Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Once
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Capítulo Once

Sebastian

Fui a zancadas hasta mi camioneta y tiré mis cosas en el asiento trasero.

La había cagado sin siquiera intentarlo.

Debería haber sabido que Gracie todavía estaba demasiado en carne viva para lidiar con toda esta mierda y era demasiado orgullosa y desconfiada para aceptar mi ayuda.

En treinta minutos, había conseguido exigirle cosas, besarla y darle órdenes como si no hubiera un mañana.

Amigos y socios. Ya. ¿Con qué parte de mi cerebro conmocionado había aceptado esa puta idea?

No quería ser el amigo de Gracie. Quería ser su amante, joder. Quería estar en su cama cada noche, hundido hasta el fondo en su coño cada vez que me mirara con ese deseo abrasador centelleando en sus ojos. Había estado a sesenta segundos de conseguirlo y entonces...

Una cagástrofe.

Ni de coña iba a pasar nada entre nosotros ahora. Cabezón que era, me había ido a por ella de todas las formas equivocadas. Sus acusaciones dolían. ¿De verdad pensaba que quería controlar su vida cuando lo único que quería era ayudarla y protegerla?

Daba igual cómo me sintiera. El resultado de este desastre era que todavía no sabía con certeza por qué los Morgan querían matarla y ella me había echado de su casa.

Joder, la tenía clara.

Vale, de acuerdo, cabeza en el juego. Ocúpate de lo urgente ahora, arregla esto después.

Crucé a zancadas hasta la orilla opuesta, donde los chicos habían montado un muelle flotante temporal. Knox me esperaba junto al agua. Firmé la recepción de las embarcaciones. La próxima vez que alguien nos disparara, iba a tener los medios para perseguirlo.

Knox informó de que nuestra búsqueda de un tirador herido relacionado con una lancha rápida no había dado ningún resultado todavía. Ningún hospital ni centro de urgencias de la zona había visto al tipo.

—Callejón sin salida —dijo Knox mientras pasábamos a inspeccionar y aceptar las excavadoras y cargadoras que necesitábamos para poner el proyecto en marcha.

—Sigue buscando —me dirigí de vuelta hacia el campamento de la playa—. Sé que le di. Cuando lo encontremos, sabremos quién disparó a Gracie y tendremos localizado a nuestro objetivo.

—Entendido —Knox se puso a mi altura—. ¿Algo más?

—Sí. Un favor personal. Recoge mis cosas de la casa y tráelas al campamento.

—¿Tan pronto? —Knox arqueó las cejas con descaro—. ¿Pelea de enamorados?

Reprimí el impulso de borrarle la sonrisita de la cara de un puñetazo en la nariz y no dije nada.

—Vale, vale, no me meto en tus cosas de tíos, lo pillo —el cabrón sonrió—. Pero debo felicitarte por tu elección. Primrose está buenísima.

—¿Primrose? —me paré en seco en medio del aparcamiento y cerré los puños a los costados, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no partirle la cara al imbécil y dejarlo tirado en el suelo.

—¿No es ese tu mote para la señorita Rose?

Apreté los dientes tan fuerte que las muelas corrían peligro de partirse.

—¿Estabas escuchando a escondidas? —exigí saber—. ¿Me oíste llamarla así?

—Prácticamente lo estabas gritando a los cuatro vientos.

—¡Que no!

—Bueno, ahora sí que estás gritando, eso seguro.

—Más te vale no haberle contado esto a nadie —mascullé.

—Me parece tierno —el imbécil seguía sonriendo—. Karma piensa que es jodidamente adorable. Les di a los chicos la pista de que el nombre Rose estaba incluido en el mote, y Mac y Devon lo adivinaron.

—¿Les pediste a los chicos que lo adivinaran? —dije atragantándome.

—Es un juego de apuestas inofensivo, ya sabes, para matar el aburrimiento.

—Gilipollas —gruñí—. ¡Es mi mote privado para ella!

—Uy, per-do-na —Knox puso los ojos en blanco, sin sentirlo en absoluto.

—No quiero oír ni una palabra más —dije—. Esto es mi asunto privado.

—Puede que sea tu asunto privado, pero la gente de aquí tiene ojos —el temerario Knox siguió dale que te pego—. Bastó una mirada hacia ti en el tejado y todo-el-puto-mundo te vio mirándola embobado. La cuadrilla sabe cuándo alguien se ha echado un polvo. Y tú te lo echaste. Bastante bien, creo.

—¿Qué parte de cierra el pico no entiendes?

—Es un trastorno cerebral —ofreció Knox—. Cuando dices gilipolleces así, pienso: «Este idiota despistado necesita oír lo que tengo que decir». Especialmente porque has batido el récord oficial.

—¿Qué récord?

—El récord de citas rápidas de la Unidad de Élite —dijo Knox—. Nuestra unidad tiene un historial impresionante en lo de terminar relaciones. Esperaba más de nuestro ilustre líder y su bombón.

—No la llames bombón —mi voz chisporroteó de rabia—. Es una falta de respeto, es una dama y una buena persona —mi voz se suavizó—. Es dulce.

—Puede que sea dulce como la miel, pero vosotros dos os peleasteis al final y ella pelea sucio de cojones.

Ahogué un jadeo indignado. —¿Eso también lo oíste?

—¿Qué quieres que te diga? —se señaló la puñetera oreja que yo quería arrancarle de la cabeza—. Tengo un oído extraordinario. ¿El genio de Primrose? Madre mía, quema.

—No te voy a llevar la contraria. —Todavía sentía el ardor en mi piel—. Estoy seguro de que intenta demostrar algo, pero sé que no hay ni una pizca de malicia en ella. Ni siquiera dice palabrotas, joder.

