Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

Gracie

La noticia me arrolló como un huracán de categoría cinco. Abrí la boca para protestar y volví a cerrarla. El abogado de la tía Betsy había contratado a un contratista. ¿Para arreglar este desastre?

Estaba confundida.

Caí en la cuenta de que aún no había revisado los documentos que la tía Betsy me había dejado en el cajón.

Tendría que revisar todo eso a la primera oportunidad.

También tenía que asegurarme de que Sebastian Aguilar era quien decía ser.

Ya me había ayudado dos veces: al afirmar que la botella de whisky era suya y al presentarse como mi contratista.

Rescates oportunos, deliberados y quizás bienintencionados.

O quizás no.

Recurrí a mi nuevo manual de supervivencia. Piensa como una tía dura, Gracie.

¿Quién demonios era este tipo?

Las preguntas podían esperar. Los enemigos, de uno en uno, y eso significaba Furman primero. Me negaba a darle ventajas al imbécil. Además, estaba furiosa y quería que el hijo de puta se largara.

Furman fijó sus ojos hundidos en Sebastian.

—Soy el mayor promotor de por aquí y he trabajado con todos los contratistas que valen algo en esta zona. Tú no eres de aquí.

—Este es mi primer proyecto en la zona —admitió Sebastian, y me dedicó una sonrisa segura que logró tranquilizarme sin palabras—. Pero creo que la señorita quedará satisfecha con mi trabajo.

—No tienes licencia aquí —la ira de Furman aumentó un grado al sentir que su oportunidad de echarle el guante a Crescent Beach se esfumaba—. No puedes trabajar en este estado.

—Estoy en regla —dijo Sebastian—. Compruébalo si quieres.

El hombre gruñó.

—Puedes estar seguro de que lo haré.

A la primera oportunidad, yo también lo haría.

—No encontrarás cuadrillas que quieran trabajar contigo —escupió Furman.

—Tengo mi propia cuadrilla de camino —dijo Sebastian, sin perder esa sonrisa neutral, imperturbable ante las provocaciones de Furman—. Y ahora que se te han acabado las amenazas, voy a pedirte que hagas caso a la señorita y te largues de su propiedad.

Vaya, vaya, vaya. Me gustaba el estilo de este tipo.

También me gustaba cómo me llamaba señorita. Había sido reclusa durante tanto tiempo que sentaba bien que me trataran con tanta educación, como ser humano y como mujer. Y sí, disfrutaba del timbre grave y profundo de su voz. Me tranquilizaba. Me negaba a sentirme culpable por ello.

Su presencia, su aplomo y su actitud imperturbable me daban la fuerza que necesitaba. En cuanto a sus cejas, madre mía. Podría perderme en cada uno de sus gestos.

Las cejas más pobladas y espectaculares que había tenido el placer de admirar en el rostro de un hombre acentuaban cada una de sus expresiones. Cuando se combinaban con sus ojos de pestañas frondosas, el puro impacto de su mirada inteligente resultaba demoledor.

Y esa sonrisa. Madre mía. Me habría dejado sin aliento si no lo hubiera perdido ya.

Cada vez que yo le metía un zasca a Furman, sus labios se curvaban hacia arriba, y eso me enderezaba la espalda y me provocaba un cosquilleo de satisfacción en el bajo vientre.

Su sonrisa deslumbrante iluminaba sus ojos azules, encendiendo mi oscuridad interior.

Parpadeé para sacudirme el efecto. Te estás volviendo loca, amiga. Este hombre apenas había dicho unas palabras, pero ya me había impresionado.

El escepticismo acudió en mi rescate. Dos años y medio en prisión me habían dejado desequilibrada, tropezando y tambaleándome como una tonta que había olvidado cómo funcionar en el mundo real.

Dado lo visceral de mi reacción hacia Sebastian, mi temporada alejada de la sociedad —y de los hombres— también debía de estar exagerando mis percepciones sobre él.

Era la única explicación para el efecto que tenía en mí.

Los labios de Furman seguían moviéndose. Se negaba a rendirse. Hice un esfuerzo enorme por apartar mi atención de Sebastian.

—Esta propiedad está declarada en ruinas —parloteó Furman—. Es ilegal que estéis aquí.

—Te equivocas otra vez —dije, manteniendo un tono neutro—.

El lugar tiene que ponerse al día con la normativa, pero yo...

quiero decir, nosotros... —miré a Sebastian, que me animó a continuar con un asentimiento casi imperceptible—.

Nosotros tenemos tiempo de sobra para hacerlo antes de la audiencia.

Furman se puso tan rojo que pensé que le iba a explotar la cabeza, lo que nos habría ahorrado presenciar el resto de su numerito.

—No te saldrás con la tuya —enseñó los dientes y dio un paso amenazante hacia mí.

Sin aparente esfuerzo, Sebastian levantó a Furman por las solapas de su caro traje y lo plantó junto al coche.

—Como intentes ponerle un dedo encima a la señorita, te va a ir muy mal.

Furman jadeó.

—¿Me estás amenazando?

—Sí, señor —dijo Sebastian—. Eso mismo.

—Te has metido con quien no debías —Furman mostró su sonrisa grasienta y echó mano a su arma—. Voy a darte una lección que nunca vas a olvid...

