Capítulo Trece #2
Les había puesto vigilancia, pero eran muy escurridizos y tenían recursos de sobra para contratar a otros y desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Trev estaba intentando encontrar una conexión entre ellos y el ataque de la primera noche, pero de momento no teníamos nada.
Los nuevos dispositivos de seguridad, las patrullas regulares a pie y por mar, y la vigilancia permanente me daban cierta tranquilidad, pero teníamos que estar preparados para cualquier cosa. Mientras Gracie se quedara dentro del perímetro, estaría a salvo. Pero ¿acataría Gracie mis reglas?
Hasta ahora, la respuesta era un rotundo no. Tal como había sospechado, ya se las había apañado para salir. No tenía ni idea de que yo había anticipado su plan, pero joder, mejor así. Se pondría hecha una furia si se enteraba de que la habían manipulado.
No me gustaba tener que sonsacarle información, pero tenía que hacer lo que fuera para mantenerla a salvo. Cuando volví de mi reunión con los planos aprobados y el proceso de expropiación en pausa, Knox me esperaba con un informe completo.
Había tenido razón sobre los planes de Gracie. Se me revolvió el estómago. No me gustaba que hubiera confiado en Knox. Quería que confiara en mí. Tenía una necesidad visceral de ser su primera opción. Una noche con ella y tenía la cabeza hecha un lío. Mis emociones eran un caos.
Esto no era propio de mí.
Poner a Knox al frente me mantenía alejado de problemas, centrado en la misión y libre para seguir dedicando mis esfuerzos a encontrar a Martin sin distracciones innecesarias. Pero maldita fuera, esa mujer me perseguía a cada minuto del día.
Knox se acercó y se quitó el sombrero con teatralidad antes de hacer una reverencia burlona.
—Su majestad.
El payaso irreverente se irguió.
—¿Me llamabas?
—Déjate de payasadas —ordené, reprimiendo una sonrisa.
—¿Averiguaste qué coño hizo en el banco? —Knox se abanicó la cara sofocada con el sombrero—. Dijo que necesitaba recuperar unos documentos, pero salió con las manos vacías y más nerviosa que un flan.
—Fácil —dije—. Fue al banco a recuperar una memoria USB.
Knox me miró con recelo.
—¿Y cómo coño sabes eso?
—Encontré el USB, por eso lo sé.
—Espera.
Knox frunció el ceño.
—¿Entraste en su casa a registrar?
No tenía sentido negarlo.
—Sé dónde guarda sus secretos.
—Joder, tío.
Knox sacudió la cabeza.
—Menudo novio aterrador estás hecho.
—Positivo en lo aterrador, negativo en lo del novio.
—Aspirante a novio, entonces —Knox frunció el ceño—. Me pregunto qué habrá en la memoria USB.
—Pruebas encriptadas —respondí—. Gracie tiene algo contra los Morgan.
—¿Quieres decirme cómo sabes eso?
—Conseguí la memoria, la copié y se la envié a Trev.
—Joder, Seb. Ahora me estás asustando de verdad.
—Quien no arriesga, no gana.
—Los Delta sois una panda de bichos raros y mentes criminales —me acusó.
—Gracias —lo provoqué con una sonrisa—. Me alegra que por fin admitas nuestras habilidades superiores.
—No he hecho tal cosa, maldito marinero de agua dulce. Espera —se volvió hacia la orilla—. ¡Eh! ¡Tú! ¡Imbécil! ¡Para ya!
Knox fue hacia el tractor hecho una furia y le gritó a Devon, que había atascado la máquina en la arena, y también a Ramírez, que había estado haciendo el tonto en lugar de guiar el tractor. Les echó una buena bronca a los dos antes de volver a mi lado con paso airado.
—Malditos inútiles —murmuró Knox—. Se supone que Devon está cualificado para conducir maquinaria pesada, pero un niño pequeño lo haría mejor que él.
Seguí el progreso del tractor con la mirada.
—Parece que ahora conduce en línea recta.
—Mientras no mate a nadie —murmuró Knox, negando con la cabeza—. Voy a tener que dejar a esos dos solo para hacer guardias. Volviendo a la memoria USB, ¿qué hiciste con ella?
—La devolví a su sitio, por supuesto. No quiero que a Primrose le dé un infarto.
—¿Qué va a hacer con la información?
—Creo que quiere vengarse.
—Una mujer de las que me gustan —Knox fingió una sonrisa soñadora—. Me encantan las bellezas con cerebro y sed de sangre.
—Aléjate, tío —dije. Puede que estuviera tocado, pero aún no estaba fuera de combate.
—Hablando de Primrose —Knox miró el reloj, se ajustó el sombrero y sacó las llaves del bolsillo—. Tengo que ir al pueblo a recoger unas cosas que pidió por internet.
—Sí, la nueva tarjeta de crédito que le envió el Sr. Stuart está echando humo —comenté—. Ha pedido todo tipo de cosas, incluidos muebles nuevos.
—¿Cómo coño sabes lo de los muebles? —Knox entrecerró los ojos—. Oh, mierda —abrió los ojos de par en par—. ¿La estás vigilando?
—Sí, y Trev también —miré a Knox y me encontré con su mirada de profundo desprecio—. No me mires así. Es necesario, ya que ella no quiere sincerarse conmigo.
—Hackear —declaró dramáticamente—. La forma más rápida de conquistar el corazón de una mujer.
—Listillo.
Como si no supiera que mentirle a Gracie era mala idea en cualquier escenario. El problema era que no me había dejado alternativa. Había ganado ventaja cuando me colé y copié los archivos, pero si quería mantenerla a salvo, tenía que ir un paso por delante de ella.
Trev y su equipo cibernético estaban intentando descifrar el archivo en ese mismo momento. Gracie también. Era una mierda, pero le había encargado a Trev y a sus chicos que bloquearan los intentos de Gracie de descifrar el archivo o de encontrar a alguien que lo hiciera por ella.
Si conseguía descifrar los datos, estaría lista para actuar. Los enviaría a las autoridades, quizás incluso se enfrentaría directamente a los Morgan.
Mi estrategia era intrusiva y rastrera pero, joder, hasta que no supiera de qué iba todo esto, no podía permitirle tener acceso libre a los archivos que podrían matarla.
—Entonces —dijo Knox—, ¿cuándo vas a ir a buscar tus cosas y hablar con tu mujer?
Gruñí.
—Ella no es...
—Vale. No es tu mujer —la sonrisa de Knox se ensanchó—. Pero lo será. Ya es tu amante.
—Ya no estamos juntos.
—Como quieras —soltó un suspiro de fastidio—. Quizás Gracie consiga lo que quiere de otra manera. Es tu funeral, colega.
Sí, lo era, y mientras me alejaba de Knox y del equipo, así de sombrío me sentía.