Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

Me bajé el chándal, dejándole ver centímetro a centímetro, intentando no asustarla. Pero Gracie no me tenía miedo, ni a mí ni a aquello, en absoluto. Alargó la mano y me agarró la polla antes incluso de que terminara de desnudarme.

Era extraño intentar desnudarme mientras ella le daba la bienvenida a mi polla. Todo mi cuerpo se tensó al sentirla en su mano.

—Eres un hombre muy guapo —me dedicó una sonrisa sexy que convirtió mi polla en granito—. Tu sexo también es precioso.

Menudo cumplido. El mejor de mi vida.

Se giró y plantó un beso en mi glande. Por cómo reaccioné cuando sus labios tocaron mi piel caliente y tensa, bien podría haberme hecho una mamada. El semen me subió y una gota brotó en la punta. Me doblé sobre el vientre y gruñí para contener la avalancha.

Esta vez funcionó, pero por los pelos.

—Tócame —jadeó, pasándome el pulgar por la humedad de la punta y esparciéndola sobre el glande mientras me amasaba la polla con el puño—. Necesito que me toques.

Menos mal. Yo también necesitaba tocarla.

Me incliné y empecé por arriba. Su cabello fluyó como satén negro entre mis dedos mientras le rozaba la frente con los labios, los párpados, los labios.

—No es que no me encante cómo me estás tocando —murmuré mientras le succionaba el labio inferior—. Pero voy a necesitar que me sueltes un momento.

Me soltó y por fin pude recorrer su cuerpo, aunque el temporizador de la bomba que me latía en la ingle se agotaba rápido. Con la polla rígida entre las piernas, le pasé las manos por el cuello y los hombros, deslizando la boca por su garganta y entre sus pechos.

Sabía a flores.

Sus caderas bailaron entre mis palmas y su vientre se agitó bajo mis labios cuando le besé y lamí el ombligo. Luego llegué a su pubis, donde enterré la nariz en un parche de rizos cortos y oscuros con aroma a primavera, y fui besando el camino hacia sus pliegues.

—Date prisa —jadeó—. Necesito que—

—Silencio, Rosa Mandona. Los dos estamos que ardemos y con prisa —hice una pausa para besarle el monte—. Prometo que no te haré esperar mucho más.

Dejó escapar un gemido bajo, una canción de deseo lascivo. Mi propia necesidad me estaba matando, una concentración de presión caliente que me tiraba de la base de la columna, me pesaba en los testículos y me hinchaba la polla hasta límites insospechados.

Lo único que quería era acabar con aquel palpitar y enterrarme en ella. Cómo reuní ese último resto de autocontrol, nunca lo sabré, pero quería que aquello fuera bueno para ella, necesitaba que fuera bueno para ella.

Respiré hondo para calmarme. —¿Abrirás las piernas para mí?

Vaciló un momento, como si el recato de esta Rosa pudiera aún imponerse. Vi cómo su rostro se endurecía con determinación, negando su pudor. Sus muslos se abrieron para regalarme otra dádiva más en esta noche de regalos: una vista privada, iluminada por un rayo de luna.

—Eres tan hermosa. —Deslicé los dedos por sus pliegues hinchados, recorriendo su generosa humedad—. Pétalos rosados en una docena de tonos.

Soltó una risita suave y ronca. —Esa frase fue casi poética.

Acaricié con el pulgar su abertura resbaladiza. —El único poema aquí eres tú.

—Oh, Sebastian —gimió, y el mero sonido de mi nombre en sus labios me empujó al borde de un orgasmo que apenas pude contener.

Siseó cuando tracé círculos con los dedos alrededor de su clítoris hinchado, y gimió de nuevo mientras lo untaba con sus jugos. La provoqué con dos dedos dibujando un ocho, trazando un bucle sobre su clítoris para luego descender y girar alrededor de su abertura pequeña y apretada.

Su aroma me envolvió, un perfume dulce que se me metió por los poros y se transformó en un fuego furioso.

El calor convirtió mi erección en una llama palpitante.

Sosteniendo sus pliegues a un lado, besé su clítoris, sus pliegues internos, la entrada de su coño.

Puse la lengua a trabajar, recogiendo sus sabores suculentos, lamiendo sus jugos con largas caricias que me arrancaron sus gemidos.

Sabía justo como imaginé que sabría la primera vez que la vi: salada, sabrosa y deliciosa; compleja como el mar pero también suave y especiada como los mejores bourbons.

Disfrutaba de un buen bourbon, pero la disfrutaba a ella aún más. Podría lamerla toda la noche. Su coño podría convertirse en mi única adicción y ella podría resultar ser mi perdición.

—¡Sebastian! —exclamó, entrelazando los dedos en mi cabello mientras su vientre se agitaba con los jadeos—. ¡Dios, sí! ¡Me encanta!

A mí también, pero tenía la boca demasiado ocupada para decirlo. Confié en los labios y la lengua para transmitir el mensaje. Cuando estuvo más húmeda de lo que jamás había soñado, presioné suavemente un nudillo en ella. —¿Te gusta esto?

—Sí —jadeó con ese timbre ronco que me intoxicaba—. Más.

Añadí otro dedo y presioné hacia abajo, penetrándola lentamente mientras me deslizaba en su humedad resbaladiza.

