Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Gracie

—Knox, Knox.

Las puertas correderas traquetearon en su marco.

—¿Quién será el que llama a mi puerta?

Arrodillada en el suelo, miré por encima del hombro y me llevé un dedo a los labios, fingiendo pensar.

—A ver si adivino. ¿Eres tú, Knox?

—Hola —dijo Knox.

Estaba de pie en la terraza, justo al otro lado de las puertas de cristal abiertas, con la sonrisa burlona de siempre, la que parecía un rasgo fijo en su rostro bronceado.

—¿Te importa si entro?

—Claro.

Pasé la espátula por la pared y seguí raspando la pintura descascarillada.

Para olvidarme de Seb y sentirme útil, había pasado la tarde reventando las grandes burbujas de agua que hinchaban las paredes y rascando los desperfectos donde las goteras habían calado en la casa. Trabajar me despejaba la mente y me ayudaba a pensar en mis opciones.

Hoy había pensado mucho.

Me puse de pie y me giré hacia Knox.

—¿Qué hay?

Entró en el salón, se tocó el ala del sombrero y se puso a inspeccionar el suelo junto a la isla de la cocina con mucho teatro.

—Veo que han borrado todas las pruebas del delito —dijo, y me guiñó un ojo—. ¿Se acabaron las charlas con la caja fuerte?

—Muy gracioso.

Mantuve la cara seria, aunque me temblaron los labios.

—No es por cambiar de tema ni nada, pero eres justo la persona que quería ver.

—¿Ah, sí? —Me dedicó una sonrisa deslumbrante—. No te preocupes, cariño, pasa mucho.

Fruncí el ceño, desconcertada.

—¿Qué es lo que pasa mucho?

—Que un bombón como tú quede tan impresionada por mi encanto que esté lista para confesar que está locamente enamorada de mí.

Solté una carcajada.

—Todavía no he llegado a eso.

Hizo un puchero, fingiendo decepción.

—Quizá lo descubras mañana. Si no es para confesarme tu amor y admiración, ¿para qué querías verme?

—Quiero que me pongas a trabajar.

Dejé la espátula en la encimera.

—No hace falta —respondió—. Tenemos un equipo competente en la obra.

—A ver si me explico mejor.

Reprimí la oleada de lágrimas que me asaltó.

—Necesito que me pongas a trabajar. Por favor.

Me estudió el rostro.

—¿Por qué?

—Quiero participar activamente en la reconstrucción.

También necesitaba que el proyecto avanzara rápido, pero eso no lo dije.

—Eso significa que sigues las reglas —dijo Knox, dándose un golpecito en el pecho—. Mis reglas. ¿Trato hecho?

—Hecho.

—Bien —dijo—. Al fin y al cabo, es tu casa. Cuando estés lista, ve a buscar a Karma para el equipo de seguridad.

—Eso haré.

No tenía ni idea de quién era Karma, pero ya lo averiguaría.

—¿Y tú qué necesitas?

—Bueno, para empezar, podrías devolverme al Seb feliz que estaba en el tejado esta mañana.

—¿Ah, sí? —Alcé las cejas, muerta de curiosidad—. ¿Y cómo se supone que haga eso?

Esbozó una sonrisa diabólica.

—Tendrías que rebobinar, quitarle lo borde al tonto, encenderlo como un cohete rumbo a Marte y asegurarte de que llegara otra vez.

Negué con la cabeza, confundida.

—¿Perdona?

—Necesito soltar lo que tengo en mente —dijo.

Se quitó el Stetson y se lo llevó al corazón, dejando a la vista el pelo aplastado y una mata de cabello rubio empapado en sudor.

—Sebastian Aguilar es un hijo de puta hermético y atormentado que se lo guarda todo. Es terco, orgulloso y tenaz, y no es fácil que nadie lo deslumbre.

—Eh...

Sentí como si me flotaran burbujas de felicidad en la cabeza.

