Capítulo veinticuatro
Sebastian
Detecté las burbujas de los buzos segundos antes de que rompieran la superficie. De no haber estado tan furioso por algunas de las cosas que Gracie había dicho, tan herido, indignado y atónito por su determinación de separarnos, podría haberlo notado antes.
Sabía que a Gracie le costaría aceptar la verdad, pero había confiado en tener el tiempo y los recursos emocionales para reconectarla conmigo.
Todas mis suposiciones resultaron ser erróneas.
En cuanto vi a los buzos romper la superficie, mi mentalidad de combate se activó y me proporcionó una evaluación instantánea de lo que resultó ser una situación táctica bastante comprometida.
Dos de los buzos empuñaban APS, rifles de asalto submarinos especiales cargados con pernos de acero.
Los reconocí como un sistema de armas de nueva generación que habíamos estudiado en la Unidad.
Estas nuevas armas tenían un rendimiento y precisión mejorados en tierra, soberbias capacidades de puntería submarina, mayor alcance y más poder de penetración que nada de lo que hubiéramos visto antes.
Estos cabrones sabían lo que hacían.
Los tres primeros pernos silbaron por el aire directos hacia mí. Giré, arqueé el cuerpo hacia dentro y encogí el abdomen, esquivando varios, pero el perno número cuatro dio en el blanco, me atravesó la carne y golpeó hueso.
Por los cojones de Cristo, eso dolió.
Mis nervios gritaron.
El impacto me empujó hacia atrás, aumentando la distancia entre Gracie y yo.
Los cabrones nadaron a mi alrededor y me acorralaron desde ambos lados del muelle.
Los proyectiles no dejaban de llegar. Era jodidamente difícil tener que esquivar tantos mientras intentaba llegar hasta Gracie y a la vez vigilar las acciones del tercer buzo.
Cuando vi las bolas atadas a la cuerda que hacía girar en el aire, reconocí el arma arrojadiza. Los gauchos sudamericanos las llamaban bolas y las usaban para atrapar animales. Primitivas pero eficaces.
Martin había sido hábil con las bolas. Nos había demostrado su maestría la noche antes de ir a por Camacho.
La rabia me atravesó como un fuego abrasador.
Un chasquido. Un jadeo. La tenía. ¡Gracie!
Me moví para interceptar, pero el dolor y los pernos que venían hacia mí me frenaron. A gatas, saqué la Glock de la parte de atrás del bañador y disparé a los buzos. Alcancé al menos a uno, quizá a ambos, pero un chapoteo captó mi atención.
Cuando miré hacia el final del muelle, Gracie había desaparecido.
Rugí.
Tenía que recuperarla.
***
Gracie
El agua me presionaba desde todas direcciones, entrándome por la boca y la nariz, ahogándome, impregnándome el cuerpo con el escozor de la sal. El dolor me recorrió mientras la cuerda alrededor de la cintura se me clavaba en la carne.
Intenté desenredarme de la cuerda. Pateé con fuerza, luchando por nadar hacia la superficie a través del agua turbia, hacia la luz del sol, pero no avancé nada.
La cuerda seguía apretándose alrededor de la cintura, mordiéndome la piel, arrastrándome hacia abajo, lejos del aire que necesitaba para sobrevivir.
Una mano áspera se cerró en torno al tobillo.
Cuando miré hacia abajo, vi a dos buzos más situados a cada lado del que me había atrapado.
Sus burbujas de aire subían a la superficie a mi alrededor.
Tirando de la cuerda con ambas manos, el del medio me arrastró hasta el fondo.
Los dedos de los pies me rastrillaron el fondo limoso mientras luchaba por escapar.
El mar me inundó el estómago y los pulmones. El pánico me estalló en la cabeza y la desesperación se apoderó de mí. Me estaba ahogando. Aire. Necesitaba aire. Planté los pies y empujé hacia arriba.
