Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

—Para cuando dimos con Gutierrez, su jefe ya se había esfumado. No sabía dónde ni por qué Martin había desaparecido, pero sí nos contó algo que su jefe le dijo antes de abandonar la comodidad de su guarida en Miami.

—¿El qué?

—Gutierrez dijo que Kramer se jactó de tener algunos cabos sueltos de su vida anterior que atar.

—Yo.

—Llevas años buscándolo. Sabía que si descubrías que estaba vivo, irías a por él. Eres la única persona en el mundo capaz de joderle los planes. Le aterra que descubras su chiringuito y alertes a los federales y, peor aún, a Delta Force. Eso sería el fin de Martin y sus socios.

—No lo entiendo —murmuré, intentando encajar las piezas—. ¿Cómo se enteró Martin de que yo sabía que estaba vivo si acabo de enterarme por ti?

—La respuesta a esa pregunta nos lleva al punto de partida —el tono de Trev me advirtió de que venía más mierda—. ¿Tu detective tan caro, Gómez? Lo pillé pasándole información sobre lo que había descubierto a Cuevas.

Joder. —¿Cómo?

—Hackeé los mensajes cifrados de su móvil y descubrí comunicaciones entre ellos. Gomez mantenía a Cuevas al tanto de todas tus investigaciones, y también de las mías.

—Si Gomez trabajaba para Cuevas, ¿por qué pasó la información sobre el pescador? ¿Por qué no organizó directamente mi muerte?

—Lo curioso es que sí lo hizo, pero evitaste sus trampas y sobreviviste a cada intento.

Gomez pasó la información del pescador porque Cuevas quería otro intento de eliminarte.

Cuando llegué yo en tu lugar, Gomez se desconcertó y Cuevas vaciló.

Para cuando ordenaron el golpe, yo ya había hackeado las comunicaciones y sabía lo suficiente para salir del país e ir tras Martin a Miami.

Joder. Por eso nunca logré avanzar. Mi gente sobre el terreno había estado trabajando para Cuevas y Martin desde el principio. Eso también explicaba por qué mis viajes para seguir pistas habían sido tan peligrosos.

—¿Desde cuándo lo sabe Martin? —pregunté.

—Podemos dar por hecho que, en cuanto pisé Sudamérica y contacté con Gomez, Cuevas pasó la información a Martin. Cuevas envió un mensaje a Gomez diciendo que había ordenado a Martin acabar con la amenaza que representabas para el cartel. Martin te ha estado acechando desde que llegaste a Florida.

Recordé al tipo de The Happy Clam, brindando conmigo y atrayéndome al aparcamiento. ¿Anoche tenía que haber muerto?

Había dado por hecho que Camisa Manchada era uno de los vigilantes de los Morgan, pero ahora sabía la verdad. Había habido dos vigilantes anoche, sin saber el uno del otro.

En las transcripciones del primer interrogatorio en la casa de seguridad, los Morgan habían admitido que el hombre calvo con aspecto militar que llamó la atención de Knox y Karma trabajaba para ellos.

No habían mencionado a un segundo vigilante.

Había supuesto que mentían, pero ahora me daba cuenta de que Camisa Manchada había sido el hombre de Martin desde el principio y, sí, anoche tenía que haber muerto.

¿Y el primer ataque, el intento de la primera noche que Gracie y yo pasamos juntos, semanas atrás? ¿Lo había orquestado Martin?

Los Morgan estaban en el extranjero entonces. Había dado por hecho que habían enviado a alguien a matar a Gracie, y ella había pensado lo mismo, pero quizás Gracie no era el objetivo.

Martin siempre había sido un buen tirador. Sí. De pronto lo supe. Fue Martin quien intentó matarme aquella primera noche. Para quitarme de en medio. Había dado por hecho que el objetivo era Gracie, cuando en realidad la diana siempre había estado sobre mí.

—¿Sabemos dónde está Martin ahora mismo? —pregunté.

—Gutierrez no lo sabía —dijo Trev—. Estamos buscando pistas. Acabamos de llegar al edificio de Martin. Vamos a subir a su ático a hablar con su personal. Espero que puedan darnos más información sobre su paradero.

—Avísame de lo que averigües —dije—. Ten cuidado, hermano.

—Tú también. Trev, fuera.

Apreté el móvil. Martin estaba vivo. Después de todo este tiempo.

Parte de mí estaba furioso por su subterfugio, indignado por su traición, por cómo había traicionado a nuestro equipo, a La Unidad, a nuestro país.

¿Se daba cuenta el hijo de puta de que me había hecho pasar un infierno durante tres putos años?

La otra parte de mí estaba en shock. Mi pesadilla había terminado. Su desaparición no había sido culpa mía. De pronto quedaba absuelto de toda culpa.

Absuelto.

Me di la vuelta lentamente, aún asimilando las asombrosas noticias.

Gracie se acercó, sus pies descalzos susurrando sobre las tablas, el cuerpo en bikini tenso como un arco a punto de disparar.

El ceño fruncido le surcaba la frente y sus labios formaban una línea blanca.

Sus ojos. Dios. Mientras estaba al teléfono, se habían convertido en pozos negros de desesperación.

—¿Gracie? —Aunque acababa de liberarme de la culpa por la muerte de Martin, un ladrillo me pesaba en el estómago, presagiando el desastre—. ¿Va todo bien?

—No. —Bajó la mirada hacia sus pies.