—¿Crees que yo lo deslumbré a él?

—Estoy seguro —dijo Knox, como si se hubiera nombrado responsable de subirme el ánimo—. En menos de veinticuatro horas, le destrozaste las defensas. Pero también sé que usará cualquier excusa de mierda para evitar involucrarse.

—¿Involucrarse? —Fruncí más el ceño—. ¿De qué demonios estás hablando?

—Si quieres saberlo, tendrás que preguntárselo a él —dijo Knox—. Como amigo suyo, debo respetar su intimidad. Lo entiendes, ¿verdad?

—Sí.

—Pero como soy yo, me paso la privacidad por el forro —dijo Knox, y su sonrisa se volvió maliciosa—. Por si no te has dado cuenta, el tío tiene problemas. Una obsesión se ha apoderado de su vida y le impide... ya sabes... involucrarse.

—¿Estamos hablando de un soldado que se llama Martin?

Knox se quedó boquiabierto.

—¿Te ha hablado de Martin?

—Casi —respondí—. Tuvo una pesadilla. Oí el nombre, vi el dolor en sus ojos. Le pregunté y me contó algunas cosas. Luego se cerró en banda.

—Vaya, eres buena, muy buena, y rápida como un rayo —dijo Knox, levantando los dos pulgares—. Personalmente, creo que eres justo lo que recetó el médico para sacar a Seb del fango. Por eso tengo que intervenir en este momento crítico.

—¿Una intervención?

—El condón estaba en el suelo —se paseó de un lado a otro del salón—. El envoltorio estaba abierto. Mi amigo tocó el cielo contigo, estaba a punto de volver a tocarlo cuando irrumpí y lo arruiné todo. Cuando rompo algo, lo arreglo.

Observé a este hombre con atención. Era un payaso y un boquilla que ocultaba una cantidad impresionante de inteligencia detrás de sus coqueteos y bromas. También parecía ser un buen amigo de Sebastian.

—Vaya chorro de información que no esperaba de ti.

—Alguien tiene que decir las cosas como son.

—¿Tienes algún filtro?

—Ninguno en absoluto —se encogió de hombros con cara de disculpa—. ¿Lo siento?

—Eso debe meterte en todo tipo de líos.

Soltó un suspiro exagerado.

—Si supieras.

Me reí. Este hombre me caía bien. Me hacía sonreír. También me hacía pensar. Una combinación poco habitual.

—Bueno, conmigo no necesitas filtro —dije—. Puedo aguantarlo.

Puso los ojos en blanco.

—Sí, tú, la delincuente curtida que se presentó voluntaria para ir a prisión, entró en su celda y echó el cerrojo desde dentro.

—Vale, bueno, quizá sí necesitas un filtro —solté un bufido—. ¿Todo el mundo por aquí sabe que soy una expresidiaria?

—Más o menos —levantó la comisura de la boca y se encogió de hombros—. Investigamos a fondo antes de aceptar un trabajo. Y como ha habido disparos…

—Ahora yo soy el trabajo —terminé la frase por él.

—Eres una mujer brillante y con pinta de buena —me dedicó una sonrisa pícara.

—Volvamos al principio, ¿te parece?

—Me parece.

—¿Por qué estás aquí? —pregunté.

—Seb me ha enviado a recoger sus cosas.

Vaya. Se me escapó el aire de los pulmones y los hombros se me hundieron un poco. Seb no había perdido el tiempo, pero quizá era lo mejor. Si no estaba en mi espacio, tal vez podría evitar que la incómoda atracción entre nosotros desbaratara mis planes. Incluso podría conseguir mantenerlo a salvo.

Respiré hondo y sostuve la mirada de Knox.

—Voy a por ello.

Con la rabia burbujeando en el estómago, fui a mi habitación, me colgué la pesada mochila de Seb al hombro y arrastré su bolsa de lona.

El muy bribón no había tardado nada en enviar a Knox.

