Capítulo veintiuno #3
Su trasero. Estaba esculpido en granito. No podía esperar a volver a sentir sus poderosos glúteos moviéndose bajo mis palmas.
—¿Vienes? —gritó, justo antes de zambullirse de cabeza en el mar y desaparecer bajo el suave oleaje.
En el silencio que siguió, dudé un momento. ¿Que si iba?
No hacía falta recurrir a las reglas. Joder, sí. Voy.
Entré en el agua poco profunda justo cuando su cabeza emergió a unos buenos seis metros de la orilla. Flotaba en el agua oscura.
—Ah, ah, ah. —Con los dientes relucientes bajo la luz de las estrellas, su sonrisa me llamaba como un faro en el mar—. En cueros, ¿recuerdas?
Bañarse en cueros. Sí. Había sido tan bueníta de pequeña que nunca lo había hecho, ni siquiera cuando mis amigas lo hicieron.
Se acabó la bueníta.
De cara a Seb, saboreando el calor de su deseo, me desaté los cordones y me quité la camiseta por la cabeza. Los pantalones cortos fueron los siguientes, luego el sujetador sin tirantes y las bragas. Lancé los pendientes y la diadema encima de la ropa.
Con el agua hasta los tobillos, me quedé quieta un momento, bañada por la luz azul de las estrellas, disfrutando de la brisa que me acariciaba la piel desnuda.
Fija en mí, la mirada de Seb brillaba casi tanto como su sonrisa. Al saber que tenía toda su atención, me sentí traviesa y libre.
Desnuda como Dios me trajo al mundo, caminé hacia el mar hasta que el agua se cerró a mi alrededor y me llegó al pecho. Las aguas del golfo eran cálidas y, sin embargo, yo estaba tan acalorada que me parecieron frescas en la piel.
—Por aquí. —Me hizo señas con la mano.
Me impulsé desde la arena suave bajo los pies y nadé hacia Seb con brazadas fáciles. Cuando llegué a su lado, me mantuve a flote. Los dedos de los pies no me llegaban al fondo.
Extendió la mano y me atrajo hacia él. —No hace falta que te canses.
Nuestros cuerpos se encontraron bajo el agua. Con los pies plantados en la arena, me acogió en sus brazos. Le rodeé el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, pegándome a él. Estrechó su abrazo, apretando mis pechos contra su torso, y atrapó mi boca con sus labios.
No sé cuánto tiempo nos besamos. Mucho, creo. Su lengua y sus labios me recorrían con el mismo ardor que impulsaba sus manos a acariciarme la espalda, amasarme los pechos y juguetear con mis pezones, volviéndome loca.
Sus manos estaban por todas partes. Mi vello púbico le rozaba la ingle mientras él pegaba nuestros vientres y me deslizaba arriba y abajo a lo largo de su erección.
Cerré los ojos.
La combinación de presión y fricción me hizo gemir contra sus labios. El agua nos mecía suavemente, creando un vacío donde solo existíamos nosotros, acompañados por una noche cargada de deseo creciente.
Mientras nos besábamos y nos frotábamos el uno contra el otro, mi placer se disparó. Desesperada por sentirlo dentro de mí, mecí las caderas y froté el clítoris contra su miembro erecto.
Agarrándome las nalgas, guiaba mis movimientos, deslizándome arriba y abajo sobre su polla con un agarre firme que me satisfacía por completo. Llevaba días deseándolo. Ni siquiera estaba dentro de mí y, sin embargo, la poderosa oleada me pilló por sorpresa.
Abrí los ojos y jadeé. —Creo que voy a...
—Córrete, Primrose —susurró entre besos—. No te contengas.
Sus palabras fueron tan ardientes y devastadoras como su tacto. Mientras mis pezones se frotaban contra su pecho y su sexo palpitaba entre mis pliegues, el placer me desbordó.
