Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Cuatro #2
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Capítulo Cuatro #2

Había algo salvaje y feroz atrapado tras su fachada controlada, reprimido bajo el ángulo tenso de su mandíbula, algo que me asustaba y me excitaba a la vez.

Una voluntad de acero brillaba en sus ojos azules y lo marcaba como alguien diferente al resto, una criatura rara que pertenecía a otro lugar y sin embargo se esforzaba por estar aquí, ahora mismo.

Vaya pensamientos más raros estás teniendo, amiga.

Sebastian solo dio un trago, pero esos pocos segundos me cautivaron. Luego bajó la botella y dejó escapar un suspiro de satisfacción que me provocó un hormigueo por toda la piel.

—Excelente.

Con el tapón aún en el puño, me ofreció la botella.

Dudé, pero Sebastian tenía razón. Desperdiciar buen whisky por culpa de Furman era un pecado.

Acepté la botella y la levanté.

—Por días mejores que hoy.

Di un sorbito y luego otro. Quizás el whisky disipara la impresión que me causaba Sebastian y lo redujera a algo más manejable.

—Creo que con eso basta por ahora.

Sebastian me quitó la botella, enroscó el tapón y, tras abrir la puerta de su camioneta, me tendió una chaqueta de cuero.

—Toma.

Miré la chaqueta y luego a él, sin entender por qué me la ofrecía.

—Estás temblando —respondió a mi pregunta no formulada—. Y resultas muy... distraes mucho vestida así.

O desvestida, como estás, no dijo, aunque capté ese pensamiento fugaz en su mirada justo antes de que reprimiera aquella expresión de hambre en su rostro.

Bueno, al menos tuvo la decencia de parecer avergonzado, a diferencia de Furman. La verdad, no me molestaba cuando me miraba de esa forma tan suya que transmitía admiración, respeto y quizás hasta interés. Nadie me había mirado así... jamás.

Mi reacción ante él me pilló por sorpresa. Un vistazo rápido confirmó la piel de gallina que me recorría el cuerpo y mis pezones marcándose bajo la camiseta. Otro vistazo reveló el bulto en su entrepierna.

¿Estaba alucinando o nuestros cuerpos mantenían algún intercambio silencioso, sintonizados en la misma frecuencia, o conspirando contra nosotros?

Su mirada me hacía sentir poderosa y quizás un poco perversa. ¿Podría interesarle ayudarme con mis planes de quitarme la piel de niña buena y convertirme en una auténtica chica mala?

En tus sueños, Gracie.

La seducción no era lo mío, y mujeres mucho más guapas y expertas en el arte de la conquista probablemente se le tiraban encima como kamikazes al menos tres veces al día.

Me eché la chaqueta sobre los hombros y me arropé con ella, de pronto cohibida. No hacía nada de frío, pero yo llevaba mucho tiempo helada por dentro.

El abrigo me sentaba bien sobre los hombros. Del cuero emanaba un aroma que me recordaba al cedro. Levanté la vista y nuestras miradas se cruzaron. Él se quedó muy quieto y, sin embargo, envuelta en su abrigo, me sentí como si estuviera a salvo entre sus brazos.

¿A salvo entre sus brazos?

Qué estupidez. Aparté la mirada y fruncí el ceño. No me gustaba nada cómo estaba actuando.

—Empecemos de nuevo tú y yo —extendió la mano—. Mis amigos me llaman Seb.

Una extraña sensación de hormigueo me recorrió cuando nuestros dedos se tocaron. Subió por el brazo, bajó por la columna y se concentró en la entrepierna.

Eso no me había pasado nunca.

Él debió de sentir algo parecido, porque las arruguitas alrededor de los ojos se le marcaron como rayos de sol al entrecerrarlos.

—Por lo visto, ya sabes quién soy —le estreché la mano mientras intentaba frenar la descarga de alto voltaje que amenazaba con freírme el cerebro—. Pero por si acaso, soy Gracie Rose, delincuente convicta, vergüenza de Clear Creek, terror de Crescent Beach.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada profunda, resonante, entrecortada. Aquel sonido grave le sacudió el pecho y me curvó los labios.

Su mano era grande y fuerte entre las mías. Tenía los dedos gruesos, las uñas cuadradas y las yemas callosas, y sin embargo su apretón logró ser firme y delicado a la vez. Cuando dejó de reír y me soltó, la energía electrizante que me recorría se cortó de golpe, dejándome los dedos lánguidos.

Fuera, calentura. Yo salí de prisión, pero tú no.

—¿Dónde me instalo? —Sebastian sacó un petate del asiento trasero y lo dejó caer al suelo.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que dónde?

—¿Dónde me voy a quedar? —extrajo una mochila enorme y la apoyó contra el costado de la camioneta—. ¿Dónde puedo dejar mis cosas, asearme, esas cosas?

—En un hotel, supongo —mi mirada iba y venía entre su cara y el equipaje.

—Señorita, llevo dos días conduciendo sin parar para llegar aquí —le brillaron los ojos con un destello de irritación—. El motel del pueblo no es apto ni para ratas. El hotel de carretera más cercano está a una hora hacia el este. No pienso ir y venir cada día. Quiero quedarme aquí.

—¿Aquí? —retrocedí con el corazón dándome un vuelco.

—Aquí —repitió en un tono que no admitía discusión.

—Como puedes ver, este lugar es un desastre —¿es que no veía la destrucción que nos rodeaba?—. No hay electricidad y todas las cabañas están destrozadas.

Arqueó las cejas pobladas y luego las juntó.

—¿Y tú dónde te quedas?

