Capítulo veintitrés
Sebastian
Las tablas bajo mis pies parecieron ondularse como las teclas de un piano. Por un momento perdí el equilibrio. Si no hubiera estado hablando con Trev, podría haberme reído de la noticia imposible, pero era Druid quien estaba al otro lado de la línea, y era meticuloso en su trabajo.
—¿De qué coño estás hablando?
—Martin no está muerto.
Durante unos segundos, ni una palabra logró atravesar el nudo de mi garganta.
—¿Cómo puedes saber eso? —conseguí preguntar al fin.
—Porque lo vi con mis propios ojos.
—¿Qué? —ladré tan fuerte que Gracie levantó la vista desde el extremo del muelle, donde estaba sentada trasteando con el móvil—. ¿Dónde?
—Aquí —dijo Trev—. En Miami.
—¿En Miami? —graznó.
—Afirmativo.
—Perdóname, hermano, pero eso es difícil de creer.
—No me digas, Sherlock —se burló Trev—. Yo tampoco lo creería si no hubiera hecho todo el rastreo yo mismo. Necesito que me sigas el ritmo. Tengo un montón de información que soltarte y poco tiempo.
Respiré hondo, intentando que me llegara algo de oxígeno al cerebro para asimilar la noticia que me estaba destrozando.
—Adelante.
—Cuando por fin conseguí reunirme con el pescador en Perú, me dijo que estaba seguro de haber visto a Martin unos dos meses después de la redada de Camacho, en Iquitos, con algunos miembros del Cartel Salomé.
Hackeé las autoridades locales y conseguí un buen resumen de los líderes del grupo: nombres, alias, fotos, de todo.
Volví donde el pescador con las fotografías.
Señaló a tres de los hombres que había visto escoltando a Martin.
Sabía bien el esfuerzo y la concentración que requería este tipo de trabajo minucioso, incluso cuando Trev contaba con el respaldo de un equipo de formidables ciberguerreros.
—¿Qué pasó entonces?
—Rastreé a los hombres: registros policiales, cuentas bancarias, redes sociales, todo lo que te puedas imaginar.
Idiotas —Trev no ocultó su desprecio por los hombres que envenenaban el mundo por un puñado de billetes—.
Tendrías que ver sus fotos en redes, de fiesta en Miami.
Nos colamos en los servidores de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos y nos tocó el gordo.
Los tres aterrizaron en Florida unos tres meses después de que Martin desapareciera del radar.
—Quieres decir tres meses después de mi batalla con el Cartel Salomé.
—Afirmativo —dijo Trev—. Ahora trabajan para la división americana del cartel. ¿Adivina quién es el jefe?
—No estoy para adivinanzas —la adrenalina me recorría el cuerpo—. Nombres, dame nombres.
—El jefe del Cartel Salomé en América es un hombre llamado Karl Kramer.
—Nunca he oído hablar de él —dije—. ¿Y?
—Es idéntico a Martin —Trev me soltó esa bomba—. Bueno, salvo que ahora es rubio platino y viste trajes en lugar de camuflaje.
—Esto no puede ser —tartamudeé—. Vi a Martin. Sangraba como un cerdo degollado. Estaba muerto o agonizando.
—Martin está vivo y coleando —repitió Trev como si quisiera grabármelo a fuego en la cabeza—. Como Karl Kramer, es un pez gordo en Miami. Vive en un ático de lujo en Brickell.
—No lo entiendo —me pasé los dedos por el pelo y tiré con fuerza para asegurarme de que no estaba soñando.
—Os abandonó a ti y a tu equipo —dijo Trev con una certeza que me golpeó como una patada en los huevos.
—¿Cómo sabes eso?
—Algunos de nosotros nos reunimos con el segundo de Martin, un hombre llamado Ydiro Gutiérrez.
Era uno de los tres tipos que escoltaron a Martin fuera de la jungla y viajaron con él a Estados Unidos.
Gutiérrez entró en el país en el mismo avión y en la misma fecha que Karl Kramer, la identidad que había asumido Martin. ¿Captas lo que te digo?
—Capto lo que dices —Trev había organizado un encuentro con Gutiérrez y le había sacado la información directamente de la boca al cabrón—. Continúa.
—A cambio de un billete de ida a Sudamérica en lugar de una larga temporada en una prisión americana, Gutiérrez soltó la sopa. Dijo que Martin había hecho un trato con el Cartel Salomé antes de bajar a la jungla contigo y con tu equipo.
—Martin era Delta —no podía asimilarlo—. Llevaba casi quince años en La Unidad.
—Martin no tenía tu espíritu de guerrero —Trev dejó que eso calara—. Tenía información, habilidades y conocimientos de un valor incalculable para los cárteles. Y también deudas de juego hasta las cejas.
—¿Deudas de juego? —los golpes no paraban de llegar—. Eso habría sido una señal de alarma enorme en La Unidad. ¿Cómo es que Delta Force no sabía nada de esto?
—No era idiota —dijo Trev—. Mantuvo su adicción al juego bajo el radar, pero necesitaba dinero, y no hablo de unos pocos miles. Hablo de varios millones.
Mierda. ¿Cómo no había olido la peste cuando revisé su expediente antes de dejarle unirse a mi equipo?
—No te machaques por no haberlo sabido —Trev me conocía demasiado bien—.
Los altos mandos no lo sabían. Sus antiguos compañeros de equipo no lo sabían.