Con un gemido gutural que resonó sobre el océano, me tensé en sus brazos y me dejé ir. Un enorme orgasmo sacudió mi cuerpo en oleadas de placer que convirtieron las estrellas en cometas y grabaron la Vía Láctea en mi retina.
Flotando en medio de mi mar, anclada al fondo del océano por el agarre de Seb, morí en sus brazos, susurrando su nombre.
***
Sebastian
Se deshizo en mis brazos, hermosa en pleno clímax, un orgasmo que llenó de orgullo a este soldado. Al verla correrse, comprendí que Primrose era mi definición del placer encarnado en una mujer.
Su orgasmo fue solo el comienzo. Esperé a que se recuperara en mis brazos, ignorando la necesidad que palpitaba en mi cuerpo, saboreando su placer, cómo su cuerpo seguía estremeciéndose y temblando mucho después de haber llegado al clímax.
Cuando terminó, se reclinó y flotó entre mis manos, con el rostro relajado, los labios curvados hacia arriba, el cabello extendido en cortos zarcillos oscuros alrededor de la cara.
Cuando inspiró hondo, sus pechos emergieron del agua y las puntas de sus pezones rompieron la superficie, hermosos picos que se alzaban sobre islas emergentes.
Me incliné y le besé un pezón. Ella abrió los ojos y me dedicó una sonrisa satisfecha que iluminó la noche.
—Vaya —susurró después de unos minutos—. Creo que acabas de desatar un tsunami.
Me reí. —¿Deberíamos dar la alerta?
—No hasta que desatemos tu tsunami. —Bajó los pies y, tras apoyar un brazo en mi hombro, me acunó los testículos y deslizó los dedos sobre mi erección, arrancándome un gemido por el esfuerzo de contenerme.
—¿Qué tal un terremoto? —dije, sosteniéndola mientras avanzaba hacia la orilla.
Sus ojos brillaron de deseo. —Me parece bien.
Le pasé un brazo bajo los hombros y el otro bajo las rodillas, la saqué del agua y la deposité sobre la toalla extendida en la arena.
Me incorporé y la contemplé desde arriba. Las coloridas rayas de la toalla enmarcaban su hermoso cuerpo. Riachuelos y gotas brillaban en su piel, reflejando la luz plateada de la noche.
Me arrodillé junto a sus pies y me llevé los dedos de un pie a la boca.
Después de besar cada uno, fui mordisqueando por su espinilla.
Levantándole la pierna, me desvié hacia el hueco detrás de la rodilla.
Cuando besé y lamí allí, todo su cuerpo se estremeció.
Sonreí en la oscuridad, feliz de descubrir un nuevo punto sensible en ella.
Mi polla se había vuelto tan dura y pesada que parecía fundida en hormigón. No podía contenerme mucho más y, sin embargo, aún me quedaba mucho por hacer.
Fui besando su muslo hasta la cadera y luego deslicé la boca hacia un lado. Jugueteando con la lengua alrededor de su ombligo, lamí y besé la llanura de su vientre, saboreando el mar en su piel.
Sabía tal como la recordaba: dulce, sabrosa y salada.
Su vientre se agitaba bajo mi boca. Ella me enredó los dedos en el pelo, susurrando palabras de deseo.
Decidido a prestar atención a cada centímetro de ella, fui besando de un lado a otro sobre sus costillas hasta detener la boca entre sus pechos, acunando sus senos en las manos.
Amasando su carne mullida, acariciándole los pezones, los acerqué y, girando la cabeza, alterné entre succionar uno y el otro.
Sus pezones se estiraron en mi boca cuando succioné más fuerte.
Ella se arqueó sobre la toalla y gimió, un sonido que me atravesó la ingle, me tensó los testículos y me endureció la polla.
Deslicé una mano entre sus piernas y descubrí la humedad resbaladiza que lubricaba sus pliegues.
Era tan difícil no hundirme en ella allí mismo.