Capítulo veintitrés #4
—Eres la mujer más inteligente que conozco —su voz adquirió un tono áspero y desesperado que nunca le había oído—. Tienes que saber que admiro tu visión de futuro, tu arrojo, tu capacidad de recuperarte. Llevo mucho tiempo queriendo hablar de todo esto contigo.
—¡Deberías haberme dicho la verdad!
—¿Cómo? ¿Cuándo? —espetó—. Me acusas de mentiras y omisiones. ¿Y qué hay de tus mentiras y omisiones? ¿Esas no cuentan?
—Yo no...
—Sí, lo hiciste —agitó un dedo acusador en el aire—. No me diste la información que necesitaba para hacer mi trabajo. Escogiste a dedo lo poco que compartiste conmigo y me echaste de tu casa. ¿Cómo coño iba a protegerte si estabas trabajando en mi contra todo el tiempo?
Bajé la mirada hacia mis pies descalzos y me quedé observando los dedos.
No se equivocaba en nada de eso. Me había guardado información para mantenerlo a él y a los demás a salvo de los Morgan.
Era una buena razón, y quizás lo había puesto entre la espada y la pared, pero no podía quitarme de la cabeza que todo esto era un montaje, una fantasía construida a mi alrededor, alimentada quizás por mi soledad, mi desesperación y mis ilusiones.
—Lo primero que hice al volver del cuartel general anoche fue ir a tu casa —Sebastian se llevó las manos a la espalda y se puso a caminar de un lado a otro del muelle—. Quería hablar de todo contigo, pero no estabas. Tuve que ir a buscarte al bar.
Sus ojos centellearon de ira contenida y arrugó la nariz como si acabara de oler algo podrido. Se detuvo un momento, buscando las palabras. Cuando volvió a hablar, la frustración y el deseo habían sustituido el destello de ira en sus ojos.
—Quizás tenía las prioridades cambiadas —miró hacia el agua y luego me clavó la mirada—. Tal vez debería haber hablado contigo antes de hacer el amor. Pero, mujer, dame un respiro. Te di a elegir y elegiste después.
Otra verdad de Sebastian. Me había dado a elegir entre hablar y hacer el amor. Había optado por lo segundo porque lo deseaba con locura. Después de enfrentarme a los Morgan, había necesitado el consuelo físico de estar en brazos de Sebastian, la fuerza que me transmitía.
Resultó que nada de eso era real.
—Tienes que creerme —se acercó despacio y me tendió la mano—. Pensaba contártelo todo.
Retrocedí un paso, y luego otro, rehuyendo su contacto.
—Yo sí te lo conté todo. Confié en ti, hace un momento, y aun así tuve que descubrir tu engaño por mi cuenta.
—Dios es mi testigo —dijo con voz grave—. Estaba a punto de sincerarme contigo cuando sonó el móvil. Quizás debería haberte dicho desde el primer día que Tee me había enviado aquí, pero seamos sinceros. Si te lo hubiera dicho, ¿me habrías dejado quedarme?
Probablemente no.
Se me hundieron los hombros a medida que la tristeza que me oprimía el pecho se hacía más pesada. Aunque tenía razón y yo había necesitado ayuda desesperadamente, lo habría echado.
Dios mío. Menudo desastre. Me había mentido, ocultado el papel de Tee en todo esto y montado un universo falso para sostener la mentira. No había confiado en mí lo suficiente para contarme la verdad, ni siquiera después de anoche, cuando le dije que lo quería.
Eso era lo que más dolía.
—Todo lo que hice fue para mantenerte a salvo —la intensidad de Sebastian me atravesó hasta ponerme los nervios de punta—.
Poner un cortafuegos entre tú, los Morgan y sus socios criminales era y sigue siendo mi prioridad.
Te protegeré pase lo que pase. Perderte no es un riesgo que esté dispuesto a correr.
—No puedes perder algo que nunca tuviste —me esforcé por mantener la voz firme—. Todo lo que construimos juntos se basa en mentiras. ¿Qué queda de nosotros? Tu misión y mi estupidez. No es gran cosa.
—No digas eso —jadeó, con la mirada suplicante—. No vayas por ahí, Gracie. Podemos arreglar esto.
—¿Qué hay que arreglar?
Me di la vuelta y caminé con paso furioso hasta el final del muelle.
Mis pies descalzos golpeaban las tablas mientras luchaba por contener el dolor que me destrozaba el corazón.
