Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Sebastian

Mi arma. Necesitaba mi arma.

Plink. Plink. Plink.

Las balas seguían impactando a nuestro alrededor mientras empujaba a Gracie al rincón más alejado, bajo la cama, a salvo.

—Quédate ahí —ordené, avanzando a rastras hacia la puerta, pero manteniendo el perfil alto para atraer el fuego del tirador—. No te muevas.

Zing. Esta me arañó el brazo antes de hundirse en el pladur. Zing. Esa me pasó silbando junto a la sien mientras salía del dormitorio.

Mierda.

Quienquiera que estuviera detrás de ese rifle sabía lo que se hacía.

La siguiente ráfaga siguió mi estela. Jodidamente genial. Dudaba que pudiera ver dónde estaba, pero al menos ya no disparaba al dormitorio ni a Gracie. Como la única luz en la casa era la de la luna, el tirador debía estar usando visión nocturna y una mira de alta gama.

Llegué a la cocina y, con la isla entre la línea de fuego y yo, alargué el brazo y agarré la pistola.

Mi Glock 19 no era rival para un rifle de francotirador de alta precisión y largo alcance.

Ojalá hubiera traído mi carabina, la que guardaba bajo llave en la camioneta, pero nada indicaba que fuera a necesitarla en esta misión, y no había querido asustar a Gracie llevando un arsenal a su casa.

Vive y aprende, Aguilar. Vive y aprende.

Aunque estuviera en desventaja, tenía un par de sorpresas para el imbécil que me disparaba. Mi Glock estaba equipada con un cargador ampliado y un sistema óptico superior. Monté una bala y me escabullí al otro lado de la isla, reptando bajo la mesa del comedor y pegado a la pared.

El tirador seguía disparando, pero sus balas iban a todas partes. Algunas se clavaron en el sofá. Otra reventó el jarrón del aparador. No sabía dónde estaba yo.

Desnudo como vine a este jodido mundo, me puse de pie y me lancé al dormitorio vacío. Arranqué un trozo del contrachapado que cubría la ventana rota y eché un vistazo.

A juzgar por la trayectoria de las balas, el tirador estaba en el agua. Apoyé el arma en el alféizar, pegué el ojo a la mira y barrí las aguas oscuras. Ahí. Justo en el centro. Una lancha motora se mecía en el mar a unos cincuenta metros de la orilla.

Te tengo, hijo de puta.

Entrecerré los ojos en la retícula y alineé los puntos, apuntando a la figura tras el rifle. Agachado detrás de la borda, vestido de negro y con la cara cubierta, no era más que una silueta oscura en el límite del alcance de mi pistola.

Esto era un tiro imposible.

Tranquilo.

Inspiré hondo para calmarme. Ahora. Apreté el gatillo.

El tirador se sacudió y desapareció bajo la borda. Le había dado. Seguro. Me centré en el tanque de gasolina. Si acertaba, podría hacer volar al cabrón por los aires.

El desgraciado no era ningún tonto. Los motores rugieron, agitando las aguas. La lancha salió disparada y se alejó a toda velocidad. De algún modo, había conseguido llegar al timón.

Este no era ningún novato. Mis balas siguieron su estela, pero la lancha se alejó a toda velocidad y el tirador quedó fuera de alcance antes de que pudiera darle a los tanques.

Maldición.

Le había dado al tipo, pero se había escapado. La próxima vez que nos viéramos, estaríamos en igualdad de condiciones.

—Estás herido —la voz serena de Gracie me sacó del modo combate.

Giré la cabeza y la encontré a cuatro patas bajo el umbral, con los ojos negros brillándole en la oscuridad.

—Estoy bien —la miré de arriba abajo. Se había puesto una camiseta enorme que la cubría hasta las rodillas, pero no vi ninguna herida—. ¿Estás bien?

—Sí —dijo, con el rostro tenso—. Pero tú no.

—Deberías haberte quedado bajo la cama hasta que te diera el visto bueno.

—Vine a ayudar —levantó la vieja escopeta de corredera que llevaba en la mano.

—Demasiado tarde —comprobé de nuevo que la lancha se había ido y me aparté de la ventana—. El hijo de puta huyó con el rabo entre las piernas —miré el arma que sostenía—. ¿De dónde demonios has sacado esa antigüedad?

—La Tía Betsy la guardaba en el armario de la ropa blanca —dijo—. También me enseñó a usarla.

La Tía Betsy sonaba como una mujer de armas tomar. Su sobrina estaba a su altura.

Me froté donde me picaba en el lateral de la cabeza. Los dedos me quedaron pegajosos y calientes. El hijo de puta había conseguido hacerme sangrar. Y peor aún, podría haber matado a Gracie. La rabia me hirvió en las venas.

¿Quién había hecho esto?

Furman era una posibilidad. La codicia era el móvil por excelencia para un asesinato, pero no creía que supiera disparar con esa precisión, y no había tenido tiempo de coordinar un ataque. Eso me dejaba una sola opción.

A través de la oscuridad que nos separaba, busqué la mirada de Gracie.

—Dime que los Morgan no tienen motivos para quererte muerta.

Tragó saliva.

—No puedo decirte eso.

El ácido del estómago me ardió como un trago de vodka barato. Saqué el móvil del bolsillo.

Cambio de planes. Envié un mensaje a mi segundo al mando con una serie de instrucciones, terminando con Adelantar llegada.