El buzo se aferró a mí. Una mano brutal me empujó un objeto sobre la cara y me lo sujetó a la cabeza. Aspiré un poco más de agua salada, la tragué, y luego sentí cómo la máscara gorgoteaba al vaciarse, un hilo de aire abriéndose paso por las vías respiratorias.
Tardé un momento en darme cuenta de que me habían equipado con una máscara que se adhería a la cara e incluía algún tipo de aparato de respiración. De algún modo estaba conectada al buzo que me sujetaba. Miré a través del cristal templado y me encontré con la mirada cobriza de mi captor.
Sus ojos fríos y metálicos se clavaron en mí, desatando un terror que me recorrió el cuerpo entero. Pateé y empujé, pero el buzo era demasiado fuerte y no me soltaba.
Miré hacia arriba y vi a otro buzo flotando en la superficie, con la sangre tiñendo el agua. Todavía sostenía el arma. Era el arma cruel que había derribado a Sebastian.
¿Estaba muerto Sebastian?
La agonía de esa posibilidad me golpeó con más fuerza que la aguja que mi captor me clavó en el cuello. Su pulgar presionó hacia abajo, inyectándome debilidad en las venas.
Sebastian. Me necesita. Tengo que llegar hasta él.
Aunque las fuerzas me abandonaban, logré golpear el estómago de mi captor, los muslos, quizá incluso la ingle, pero lo que fuera que hubiera en la jeringa me frenó.
Mientras las extremidades se me aflojaban y la visión se me nublaba, colocó un mosquetón, me enganchó a él y agarró el scooter submarino compacto anclado a sus pies.
Después de eso, nada.
***
Sebastian
El dolor me abrasó como las malditas llamas del infierno. La sangre me goteaba del costado a un ritmo alarmante, pero mi modo Delta estaba activado a tope. Los sentidos se me agudizaron, el pulso se me estabilizó, y la sangre que me quedaba en las venas se volvió fría.
Evaluar y ejecutar.
Pegado a la cubierta, rodé sobre la espalda. Cerré los dedos en torno al perno que me sobresalía del costado, contuve la respiración, apreté los dientes y tiré.
Rrrrp.
La agonía me explotó en el cuerpo. Joder. Un chorro de sangre brotó de la herida y se acumuló en la cubierta.
No había tiempo que perder.
Dejé caer el perno ensangrentado, me giré boca abajo y me arrastré con los codos hasta el final del muelle, dejando un rastro sangriento. Pegado al suelo, esquivé otras púas que venían hacia mí y seguí avanzando.
Cuando llegué al final del muelle, me puse en cuclillas, junté las manos —pistola incluida— y, impulsándome, me zambullí de cabeza en el mar.
Atravesé la capa de taninos que oscurecía el agua alrededor del muelle y me lancé a través de una corriente inferior más fría, pasando junto a un buzo que flotaba boca abajo y otro que se agarraba el hombro en mi descenso. Lo había herido y había soltado el arma, así que lo ignoré.
A pocos metros, el agua se volvió clara. Delante de mí, el fondo caía en un ángulo pronunciado. Divisé a Gracie en el lecho marino, forcejeando con otros tres buzos.
Quienquiera que hubiera orquestado este ataque contaba con la experiencia y los recursos para enviar a cinco buzos entrenados, equipados con armas especializadas y varios DPV —vehículos de propulsión para buzos— posados en el fondo arenoso.
Si a eso le sumaba la molesta herida que me sangraba en el costado, las probabilidades estaban claramente en mi contra.
Con los oídos chasqueando por la presión y las piernas impulsándome, me lancé directo hacia Gracie y el buzo que la sujetaba. Los dos buzos que los flanqueaban se movieron para interceptarme y dispararon sus arpones en mi dirección.
Espabila, marinero de agua dulce.
Estos tiburones buscaban más sangre.
Me desvié hacia un lado y luego hacia el otro, esquivando los proyectiles que surcaban el agua.
Con la pistola bien agarrada, contuve el fuego.
