutando de todo aquello, mientras que yo podía oír la tensión en la voz de Sebastian. Al menos estaba vivo. Gracias a Dios.
Cuando cerré los ojos, su rostro se materializó en mi mente, con esos ojos que centelleaban como relámpagos azules. Parecía irreal que solo unas horas antes hubiera estado furiosa con él y, llevada por el momento, dispuesta a terminar nuestra relación.
Ahora, sintiendo su desesperación, oyendo la angustia en su tenso silencio, lo tenía claro: amaba a este hombre y, pasara lo que pasara, nunca dejaría de amarlo.
—¿Quieres volver a verla con vida? —preguntó Martin, como un gato jugando con su presa.
—Sabes que sí —dijo Sebastian con la voz contenida.
—En ese caso, en cuanto colguemos, irás hasta la verja y te subirás al todoterreno que te espera allí —ordenó Martin—.
Vendrás desarmado y solo, y si intentas alguna tontería, tu mujer lo pagará.
Tengo ojos en la playa y sabremos si alguien de tu equipo abandona el recinto.
Nada de trucos. Si no llegas en tres minutos, mis chicos se habrán largado y tu chica estará muerta.
Hubo una breve pausa antes de que Sebastian preguntara: —¿Cómo sé que sigue viva?
—¿Quieres una prueba de vida? —Martin giró la cámara hacia mí—. Aquí la tienes.
Apoyé la cara contra el brazo y aparté la mirada de la cámara. No quería que Sebastian me viera así.
Aproximadamente una hora antes, Martin me había arrastrado al camarote principal del yate y había disfrutado enormemente atándome para esta llamada. Para entonces ya había descubierto que el soldado que Sebastian creía perdido y muerto seguía vivo.
Martin ahora usaba otro nombre y comandaba una pequeña milicia. A juzgar por el yate, se había hecho muy rico. Martin quería matar a Sebastian para que su propia muerte siguiera siendo un secreto y proteger el negocio criminal que tuviera entre manos.
En ese momento, me balanceaba de rodillas sobre la colcha de seda que vestía la enorme cama, acurrucada contra el espejo que ocupaba toda la pared.
Martin me había esposado las manos a una argolla de hierro que sobresalía de la pared de espejo, apenas unos centímetros por debajo del techo.
Me había dejado colgada con los brazos estirados por encima de la cabeza.
Las muñecas me dolían de tanto tirar de las esposas y la piel de la espalda me ardía, en carne viva por la despiadada paliza que me había dado con una fusta.
Una fusta.
¿Qué clase de bestia usaba una fusta como instrumento de tortura?
Un psicópata asesino empeñado en atraer a Sebastian a su trampa, eso era.
Martin quería infligirme dolor para enfurecer a Sebastian, pero necesitaba hacerlo sin matarme, de ahí la fusta. Mi asesinato llegaría después de que atrapara a Sebastian.
De todas las indignidades que había sufrido aquel día, lo que más me avergonzaba era estar completamente desnuda.
Martin se había reído durante el humillante proceso de cortarme el bikini.
Ahora soltaba risitas y sonreía mientras me apuntaba con la cámara del móvil, tomándose su tiempo para exhibirme.
—Bonita, ¿eh? —me estremecí cuando me pasó la mano por la espalda dolorida—.
Creo que le gusta la fusta —deslizó los fríos dedos hacia mi trasero y me apretó una nalga enrojecida—.
Hay que reconocerlo, Aguilar. Tienes buen gusto con las mujeres.
Estoy deseando comprobar si está tan buena por dentro como por fuera.
Y esas tetas, oh, me encantan esas tetas —se acercó con la cámara y me pellizcó el pecho hasta que me encogí—. Preciosas.
—Eres hombre muerto —escupió Sebastian con una voz dura que no reconocí.
—Eso no va a pasar ahora que la tengo a ella —Martin apuntó la cámara a mi cara—. Dile a tu novio que se dé prisa y te saque de este aprieto.
Cuando no dije nada, ladró: —¡Díselo!
Su voz me golpeó como otro latigazo de la fusta.
Hice una mueca ante el aire apestoso que me sopló en la cara.
El hombre tenía un aliento horrible, pero no iba a ponerme a discutir de higiene bucal con él.
Reuní mis pensamientos dispersos, me obligué a dejar de temblar y, alzando la cara, miré directamente a la cámara.
—Sebastian —contemplé su apuesto rostro un momento antes de seguir hablando—. Mantente alejado. Este imbécil quiere matarte. No...
La bofetada me abrasó la mejilla y me torció el cuello. Las vértebras me dolieron por el latigazo. Saboreé la sangre en la boca, que me goteaba de la nariz, pero apreté los labios y busqué el pequeño ojo de la cámara, decidida a no mostrar dolor ni miedo.
La mirada de Martin era tan violenta como el golpe, y sin embargo seguía sosteniendo la cámara en alto, sin duda para provocar a Sebastian con la imagen de mi sangre.
—Es una trampa —escupí—. No caigas en ella. No vengas.
—Ya basta —Martin apuntó la cámara hacia su cara y esbozó la más cruel de sus sonrisas—.
Es una chica con carácter, te lo concedo, pero no muy obediente.
No creo que sobreviva mucho tiempo bajo mi cuidado.
Su vida depende de que obedezcas mis órdenes.
No le falles. Ve a buscar tu transporte. Tu tiempo empezó hace treinta segundos.
Sebastian comenzó a decir algo, pero Martin colgó la llamada. En el espejo, me topé con su mirada gélida. Sus labios se curvaron. Se me erizó todo el vello del cuerpo.
—Entonces... —golpeteó la fusta contra la palma de la mano—. ¿Dónde nos habíamos quedado?