Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Gracie

El segundo día después de mi pelea con Sebastian empezó fatal.

Dormí muy poco y me desperté cada hora con el silencio absoluto, que me provocaba terribles ataques de ansiedad.

Cuando por fin logré dormir, soñé que él compartía mi cama, que se sostenía sobre mí y me penetraba profundamente, con embestidas deliciosas que se propagaban por mi cuerpo y me llevaban al borde de un orgasmo muy necesario.

El orgasmo nunca llegó, ni tampoco el placer. Me desperté en pleno ataque de calentura. Sin Seb, sin orgasmo. Parecía un autocastigo apropiado por mantenerme en mis trece, asustarme, perder los estribos, estar confundida, descuidar mis prioridades y meter la pata a diestro y siniestro.

No estaba precisamente triunfando en mi libertad anticipada.

Fuera real o imaginario, no dejaba de rodar hacia el hueco que su peso había dejado en mi viejo colchón, anhelando encontrarlo piel con piel y hundirme en su abrazo. Si alguna vez quería volver a dormir, iba a tener que quemar este colchón y comprarme uno nuevo.

Me arrastré fuera de la cama, me aseé y me embutí en unos vaqueros pitillo viejos y una camiseta gris. Saqué el anillo de peltre del compartimento secreto del armario, desenganché la pequeña llave y me la guardé en el bolsillo trasero.

Había llegado el momento.

Para facilitar las cosas, Knox había aparcado su camioneta en la explanada de hormigón bajo la casa, donde habían montado un gimnasio improvisado con cuerdas, neumáticos y pesas para que el equipo mantuviera su estricta rutina de ejercicio después del trabajo.

Cuando pararon para desayunar, me colé en el asiento trasero de la camioneta de Knox sin que nadie me viera.

—¿Estás ahí? —preguntó Knox al subir a la camioneta y pulsar el botón de arranque.

—Aquí estoy —susurré—. Vámonos.

Salimos de Crescent Beach a una velocidad temeraria que pilló todos los baches de la calzada y me hizo rebotar por todo el suelo. Después de que Knox se identificara ante Ramírez en la puerta y dejáramos la playa atrás, me arrastré por encima de la consola y me dejé caer en el asiento del copiloto.

Primero fuimos a la oficina de correos y recogí mi correspondencia, incluida la tarjeta de crédito que llevaba esperando. Luego nos acercamos a las afueras, donde saqué dinero, hice la compra y me compré un portátil nuevo. Dejé el banco para el final.

—Espera aquí —dije mientras bajaba de la camioneta, escudriñando el aparcamiento con miradas paranoicas, luchando contra los nervios que me atenazaban.

—Lo siento, Primrose mandona, pero eso no va a colar —dijo Knox. Con sus Oakleys impenetrables puestas, bajó de la camioneta, la cerró con llave y me siguió al banco—. Seb me cortaría la polla prodigiosa si te pasara algo. Voy a mantener mis pelotas a salvo y tú te vas a quedar conmigo.

—¿Polla prodigiosa, eh? —lo pinché con una sonrisa forzada—. Vale, ven, señor Modestia.

Sin dejar de mirar a su alrededor, Knox se quedó a mi lado mientras me registraba, rellenaba el papeleo necesario y esperaba a que la empleada del banco confirmara mi acceso.

Una vez hecho, me guio a la cámara acorazada.

Pegado a mi lado, Knox igualó mis pasos, vigilando el lugar como si fuera suyo.

—No puedes entrar conmigo a la cámara de las cajas de seguridad —murmuré.

—Haré guardia aquí —dijo. Se plantó al final del pasillo y se apostó junto a la cámara mientras la empleada del banco seguía los pasos para abrir la puerta.

—Una caja de seguridad —bufó en voz baja—. Joder, ni siquiera sabía que todavía existían. Hoy en día hay formas mucho mejores de guardar las cosas. Qué antiguo.

—Antiguo pero efectivo, ¿y sabes qué? Imposible de hackear —le saqué la lengua, molesta por su desprecio hacia las prácticas fiables de mi tía—. No seas borde.

—¿La señorita Rose? —la empleada del banco me invitó a entrar en la cámara con un gesto.

Dentro de la cámara, siguió el proceso estándar: su llave primero, luego la mía, y entonces se abrió la pequeña puerta. Sacó el cajón metálico con su tapa y lo colocó sobre la mesa en el centro de la habitación antes de marcharse para darme privacidad.

Con el corazón latiéndome en las sienes, busqué entre los tesoros de la tía Betsy. Todos nuestros documentos legales originales estaban allí; sin embargo, fue el estuche de joyas alargado en el fondo del cajón metálico lo que captó mi atención.

Abrí el estuche. Las perlas de la tía Betsy descansaban sobre terciopelo rojo, junto con los pendientes a juego que una vez habían pertenecido a su madre.

El anillo de compromiso de mi madre brillaba bajo la luz, conservado a salvo para mí.

A todo esto yo había añadido una cajita de recuerdos barata pintada con una imagen de la Torre de Pisa.

En letras diminutas, la inscripción bajo la imagen decía «Viva Italia».