Había venido en una misión de paz para mejorar mi puntuación de servicio comunitario con Battle Brothers y hacer un favor a mis amigos. Eso había cambiado. Gracie estaba en peligro.

Me sorprendí a mí mismo decidido a protegerla. ¿Era porque me había besado hasta dejarme sin aliento, me había dado el mejor sexo de mi vida y quería más? ¿O porque había despertado partes de mí que creía muertas?

No vayas por ahí, tío. Concéntrate en la misión. La cosa acababa de complicarse.

Aparte de ignorarlas, no sabía qué hacer con esas emociones raras que Gracie despertaba en mí, pero ¿mantenerla a salvo?

Sí. Eso sí podía hacerlo.

Sin excusas.

La Unidad de Élite estaba lista para doble turno y pensaba proteger a Gracie con mi vida.

***

Gracie

Cuando estuvo seguro de que nuestro atacante se había ido, Seb se puso el chándal, sacó sus herramientas de la camioneta e instaló trampas alrededor de la casa, asegurando el lugar con la soltura de quien lo había hecho mil veces.

Solo después de quedar satisfecho con sus medidas de seguridad y cerrar todas las cortinas de la casa me dejó limpiarle las heridas, que él desestimó como simples rasguños.

Rasguños. Ya.

Resoplé ante el temerario desprecio del hombre por su salud. Podría haber resultado herido. O muerto.

Se quedó sentado en silencio, sin inmutarse, mientras yo le lavaba los «rasguños», limpiándole la sangre del pelo oscuro antes de pasar a desinfectarle el surco del brazo. Al menos me dejó ponerle una tirita grande en ese.

—Debería llevarte al hospital —dije—. Para que te curen esas heridas.

—No hace falta, pero deberíamos llamar a la policía —dijo mientras se ponía la camiseta y me privaba del espectáculo.

—Nada de policía. —Estrujé la gasa usada en el puño y la tiré a la papelera—. Estoy en libertad condicional, ¿recuerdas? Un paso en falso y vuelvo a la cárcel.

—En ese caso, hablemos de los Morgan.

—Mejor no.

Guardé el botiquín en el armarito del baño y cerré la puerta del espejo, evitando su mirada.

—Gracie. —Soltó un largo suspiro—. Necesito saber por qué vino ese tirador esta noche.

—Créeme, no quieres saber ni meterte en mis asuntos. Mañana deberías hacer las maletas y buscarte un trabajo más seguro.

Me siguió fuera del baño apretando la mandíbula, haciéndome preguntas, buenas preguntas que no podía responder. Mientras tanto, yo iba dándole vueltas a un plan. Si los Morgan ya habían enseñado sus cartas, necesitaba moverme más rápido de lo previsto. Tenía que tomar la iniciativa, y pronto.

Seb intentó sonsacarme el motivo del ataque de los Morgan de todas las formas posibles, pero por su propia seguridad no le conté nada.

—¿Sabes qué? —Me fulminó con la mirada—. Esta noche te voy a dar un respiro, pero mañana volveremos a hablar. Me contarás todo lo que necesito saber para protegerte.

¿Protegerme?

Me quedé con la boca abierta. ¿Cuándo fue la última vez que alguien prometió protegerme? Cuando la tía Betsy me acogió. Ella no lo dijo. Lo hizo. Fue la primera y última vez que alguien hizo eso por mí.

Hasta hoy.

Protegerme.

¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿No sabía que eso ya no se estilaba? Se suponía que los hombres ya no debían proteger a las mujeres, y hoy en día las mujeres tenían recursos de sobra para protegerse solas. Era un concepto anticuado, y yo no necesitaba que nadie me protegiera.

¿O sí?

Si era honesta conmigo misma, su oferta me hacía sentir calentita por dentro. Quizás era débil. Tal vez mi feminismo se había debilitado después de que la vida lo pisoteara. O quizás mi feminismo era pragmático en el fondo.

Seb era un soldado de Fuerzas Especiales, fuerte, hábil e inteligente. Su ayuda me vendría de perlas. ¿No sería increíble tenerlo cubriéndome las espaldas cuando fuera a por los Morgan?

Sí, lo sería, pero no era tan egoísta.

Seb necesitaba largarse de mi lado, y cuanto antes.

Pasó la mayor parte de la noche recorriendo la casa a oscuras y asomándose entre las cortinas, escudriñando el mar y la propiedad con unos prismáticos que, mira tú por dónde, tenía entre sus cosas.

Lo hacía con la pistola metida en la parte de atrás del chándal y cargando con un rifle imponente que había sacado de la camioneta.

Me fijé en que tenía todo tipo de armas guardadas en una caja fuerte en el vehículo.

—Todas esas armas —dije—. ¿Qué clase de constructor va por ahí armado hasta los dientes?

Se le endureció la mirada.

—Verdad por verdad.

Eso me hizo callar.

Esperé a que se ocupara de asegurar las ventanas y entonces me escabullí hasta el aparador y abrí el cajón. Levanté la bandeja de los cubiertos, pulsé el botón oculto y comprobé el compartimento secreto. Sí, el llavero de peltre seguía allí.

Vale. Bien. Todavía estaba en el ajo.

—¿Qué estás haciendo?

Pegué un bote al oír su voz.

—Nada.

Presioné la bandeja de cubiertos y sentí el falso fondo encajar en su sitio. Cuando Sebastian se acercó, levanté una cucharilla de la bandeja, fingiendo estar tan fresca mientras le sostenía la mirada inquisitiva.

—Voy a preparar un té —dije—. ¿Quieres?