—En la casa —dije—. Pero allí tampoco hay luz, ni cama para ti.

—No hay problema —dijo—. Si tú puedes quedarte en la casa, yo también. Tengo saco de dormir, así que cualquier rincón me vale. O puedo dormir en tu sofá.

La idea de tenerlo en mi espacio hizo saltar todas las alarmas en mi cabeza.

—Mira, amigo —me puse firme—. Te agradezco que hayas venido y que te hayas puesto de mi lado contra Furman, pero no sé nada de ti, así que las posibilidades de que duermas en mi casa son casi nulas.

—Casi nulas —lo sopesó un momento y luego desplegó esa sonrisa deslumbrante que me cegó a todo lo demás—. Vale, entonces todavía tengo una oportunidad.

Había que reconocerle las agallas.

—¿Qué te parece esto? —continuó, impertérrito—. Yo trabajo en mejorar mis probabilidades si tú te arriesgas conmigo.

Por cómo lo dijo, parecía que estuviéramos hablando de mucho más que un proyecto de reconstrucción. Algo se removió en lo más hondo de mí, donde, dadas las circunstancias, nada debería estar removiéndose, palpitando ni contrayéndose.

Céntrate, Rose.

Parpadeé para sacudirme su efecto y le estudié la cara.

Este tipo era decidido, implacable y estaba acostumbrado a salirse con la suya.

Si de verdad era contratista, no podía permitirme espantarlo, pero primero tenía que asegurarme, y no me gustaba cómo su cuerpo provocaba al mío ni cómo mi mente se desviaba a preguntarse a qué sabría esa boca tan bonita.

Ya empiezas en números rojos, bonita. No necesitas añadir más problemas a los que ya tienes.

—No quieres pasar el rato conmigo —cambié el peso de un pie a otro—. Como dijo Furman, acabo de salir de prisión. Por lo que sabes, podría ser peligrosa.

—¿Peligrosa? —se le crisparon los labios y le brillaron los ojos con humor—. No lo creo.

—¿Por qué no? —lo reté con la mirada—. Podría ser una asesina y no lo sabrías.

—Gracie, por favor —negó con la cabeza, conteniendo una risita suave.

Levanté la barbilla.

—¿Qué?

—Dos palabras —dijo—. Cabeza de hongo.

—¿Cabeza de hongo?

—Ese fue el peor insulto que se te ocurrió cuando le soltabas de todo a ese hijo de puta de Furman, y se merecía lo peor —se encogió de hombros y sonrió al mismo tiempo—. Después de eso, lo llamaste babosa asquerosa y sapo. Eres tan buena persona que ni siquiera dices palabrotas.

—Sí que lo hago —mentí.

—Demuéstramelo —dobló los dedos en el aire, invitándome—. Dame lo peor. Furman es…

—Un detestable, abominable, malvado y apestoso zorrillo con cara de gorila.

Se rio de nuevo, una risa grave y fascinante que me recorrió las venas y me dejó tambaleante, luchando contra una sensación embriagadora y contra la sonrisa torcida que pugnaba por asomar a mis labios.

—¿Ves? —se encogió de sus anchos hombros—. Todo cierto y dicho sin una sola palabrota, aunque debe ser ofensivo para algunos miembros del reino animal que los comparen con un lameculos de mierda como Furman.

Maldición. Tenía razón. Había logrado describir al desgraciado con dos palabras contundentes mientras yo me había enrollado con un desfile de insultos de parvulario. Incluso cuando intentaba cambiar mi imagen de niña buena, mi vocabulario me traicionaba.

Su sonrisa se ensanchó.

—Creo que, de ahora en adelante, voy a llamarte Primrose, como en «prim and proper Rose». ¿Lo pillas?

—Muy ingenioso —intenté no sonreír, pero mis labios temblaron traicioneros. Un escalofrío agradable me hizo pensar en flores pequeñas, coloridas y bonitas. No es que yo fuera nada de eso, pero viniendo de él, el apodo sonaba entrañable.

¿Entrañable? Madre mía. Dile que no te llame así. Ahora.

Él habló antes de que pudiera hacerlo.

—Tengo curiosidad —dijo—. ¿Cómo es que una Rose que pasó tiempo en una penitenciaría federal se mantiene tan remilgada y correcta todo ese tiempo?

—Fácil —dije—. Si hubieras crecido comiendo tanto jabón como yo cuando vivía con la tía Betsy, entenderías que el daño es permanente.

—¿Jabón, eh? —su sonrisa iluminó el crepúsculo—. Con razón hablas tan limpio.

Molesta porque lo único que quería era sonreír y reír con él, bajé la barbilla e intenté parecer lo más dura posible.

—Puede que no suelte tacos, pero eso no me hace menos peligrosa, ¿sabes?

—Cierto —sus ojos brillaron—. Eres peligrosa, pero no de la forma que crees.

¿Qué demonios quería decir con eso?

—Oye, tú —me clavé las uñas en la palma—. No sabes nada de mí.

—Sé todo lo que necesito saber sobre ti.

—¿Cómo? —exigí—. ¿Te lo dijo el abogado de la tía Betsy?

—Me filtró información útil, sí.

La forma calculada en que eligió sus palabras reavivó el miedo que llevaba tanto tiempo anidado en mí.

—No puedes quedarte aquí.

¿Y si trabajaba para los Morgan?

Si lo habían enviado para deshacerse de mí, ahora era el momento perfecto para hacerlo sin testigos. Si quería matarme, no tenía forma de defenderme. Después de ver lo que le había hecho a Furman, sabía que no necesitaría un arma para asesinarme.

¿Y si detrás de ese rostro tentador se escondía un asesino?