Tú tampoco podías haberlo sabido. El caso es que Martin necesitaba una solución para pagar su deuda, pero también para construirse la vida de poder y lujo a la que aspiraba.
—Pero era de Delta Force —seguía sin poder creer que alguno de los nuestros pudiera fallarle así a La Unidad y a Estados Unidos—. Los Delta no hacemos esa mierda.
—Las malas hierbas crecen en todas partes —dijo Trev—.
En su caso, ser Delta le dio las ventajas que necesitaba.
Había estado destinado en el Comando Sur la mayor parte de su carrera y había participado en un montón de misiones en la zona.
Conocía a fondo los cárteles, su funcionamiento interno y a sus actores clave.
—Esto es de traca —mascullé una retahíla de maldiciones—. Cuando se presentó voluntario para la misión, lo acepté porque conocía bien el terreno.
—Lo aprovechó para su beneficio personal, sin duda —dijo Trev—.
Para entonces, ya había decidido dejar Delta Force.
Según Gutierrez, Martin les dijo a sus nuevos socios que estaba harto de jugarse la vida por una miseria.
La forma más rápida de conseguir el dinero y el nivel de vida que quería era trabajar con los cárteles.
—Jodido cabrón —escupí—. Se pasó al enemigo. Eso no es propio de un Delta.
—Oye, a mí no tienes que convencerme, pero la codicia de Martin pudo más que su entrenamiento.
Llevaba tiempo esperando una oportunidad para meterse con los cárteles cuando se enteró de tu misión para cargarse a Camacho.
Se presentó voluntario para tu equipo y además se las arregló para reunirse con el segundo de Camacho, Jorge Cuevas. Es un nombre que vas a volver a oír.
—Sigue.
—Cuevas estaba en Estados Unidos buscando distribuidores locales. Como Camacho era el objetivo principal de la misión, Martin se ofreció a allanarle el camino a Cuevas para que se convirtiera en el nuevo jefe del Cártel Salome cargándose a Camacho.
—¿O sea que Cuevas sabía que íbamos a por él, pero no avisó a Camacho?
—Exacto —dijo Trev—. Cuevas también se aseguró de no estar con Camacho esa noche. En cuanto murió Camacho, asumió el mando del cártel.
—Menudo hijo de puta —me froté las sienes, que me palpitaban de dolor—. Dicho así, me siento como un imbécil que le hizo el trabajo sucio. Martin usó la misión para medrar.
—A cambio de aupar a Cuevas a la cima —continuó Trev—, este le ofreció una nueva identidad y el mando de la división norteamericana del cártel. Para eso, necesitaba salir de Delta Force de forma definitiva.
—¿Te contó Gutierrez cómo se las arregló para escabullirse del equipo y evitarme?
—Sí —dijo Trev—. No te va a gustar.
Como si algo de lo que había dicho hasta ahora me hubiera gustado.
—Gutierrez dijo que Martin llevaba bolsas de sangre en la mochila —explicó Trev—. Como cubría la retaguardia, se quedó atrás, se roció de sangre y disparó al aire varias veces, delatando vuestra posición al enemigo. Se hizo el muerto fingiendo una herida mortal.
Apreté el móvil con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
—Cuando los hombres de Cuevas os flanquearon —continuó Trev—, Martin se escabulló. Se reunió con Cuevas, que lo esperaba cómodamente en su todoterreno a un par de kilómetros.
—Traidor —gruñí.
Me ardía el estómago de saber que había cargado con el tipo a hombros durante kilómetros y había corrido todo tipo de riesgos, junto con el resto de mis hombres, para asegurarme de que Martin saliera vivo de aquel infierno, cuando desde el principio había planeado pasarse al enemigo.
—El plan era que tú y todo tu equipo murierais ese día —Trev hizo una pausa y carraspeó—.
Con todos muertos, no habría testigos. Pero tú y tus hombres supisteis sortear la emboscada, esquivasteis a los mejores hombres de Cuevas y os abristeis paso a tiros hasta el helicóptero.
A Martin le jodió muchísimo que siguieras buscándolo.
Le retrasó los planes de establecerse en Estados Unidos.
—¿Cómo coño logró escapar de mí? —exigí—. Lo busqué por todas partes.
—En helicóptero. Tres meses después, cuando se calmó el revuelo oficial, Cuevas le consiguió documentación nueva a Martin y este se largó a Florida.
—Joder, por el amor de Dios —me pasé los dedos por el pelo y me clavé las uñas en el cuero cabelludo—.
Por eso nunca encontré rastro de él, ni vivo ni muerto.
Porque el muy cabrón no estaba allí, había abandonado la zona incluso antes que el resto del equipo y yo.
Por eso tampoco nadie habló. Porque Martin se coronó rey, solo por debajo de Cuevas.
Todo era una puta mierda. El entrenamiento de un Delta usado para evadir a los suyos y ayudar al enemigo. Años de mi vida buscando a un hijo de puta al que le importaba todo una mierda, un cobarde que había abandonado a su equipo y traicionado a su país por dinero.
La rabia me hervía en las venas. Los músculos de la base del cuello se me agarrotaron de tensión. Iba a matar al traidor con mis propias manos.
—¿Dónde coño está Martin ahora?
—No lo sé.
Reprimí el rugido que me subía por la garganta.
—¿Cómo que no lo sabes?