Capítulo siete #3
Un clic resonó en mi cabeza, el sonido de una cerradura al abrirse, seguido del chirrido de un par de puertas metálicas cuyas bisagras giraban mientras se abrían. Una oleada de placer increíble escapó de la prisión de mi mente.
Chillé, un gemido fino y tembloroso.
—Oh, Sebastian.
Tenerlo dentro era una sensación increíble.
—Dilo otra vez —jadeó, con el cuerpo tan rígido como su polla—. Mi nombre.
—Sebastian —susurré—. Sebastian, Sebastian, Sebastian.
Por primera vez desde que había salido de prisión, con su sexo enterrado en mí, me sentí libre, o al menos capaz de serlo.
Le rodeé la espalda con los brazos, abrazándolo —todo él—, acunando la fuerza descomunal contenida en su cuerpo y aceptando el brillo que resplandecía en sus pupilas.
Levanté las piernas y le rodeé la cintura, abriéndole paso en mi cuerpo.
Mecí las caderas, lo acogí y lo solté, persiguiendo el placer exquisito que desataba en mí.
Fusionó su boca con la mía, uniendo nuestros labios y lenguas, gimiendo mientras también comenzaba a embestir. Mi cuerpo celebró sus embestidas, bailando a su alrededor para compartir la alegría. Mi corazón se elevó con el placer de dar y recibir, atrapar y liberar, ofrecer y aceptar.
La libertad era dejarse llevar, moverse como quisiera sin los límites de la vergüenza ni el bochorno.
Era deslizarme sobre su polla y encontrar cada una de sus embestidas con júbilo y avidez.
Era saber que siempre habíamos estado destinados a encajar así, creer que este momento había sido predestinado para liberarme de mí misma e impulsar mi voluntad de ahora en adelante.
La libertad era ausencia de juicio y todas las posibilidades.
Me encantaba cómo sus caderas se balanceaban y se inclinaban entre mis manos, cómo su sexo ensanchaba mis paredes, se sumergía en mis profundidades y me abría al puro placer de sus embestidas.
Disfrutaba de cómo su respiración se convertía en jadeos; de las ondulaciones sinuosas con las que mi cuerpo más pequeño se encontraba con el suyo, más grande y fuerte; del impacto devastador que tenía sobre él, y de cómo podía sentirlo hinchándose, contrayéndose y enderezándose en mi interior.
Nuestros cuerpos se alimentaban del calor del otro.
Nuestra cadencia se aceleró. La fricción se disparó hasta alcanzar un nuevo crescendo.
Tomé su boca con la misma hambre feroz con la que mi coño lo reclamaba.
Disfruté de la salvajidad que se apoderaba de mi cuerpo e igualé su ferocidad amorosa con pasión desenfrenada.
Pasé los dedos por los mechones sedosos de su cabello, deslicé las manos por su espalda y las posé sobre sus glúteos en pleno esfuerzo, sintiendo cómo su fuerza se acumulaba y se liberaba mientras bombeaba dentro de mí.
Cómo se movía, con las caderas fluidas, el sexo deslizándose, los testículos frotándose contra mí. Cómo olía: caliente, metálico, masculino. Incluso cómo respiraba era embriagador.
Jadeé y casi me corrí con su siguiente deslizamiento.
—Voy a—
—Córrete, sí, córrete —retumbó en un tono bajo y entrecortado—. Córrete conmigo.
Atravesó la soledad que me había aprisionado durante demasiado tiempo y se sumergió en mis profundidades secretas.
Fue un golpe mágico, una chispa que liberó todo el placer almacenado en mi cuerpo.
Mi clímax arrasó con los recuerdos descarnados de días sin placer y noches sin dormir.
Me corrí, una avalancha de placer que me llevó a un futuro donde la necesidad conducía al éxtasis y el éxtasis gratificaba hasta las partículas más pequeñas de mi ser.
Me corrí de nuevo con el rugido de su orgasmo, sentí sus testículos presionando contra mi abertura como si intentaran seguir a su polla.
Siguió empujando, pulsando, liberándose dentro de mí, provocando un tercer clímax, uno con una intensidad que superó al primero y al segundo, borró cada pensamiento de mi mente y consumió todo el aire de mi cuerpo.
—Primrose —jadeó en mi oído.
El apodo me transportó más adentro del reino del éxtasis y me mantuvo allí, inmovilizada bajo el cuerpo de Sebastian mientras creábamos más placer el uno para el otro.
Cuando por fin los orgasmos cedieron, mi cuerpo se aflojó bajo el suyo, pero mi mente siguió reviviendo los momentos álgidos.
