Capítulo Cuatro #3
Pues esta era su oportunidad. Estábamos solos. Sin testigos. Era ahora o nunca. Separé los pies, cerré los puños y lo miré con los ojos entrecerrados, esperando un ataque que no llegó.
—Tienes miedo —dijo, y no era una pregunta—. No sé qué hacer para demostrarte que no soy tu enemigo. Estoy aquí para ayudar y sería mejor que me quedara aquí. Así puedo ponerme a trabajar antes. Además, no creo que ese imbécil de Furman haya terminado de acosarte. Con eso también puedo ayudar.
Su actitud directa me sonó sincera. Su oferta de ayuda parecía caída del cielo. Por otra parte, tenía serias dudas sobre mi capacidad para juzgar el carácter de la gente. Hubo un tiempo en que había sido crédula, estúpida e ingenua.
No iba a volver a eso.
Me ceñí más la chaqueta.
—Quizás podamos encontrar otra solución.
—Problemas de confianza, lo entiendo —rebuscó en sus bolsillos, sacó una tarjeta de visita y me la tendió—. Investígame.
Leí la tarjeta. Oliver Stuart. Abogado. Coincidía con la que la tía Betsy había adjuntado a su carta.
Señaló la tarjeta con la barbilla.
—Es el abogado de tu tía Betsy.
—Lo sé —pasé los dedos por la tarjeta.
—Llámalo —sugirió Sebastian—. Va a empezar a llover en cualquier momento.
Miró hacia arriba, escrutando el cielo que se oscurecía, dejando a la vista la piel curtida de su cuello musculoso, tentando a la chica mala que despertaba en mí a deslizar los labios por el hueco en la base de su cuello, a lo largo de su mandíbula áspera, camino a su boca.
¿Hola? ¿Hay alguien en casa? Mi cautela resonó en mi cráneo como si fuera una cueva vacía. Gracie Rose, ¿tu cerebro se ha ido de vacaciones? Presta atención.
—¿Puedes llamar al Sr. Stuart, por favor? —insistió Sebastian.
Dudé, sin querer seguir ningún camino que llevara a esta tentación con patas a instalarse en mi espacio privado. Si era de fiar, lo necesitaba de mi lado. La contable que llevaba dentro hacía buenas preguntas: «¿es un crédito o un débito, un activo o un pasivo?»
La respuesta estaba por verse.
—Haré la llamada —dije—. Quizá quieras esperar en tu camioneta.
Volví a la casa y subí por la escalera de mano. El alivio me invadió cuando no me disparó por la espalda ni me siguió. Era una buena señal que jugaba en contra de la teoría del asesino a sueldo.
Un trueno retumbó a lo lejos y unas gotas de lluvia me golpearon al llegar al porche destrozado. Una torre de nubes oscuras se acercaba a la costa, una de esas típicas tormentas vespertinas de Florida.
Al entrar en la casa, cogí el móvil y marqué el número de la tarjeta. Era fuera del horario de oficina, así que me atendió un contestador, pero insistí en que tenía que hablar con el Sr. Stuart hasta que se puso al teléfono.
El Sr. Stuart era un amable caballero sureño afincado en Tampa que confirmó que la tía Betsy lo había contratado para poner sus asuntos en orden. También me dijo que mi tía le había pedido que se ocupara de la situación legal de la propiedad.
Debido a un error postal que olía a la codicia maliciosa de Furman, el Sr. Stuart solo había recibido recientemente copias de las notificaciones del ayuntamiento.
Al ver que el ayuntamiento actuaba demasiado deprisa y sin saber que yo había salido de prisión, se había apresurado a remediar la situación.
No conocía personalmente a Sebastian Aguilar, pero venía recomendado por fuentes impecables.
—¿Y cómo se le está pagando al Sr. Aguilar? —pregunté, sabiendo que la tía Betsy tenía pocos ahorros.
El Sr. Stuart carraspeó.
—La aseguradora de la propiedad pagó la reclamación que presenté.
Un momento. ¿La tía Betsy tenía seguro contra huracanes?
No mientras yo estuve a cargo de sus cuentas.
Ya lo había investigado antes. Como no tenía hipoteca sobre la propiedad de la playa, no estaba obligada a tenerlo.
Crescent Beach estaba justo en primera línea de mar, así que el seguro contra huracanes siempre había sido demasiado caro para nosotras.
De alguna manera, después de que yo dejara de estar al tanto, ella había conseguido cobertura.
Justo a tiempo.
¡Toma ya!
Me puse a bailotear alrededor de la mesa del comedor. Era la mejor noticia del día y me daba una oportunidad de salir adelante.
También dejaba a Sebastian libre de toda sospecha. Esto era estupendo, pero me planteaba un nuevo problema. No tenía ninguna buena razón para echarlo. Como él había señalado, me convenía que se quedara allí y empezara a reconstruir la casa de inmediato.
El Sr. Stuart me explicó que había abierto una cuenta de disposición para Sebastian, pero que técnicamente el dinero era mío. El abogado dijo que, ahora que yo había salido de prisión, añadiría mi nombre a la cuenta y me enviaría una tarjeta de crédito a mi nombre.
Para cuando colgué, la presión que me oprimía el pecho se había aliviado un poco. Al menos ahora tendría algo de dinero para sobrevivir mientras arreglaba la propiedad y encontraba un comprador adecuado. Si lo conseguía, tendría un pequeño fondo para desaparecer después de acabar con los Morgan.
Por primera vez desde que había salido de prisión, el aire me llegó hasta el fondo de los pulmones. Salí al porche y me quedé junto a la barandilla rota, contemplando el cielo oscuro.
Gracias, tía Betsy.
La noche había llegado junto con la tormenta.
Como era típico en Florida, la lluvia caía a cántaros y golpeaba el techo con un ritmo constante.
Me encantaba el melódico repiqueteo y el aroma único del agua dulce y la arena mojada que perfumaba el aire, pero estar sola en la casa me provocó otro ataque de ansiedad.
—¿Llamaste al Sr. Stuart? —la voz de Sebastian me sobresaltó. Debí de dar un respingo, porque salió de debajo de la casa—. Perdona si te asusté. La lluvia caía con fuerza, así que aparqué la camioneta aquí abajo. ¿Estás bien?
—Bien. —Obligué a mi corazón a calmarse.
—¿Y bien? —dijo, dejando entrever cierta impaciencia—. ¿Puedo subir o qué?
Ya no había forma de evitarlo.
—Sí, sube.
«Sé valiente, sé audaz». Esta iba a ser la quinta regla del Manual de Supervivencia de Liberación Anticipada de Gracie Rose. Había echado los dados y solo el universo sabía si la inesperada llegada de Sebastian favorecería o perjudicaría mis posibilidades en la vida número cuatro.