Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Diez #3
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Capítulo Diez #3

En su versión de esta sociedad, él asumiría todos los riesgos. Yo me quedaría sentada a la mesa de la cocina sumando y restando.

Me mataba que pensara que mi «terreno» era tan pequeño, tan limitado. Como mujer y como profesional, la gente siempre me había subestimado, los Morgan especialmente.

Pues ya estaba harta de que me subestimaran. Podía hacer más. Podía ser más.

—Hay cosas que tengo que hacer —dije—. No te involucran ni a ti ni a tu equipo.

—A partir de ahora, todo lo que hagas me involucra, y a mi equipo cuando haga falta.

Era lo peor que podía decirme en mi estado y algo se rompió dentro de mí. El mecanismo defectuoso que controlaba mi genio falló por completo. Aunque oí la voz de la tía Betsy advirtiéndome de que el orgullo precede a la caída, estallé.

—Esta es mi vida, mi casa.

—Esta es tu vida y tu hogar —dijo Seb—. Pero mi trabajo es protegerte, y por eso necesito que me cuentes la verdad sobre lo que tienes contra los Morgan.

—Ya te lo dije —gruñí—. ¡No quiero tu protección!

—Y yo te dije que la tendrás, quieras o no.

No entendía lo que pasaba por mi cabeza. Cuando se trataba de los Morgan, no podía confiar en nadie. Necesitaba tomar mis propias decisiones, demostrarme a mí misma que era capaz. Necesitaba hacerme con el control de mi destino.

No había otra opción. Aunque me destrozara por dentro, iba a tener que hacerlo por las malas.

Respiré hondo y le espeté:

—Sal de mi casa.

Un músculo le tembló en la mandíbula y se le tensaron las comisuras de los ojos, pero no perdió su eterna calma.

—Estaba a punto de hacerlo.

—Lo digo en serio —dije, aunque no era verdad—. Llévate tus cosas. No te quiero aquí.

—Si eso es lo que quieres.

Agarró el portátil y las armas de la encimera de la cocina. Se le oscurecieron los ojos como si una nube hubiera tapado el sol. El vacío en su mirada era la única señal externa de su frustración, pero la decepción que percibí en él me dolió en la boca del estómago.

—Enviaré a Knox a por el resto de mis cosas más tarde —su tono cortante me atravesó—. Si necesitas algo, si cambias de opinión y quieres hablar, estaré en el campamento de la playa.

Me enfurecía que pudiera ser tan lógico, tan frío, y a la vez tan irritantemente amable cuando yo no podía ni ver con claridad ni frenar mi rápida caída en picado hacia la autodestrucción.

¿Por qué tenía que ser tan perfecto, tan decidido a tratarme bien, tan tierno y a la vez tan firme, sin ceder ni un milímetro?

Si me gritara, si me presionara de alguna manera, podría dejar de sentirme atraída por él y tal vez incluso romper el hechizo que me había lanzado.

Cuando llegó a las puertas correderas, se dio la vuelta.

—Ah, y una cosa más.

—¿Qué? —gruñí.

—No salgas de la propiedad. No quiero que salgas sola por ahí.

¿Estaba empeñado en hacerme estallar la cabeza? ¿Cómo iba a seguir adelante con mi plan si estaba atrapada en la playa?

—No puedes darme órdenes como si fuera uno de tus soldados.

—No te estoy dando órdenes —dijo—. Te estoy haciendo peticiones razonables, y las cumplirás.

—¿Por qué?

—Porque eres testaruda, pero no estúpida.

Me estremecí. Bien podría haberme dado una bofetada en toda la cara.

—Sabes que estás en peligro —me recorrió con la mirada—. También sabes que si te largas sin escolta, nos lanzaremos todos a buscarte.

Solté lo primero que me vino a la cabeza:

—No soy tu maldita prisionera.

—No se puede razonar contigo ahora mismo, ¿verdad?

—su fuerte suspiro delató que su paciencia había llegado al límite—.

Lo que digo es que tienes que ser prudente con tu vida y con las vidas de mi equipo.

Si todos seguimos los protocolos de seguridad, podremos cumplir la misión sin problemas. ¿Está claro?

—Clarísimo —contuve las lágrimas que brotaban de la nada—. Eres un tirano del montón.

—¡Basta! —por fin perdió la calma—. Esta conversación se acabó.

—Eso no lo decides tú —repliqué—. Es mi vida la que te estás apropiando.

—No estoy... —se detuvo un instante, como si luchara por controlar su temperamento—. Solo estoy haciendo mi trabajo. Y para que lo sepas, no volveré a molestarte. Si me quieres, tú vienes a mí.

Ni en sueños. Su arrogancia destruyó cualquier posibilidad de que me sobrepusiera a mi temperamento. ¿Yo tenía que arreglar esto? ¿Por qué tenía que ir yo a él? ¿Y él qué? ¿Por qué no me pedía disculpas ahora mismo?

Mi orgullo se alzó como un muro enorme entre nosotros. El suyo, brillando en su mirada pétrea, lo hizo aún más alto. El orgullo era lo único que teníamos en común.

Pasaron los segundos, el silencio se prolongó entre nosotros, y él se dio la vuelta y se marchó.

Una terrible sensación de pérdida me oprimió la garganta. Todo mi ser se sentía decepcionado. Con un gesto furioso, me sequé la lágrima que me resbaló por la mejilla. La casa parecía vacía sin él. Demonios, yo me sentía vacía.

Mi mirada se desvió hacia el paquete dorado abandonado en el suelo. Me agaché, lo recogí y pasé las yemas de los dedos por la tira rasgada por donde, en un momento de pasión, lo había abierto.

Qué desperdicio.