Su mirada me quemaba la espalda, pero al menos no me siguió.
Necesitaba tiempo para pensar, para asimilar la avalancha que acababa de aplastarme.
Estaba enfadada con él, pero quizás yo también era responsable de este horrible desastre.
Las lágrimas me ardían en los ojos. Si no le hubiera ocultado las cosas, si hubiera confiado en él y le hubiera mostrado los libros de contabilidad, si hubiera trabajado con él como parte de un equipo, como él intentó hacer desde el principio, las cosas podrían haber sido diferentes.
La regla número seis me lo había impedido.
Mi orgullo también se había interpuesto, al igual que mi incapacidad para aceptar ayuda y mi terquedad. Había estado tan ciega ante sus necesidades como él ante las mías. Y ahora, la verdad nos había dado alcance y había destruido la intimidad que habíamos logrado construir.
¿Cómo puede sobrevivir una relación sin confianza y transparencia?
Me clavé las uñas en las palmas e intenté con todas mis fuerzas no llorar. Un dolor horrible me quemaba por dentro, una terrible sensación de pérdida. No sabía cómo arreglar esto.
Glup, glup, glup.
Varias cosas sucedieron en el transcurso de diez segundos que fueron a la vez muy rápidos y muy lentos.
De pie al final del muelle, vi burbujas que rompían la superficie del océano. Me acerqué un poco más al borde para ver mejor, esperando ver uno o dos manatíes. En su lugar, una cabeza encapuchada y un brazo cubierto de neopreno emergieron de la turbia superficie del agua.
¿Un buceador? No, espera. Otras dos cabezas cubiertas de neopreno aparecieron a cada lado del primero. ¿Tres buceadores?
—¡Atrás!
Miré por encima del hombro y vi a Sebastian corriendo hacia mí, moviendo los brazos con fuerza, los pies golpeando las tablas de madera.
Zing, zing, zing.
Proyectiles con forma de dardos salieron disparados desde la superficie del mar y volaron hacia Sebastian. Sin dejar de correr hacia mí, esquivó uno, dos, tres, pero el cuarto se clavó en él con un impacto brutal que le sacudió el cuerpo.
—¡Sebastian! —grité.
Se le alzaron las cejas. Su rostro se contrajo de dolor. El impacto lo empujó hacia atrás. Se tambaleó. El muelle vibró cuando cayó al suelo. Observé horrorizada cómo una mancha roja teñía su camisa blanca y se extendía por su abdomen.
—¡No!
Me di la vuelta y corrí hacia él.
Con una mueca de dolor y sujetándose el costado, se apoyó con una mano y se incorporó hasta quedar sentado mientras esquivaba más proyectiles mortales.
—¡Al suelo! —gritó—. ¡Ahora!
Whoosh, whoosh, whoosh.
Miré por encima del hombro. Mientras los otros dos buceadores nadaban por los costados del muelle y disparaban sus salvajes púas contra Sebastian, el del medio blandía algo sobre su cabeza. Entre sus dedos enguantados vi un par de bolas pesadas que colgaban del extremo de una cuerda.
Nunca había visto nada igual.
Las bolas giraban en un círculo pequeño pero cada vez más amplio. Los ojos tras los cristales de la máscara se posaron en mí, brillando con crueldad. El buceador soltó su arma. Estaba a medio camino de Sebastian cuando algo brutal se enrolló en mi cintura.
Dolor. Presión. Ooof. El aire escapó de mis pulmones.
Al mirar hacia abajo vi las piedras girando alrededor de mi cintura y la cuerda clavándose en mi piel. Tiré con fuerza para liberarme. Intentando quitármela, seguí la línea desde mi cintura hasta la mano del buceador.
El buceador tiró de la cuerda. Jadeé. ¿Me estaban partiendo en dos? Otro tirón brutal me alejó de Sebastian.
—¡Aguanta! —desafiando las púas que volaban hacia él e ignorando la barra de metal que sobresalía de su costado ensangrentado, Sebastian se puso a cuatro patas y vino a por mí.
Otro tirón feroz me arrastró hasta el borde del muelle. Luché por mantener el equilibrio, pero acabé tropezando y salí volando por los aires.
El grito de Sebastian me persiguió mientras caía: —¡Gracie!
Mi última visión fue de él, arrastrándose hacia mí a cuatro patas, empapado en sangre, con esa cosa sobresaliéndole del cuerpo. Luego mi espalda golpeó el agua con un impacto doloroso y me hundí bajo el mar.