—Oooooh —gimió, un sonido erótico que casi acabó conmigo.

Apretó los labios en una mueca de deseo doloroso y empujó hacia abajo, cabalgando los nudillos. Sus paredes internas se apretaron alrededor de los dedos. Mi polla celosa palpitó con tanta fuerza que me mareé. Necesitaba estar dentro de ella, ahora mismo.

Quería pasar mucho más tiempo aprendiendo su cuerpo, explorándolo, amándolo con los labios, pero mi polla exigía satisfacción y Gracie estaba más que lista, harta ya de preliminares.

Tanteando en la semioscuridad, se estiró hacia la mesita de noche, agarró mi cartera y sacó el pequeño paquete del pliegue de cuero.

Mi tiempo se había acabado.

***

Gracie

La libertad no tenía nada que ver con barrotes y todo que ver con elegir.

La revelación me golpeó mientras rasgaba el borde del paquete y dejaba caer el condón lubricado sobre la palma. Se volvió aún más real cuando cubrí el sexo de Sebastian y desenrollé el látex sobre su hermoso miembro.

La libertad era lo que estaba haciendo ahora mismo: elegir el deseo en lugar de la contención, elegir a Sebastian, no porque tuviera que hacerlo, sino porque lo deseaba.

A él.

La libertad era elegirlo a él para realizar mis fantasías en este momento, en este lugar, viviendo el presente cuando el pasado me perseguía y el futuro era un juego de probabilidades.

Era romper las reglas, ser valiente y audaz, y no sentirme culpable por aprovechar esta oportunidad irrepetible de reclamar su placer para mí.

Estaba duro como el metal, recto y grande, tal vez incluso demasiado grande.

Pero claro, no había soñado precisamente con algo pequeño y suave durante los treinta meses y las novecientas y pico noches que había dormido sola en mi litera.

Admirando su erección, embobada, desenrollé el condón extragrande hasta la base y luego lo miré.

La sonrisa que me dedicó fue provocación y tranquilidad al mismo tiempo. Me ahuecó la mejilla y me besó, empujándome suavemente hacia atrás hasta que la cabeza me descansó sobre las almohadas.

—Necesito...

—Sí —susurró—. Yo también.

Me separó las piernas, se arrodilló entre mis muslos y se inclinó hacia adelante, apoyándose en las manos. Sin apartar los ojos de mí, se bajó sobre los codos y se estiró sobre mí, cubriendo todo mi cuerpo con el suyo, mucho más grande. El calor irradiaba de él como si fuera el sol mismo.

Curvó las caderas y frotó su sexo enfundado contra mi coño húmedo. —¿Es esto lo que quieres?

—Sí. ¡Sí!

—Entonces te lo daré, ahora, como deseas. —Bajó la boca a la mía, deslizó la lengua dentro y me besó profunda y duramente antes de hacer una pausa—. Pero lo haré solo si me prometes que tendré otra oportunidad y que la próxima vez me dejarás tomarme mi tiempo.

La intensidad que brillaba en su mirada me erizó la piel. Me estremecí con esa poderosa necesidad que despertó en mí. Me impactó que aún no hubiéramos completado el acto y ya estuviera hablando de la próxima vez. Ese delicioso descubrimiento me hizo arder de necesidad urgente.

No podía esperar a que entrara en mí. Pensé que se había tomado bastante tiempo, pero claro, mis experiencias con hombres siempre habían sido rápidas y mediocres.

Sebastian ya había destrozado todos mis estándares al eliminar cualquier posibilidad de mediocridad y tomarse su tiempo para llevarme al borde de la locura.

Si quería más de mí, ¿quién demonios era yo para interponerme?

Levanté la cabeza y lo besé, probando su paciencia al pasarle los dientes por los labios. —Te prometo que puedes tomarte tu tiempo la próxima vez, pero me has llevado al límite tantas veces que estoy a punto de perderlo, así que por favor, entra.

Una sonrisa se apoderó de sus labios privilegiados y sus risas profundas y ricas me bañaron, tan sensuales como sus besos y sus caricias.

Luego la mandíbula se le endureció, la boca se le tensó y los ojos le irradiaron con un impulso primitivo.

La presión de la cabeza de su polla en mi abertura creció mientras mi necesidad urgente exigía una penetración dura y tres embestidas certeras.

Pero no, no hizo eso. En cambio, este gigante de hombre que podría haberme desgarrado eligió deslizarse dentro de mí suavemente, centímetro a centímetro.

—Oh, Dios mío —respiré—. ¡Oh, joder, Dios mío!

Era impactante, asombroso, sobrecogedor.

Pensar que tanta ternura convivía con semejante fuerza feroz; que aquel cuerpo atlético y poderoso albergaba una voluntad de hierro, un espíritu amable y un corazón bondadoso.

Su combinación única de fiereza y delicadeza me envolvió en oleadas de placer alucinante.

No se parecía a ningún hombre con el que hubiera estado y, en sus brazos, me derretí.

Mi coño también se fundió a su alrededor. Respiré acompasada con su sólida presencia y su avance pausado, sintiendo cada detalle de su polla, cada contorno y cada deslizamiento hasta que alcanzó el fondo de mi sexo y quedó completamente dentro de mí.