Capítulo veinticinco
Gracie
Me desperté en total oscuridad, con el sonido del agua chapoteando contra el metal.
El dolor me palpitaba en la cabeza y me hizo hacer una mueca.
Durante unos momentos, no pude pensar con claridad.
Que yo supiera, podía estar flotando en el espacio exterior.
O muerta; esa también era una posibilidad. Pero los muertos no sufrían, ¿verdad?
Debía de estar viva.
Apoyé las manos sobre una superficie metálica, me incorporé hasta quedar sentada y me pasé la mano por los mechones rígidos del pelo apelmazado de sal. La sal me escocía en los labios agrietados, me raspaba la garganta y me cubría la piel. Incliné la cabeza y escuché.
Sonaban pasos sobre mí y voces amortiguadas se filtraban a través de la pared. Una franja de luz perfilaba una puerta baja y achaparrada.
¿Mi suposición?
Estaba en un barco, en algún tipo de compartimento del casco.
Mis sospechas se confirmaron cuando la puerta se abrió de golpe. Un haz de luz artificial atravesó la oscuridad, se me clavó en el cerebro palpitante y me dejó las pupilas escocidas. Me cubrí los ojos y gemí.
—Está despierta —anunció una voz masculina.
—Tráela —ordenó otra voz.
Una sombra enorme se agachó bajo el umbral, entró con paso pesado y me agarró de un puñado de pelo.
El cuero cabelludo me ardía como si estuviera en llamas.
Aspiré entre dientes. El hombre me puso de pie, pero las piernas me fallaron.
Cuando tropecé, me arrastró por un pasillo elegante, subió un corto tramo de escaleras y me llevó al gran salón de un lujoso yate.
Parpadeé ante las discretas luces empotradas y observé mi entorno. Las cortinas estaban corridas, pero a través de las rendijas divisé las siluetas de otros barcos y un muelle en el exterior.
¿Un puerto deportivo, tal vez?
Varios hombres permanecían de pie en el lujoso salón, vestidos con trajes de negocios, pero solo uno estaba sentado en el sofá rinconero de cuero, con el tobillo cruzado sobre la rodilla. Su pelo rubio canario, decolorado, brillaba bajo las luces, cortado al cepillo.
Llevaba un traje a medida que se tensaba sobre su exagerada masa muscular, y me miraba con unos ojos del mismo color ámbar que el líquido del vaso de cristal que sostenía en la mano.
Sus ojos habrían sido hermosos, incluso llamativos, de no ser tan crueles y carentes de vida. Los recordaba clavados en mí a través de una máscara de buceo, mientras intentaba dominarme con el puro poder de su fuerza física.
—Así que eres la novia de Aguilar —me recorrió con su mirada aceitosa de la cabeza a los pies—. No está mal. Tienes unas buenas tetas. Aunque el culo podría ser más grande. Tendré que conformarme con menos carne en las manos cuando te folle.
El terror me contrajo la garganta y me aceleró el pulso.
Me golpeaba dolorosamente en las sienes.
El dolor de cabeza me hizo saltar las lágrimas, pero no iba a llorar delante de aquellos matones, fueran quienes fueran.
¿Habrían contratado los Morgan a este hombre y a sus secuaces antes de que los atraparan?
Necesitaba averiguarlo.
La mirada lasciva del hombre volvió a lamerme, y me hizo consciente de que solo llevaba el bikini negro; me dejó con la sensación de estar cubierta de baba. Se me erizó la piel, fría como el hielo.
Presta atención, Rose.
No podía permitir que el miedo me abrumara. Eso era lo que aquel hombre quería hacerme: aterrorizarme hasta que perdiera el juicio. No le estaba yendo mal, pero no iba a dejar que me pasara por encima.
—Desde luego que te gusta causar impresión —alcé la barbilla—. ¿Tu madre no te enseñó modales?
—Mi madre era una perra a la que le encantaba repartir buenas palizas; para endurecerme, solía decir —hizo una pausa y esbozó una sonrisa tan muerta como sus ojos—.
Me endureció, desde luego. Ahogué a la gorda perra en su bañera cuando tenía dieciséis años.
Fue mi primera víctima, pero no la última.
Si quieres seguir viva, asegúrate de complacerme. Te esperan unas horas interesantes.
Las rodillas casi me cedieron y un escalofrío helado me erizó el vello, pero me obligué a sonreír. Reglas número dos y cinco. Sé dura, sé valiente y audaz. Además, también había aprendido algunas cosas de Karma. No muestres debilidad.
—Gracias por esa presentación inolvidable —entrecerré los ojos mirándolo—. ¿Quién eres y qué quieres de mí?
—Tienes agallas —su sonrisa me recordó a una hiena—. Entiendo por qué le gustas a Aguilar. Voy a darte el gusto de una respuesta, pero solo porque me siento magnánimo. La operación de hoy ha sido una preciosidad, como tú.
Hizo una pausa, inclinó la cabeza y esbozó una sonrisa burlona mientras me examinaba los pechos.
Reprimí el escalofrío que me recorría y lo desafié con la mirada.
—¿Vas a decirme tu nombre o qué?
—Soy Karl Kramer —dijo, y rompió nuestro duelo de miradas—. Añadiría «a tu servicio», pero como eres tú quien estará a mi servicio, me saltaré esa parte. ¿Reconoces el nombre? —levantó una mano—. ¿No? ¿Nada?
