Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo veintidós
74%

Capítulo veintidós

Gracie

Me desperté con el aroma a beicon y café fuerte que llegaba desde la cocina, el mejor perfume de la mañana. Me estiré en la cama, aspiré profundamente y dejé escapar un suspiro de pura satisfacción.

Me dolían ciertas partes del cuerpo: los pezones, por ejemplo, lo cual no era de extrañar considerando la fascinación oral de Seb por ellos. También tenía el coño dolorido, pero de ese dolor placentero que deja el buen ejercicio; el resto de mis músculos, en cambio, estaban completamente relajados.

Qué noche.

Las últimas horas habían cristalizado en el episodio más fantástico e inolvidable de mi vida.

Después de hacer el amor bajo las estrellas, Seb trepó al árbol y volvió a colocar la cámara en su ángulo correcto. Luego subimos a la casa para la segunda parte.

En mi cama, prendimos fuego a las sábanas. Nos fuimos volviendo más atrevidos y cómodos el uno con el otro a medida que nos soltábamos y experimentábamos a placer.

Yo encima, en el sesenta y nueve, yo a cuatro patas... habíamos encontrado un inmenso placer retándonos mutuamente a llegar al clímax. La resistencia de Sebastian era extraordinaria se mirara como se mirara, y yo no tenía ni idea de que podía correrme tantas veces seguidas.

Había algo desesperado y magnífico en su forma de hacerme el amor, una honestidad física que me llevaba a cotas que nunca había alcanzado. Y lo mejor de todo era que cada orgasmo venía acompañado de esas tres palabritas que, juntas, comenzaban a construir el andamiaje de mi cuarta vida.

Si me moría ahora, me moría feliz.

Sebastian era un amante increíble: amable pero apasionado, dulce pero intenso, tierno pero firme y exigente, ansioso por complacer pero también deseoso de ser complacido. Cuando estaba en mi cama, me sentía la reina del placer.

Hablando del rey de Roma. Hizo su gran entrada en mi dormitorio sin más ropa que sus bóxers y con una taza humeante en cada mano.

—Buenos días.

Su hermosa sonrisa floreció entre la sombra oscura de su barba. Eso, junto con su cabello revuelto, le daba un atractivo sexual masculino y pícaro que hacía salivar a la glotona que llevaba dentro.

—Buenos días.

Reprimí las ganas de abalanzarme sobre él, pero no pude evitar recrearme en su cuerpo: en los tendones que dibujaban la tableta de sus abdominales, en los músculos que formaban su pecho y servían de base para sus anchos hombros y su cuello fuerte, en la electricidad que bailaba en sus ojos azules.

Mis pezones se irguieron con gran interés. Subí la sábana para cubrir mi reacción, me senté apoyada en el cabecero y sonreí.

—¿Cómo supiste que estaba despierta?

—Oí el roce de las sábanas.

Mi sexy amante, con sus sentidos tan agudos, notaba hasta el más mínimo detalle.

Me pasó una taza de café y dejó la suya en la mesita de noche antes de meterse en la cama conmigo.

—¿Podemos acordar que el pudor ya no tiene sentido entre nosotros?

¿Después de lo de anoche?

—De acuerdo.

—Excelente.

Bajó la sábana y plantó un beso en cada uno de mis pezones.

—Buenos días, Derechito. Buenos días, Izquierdito.

Mis risitas llenaron la habitación y dibujaron en su rostro esa sonrisa feliz que tanto me gustaba ver. Estaba bastante segura de que tenía el pelo hecho un desastre, pero la manera en que me miraba en ese momento me hacía sentir la mujer más hermosa del mundo.

—También besaría tu coño —dijo—, pero me temo que eso llevaría al libertinaje.

Arqueé una ceja traviesa.

—No te oponías al libertinaje anoche.

—Tú tampoco, así que esta mañana me toca a mí tomar la iniciativa y asegurarme de que ella tenga el descanso que se merece.

Deslizó la mano entre mis piernas y le dio a mi coño una palmadita amistosa.

—Hola, belleza.

Mi protector autoproclamado se tomaba sus responsabilidades al extremo. Lástima que, en lo que al sexo se refería, yo no quería que me protegieran. Quería que me devoraran... y ser yo también devoradora.

—¿Qué hora es? —pregunté mientras daba un sorbo al café.

—Las doce menos diez.

—¿Mediodía? —jadeé—. ¡No puedo creer que haya dormido tanto!

—Te merecías dormir hasta tarde.

Sus ojos brillaron divertidos.

—Quiero que disfrutes de un domingo tranquilo en casa.

Domingo en casa. Con Sebastian. Sonaba tan, tan de ensueño.

—Vamos, que el desayuno espera —dijo—. Y después tengo una sorpresa para ti.

Mi estómago gruñó, reaccionando a la palabra «desayuno».

—¿Has cocinado para mí?

—Lo he intentado. Quería mimarte, pero come bajo tu propia responsabilidad.

¿Tenía a alguien que quería mimarme?

Las cosas iban mejorando.

Los huevos estaban un poco secos y la tostada quemada, pero el beicon estaba perfecto, y por compartir la mesa con Sebastian habría comido ladrillos si hubiera hecho falta. Y el café... vaya, el café de Sebastian.

—Creo que me gusta tu café tanto como me gusta tu polla —declaré mientras iba por la tercera taza.

Estalló en carcajadas.

—Me alegra saber que tengo dos cualidades que te complacen.

—Más de dos —corregí—. Esas son las más destacadas.