Nunca había estado en Italia. Había comprado aquel recuerdo hortera de laca negra en una tienda de souvenirs de Nueva York y lo había dejado en la caja de seguridad en mi último viaje a Crescent Beach, antes de reunirme con los Morgan para compartir mis descubrimientos.

Sí, había sido ingenua y crédula, pero no del todo estúpida.

Con la boca reseca y las manos temblorosas, abrí la tapa. Solté un suspiro de alivio al ver la mini memoria USB guardada allí.

Gracias a Dios.

Encajada en el fondo de la caja, la memoria negra habría sido casi invisible a simple vista, a menos que quien mirara supiera que estaba allí, como yo.

Respiré hondo otra vez e intenté calmar el pulso. Que la memoria USB siguiera a salvo en la caja de seguridad confirmaba que los Morgan no sabían que existía.

Una noticia excelente.

Me había dejado la piel para proteger los datos de la memoria, incluido ir a prisión. Decía mucho de la inteligencia de Seb que hubiera sospechado de inmediato que tenía algo contra los Morgan, pero ¿los Morgan?

No tenían ni idea.

Los había engañado. ¡Yo! Sonreí mirando la pequeña caja en mi mano. «Viva Gracie Rose». No era tan inofensiva como parecía. La pequeña Gracie se había escapado de sus hackers sofisticados, de su costosa vigilancia y de sus matones brutales.

Me choqué los cinco mentalmente. Bastante dura de pelar, vamos.

Dejé caer la mini memoria USB en mi palma y la escondí en el panel central del sujetador.

Pegada a mi piel, guardada entre mis pechos, ahora solo tenía que llevarla a la fortaleza en que se había convertido Crescent Beach gracias a la diligencia de Sebastian.

Precisamente porque él y su equipo estaban allí, podía dar mi primer paso.

Por fin.

Este era el principio del fin de los Morgan.

Me moría por salir de la cámara acorazada y del banco. En el pasillo, Knox me miró parpadeando cuando le agarré del brazo y me aferré a él con todas mis fuerzas.

—Sé que soy un imán para las chicas, cariño, pero me estás cortando la circulación.

Me aferré a él aún más fuerte, intentando no sonar histérica.

—Tenemos que irnos, ya.

En lugar de soltar uno de sus chistes, asintió secamente, me escoltó hasta la camioneta y condujo a toda velocidad por la carretera.

Quince minutos después, me escondí en el asiento trasero mientras uno del equipo nos hacía pasar por las puertas ya reparadas.

Cuando las puertas se cerraron tras nosotros y Knox aceleró por la calzada, respiré hondo.

—Estamos en casa.

Aplaudí desde mi escondite.

—Muchísimas gracias.

Me miró por el espejo retrovisor y aflojó las manos del volante.

—Encantado de ayudar.

La euforia me llenó el pecho. Esta parte ya estaba. Había dado el primer paso de mi plan.

Morgan, andaos con ojo. Voy a por vosotros.

***

Sebastian

Terminé de hablar con el contratista de la piscina y me dirigí al muelle, donde Knox supervisaba la reconstrucción.

Tres días después de que Gracie me echara de su casa, la furia seguía bullendo en mi interior.

Cuando pensaba en nuestra conversación, la sangre me hervía como leche en una olla.

Mi frustración iba a desbordarse en cualquier momento.

Desde que Knox volvió y me dijo que Gracie insistía en que fuera yo mismo a recoger mis cosas, me cabreé y decidí que no iba a morder el anzuelo. Quería que fuera para resucitar la puta charla de «seamos amigos y socios» y acabar con lo nuestro.

«Acabar con lo nuestro» no era el término correcto, ya que apenas habíamos empezado, pero «romper» tampoco encajaba, ya que nunca habíamos acordado estar juntos. Eso sí, había sido muy claro con ella. En lo que a ella respectaba, quería más.

Quizás eso fue lo que la asustó, jodido genio.

Tampoco ayudaba que me hubiera prometido más tiempo en su cama y luego se hubiera rajado. Estaba furioso con ella. Cuando me cabreaba, seguía cabreado.

Así que, en lugar de ir a meter a Gracie en vereda después de que Knox volviera de su casa, conduje hasta el pueblo, me compré lo básico y me instalé con Knox.

Tenía mi portátil y mis armas, y era tal como le había dicho: ella tenía que venir a mí, sincerarse conmigo.

Cuando lo hiciera, íbamos a tener una conversación muy seria.

Al llegar al muelle, encontré a Knox manejando uno de los tractores, arrastrando piezas de la nueva plataforma. Le hice señas con la mano para que se acercara. Dejó la carga donde estaban trabajando los chicos y puso a Devon al mando del tractor antes de venir hacia mí.

Eché un vistazo al lugar. Habíamos avanzado mucho en los últimos días, pero aún quedaba mucho por hacer.

Ayer había dedicado mucho tiempo a asegurar Crescent Beach. Habíamos instalado detectores de movimiento a pilas y cámaras con visión nocturna alrededor del perímetro, con monitorización centralizada en una de las tiendas, las veinticuatro horas.

Las precauciones de seguridad eran necesarias. Mi equipo había echado a Furman de las puertas dos veces. En cuanto a los Morgan, mis contactos en la zona informaron de que acababan de volver de un viaje de negocios a China.