A diferencia de los arpones de acero, el agua frenaba las balas y distorsionaba su trayectoria en cuanto salían del arma.
Se hundían rápido. No tenía sentido disparar.
Todavía no.
Mantuve los ojos fijos en Gracie, que seguía forcejeando con su captor.
Tenía que quitarme de en medio a estos dos cabrones para llegar hasta ella.
La furia me rugía en el pecho, pero mantenía la cabeza fría y el cerebro calculando cada movimiento.
La calma que precede a la muerte alivió mis brazadas y me impulsó hacia delante.
Aprovechando aún el impulso de la inmersión, me estrellé contra uno de los bastardos y le aparté el arma de un golpe.
Le arranqué la manguera de aire del tanque y le clavé la pistola en el costado.
A esa distancia, el agua no afectaría mi puntería.
Un estallido amortiguado marcó el instante en que el cabrón murió.
Las burbujas que brotaban de su boca se tiñeron de rojo.
Dos fuera, quedaban tres.
Su compañero apuntó y disparó. El arpón salió disparado como un torpedo hacia mi corazón. Me parapété detrás del buzo muerto. El proyectil se clavó en el cuerpo inerte con un golpe sordo que lo sacudió entre mis manos.
Solté al buzo muerto y me giré para ir tras Gracie, pero el buzo que había dejado atrás durante el descenso me embistió desde arriba. El golpe me sacudió el cráneo, me vació los pulmones y me arrancó la Glock de la mano. La pistola se hundió lentamente hasta posarse sobre una capa de sedimento.
Mierda.
El otro buzo aprovechó el ataque de su compañero para lanzarse sobre mí. Los dos habían perdido sus armas o se habían quedado sin munición, pero ahora me tocaba luchar contra dos en vez de uno.
Aparté a uno de los buzos de una patada y me giré para encarar al otro, pero el primero se recuperó rápido y me placó por detrás.
Me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás.
El destello de un cuchillo apuntando a mi garganta me anunció que la muerte estaba cerca.
En el último momento, le agarré la muñeca.
Los pulmones me ardían y las fuerzas me abandonaban mientras forcejeábamos por el cuchillo.
Aun en plena pelea, alcancé a ver a Gracie, que seguía forcejeando con su captor. El tipo le doblaba el tamaño y la superaba diez veces en fuerza. No tenía ninguna posibilidad de escapar.
Le encajó a la fuerza una máscara de rescate facial completa, conectada por una manguera a su propio equipo de buceo. Accionó la válvula para expulsar el agua y bombear aire respirable a la máscara. Querían llevársela viva.
¡Gracie, ya voy!
Los pulmones me ardían por falta de oxígeno, pero conseguí arrebatarle el cuchillo y lancé un tajo. En el último momento, nadó fuera de mi alcance. Cuando volví a localizar a Gracie, estaba atada a su captor, flotando en el agua mientras él se dirigía hacia su scooter.
El agua se arremolinó al girar las hélices y el vehículo salió disparado.
¡Muévete! ¡Rápido!
Reuní las fuerzas que me quedaban, me encaré con mis oponentes y, tras clavarle el cuchillo en la garganta a uno, aparté al otro de un empujón. Ignorando el fuego en mis pulmones, batí las piernas con fuerza y salí tras la estela del scooter.
Varios impactos en la superficie llamaron mi atención. Miré hacia arriba y vi cuerpos atravesando el agua.
Refuerzos.
Reconocí las potentes brazadas de SEAL de Knox mientras placaba al último buzo que venía a por mí. Seguí pateando, pero apenas avanzaba contra la fuerte corriente. Delante de mí, observé horrorizado cómo el scooter y sus pasajeros se perdían en el azul profundo.
Para entonces no me quedaba aliento ni fuerza. Rodeado por la neblina roja que manaba de mí, el mundo submarino parpadeó. Puntos negros invadieron mi visión, cada vez más grandes. Gracie había desaparecido y yo estaba agotado, sin aire y sin tiempo.