Capítulo cinco
Sebastian
Mi linterna frontal iluminó una casa anticuada y, sin embargo, un ambiente hogareño y acogedor me envolvió al entrar en el salón.
Si tuviera una casa —que no la tengo— podría parecerse a esta, pero quitando las encimeras naranjas de fórmica de la cocina y poniendo encimeras nuevas de cuarzo, armarios y electrodomésticos de acero inoxidable.
Al mirar las numerosas fotos colgadas en las paredes y expuestas en el aparador, reconocí las sonrisas juveniles de Gracie.
En todos los marcos, posaba junto a una mujer negra mayor, corpulenta, que lucía profundas arrugas de la risa alrededor de la boca y patas de gallo en las comisuras de sus ojos oscuros, las marcas distintivas de una vida bien vivida.
Al mirar alrededor, incluso un vagabundo como yo podía darse cuenta de que esta casa era un tesoro de buenos recuerdos.
—Puedes instalarte aquí —dijo Gracie.
Abrió la puerta de un dormitorio vacío con las ventanas tapiadas.
—El huracán rompió las ventanas, pero ya limpiaron la habitación. Voy a darme una ducha.
Se marchó y se encerró en el baño.
Coloqué el saco de dormir en la esquina, con la pared a mi espalda y la puerta a tiro, y dejé el portátil y los aparatos electrónicos junto a la pared, todos conectados a mi batería externa.
No me llevó mucho tiempo.
Solo poseía lo necesario y no llevaba nada superfluo. Por pura costumbre, revisé la pistola y el cuchillo y los metí bajo la almohada. Sí, ese era yo, siempre listo para el combate, incluso cuando no estaba ni cerca del campo de batalla.
Cuando Gracie terminó con el baño, me di una ducha rápida y fría, dado que el calentador eléctrico no funcionaba. También me afeité. Ni yo mismo entendía por qué me afeitaba antes de acostarme, pero qué demonios.
Me puse unos pantalones de chándal muy gastados y una camiseta, y me coloqué la linterna frontal de nuevo antes de salir del baño. La lluvia seguía repiqueteando en el tejado y una vela brillaba en la encimera de la cocina, iluminando suavemente la estancia.
Un movimiento en el porche delantero captó mi atención. Encontré a Gracie de pie frente a una vieja barbacoa de gas. Por lo que parecía, había arrastrado el aparato desde un trastero cercano que también había sobrevivido al huracán. Aquello me dio esperanzas de cenar algo caliente.
Entonces noté que Gracie tenía los hombros hundidos, derrotada. Parecía una estatua del dolor. Cuando me vio, se limpió una lágrima de la cara.
—¿Qué pasa? —exigí, tan bruscamente que se estremeció.
—Soy una idiota.
Soltó un suspiro y miró la olla en la parrilla.
—La quemé.
—¿Qué quemaste?
Miré por encima de su hombro y vi una lata de sopa junto a la olla humeante.
—Lo único que había en la despensa —dijo—. Me perdí en mis pensamientos y dejé que la sopa se quemara.
La intensidad de su desesperación me pareció desproporcionada para el problema. No estaba llorando por la sopa quemada, eso seguro.
No tenía ni idea de cómo lidiar con las emociones que se agitaban en los ojos de Gracie, con el dolor que marcaba las líneas alrededor de su boca y la tristeza que convertía sus iris de medianoche en pozos de pesar. No la culpaba. Tenía razones para estar triste.
El problema era yo.
Era un soldado y llevaba mucho tiempo viviendo entre soldados. Las emociones no eran algo de lo que habláramos a menudo, y como líder de la Unidad de Élite, mantenía las mías a raya.
Podía manejar cualquier mierda que el mundo me lanzara: terroristas, narcotraficantes, milicias rebeldes, combatientes enemigos, enfrentamientos nucleares, lo que fuera.
Pero, por lo visto, mis sistemas se cortocircuitaban, mi entrenamiento se iba por la ventana y el culo se me fruncía cuando Gracie lloraba.
Mierda.
Mi misión principal era reconstruir Crescent Beach, pero Tee también había dicho que quería que «cuidara» de su prima. Dicha prima ahora estaba llorando. Yo sabía construir cosas y cazar personas. Ahí acababan mis habilidades. ¿Qué iba a hacer ahora?
—Espera —dije—. Yo me encargo. Vuelvo enseguida.
Fui a mi habitación y saqué un par de comidas liofilizadas de la reserva que siempre llevaba conmigo. Las cenas envasadas sabían mucho mejor que las raciones militares que había comido durante la mitad de mi vida.
También agarré un tarro de mi condimento seco favorito, que llevaba siempre con el kit de comidas. Para mí, lo importante era la nutrición, no el sabor, pero a veces las comidas necesitaban un toque extra para volverse apetecibles.
De vuelta en la pequeña cocina, llené otra olla con agua y la saqué al porche.
Gracie seguía donde la había dejado, contemplando la lluvia y el océano oscuro más allá.
La luz de las velas del salón llegaba hasta allí, así que apagué la linterna frontal y, después de poner el quemador al máximo, coloqué la olla en la parrilla.
Estaba tan triste, inclinada sobre la barandilla rota. Después de verla enfrentarse a Furman, no podía soportar la miseria que irradiaba. Esto tenía que cambiar. Quería que volviera la Gracie fuerte y desafiante.