¿Debería reconocer su nombre?
No me resultaba familiar. No paraba de hablar de Sebastian.
Era casi como si estuviera obsesionado con él.
Había estado intentando averiguar si aquel hombre era un títere de los Morgan o quizá uno de sus asociados, y sin embargo no los había mencionado ni una sola vez. En cambio, todo giraba en torno a Seb.
¿Podría ser que esto no tuviera nada que ver conmigo?
—Nunca había oído tu nombre —le dije la verdad—. Hasta ahora.
—¿Ves? —miró a sus matones con una sonrisa cada vez más amplia—. Aguilar ha perdido el toque. Su amigo en la silla de ruedas no llegó a transmitir la información antes de que llegáramos a él —volvió la atención hacia mí—. Puede que me conozcas por otro nombre.
Me aseguré de arquear una ceja con gesto desafiante.
—¿Y cuál es?
—Martin —dijo—. Frank Martin.
***
Sebastian
Caminaba de un lado a otro por la casa de Gracie, estrujando el móvil mientras rogaba que llegara la llamada.
Martin se había llevado a Gracie, pero no la había matado en el acto.
Eso significaba que, ahora que él y sus matones no habían logrado matarme, iban a usarla como moneda de cambio contra mí.
Martin. Iba a matar a ese hijo de puta. Si le hacía daño a Gracie, lo mataría dos veces, y la segunda sería más dolorosa que la primera.
Le habíamos enviado a Trev y a sus guerreros cibernéticos las fotos y huellas dactilares que habíamos recogido de los hostiles muertos que Knox y el equipo habían sacado del agua.
Los cuatro tangos eran exmilitares o miembros de bandas de narcos, mercenarios a sueldo con antecedentes que confirmaban que trabajaban para el Cártel Salomé.
Entre los buzos muertos habíamos encontrado al gilipollas que había intentado distraerme en el bar.
Camisa Manchada había sido efectivamente uno de los secuaces de Martin.
Ahora estaba muerto.
Si tan solo hubiera sabido antes que Martin estaba vivo. Si tan solo hubiera descubierto que Gómez, Cuevas y Martin conspiraban contra mí, podría haber protegido a Gracie de mis enemigos. Me mataba que, después de sobrevivir a los Morgan, ahora estuviera en peligro por culpa de mis adversarios.
—Tranquilízate y siéntate —dijo Knox, aunque él iba de un lado a otro en dirección contraria—.
Vas a arrancarte los puntos y echar a perder todo mi buen trabajo si sigues así.
Esa herida era profunda, tío, y después de la guarrada que me hiciste hacer para apoyar este plan de mierda tuyo, tiene que dolerte aún más.
La herida sí dolía, y mucho, agravada por la chapuza de Knox; pero no era nada comparado con el dolor de saber que Gracie estaba ahí fuera con ese cabrón de mierda, en peligro, y quizá sufriendo.
Lo único que me impedía perder los estribos era que Martin había tomado precauciones para secuestrarla viva.
La quería respirando como moneda de cambio.
—¿Por qué no ha llamado? —gruñí—. ¿Dónde coño está?
—Trabajando en ello —informó Karma desde su puesto en la mesa del comedor, con mi portátil delante—. Trev y su equipo de hackers están revisando todas las imágenes de satélite de las últimas horas para identificar el barco de apoyo.
Tenía que haber uno. No podía estar demasiado lejos de Crescent Beach. Era imposible que Martin hubiera montado una operación de buceo sin contar con una plataforma segura.
—Echa un vistazo. —Karma deslizó el portátil sobre la mesa hasta que la pantalla quedó frente a mí—. Ya queda poco.
En la pantalla vi una secuencia montada con todos los barcos que habían estado en un radio de siete kilómetros en el momento del ataque. Trev y su equipo habían identificado cada embarcación y estaban investigando sus historiales, rutas y paraderos actuales.
Druid había conseguido infiltrarse en el ático de Martin, pero le esperaba una trampa. Él y sus hombres habían logrado derrotar a sus atacantes y salir vivos de Miami, aunque por los pelos.
Antes de que acabara todo, Trev había conseguido que uno de los supervivientes de la redada llamara a Martin para informarle de que su trampa había funcionado y de que habían eliminado a Trev y a su equipo. En realidad, Druid estaba vivito y coleando, trabajando como un poseso.
Trev estaba a salvo, pero Gracie no.
La espera me estaba matando.
—Juro que si Martin le hace daño a Gracie...
—Ya nos hacemos una idea de lo que pasará —Knox hizo una mueca—. Nos lo has dicho un millón de veces en la última hora. Ahórranos los detalles. Mis tripas solo aguantan cierta cantidad de vísceras al día.
—Más te vale estar preparado para más —murmuré—. En cuanto sepa dónde está Gracie, iré a por ella. Ya conoces el plan.
—Conozco el plan, pero eso no significa que me guste —Knox frunció el ceño—.
Como tuvimos que escoltar a los Morgan al piso franco, andamos cortos de personal.
Apuesto a que Martin tiene matones de sobra.
Dejó atrás a sus buzos como si fueran cebo.
Deberíamos esperar a que llegue el resto del equipo.