Capítulo veintiuno #4
En cambio, sin soltar sus pechos, fui besando su cuello, mordisqueando los relieves de su garganta. Besé el punto sensible detrás de la oreja y luego seguí trazando los contornos de su rostro con los labios.
Besé cada centímetro de su frente y rocé los labios sobre sus párpados cerrados, mejillas y nariz antes de llegar a su boca. Allí me deleité un rato, mientras su cuerpo se retorcía debajo de mí y sus muslos se separaban para alojar mi sexo en la unión de sus piernas.
El calor que emanaba de su coño reclamaba mi polla y, aun así, resistí, luchando contra el instinto, soportando mi dolorosa erección. No cedería. No hasta que ella estuviera más que lista para correrse de nuevo.
Invirtiendo el recorrido, fui besando el centro de su cuerpo hasta el pubis. Hundí el rostro en su vello púbico, inhalando su aroma: Primrose, océano y brisa tropical.
Qué combinación embriagadora.
Manteniéndole los muslos separados, hundí la lengua entre sus pliegues y la deslicé arriba y abajo por sus suaves tejidos internos.
Ella se arqueó, se retorció e incluso intentó cerrar las piernas en un momento, pero la mantuve abierta y me concentré en su clítoris, jugueteando con la lengua a su alrededor hasta que gimió y sollozó.
—Seb, por favor —suplicó—. Tú. Dentro de mí.
Me incorporé sobre las rodillas, alargué la mano hacia la cartera en mis vaqueros y saqué un condón.
Abrí el envoltorio y desenrollé el látex lubricado sobre mi erección.
No es que Gracie necesitara lubricación.
Sus pliegues estaban empapados y más de su humedad íntima brotaba cuando masajeé su abertura con la parte plana del pulgar.
Estaba tan lista.
Me incliné sobre ella y, apoyándome en los codos, me sostuve encima, cuidando de no aplastarla con mi peso. Sus piernas rodearon las mías y su coño se alzó para encontrarse con mi polla enfundada.
Tranquilo. No tenía sentido echar a perder todo mi buen trabajo. Llevaba demasiado tiempo esperando para volver a estar con ella. Yo era grande, ella pequeña, y quería que lo disfrutara.
Encajé la punta de mi polla contra su abertura y presioné un poco. Joder. Su entrada se contrajo alrededor de mi glande, una presión gloriosa. Gemí, luchando contra el impulso de hundirme en ella de golpe.
Gracie no fue tan cuidadosa. Ladeó las caderas y alzó el coño al mismo tiempo, plantó las manos en mi trasero y me atrajo hacia ella con una fuerza que yo no sabía que tenía.
Una vez que la punta de mi polla estuvo dentro, el resto siguió, impulsado por una necesidad desesperada. Me hundí en ella hasta la empuñadura, una larga embestida que me vació la mente mientras atravesaba sus apretadas paredes y la llenaba por completo.
Por fin.
Ambos gemimos en gloriosa agonía. Quería ir despacio, pero ella no me dejó. Apretó mi verga y meció las caderas, subiendo y bajando por mi polla, una caricia tan obscena que ya no pude resistir más.
Embestí en ella y, tomando sus señales, me uní a la locura de su cuerpo y la acompañé hasta el borde del orgasmo que se me venía encima a toda velocidad.
—¡Ahora! —gritó—. ¡Ahora!
Ella se apretó contra mí. En respuesta, me estrellé contra ella.
La colisión provocó una descarga que comenzó en la base de mi columna y atravesó mis huevos.
Mis testículos se contrajeron justo antes de que mi semen saliera disparado.
Una y otra vez me corrí al ritmo del clímax de Gracie, su coño apretándome, succionándome con su agarre firme.
Apreté los dientes mientras un gruñido gutural escapaba de mis labios. Descargué todo mi semen en el condón, pero la fantasía que alimentaba mi placer era que todo iba dentro de Gracie, para ella.
Fue el orgasmo más poderoso que había experimentado en mi vida. Cuando terminó, sus ecos persistieron, y me dejó agotado pero también en un estado de euforia. El placer resonó por mis venas, mis huesos, mi alma. Temblé en sus brazos con la misma fuerza con la que ella se estremeció en los míos.
Nos recuperamos del clímax con besos largos y suaves antes de que hundiera el rostro en el hueco de su cuello e inhalara su aroma transformado: mi esencia mezclada con la suya.
—¿Bien? —susurró en mi oído, con la voz aún temblorosa.
—Extraordinario —le besé el hombro.
—Todavía me gusta esa palabra —su voz sonrió contra mi mejilla.
—Lo practicaremos de nuevo —dije con voz ronca—. En cuanto me funcionen las piernas y pueda arrastrarnos escaleras arriba.
Sus risitas roncas llovieron sobre mi mejilla.
Me alcé sobre los codos y rocé sus labios con mi boca. Contemplé el destello en sus ojos, el brillo húmedo en sus labios bien besados y las marcas rosadas que había dejado el roce de mi barba.
—Gracie Rose —dije—, eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Su sonrisa deslumbrante me transportó a un mundo mejor donde ella marcaba el ritmo de mi corazón y daba sentido a mi futuro. Lo que no le dije en ese momento es que también me había cambiado. Que estaba listo para seguir adelante en todos los sentidos.
Sin embargo, armándome de valor, me dispuse a corregir una omisión flagrante.
—Tienes que saberlo —susurré—. Yo también te quiero.