Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

—Tengo buen olfato para esa mujer. Es lista como el hambre, pero fácil de leer. Cuando vuelvas, me informarás. Quiero saber cada detalle. ¿Entendido?

—Entendido. —Lanzó el papel arrugado a la papelera.

—Apuesto a que esto va a pasar pronto, cuando yo no esté. —Devoré el resto del bocadillo y me limpié la boca con una servilleta—. Quizá mañana, cuando vaya al pueblo. Y seguro que va al banco a sacar algo de una caja de seguridad.

—Ah, ya veo. —Knox hizo una mueca—. Has estado husmeando, ¿verdad?

—Es mi trabajo. —Terminé el Gatorade y lancé la botella al contenedor de reciclaje—. Ahora, préstame el móvil. Tengo que hablar con Trev.

—Hablar, hablar, hablar. —Marcó el número y me lanzó el móvil—. Cuando podrías estar follando, follando, follando. Eres idiota. ¿Lo sabes?

Por desgracia, lo sabía.

Atrapé el móvil con una mano y me lo llevé al oído. Empezó a sonar. Salí a la playa y dejé atrás a los chicos y a Knox, que seguían intercambiando pullas.

Idiota engreído. Amigo de los de verdad. Bocazas. Sin miedo. ¿Tenía razón Knox sobre la incapacidad de nuestra unidad para mantener relaciones, para aferrarnos a algo más que nuestro código de guerreros? ¿Tenía razón sobre mí?

—Hola, Knox. —La voz de Trev crepitó en mi oído—. ¿Cómo está nuestro chico guapo?

—Bueno, al menos admites que soy más guapo que tú —dije mientras paseaba por la orilla.

—Ah, eres tú, Orion. —Trev se rio entre dientes—. ¿Más guapo que yo? En tus sueños, grandullón.

—Vale, tú ganas el concurso de belleza —dije—. ¿Informe de situación?

—Cortesía de moi, el oficial de libertad condicional original de Gracie Rose ha sido reasignado —dijo Trev—. El nuevo es uno de los nuestros, seleccionado personalmente por un servidor, un exmarine retirado amigo mío que está de tu parte. Se mantendrá al margen, controlándola por teléfono.

—Excelente. —Me desvié para esquivar las olas que llegaban a la orilla—. Un problema menos. ¿Qué más tienes?

—Douglas Furman. Es uno de los promotores inmobiliarios más corruptos de Florida.

Te estoy enviando su expediente ahora mismo.

—Los clics de un teclado resonaron en la línea—.

El rey de los sobornos. Un desastre ecológico con patas.

Cuatro exesposas coinciden en que es un cabrón de tomo y lomo que disfruta maltratando a las mujeres.

Millones de dólares en acuerdos de divorcio impidieron que eso saliera a la luz.

—Supe que era un mierda en cuanto lo vi —dije—. ¿Entraste en su correo?

—¿Que si entré en su correo, pregunta el chico guapo?

—Trev resopló, fingiendo estar ofendido—.

Pues claro que entré en su correo, y en sus móviles, y en sus cuentas bancarias.

Hasta me apoderé de sus sistemas de seguridad, hice un recorrido virtual por sus casas y pirateé sus electrodomésticos.

Por la cantidad de col rizada pudriéndose en el cajón de las verduras, diría que odia esa mierda.

—Dejando de lado las deficiencias nutricionales, ¿encontraste algo que me sirva?

—Mira lo que te he enviado. —Podía oír la sonrisa de Trev en su voz—. Me debes una cerveza.

—Considéralo hecho.

—¿Cómo te llevas con la señorita Rose? —preguntó Trev.

Durante un segundo, lo único que oí fueron los graznidos de las gaviotas, burlándose de mí.

—Oye, Druid. —Hice una pausa para que mi advertencia calara—. ¿Y a ti qué te importa?

—Simple curiosidad, viendo que esta misión fue idea de Tee. No es ningún mito urbano. Tee ha hecho esa mierda antes y se le da bien. —La sincera admisión de Trev me hizo apretar los dientes—. A mí no me importaría que intentara emparejarme. Hacer de casamentera es el superpoder de Tee.

Vaya manera de restregarme las cosas por la cara. ¿Por qué todo el mundo estaba empeñado en meterse en mis asuntos?

—Cambiando de tema —siguió adelante sabiamente—. El proyecto Martin. Has sido minucioso.

—Desde que Martin desapareció, he seguido todas las pistas posibles.