No entendía por qué estaba tan enfadada.

Estaba consiguiendo lo que había dicho que quería.

Lo que quería racionalmente, pero no lo que quería física ni emocionalmente.

Knox me esperaba junto al aparador, dando vueltas al Stetson entre los dedos mientras examinaba las fotos de la pared. Se giró para mirarme con sus ojos color avellana, que brillaban con picardía.

Dejé caer el extremo de la bolsa de lona, apoyé la mochila contra la pared y alcé la barbilla.

—¿Qué?

La sonrisa de Knox se ensanchó.

—Es como ver una película.

—¿El qué?

—Tu cara —dijo—. Sin ánimo de ofender, cariño, pero no sirves para el póquer. Se te lee como un libro abierto.

—Sí —suspiré y me dejé caer en el sofá, que todavía estaba húmedo por la lluvia de la noche anterior—. Qué suerte la mía.

Knox cruzó el salón, se dejó caer en el sofá junto a mí y me dio una palmadita en el hombro.

—Eh, no pongas esa cara de funeral.

—No tengo a nadie a quien enterrar, así que no hay funeral.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Esa es mi chica. Me gusta tu espíritu —levantó sus largas piernas y plantó las botas de piel de serpiente en mi mesa de café—. Guapa, inteligente y divertida. Eres lo que se dice un partidazo. Lástima que mi mejor amigo esté colado por ti. Si no…

—Si no, nada, vaquero —dije, pero tenía curiosidad por Knox—. ¿Eres vaquero de verdad?

—Nacido y criado en un rancho.

—Qué guay —miré su Stetson manchado de sudor—. Nunca había conocido a uno de los vuestros.

—Quedamos pocos, somos una especie en extinción.

—Excepto en las novelas románticas —dije—. Ahí arrasáis.

—Tengo que hacerme con algunas —me guiñó un ojo cerrando los dos, lo que me hizo reír—. Para inspirarme con las damas, ya sabes.

—Me parece que no te hace falta más inspiración —dije con una risita—. Tengo curiosidad. ¿Por qué dejaste el rancho y te alistaste?

Se recostó en los cojines y señaló hacia las ventanas con la barbilla.

—En busca de aventuras, como el resto de esos payasos.

Había una historia detrás, una que no quería compartir, pero todo el mundo tiene derecho a su intimidad.

—¿En qué cuerpo estuviste? —pregunté.

—En la Armada de los Estados Unidos —un deje de orgullo tiñó su voz mientras cruzaba un tobillo sobre el otro.

—¿Por eso te llaman Tritón? —pregunté—. ¿Porque Tritón era un semidiós del mar y tú eras marinero?

—Estoy enamorado —se cruzó las manos sobre el pecho y fingió que le palpitaban al ritmo del corazón—. No hay nada como saber de dioses griegos para que una belleza resulte aún más irresistible.

—Buen intento, pero no me vas a distraer con halagos —lo provoqué con una sonrisa cómplice—. No, el hijo de Poseidón no sería un simple marinero. Debiste ser un SEAL. ¿Me equivoco?

Dejó caer las botas al suelo y se inclinó hacia delante en el asiento.

—¿Cómo demonios has llegado a esa conclusión?

—No lo niegas, así que debe de ser verdad —dije, usando una táctica de Seb—. Seb me contó que su equipo estaba formado por una mezcla de operadores de fuerzas especiales y...

—¿Que dijo qué? —se echó hacia atrás, mirándome como si me hubieran salido cuernos—. ¿Seb te contó eso?

—¿Por qué te sorprende tanto?

—O eres una interrogadora de primera o le has hecho un agujero en el cerebro —frunció el ceño—. Debe de tenerte en muy alta estima para irse de la lengua fuera del equipo.

—¡Seb no se va de la lengua! —espeté, muy indignada.

—Ooh, y mira cómo defiende a su enamorado.