Capítulo Doce #2
—No es mi...
—No sabes mentir, así que ni lo intentes —bajó la voz y me dio un codazo en las costillas—. No has visto a Seb después de su decimotercera cerveza. Ahí es cuando se lía la gorda. Entonces sí que se le va la lengua. Solo pasó una vez, pero joder, casi me partió el negro corazón.
Quería saber qué le había dicho Seb a Knox que le había «partido el negro corazón». Apostaba a que tenía que ver con las pesadillas de Seb y alguien llamado Martin. Pero preguntarle a Knox no me parecía bien.
En cambio, dije:
—Tengo la impresión de que le encantaba ser Boina Verde en las Fuerzas Especiales del Ejército.
—¿Un Boina Verde? —se burló Knox—. ¿Eso fue lo que te dijo?
Miré a Knox.
—¿Me mintió?
—No, no mentía —se desparramó en el sofá—. Solo te contó algo antiguo.
—¿Y eso qué significa?
—Que aunque fue un Boina Verde, y uno de los mejores, fue más que eso.
—¿Más que un Boina Verde?
Me quedé pensando. Había pasado mucho tiempo en prisión viendo las noticias y leyendo sobre temas que me interesaban. Me había fascinado la comunidad de operaciones especiales y todas las misiones que habían llevado a cabo por todo el mundo. Sabía mucho más del tema que el ciudadano medio.
—Eso significa que era... ¿qué? —intenté recordar los diferentes niveles—. ¿Delta Force?
—Háblale a la mano —Knox se cerró en banda—. O habla con Orion. Eso también vale.
Así que Seb era un chico Delta. Sonreí para mis adentros. Un operador especial de nivel uno, el mejor de los mejores. Eso explicaba muchas cosas de su personalidad.
—No dejas de llamarlo Orion —dije—. Como la constelación. ¿Es su apodo?
—En la Unidad de Élite, sí.
—Orion —saboreé el nombre—. Era un gigante cazador sobrenatural en la mitología griega.
—Ding, ding, ding —agitó una campana imaginaria en el aire—. Le queda como anillo al dedo a Sebastian. Es uno de los mejores cazadores de hombres que he conocido. Y ahora que he conseguido intrigarte...
Hizo una pausa, se recostó en el sofá y se llevó las manos entrelazadas a la nuca.
—Mira, cariño, odio ver a dos personas que deberían estar enrollándose dejar pasar la oportunidad. La vida es demasiado corta para quedarse en el banquillo. Tú quieres enrollarte. Él quiere enrollarse. Hace tiempo que ninguno de los dos... ya sabes. ¿Qué tiene de malo enrollarse?
—Madre mía —me eché hacia atrás y parpadeé varias veces—. Eres bastante bruto.
—Soy directo —confirmó con un gesto—. Conmigo nada de gilipolleces, pero te voy a pedir que no le cuentes a Orion esta charlita que estamos teniendo.
—¿Por qué no?
—Me gustaría conservar mis pelotas intactas y mi cara bonita tal como está —se dio unos golpecitos en las mejillas cubiertas de barba dorada y sonrió—. Y bien, ¿todavía quieres que me lleve las cosas de Seb?
—¿No es a eso a lo que has venido?
—Sí, pero no voy a discutir contigo si me dices que no. Soy borde, pero no tanto.
—Quieres decir... —se me ocurrió que tenía un aliado inesperado en Knox. Espera. ¿Necesitaba un aliado para acercarme a Seb, un hombre del que quería alejarme por su propia protección según la regla número seis?
Estaba tan jodidamente confundida.
Había mucho más en Sebastian Aguilar de lo que yo sabía. Los comentarios de Knox lo confirmaban. Quería saber aún más. Otra pregunta me vino a la mente. ¿Qué haría Seb si Knox no le llevaba sus cosas al campamento?
Knox había dado con la forma de traer a Seb de vuelta a mi casa, a mí. Qué bribón tan listo y retorcido era Knox. Yo no era como él. Obligar a Seb a venir por sus cosas me parecía rastrero, pero tenía que empezar a aprender en algún momento.
Regla número dos. Sé una cabrona.
Le había dicho a Seb que teníamos que parar, pero no quería parar. Nunca había tenido a nadie como él en mi vida, nunca había sentido esa chispa con nadie de la manera en que la sentía con él. Lo deseaba con todas mis fuerzas.
Esto es lo que pasa cuando las reglas se contradicen entre sí. Piénsalo bien. O quizá intenta no darle demasiadas vueltas.
A pesar de mis advertencias, Seb se negó a marcharse de Crescent Beach hasta que la reconstrucción estuviera completa.
Podía estar enfadado conmigo, pero no iba a irse a ninguna parte, y ahora que entendía quién era, confiaba en que estábamos a salvo aquí.
Enrollarse era enrollarse. No era un compromiso de por vida ni nada parecido.
Habíamos tenido una noche, y me había gustado.
¿Qué tal otra?
Vale, quizá dos o tres o cuatro funcionarían mejor para liberar la tensión que me hervía en las venas. Un pequeño escape podría venirme bien. Regla cinco. Sé valiente y audaz. Una pequeña sonrisa afloró en mi rostro.
Quizá podía hacerlo.
Otra idea astuta se coló sigilosamente en mis pensamientos y empezó a tomar forma. Knox no era Sebastian, pero era un SEAL y hasta ahora había mostrado un carácter más afable y flexible. ¿Podría convencer a Knox de que me ayudara a conseguir lo que necesitaba?