—He leído los informes —dijo Trev—, pero ¿puedes contarme tu versión de lo que pasó?

—Lo intentaré. —No había contado la historia a nadie desde la audiencia, pero respiré hondo y me obligué a hacerlo—.

Hace tres años, lideré una misión encubierta en la frontera norte de Perú.

El objetivo era atrapar a Rico Camacho, el jefe del Cartel Salomé.

Había aniquilado a una fuerza internacional que había intentado detener al cartel. Los asesinó a sangre fría.

—Me acuerdo de Camacho —dijo Trev—. Menuda joya de tío.

—Me dieron el mando de una unidad especializada para acabar con la amenaza de Camacho. La operación salió según lo previsto. Disfrazados de lugareños, nos infiltramos en su escondite y eliminamos a Camacho.

Hice una pausa para ordenar mis pensamientos y controlar mis emociones.

—A la salida —continué—, Martin cubría la retaguardia mientras yo avanzaba detrás de mi explorador. Empezaron los disparos, Martin cayó herido y la cosa se puso fea. La milicia del cartel nos rodeó. No tuvimos tiempo de darle primeros auxilios a Martin, que estaba inconsciente y se desangraba.

Trev guardó silencio.

—Cargué a Martin al hombro y corrí hacia el punto de encuentro. Las balas volaban a nuestro alrededor. El enemigo disparaba a todo lo que se movía.

Incluso ahora, todavía podía sentir el peso muerto de Martin colgando de mi hombro, frenando mi ritmo, obligando a mi corazón a trabajar más mientras corría por el bosque.

Los muslos me ardían mientras subíamos la cuesta a toda velocidad.

Los pulmones me quemaban y la sangre me retumbaba en los oídos.

—Cuando llegamos al punto de extracción, un grupo de hostiles cruzó la montaña y nos rodeó.

Era como si los cabrones conocieran nuestras coordenadas.

Dejé a Martin detrás de un afloramiento rocoso, establecí un perímetro defensivo y me agazapé a menos de dos metros de él, liquidando enemigos mientras esperábamos el helicóptero.

Nuestro carruaje llegó puntual. Me di la vuelta para coger a Martin y... no estaba.

Mi voz se fue apagando hasta morir en un silencio doloroso.

—Lo siento, pero necesito saberlo —dijo Trev—. ¿Qué pasó después?

—Buscamos por todas las putas partes, incluso cuando llegaron más refuerzos enemigos.

Nada —solté un resoplido—. El helicóptero aterrizó y el piloto se estaba poniendo nervioso, pero no podía irme sin Martin.

Ordené a mis hombres que subieran al helicóptero y seguí buscando a Martin por mi cuenta.

Retrocedí sobre mis pasos, zigzagueando entre grupos enemigos. Martin no aparecía por ningún lado.

—No lo entiendo —dijo Trev—. ¿Cómo desaparece así un hombre herido, un soldado moribundo?

—Ni puta idea —tragué en seco—. Pensé que quizás lo había capturado el enemigo, pero habíamos mantenido el perímetro intacto y no lo habían traspasado. Martin estaba a menos de dos metros de mí. Y sin embargo, había desaparecido. Se desmaterializó del puto mundo.

—Suena surrealista —dijo Trev.

—Lo fue. Ordené al piloto que despegara sin mí. No iba a dejar a un hombre atrás. Pensaba quedarme y seguir buscando a Martin. Fue entonces cuando mi jefe me noqueó. A día de hoy sigo sin recordar el viaje de vuelta a la base.

¿Dónde estás, Martin? ¿Dónde coño escondió la selva tus huesos?

—Oí que los mandamases te dieron una medalla por tus heroicos esfuerzos para recuperar el cuerpo.

—La tiré por el puto váter —espeté, y luego me controlé—. Después de eso, renuncié a mi cargo y llevo buscando los restos de Martin desde entonces.

—Revisé tus archivos —dijo Trev—. No sé cómo no te mataron en esos viajes en solitario para buscarlo. Tienes un equipo, tío. Úsalo.

—Nunca usaría a la Unidad de Élite para limpiarme el culo o resolver mis mierdas personales. No estaría bien.

—No estoy de acuerdo —dijo Trev—. Estamos aquí para apoyarte. Si tu equipo supiera la clase de riesgos que corres cuando te vas de permiso, te asarían vivo a fuego lento.

Apreté el móvil con fuerza.