—Día duro, ¿eh? —pregunté, esperando a que el agua hirviera.
—Sí.
Suspiró.
—Es como si ahora que salí de prisión, me hubiera vuelto estúpida y no supiera qué hacer conmigo misma.
—No eres estúpida.
Rasgué las bolsas.
—Te encargaste de Furman sin problema.
Parpadeó para contener las lágrimas.
—Lo dices para animarme.
—Prefiero tu sonrisa a tus lágrimas, pero lo que dije es verdad.
Vertí las mezclas secas en el agua hirviendo.
—Le diste a ese cabrón asqueroso lo que se merecía.
—No puedo venderle este lugar a ese parásito.
Pasó las delicadas yemas de los dedos sobre lo que quedaba de la barandilla.
—Este es el legado de la tía Betsy. Este lugar era su sueño.
—Tengo curiosidad —dije, tratando de distraerla de su pérdida—. Hay tan pocos lugares en la costa de Florida que no estén abarrotados de condominios, hoteles y gente de fiesta. ¿Cómo consiguió este lugar?
—La tierra la heredamos de mi abuelo.
Parte del dolor que marcaba el rostro de Gracie se alivió un poco.
—Le encantaba pescar, así que construyó esta cabaña.
—Un pescador, ¿eh?
Sonreí mientras aderezaba la mezcla en la olla con una pizca de mi adobo favorito.
—Debería haberlo imaginado. Un hombre de los míos.
Una pequeña sonrisa asomó en la comisura de sus labios.
—¿Te gusta pescar?
—¿Que si me gusta pescar, me pregunta? —Solté una risita—. Me encanta pescar, y por las fotos de la pared se nota que a ti también. Es relajante.
Estar en el agua —en cualquier masa de agua—, disfrutando de la naturaleza e intentando burlar a los peces, era lo más cerca que podía estar de la paz mental en estos días.
—Continúa —dije—. Cuéntame más.
—Mi abuelo y su familia solían venir de vacaciones aquí. Cuando murió, sus tres hijos heredaron el terreno. Mi padre se fue al norte cuando se casó con mi madre. Mi tío no quería saber nada de este lugar.
—¿Por qué no? —pregunté mientras me echaba unas gotas de caldo en la palma para probarlo.
A Gracie se le tensó la mandíbula.
—El embajador Raphael Rose III estaba demasiado ocupado amasando su fortuna y recorriendo el mundo mientras escalaba posiciones en el Departamento de Estado para convertirse en un diplomático de postín.
Como el embajador era el padre de Tee, no me resistí a husmear un poco en la disputa familiar entre Tee y Gracie.
—No parece que le tengas mucho cariño.
—Es un imbécil, un caso perdido —la nariz de Gracie se arrugó con asco—. El dinero les hace eso a algunas personas. Se creen que lo saben todo y que tienen derecho a juzgar a los demás desde lejos.
—Ahora pareces enfadada —observé mientras echaba más condimento en la olla burbujeante.
—¡Ja! —resopló—. Si crees que parezco enfadada, tendrías que haber oído a la tía Betsy, que nunca jamás decía palabrotas, soltándole improperios a su hermano por teléfono.
Se puso furiosa cuando él se negó a prestarle el dinero para contratar a los abogados de primera que ella quería para defenderme en el juicio.
En vez de eso, tuvimos que conformarnos con un defensor de oficio. A mí me pareció bien, porque...
Se contuvo antes de responder a una de mis preguntas clave. Esperé a que terminara la frase mientras bajaba el fuego y dejaba que la olla cociera a fuego lento, contemplando el milagro de cómo algo aparentemente indigerible se convertía en comida.
Hice girar la cuchara de madera en el aire para animarla a continuar.
—¿Porque...?
—Por muchas cosas —dijo, zanjando el tema—. El caso es que no teníamos mucho dinero. Con los años, la tía Betsy fue ahorrando céntimo a céntimo para construir instalaciones sencillas para el camping y las cabañas, una por una.
—Tal como yo lo veo, podría haber vendido el terreno y sacado una fortuna —observé—. Podría haber sido más rica que su hermano el embajador. ¿Por qué no lo vendió?
—Le encantaba este lugar. Creía en la importancia de proteger este frágil ecosistema y preservar una pequeña parte de la vieja Florida para las generaciones futuras.
Pensaba que la gente merecía unas vacaciones asequibles para pasar tiempo con sus familias, por modestos que fueran sus recursos —me miró a los ojos y esbozó una media sonrisa—.
Imagínate tomar esa decisión en este mundo donde solo importa el dinero.
—Bastante raro —asentí, animado por su media sonrisa, aunque mi objetivo era arrancarle una de verdad.
—Una decisión basada en los principios, habría dicho ella —esta vez, la sonrisa de Gracie le iluminó los ojos—. Así que mantuvo los precios bajos y los márgenes de beneficio pequeños. Solía decir que le pagaban con diversión, abrazos y risas.
—Algunos dirían que esa es la mejor moneda.
—Algunos —asintió—, pero no muchos.
—Parece que era una persona increíble.
—Lo era —los ojos oscuros de Gracie brillaron con ese tipo de afecto y admiración que cualquiera, quizás incluso yo, podría llegar a anhelar—. Iba a su propio ritmo. La adoraba por eso.