Antes de Sebastian —y de la prisión— el sexo era algo que buscaba de vez en cuando, para entender a qué venía tanto revuelo. Mis experiencias con otros hombres me habían enseñado que el sexo era del montón, nada del otro mundo.
Pero el sexo con Sebastian no había sido del montón. Nuestra primera vez juntos no había sido incómoda ni vacilante, sino explosiva y maravillosa.
En sus brazos, había descubierto el éxtasis más allá del placer, una entrega intensa correspondida con la misma intensidad, una pasión poderosa y duradera que satisfacía todos mis antojos y llenaba todos mis vacíos hasta el borde.
Ahora entendía el revuelo y lo abrazaba. Mejor aún, ansiaba más de él.
—¿Estás bien? —preguntó Sebastian después de un rato, con el pecho todavía agitado mientras me rozaba los labios con los suyos.
—No es que esté bien —lo miré a los ojos y le acaricié el contorno de la mandíbula—. He renacido. Eres un amante fantástico, y esto ha valido totalmente la pena.
La sonrisa que me dedicó echó por tierra mis esfuerzos por sobreponerme a la emoción y recuperar la cordura.
—Ha valido totalmente la pena —coincidió entre jadeos—. Tan extraordinario.
—Extraordinario es bueno —susurré, disfrutando de cómo su piel desnuda rozaba la mía, del calor atrapado entre nuestros cuerpos—. Me gusta esa palabra.
Ensanchó la sonrisa. No tenía idea de lo que estaba pensando, pero me gustaba la mirada de asombro y ternura que me prodigaba.
—No lo olvides —me besó—. Voy a tomarme mi tiempo en la próxima ronda.
—¿La próxima ronda? —me quedé boquiabierta—. ¿Eres capaz de repetir?
—¿Contigo? Por supuesto —el deseo brilló en sus ojos—. Me lo prometiste, y pienso cobrármelo.
El corazón me dio un vuelco y la sonrisa me hizo que me dolieran las mejillas.
Al final, la libertad anticipada no estaba nada mal.
***
Sebastian
¿Qué acababa de pasar? ¿Cómo había pasado de «nunca me va a gustar Gracie Rose» a «me gusta mucho» a… esto?
¿Qué era todo esto? Sí, tenía que ver con la lujuria y follar. No había mentido al decir que follar había sido fantástico y satisfactorio.
Pero había algo más entrelazado con mi pobre definición de extraordinario. Había alcanzado una nueva cima física. Esta mujer me había arruinado para el sexo del montón para siempre. Ese orgasmo había sido... sí, otra vez volvía a lo extraordinario.
Fuera lo que fuese, era más que físico. Era inexplicable. Lo sentía en el centro del pecho como un corazón nuevo latiendo junto a mi viejo corazón jodido.
¿Qué demonios?
Para el carro, tío.
Esto era sexo excelente, pero solo sexo. Dadas mis circunstancias, era todo lo que podía ser, lo único que tenía para dar. Lujuria, sí. ¿Algo más allá de la lujuria? Ni de coña.
Hice un esfuerzo enorme por apartarme de ella. No tenía sentido aplastar a la persona que deseaba. Necesitaba levantarme para tirar el condón, pero las rodillas me temblaban, los brazos se negaban a soltarla y el cuerpo rechazaba cualquier intento de separar mi piel de la suya.
Al final, no pude ni plantearme dejar su cama. Aún con la respiración entrecortada, me quité el condón y, estirando el brazo hacia la papelera cercana, lo tiré antes de desplomarme sobre las almohadas. Era extraño. Tenerla entre mis brazos, estar con ella, se sentía... correcto.
Zing.
Percibí más que vi la bala silenciada que pasó volando a menos de tres centímetros de su sien.
Plunk.
La bala se hundió en el cabecero de madera a la izquierda de mi cabeza, a solo milímetros.
El Delta que llevaba dentro entró en acción.
Salté de la cama llevándome a Gracie conmigo, giré en el aire para aterrizar de espaldas.
Absorbí el impacto al caer al suelo y rodé sobre Gracie para protegerla con mi cuerpo.
—¿Qué está pasando? —gritó ella con los ojos muy abiertos.
Zing. Crash. Clink, clink, clink.
La bala silenciada no nos alcanzó, pero la lámpara de cristal de la mesita de noche explotó en un millón de fragmentos que llovieron sobre nosotros.
—Quédate abajo —ladré mientras le cubría la cara con la mano para protegerle los ojos del cristal, antes de soltarle la mala noticia—. Estamos bajo ataque.