—Agradable, dulce, fuerte, decidida, boquilimpia y buenísima. —Knox contó las virtudes de Gracie con los dedos—. Te ha sacado la sonrisa más grande que te he visto en la vida y aun así me pides que saque tus cosas de su casa. Tío, ¿no te chirría algo?

—Ella no me quiere allí. —Recordar sus palabras volvió a revolverme el estómago—. No confía en mí y no ve ningún beneficio en tenerme cerca.

—Tu orgullo está herido —suspiró Knox.

—Esto no tiene que ver con mi orgullo —gruñí—. Es lo que ella quiere.

—Ajá. Negativo. —Knox negó con la cabeza—. Ninguno de los dos consiguió lo que quería. Los dos sois expertos en sacar la barbilla y fulminar con la mirada. Además, estás dejando que tus traumas te jodan esto, algo que llevas haciendo desde la mierda de Martin.

Reprimí una mueca.

—No pretendo ser insensible —continuó Knox—. Pero ya es hora de que pongas fin a esta mierda autodestructiva. Tienes que pasar página, tío.

¿Pasar página? ¿Sin encontrar a Martin y que su familia pudiera cerrar esa herida? Imposible.

—Ella no me quiere y punto. —Aparté de una patada un bidón de plástico abollado—. ¿Vas a ir a buscar mis cosas o qué?

Knox soltó un largo suspiro.

—Lo haré, pero no sé por qué querrías pasar la noche compartiendo litera conmigo y disfrutando del tufo de mis pedos de alubias enlatadas cuando puedes dormir con una mujer agradable que te devora con los ojos.

Me detuve en seco.

—Ella no...

—Sí que lo hace. Es como una orgía de miradas entre vosotros dos. A mí me parece, como observador imparcial que soy, que los dos necesitáis urgentemente unos cuantos buenos polvos.

—Triton, ¿qué coño? —espeté—. ¿Hay algo que tu bocaza no vomite antes de que tu cerebrito ponga freno a tu diarrea verbal?

—Permíteme instruirte a ti y a tu polla diminuta en los hechos de la vida —dijo Knox—. El término operativo aquí es «follar», del verbo «follar». Como en «yo follo, tú follas, él folla, ella folla, nosotros follamos, ellos follan, todo el mundo folla».

—¿Quieres que te meta mi puta bota por el culo? —Seguí caminando y lo dejé atrás.

—Aún no he terminado. —Knox me alcanzó, con un placer perverso por alterarme con visiones de Gracie y yo practicando la versión «nosotros» de la conjugación—.

El verbo es una receta para vivir mejor, ya que reduce la incidencia de mal humor en los superiores y ahorra al motor de un soldado raso los daños de la combustión interna.

Te hará más feliz y mi vida más fácil, y lo segundo es el objetivo principal de esta charla motivacional.

Me tragué la retahíla de improperios que quería soltarle.

Una cosa sobre Knox: era un dolor de muelas y capaz de abrumar al enemigo solo con su labia, pero también era listo como el hambre.

Era difícil seguir enfadado con él porque era mi amigo y nunca se cortaba a la hora de decir las cosas como eran.

—No soy tan malo —aminoré el paso y lo miré.

—Sí, eres así de malo.

—Y tú eres lo que pasa cuando un SEAL tiene una combinación de artritis y hemorroides —repliqué mientras llegábamos al campamento, donde algunos de los chicos devoraban bocadillos traídos de la charcutería del pueblo—. Deja de darme la barra y ponte a trabajar.

—Vale, pero tú te lo pierdes. —Knox se detuvo ante la mesa plegable, agarró un bocadillo y lo desenvolvió—. Cuando seas un viejo solitario y cascarrabias y se te caiga la polla por falta de uso, no me digas que no te avisé.

Puse los ojos en blanco.

—Mira quién fue a hablar.

—¿Ah, sí? —Dio un mordisco feroz y habló con la boca llena—. Al menos a mí me limpian la alfombra y me desatascan las cañerías con regularidad.

—Hemos terminado con esta charla. —Atrapé una botella de Gatorade que Ramírez me lanzó, la abrí y me bebí la mitad de un trago, muerto de sed, mientras pensaba en mis opciones.

—Triton, tus órdenes son proteger a Gracie a toda costa —dije—. Tú y el equipo también os aseguraréis de que tenga todo lo que quiera y necesite. No debe salir del recinto, pero...

—¿Pero qué? —preguntó Knox.

—Pero si te pide que la lleves a algún sitio, lo harás.

—¿Lo haré? —Dejó de masticar y me miró fijamente, preguntándose sin duda si había perdido la cabeza—. ¿Incluso si va en contra de tus órdenes?

—Sí. —Le robé la otra mitad del bocadillo a Knox y le di un buen mordisco.

—Ajá. —Knox se echó el sombrero hacia atrás y se rascó la cabeza—. ¿Y por qué voy a desobedecer tus órdenes exactamente?

—Porque está tramando algo, y como no me va a decir qué pasa, necesito averiguar qué es. —Bajé el siguiente mordisco con un trago de Gatorade—. Ahí es donde entras tú.

—¿Cómo?

—Si te pide ayuda, y estoy seguro al noventa y nueve por ciento de que lo hará, fingirás que no quieres contrariarme. Montarás un numerito, luego aceptarás hacer lo que ella quiera. Me dirás cuándo y cómo, y organizaremos la seguridad para que la salida no tenga riesgos.

—Hmm. —Knox arrugó el envoltorio en la mano—. Pareces muy seguro de esto.