La alegría me inundó al oírle reír de nuevo.

Después del desayuno, nos pusimos los bañadores. Yo me eché un pareo sobre el bikini y él se puso una camiseta blanca. Cuando estuvimos listos, agarró un par de toallas y me guio fuera de la casa, escaleras abajo.

—Está más tranquilo de lo que ha estado últimamente —observé mientras cruzábamos el aparcamiento.

—Knox no ha parado de quejarse de que soy un negrero. Así que le he dado al equipo un día libre.

Se me despertó la curiosidad.

—¿Están todos libres?

—No todos —dijo—. Tenemos la guardia habitual y algunos de los chicos han salido, los enviamos de urgencia a escoltar a los Morgan hasta la casa franca.

El resto tiene el domingo libre de las obras.

El silencio que oyes es el de un montón de simios echando la siesta y holgazaneando que no quieren delatarse, no vaya a ser que cambie de opinión y los ponga a trabajar otra vez.

—Qué déspota tan generoso —bromeé.

—Alguien tiene que conducir este camión —me dedicó una sonrisa rápida—. Ahora, cierra los ojos y no mires.

Agarrada a su mano, hice lo que me pedía, avanzando a tientas hasta que me pidió que subiera un escalón y el suelo bajo mis chanclas se volvió más firme.

—Vale —dijo—. Ya puedes abrir los ojos.

En cuanto lo hice, solté un grito ahogado.

—¡La piscina! —chillé—. ¡Dios mío! ¡Está terminada!

—Así es, está terminada —Sebastian esbozó una sonrisa orgullosa mientras contemplaba las baldosas recién colocadas de la terraza y las aguas azules de la nueva piscina—. Aquí se ha renovado todo. ¿Te gusta?

—Me encanta —le di un gran abrazo—. ¿Cómo has hecho esto tan rápido y justo delante de mis narices?

—Contraté al equipo adecuado y les di un incentivo económico —dijo—. Acaban de llenarla de agua ayer. Quiero que seas la primera en probarla.

—¡Qué emocionante! —sonriendo, me quité las chanclas y el pareo de playa, y bajé por los escalones.

El agua estaba fresca y las pequeñas baldosas azul verdosas bajo mis pies brillaban con el sol. Los colores resplandecientes me recordaron a los ojos de Seb cuando centelleaban de alegría. Me impulsé desde la pared y nadé a lo largo de la piscina, deslizándome con suaves brazadas de pecho.

—Es perfecta —grité al llegar al otro lado—. Simplemente perfecta.

Sebastian colocó las toallas sobre la barandilla y se zambulló, camiseta y todo. No salió a respirar ni una vez. Cruzó toda la piscina bajo el agua y apareció a mi lado con una enorme sonrisa en la cara.

—Nada mal —me plantó un beso en los labios y se dio la vuelta para admirar su logro más reciente—. Los subcontratistas hicieron un buen trabajo.

El sol lo adoraba casi tanto como yo. Estaba tan sexy, tan guapo, con el pelo oscuro peinado hacia atrás y la camiseta blanca pegada a su magnífico cuerpo.

La tela empapada me ofrecía vistas tentadoras de su piel bronceada y sus músculos ágiles, que se transparentaban en zonas. Cuando volvió a sonreír y clavó su mirada centelleante en mí, me derretí en la piscina.

El sol, la vista del mar y la playa siempre habían sido los mejores recuerdos de mi infancia, pero hoy, con Sebastian de pie junto al borde de la piscina, su magnífico cuerpo preparado para el placer, estaba segura de que los mejores recuerdos de mi vida adulta estaban naciendo.

Durante la mayor parte de la tarde, retozamos en el agua o nos tumbamos sobre nuestras toallas junto a la piscina, disfrutando de la compañía del otro de un modo nuevo para nosotros.

Reprimiendo mis deseos y ciñéndome a los más altos estándares de higiene de piscinas públicas, no fui más allá de abrazos y besos.

¿Sinceramente?

Me merecía el Premio a la Contención del Año y lo cobraría en cuanto consiguiera llevar a Sebastian de vuelta a mi cama.

Después de un par de horas perezosas durmiendo la siesta y acurrucados en una hamaca recién colgada, me hizo un gesto para que lo siguiera.

Mis sorpresas no habían terminado. Toallas en mano, paseamos hasta el muelle reconstruido y caminamos hasta el final, donde nos esperaban un par de cañas de pescar, una caja de aparejos, un cubo de cebo y una pequeña nevera.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Te encanta pescar —me entregó una caña—. A mí me encanta pescar. Así que pesquemos.

Me di cuenta de que debía de haber planeado todo esto antes de que me despertara. Añadí «considerado» a la larga lista de atributos que había ido recopilando de él.

—Te has superado —puse el cebo en el anzuelo, disfrutando del calor del sol en mi piel y de la pasión que brillaba en los ojos de Sebastian—. Hace mucho que no pesco.

—Quería pasar todo el día contigo, haciendo cosas que te gustaran —dijo mientras ponía cebo en su anzuelo—. Y...

—Sí, lo sé —lancé el sedal y miré el flotador que se balanceaba en el agua—. Tenemos que hablar. Supongo que necesito contarte mi historia, ¿verdad?

—Los detalles son importantes.

Con la caña en la mano, de pie junto a él, me recordé que había demostrado ser digno de confianza con mis secretos. Ya me había ayudado de muchas maneras. Merecía la verdad, y me obligué a revisitar los amargos recuerdos que condujeron a mi caída.

***

Sebastian