Percibí un borrón de movimiento. En lo que tardé en parpadear, Sebastian le dio una patada al arma de Furman, lo agarró, le dio la vuelta y estampó al arrogante imbécil boca abajo contra el capó de su coche, inmovilizándolo allí.

En toda mi vida, nunca había visto a nadie moverse tan rápido.

Furman forcejeó y se retorció, intentando zafarse del agarre de Sebastian. No sirvió de nada. Sebastian resopló con fastidio y, tras retorcerle los brazos a la espalda, mantuvo al imbécil inmovilizado. Cada vez que Furman se movía, Sebastian lo aplastaba con más fuerza contra el metal.

Atrapado e incapaz de liberarse, Furman abrió los ojos como platos y su rostro carmesí adquirió un tinte púrpura que no auguraba nada bueno para su salud.

—Escúchame, imbécil —gruñó Sebastian con su voz de bajo, suave como la seda—. Si vuelves a sacarme un arma, te garantizo que lo vas a pagar. Y si amenazas a la señorita Rose o te acercas a ella de nuevo, también sufrirás las consecuencias. ¿Te queda claro?

—Sííí —siseó Furman como la serpiente que era.

—Excelente.

Sebastian separó a Furman del coche, lo puso de pie y le dio un empujón.

—Ahora lárgate. Estoy harto de contenerme.

¿Se había contenido?

Un escalofrío de miedo me recorrió la espalda.

El brillo depredador de sus ojos me asustó.

Aquel hombre era un guerrero nato. Hasta ahora no había hecho ningún movimiento en mi contra.

Al contrario, me había ayudado mucho, pero también acababa de demostrar que era un luchador formidable, un auténtico tipo duro.

Se me encendió la bombilla. ¿Quizás podría aprender de él?

Sonrojado y sudoroso, Furman parecía un cerdo recién escapado del matadero. ¿Y Sebastian? No tenía ni un pelo fuera de lugar.

—Voy a denunciarte por agresión —jadeó Furman, tambaleándose—. Volveré con el sheriff.

—Hazlo.

Sebastian esbozó su sonrisa serena.

—Supongo que no puede ser más estúpido que tú. Si viene por aquí, el sheriff descubrirá que me sacaste un arma. Y por si se te ocurre volver a hacerlo…

Sebastian se acercó hasta donde yacía la pistola de Furman. La recogió, extrajo el cargador, se lo guardó en el bolsillo trasero y, con un movimiento fluido de su brazo musculoso, lanzó el arma.

Describió un arco en el aire hasta la marisma, donde cayó con un chapoteo en el barro y desapareció bajo los tentáculos de la marea entrante.

—Te vas a arrepentir de esto.

Furman, furioso, se metió en su coche y cerró de un portazo. Encendió el motor, bajó la ventanilla y nos señaló con el dedo.

—Los dos os vais a arrepentir de este día. Te veré en la audiencia, zorra. Después de eso, tu juguetito se quedará sin trabajo y estarás de rodillas suplicándome perdón.

El coche saltó hacia delante con un chirrido mientras Furman daba un volantazo, derrapando con tanta fuerza que salió humo de los neumáticos. Aceleró y luego se desvió a propósito para pasar por encima del kayak de plástico que había al borde del aparcamiento. Se dobló y se partió bajo las ruedas.

Destellos rojos cruzaron mi visión. Perdí los estribos por completo.

—¡Cabeza de hongo! —grité a pleno pulmón—. ¡Babosa viscosa y apestosa!

Agarré la botella de whisky de la parte trasera de la camioneta de Sebastian, eché a correr tras el coche, levanté la botella en el aire y apunté al lujoso Mercedes.

Sebastian me agarró por la cintura y me levantó en vilo antes de plantarme a su lado. Sin soltarme, usó la otra mano para quitarme la botella.

—¡Suéltame!

Pateé levantando una nube de arena, intentando zafarme, pero fue inútil: no cedió ni un centímetro.

—¿No has visto lo que ha hecho ese sapo?

—Entiendo que estés enfadada —dijo Sebastian con calma—. Pero ese hijo de puta no merece ni una gota del whisky bueno.

—¡El desgraciado me ha pasado por encima del kayak! —dije temblando de furia—. ¡Era el único bueno que quedaba!

—Eso lo arreglamos —dijo Sebastian—. Ahora, ¿puedes calmarte, por favor? Mis espinillas no te agradecen las patadas.

—Oh.

No me había dado cuenta de que estaba haciendo eso, así que paré y me encogí de hombros.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Me soltó y agitó la botella.

—¿Puedo?

Asentí.

Desenroscó el tapón y levantó la botella.

—Por días mejores que hoy.

Dio un largo trago que me hizo admirar la línea firme de su mandíbula y cómo su nuez subía y bajaba al tragar. Ver sus labios bien formados acariciando el cristal me hizo plantearme ciertas posibilidades.

¿Cómo sería que me besara con ese cuidado? ¿Que me besara él?

Venga ya, Gracie, por el amor de Dios, ¡para de una vez!

Como si un hombre tan atractivo como él fuera a querer besar a una fracasada con antecedentes como yo.

Y aun así, no podía apartar la mirada de él.

No sé si mis amigas de la cárcel lo habrían considerado guapo. Vestido con pantalones cargo y aquella camisa de pesca desteñida, no era nada moderno, ni acicalado, ni bonito. Y sin embargo, cada línea grabada en su rostro bronceado contaba una historia de sol, carácter y fiereza poco común.