Capítulo Diez #2
Las puertas se abrieron y la brisa hizo ondear las cortinas antes de que una mano grande las apartara de un tirón.
—¿Estás aquí?
Salté de la encimera y me apresuré a subirme la cremallera de los pantalones cortos y colocarme bien el sujetador.
Al mismo tiempo, Seb se giró para encarar al recién llegado, protegiéndome con su cuerpo.
Me asomé por detrás de él. Knox entró pavoneándose, con las botas de vaquero resonando en las tablas de pino.
—Hola.
Su mirada divertida rebotó de Seb a mí. Para mi horror, reparó en la cremallera abierta de Seb y luego miró al suelo, donde el pequeño paquete dorado brillaba con descaro. Sus ojos sonrientes volvieron a Seb.
—¿Interrumpí algo?
—Estábamos hablando, eso es todo. —Mi voz sonó demasiado estridente.
Seb me lanzó una mirada por encima del hombro y frunció el ceño como si lo hubiera insultado al no admitir que habíamos estado besándonos apasionadamente en mi cocina. Con un tirón brusco, se subió la cremallera, con los ojos lanzando dagas a Knox.
—Vaya, vaya.
Knox miró el condón en el suelo.
—En lugar de ir a por sexo seguro, ¿vosotros ibais a por conversación segura?
Debía de tener la cara ardiendo. Me maldije por haberme escondido detrás de Seb.
—¿Qué quieres? —exigió Seb.
—No es lo que yo quiero —dijo Knox—. Es lo que tú quieres. Los barcos están aquí, las excavadoras y las palas mecánicas han llegado, y Trev te está buscando y preguntándose por qué demonios no coges el teléfono.
—Mierda. —Seb rebuscó en su bolsillo trasero, sacó el móvil y tocó la pantalla oscura—. Me he quedado sin batería.
—O eso o tienes un exceso de energía atascándote los circuitos. Yo apuesto por el exceso. —Knox se quitó el Stetson, se abanicó la cara sudorosa con el sombrero y volvió a ponérselo, con un brillo pícaro en los ojos color avellana—. Será mejor que llames a Trev cuando te hagas cargo del equipo.
—Claro —dijo Seb—. Vamos.
—¿Qué tal si me adelanto y tú arreglas, ya sabes, lo que tengas que arreglar? —Knox se tocó el ala del sombrero a modo de saludo, salió con aire despreocupado y desapareció hacia la terraza.
—Perdona por esto. —Seb se volvió, me estrechó contra su pecho y, tras besarme la coronilla, soltó un largo suspiro—. Puede que tengamos que continuar esto más tarde.
—¿Más tarde? —Sacudí la cabeza, intentando despejar la niebla erótica que me había cegado a todo salvo a él—. Espera. ¿De qué habla Knox?
—Hemos alquilado unos tractores y excavadoras —dijo—. También hemos alquilado un par de barcas para patrullar la orilla y vigilar el canal. Ah, y llegaré tarde esta noche. Tengo que actualizar los planos de la reconstrucción y prepararme para la reunión de mañana a primera hora.
Fruncí el ceño. —¿Qué reunión?
—La reunión con el departamento de urbanismo —dijo—. Voy a impugnar la orden de derribo, presentar los planos para la aprobación final y pedir que agilicen los permisos y las inspecciones para acabar con esto cuanto antes.
Abrí la boca y la cerré. Hice un gran esfuerzo por contener mi genio. —¿Por qué no formo parte de esa reunión?
—Porque es mi trabajo y estarás más segura si te quedas aquí —dijo, ajeno a la tormenta que rugía en mi interior—. No te preocupes. Me encargo de todo.
Destellos rojos cruzaron mi visión y la rabia estalló en la boca del estómago. ¿Estaba tomando decisiones unilaterales que afectaban a mi vida y a mi propiedad sin contar conmigo?
Sí, eso hacía.
Madre mía.
No ayudaba que mi cuerpo sobreexcitado hubiera sido llevado al borde mismo del deseo para luego quedar brutalmente insatisfecho.
La espalda se me puso tan rígida que me dolió la columna.
El legendario temperamento Rose me recorrió las venas en oleadas de calor abrasador que me encendieron la piel y me hirvieron las entrañas.
No pierdas los estribos, Gracie. No lo hagas.
Respiré despacio, intentando cribar la ira que alimentaba mi genio. ¿De dónde venía aquel diluvio de indignación?
Parte tenía que ver con que los Morgan me habían obligado a hacer lo que ellos querían y a renunciar a mi libertad.
Después, todos mis derechos me fueron arrebatados cuando entré en prisión.
Desde entonces, todas mis decisiones las habían tomado otros por mí.
Y ahora que había salido de prisión, Sebastian había tomado el control.
Necesitaba tomar las riendas de mi vida, pero mis esfuerzos estaban fracasando tan estrepitosamente que Sebastian creía que tenía que cuidar de mí. Él se reuniría con el departamento de urbanismo. Él había elaborado los planos. Él había tomado todas las decisiones. Sin mí.
La furia y el orgullo me nublaron la cabeza.
Y encima, aferrado a su papel de protector, se negaba a dar marcha atrás, hacía caso omiso de mis advertencias, se ponía en peligro a sí mismo y a su equipo, ¿y para qué? ¿Por una poca cosa como yo? ¿Por una vida que ya estaba perdida?
No pensaba consentir nada de esto.
Cerré los puños a los costados. —Debería estar en esa reunión.
—Confía en mí, Gracie —dijo, lo que me enfureció aún más—. Yo te cubro las espaldas.
¿Confiar en él? ¿Dejar mi destino y mi futuro en manos de otro? ¿Repetir los errores que había cometido con los Morgan? ¿Ceder mi derecho a dirigir mi propia vida?
Ni hablar.
Inspiré con un estremecimiento. —Deberías haberme consultado antes de tomar todas esas decisiones.
—Construcción y seguridad. —Me lanzó una mirada cautelosa—. Eso es cosa mía. Mi trabajo, mis decisiones.
—¿Y yo qué? —exigí saber—. ¿No puedo tomar mis propias decisiones?
—Claro que puedes, las que entran en tu terreno.
—¿Y cuáles son esas?
—He oído que se te dan de maravilla los números —dijo—. La contabilidad del proyecto es toda tuya. Tenemos que ceñirnos al presupuesto y controlar los gastos. Al fin y al cabo, es tu dinero.
—Bien.
Me irritaba sobremanera que tuviera razón sobre mis puntos fuertes. Podía llevar las finanzas del proyecto con los ojos cerrados y las manos atadas a la espalda, pero mi trabajo parecía tan nimio e insignificante comparado con el suyo.