Capítulo Once #3
—Asegúrate de que esto quede entre nosotros.
El suspiro de Trev crepitó a través de la línea.
—Eres un cabrón testarudo. Lo sabes, ¿verdad?
—Me lo han dicho alguna vez —admití—. Ahora, volvamos al tema.
—Debes de haber hablado con todos los contactos importantes de Perú, o casi.
—Todos afirmaron no saber una mierda.
—Casi todos —la corrección de Trev me aceleró el pulso—. Gómez cree que su última pista es basura, pero pasé de Gómez y la seguí de todos modos. Creo que es buena.
Me paré en seco.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—Localicé al pescador. Lleva en el río todos los días desde hace veinte años.
Un río es más que una corriente de agua.
Es una línea de comunicación. El pescador está y siempre ha estado en posición de ver y oír todo.
Tiene fama de enterarse de todo. Estoy esperando a que llegue su barca. Espero hablar con él muy pronto.
—¿Qué coño? —el corazón casi se me paró—. ¿Estás en...?
—Perú, sí, Iquitos para ser más exactos. Esto requería mirar a alguien a los ojos. Volé hasta aquí el día que hablaste con Kass y he estado bastante ocupado reconociendo el terreno.
—Eso es ir más allá del deber —y peligroso de cojones.
—Oye, me moría por un viaje al extranjero en el nuevo Bombardier de Battle Brothers. Me encanta lo duro que es que te traten como a un rey, pero el esfuerzo mereció la pena. Tengo un rastro fresco que seguir y lo estoy haciendo mientras hablamos.
El tío era una joya.
—Tío, no esperaba que hicieras esto.
—Sí, lo sé, todo el mundo asume que solo debo quedarme sentado en mi silla pegado al teclado —la frustración de Trev se filtró por la línea—. También hago eso, pero no estoy del todo limitado.
—Tienes que cuidarte las espaldas —temía por su seguridad—. Si alguien se huele quién eres o por qué estás allí...
—No lo harán —dijo Trev con una certeza que me heló la sangre—. Soy perfectamente capaz de ejecutar misiones sobre el terreno.
—Sé que eres muy capaz —ya había perdido a un hombre allí. Perder a Trev me mataría, seguro—. Pero estás solo y hay límites...
—Si te atreves a mencionar las palabras «silla» y «ruedas» en los próximos diez segundos, te juro que te daré una paliza cuando vuelva —escupió Trev—. Después, te pasaré por encima con mi modelo deportivo hasta dejarte hecho papilla en el asfalto. ¿Me entiendes?
Me tocó suspirar a mí.
—Prométeme que tendrás cuidado.
—Siempre lo tengo —la ira desapareció del tono de Trev.
—No sé qué pensar de esto, Trev. Iquitos está muy al sur de donde tuvo lugar la batalla. Los rumores corren fácil por el río. Solté mucha pasta a cambio de información, pero nadie admitió haber capturado ni matado a Martin.
—Sí, ¿ves? Eso es lo que me parece intrigante.
—¿Cómo es eso?
—Tener a Martin como prisionero o matarlo habría convertido a unos cuantos cabrones en héroes.
¿Y la cobertura mediática mundial por la caída de un soldado americano?
—Silbó—. Les habría encantado el puto circo.
¿Por qué no admitirlo, llevarse el mérito, enseñarnos el cuerpo, montar un numerito mediático con su captura o su muerte?
—Porque temían que los rastreara y les adelantara el viaje al infierno.
¿No era obvio?
—Porque saben que no deben provocar a mi yo de Delta Force.
—Podría ser —dijo Trev—, pero...
—¿Pero qué?
—Pero este tipo, el pescador, se ha ganado cierto respeto por aquí. Quizá tenga algo interesante que contar.
Trev no conocía el teatro de operaciones tan bien como yo.
—Mira, Druid —dije—. Pasé dos años de mi vida llevando un barco de pesca en el Amazonas como tapadera para mi búsqueda. Mucha gente intentando sacar tajada. No te hagas ilusiones. Ya lo he vivido, ya me lo he creído todo. Y no saqué nada en limpio.
—Quiero examinar esta pista a fondo y aplicar mis poderes cibernéticos.
—Buena suerte con eso. No dudo de tus habilidades.
No le habían puesto Druid de mote por nada. Era lo más parecido a un mago que teníamos en BB.
—Pero este tipo probablemente miente para sacar algo de pasta, y puede que te haya endosado una tarea imposible.
—Recuerda —dijo—. Tengo acceso a sitios donde tú nunca has entrado.
—Acceso ilegal, querrás decir.
—El hackeo es lo mío.
—Que no te detecten, ni te descubran, ni te arresten. Y hagas lo que hagas, no dejes que te pillen allí abajo, donde te darán el trato especial reservado a los gilipollas americanos.
—No lo haré —me aseguró Trev—. Haré todo lo que pueda.
—Gracias, tío. Te agradezco que lo intentes.
Colgué y me quedé mirando el océano, esforzándome por contener un atisbo de esperanza antes de que se me fuera de las manos.
Admiraba la determinación de Trev. Era bueno, pero tenía que ser realista.
Llevaba mucho tiempo obsesionado con esta búsqueda.
Cada momento de ilusión había acabado en decepción, y cada decepción había sido más demoledora que la anterior.
Aplasté esa esperanza y la enterré de nuevo en lo más hondo de mi ser, que era donde debía estar. Estaba persiguiendo a un fantasma, y probablemente pasaría el resto de mi vida haciéndolo.