Tenía miedo de preguntar. —¿Qué pasa?

Levantó la cabeza de golpe. —Battle Brothers.

No tuvo que decir más. Tragué saliva con la garganta reseca, pero no me salieron las palabras. Un nuevo tipo de miedo me heló las entrañas: el terror de perder a Gracie. Había llegado mi hora de rendir cuentas.

***

Gracie

La tensión que endurecía los hombros de Seb y profundizaba el ceño en su rostro confirmaba que todo lo que había descubierto en los últimos minutos era cierto.

La ira tiñó mi visión del hombre a quien había confesado mi amor la noche anterior.

Todo había sido una farsa: la reconstrucción, él, nosotros.

Todo encajaba. Me habían engañado. Otra vez. Esta vez, el hombre al que amaba.

—Mientras estabas al teléfono, busqué en Google Battle Brothers. —Mi voz tenía un tono mordaz, un filo que prometía arrancarle la verdad.

—No saques conclusiones precipitadas. —Las comisuras de sus ojos se tensaron—. Déjame explicarte.

—No necesito que me expliques nada. —Cerré los puños a los costados—. Ya me hago una idea de esta farsa. ¿Te divertiste tomándome el pelo? ¿Disfrutaste con tu mentira descomunal?

Sus cejas temblaron, librando una batalla entre la ira, la sorpresa y el dolor. —Gracie, yo...

—Para —ordené—. Déjame usar el cerebro por una vez, el órgano que consideras tan deficiente.

Esta vez, sus cejas se juntaron formando un ceño temible. —Nunca he pensado eso.

—Battle Brothers es la empresa de equipamiento de aventura más exitosa del país.

—Ignorando su ceño, expuse mis hallazgos en tono objetivo—.

Los hermanos Battleson son los fundadores de BB, todos multimillonarios a día de hoy.

Según sus biografías, todos sirvieron en el ejército.

Como diriges misiones para ellos, debo suponer que usan la empresa de equipamiento como tapadera de una empresa de seguridad militar privada que operan entre bastidores. ¿Qué tal voy?

—Si te calmas y me dejas meter baza...

—No es necesario —lo callé alzando la barbilla—. La directora ejecutiva de Battle Brothers es Kass Battleson, que resulta que está casada con mi prima Liberty Rose —hice una pausa, me mordí los labios y me forcé a soltar las palabras—. Fue Tee quien te envió aquí, ¿verdad?

Sebastian tragó saliva visiblemente.

—Iba a explicarte...

—¿Explicar qué? —le clavé la mirada y debió de ser abrasadora porque se encogió como si lo hubiera quemado—. ¿Que me mentiste desde el primer día? ¿Que me has estado mintiendo todo este tiempo?

—No te he mentido en absoluto —escupió—. Todo lo que te he dicho es verdad.

—La omisión es una forma de mentir. ¿Vas a seguir mintiéndome o vas a responder a mi pregunta? ¿Te. Envió. Tee. A. Mí?

Respiró hondo y asintió con un gesto seco.

—Sí.

El suelo cedió bajo mis pies. Alargué la mano y me agarré a un pilote de madera. Tee había orquestado todo esto. Contemplé el progreso que habíamos logrado en Crescent Beach. Debería haberlo sabido. Tee nunca hacía nada a medias.

—Déjame adivinar —temblaba de furia, y mi voz salió áspera y ronca—. Tee te envió aquí porque pensó que yo era una idiota débil que ya había arruinado su vida y estaba a punto de volver a hacerlo...

—No es cierto —me interrumpió—. Tee me envió aquí porque sospechaba que estabas en problemas y necesitabas ayuda.

—No quería su ayuda —quería hacer esto sola, demostrarle a ella, a todos, que por una vez era la arquitecta de mi propia vida.

—¿Ves? —Sebastian alzó las manos y gesticuló hacia mí como si acabara de demostrar una teoría científica—. Tee supuso que no aceptarías su ayuda. Al fin y al cabo, te negaste a verla cuando fue a visitarte a la cárcel y le devolviste las cartas sin abrir. Por eso no vino ella misma.

—En cambio, te envió a ti —mi afirmación era una acusación—.

Mi prima superior, sabelotodo y estirada te convenció para que contactaras con su estúpida prima expresidiaria y evitar que se metiera en más líos y avergonzara a su rama de la familia.

Te dijo que hicieras lo que fuera necesario para mantenerme controlada antes de que volviera a joderme la vida y cabrear a su ilustre padre.

Seguramente te sugirió que me follaras hasta someterme si hacía falta.

—¡Gracie! —apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos le palpitaron a ambos lados.

Había dado en el blanco.

Su tez bronceada se puso roja como un tomate.

—No voy a permitir que minimices lo que pasó entre nosotros —tomó varias bocanadas de aire antes de soltar entre dientes—: Tee no es como crees. Ella y su padre no se llevan bien. Se puso furiosa con él cuando descubrió que había rechazado la petición de ayuda de tu tía.

—Claro —me examiné las cutículas con un tono teñido de escepticismo—. Si es así, ¿por qué no intervino y ofreció ayuda cuando la tía Betsy acudió a su padre?

—Tee no estaba cuando ocurrió la discusión —dijo—. Estaba en el extranjero, al mando de una misión.

Alcé la vista hacia él de golpe.

—¿Tee dirige misiones?

—Tee era y sigue siendo una agente de élite que ahora dirige la División de Inteligencia de Battle Brothers.