Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Sebastian

La mujer que emergió del mar en calma chicha me pareció un ser de otro mundo, una sirena quizás, o una selkie, una criatura mitológica de la que los soldados irlandeses de las fuerzas especiales hablaban a veces cuando coincidíamos en maniobras militares.

Era un pensamiento estúpido, lo sabía, y aun así esa extraña sensación de que era algo más que una mujer hermosa —algo más— no me abandonaba.

Para, Aguilar. No dejes que Tee te coma la cabeza.

Bañada por el resplandor del atardecer, la mujer salió del océano con su corta melena negra pegada hacia atrás.

Llevaba un diminuto bikini blanco que no dejaba nada a la imaginación.

El agua le resbalaba por la figura esbelta, riachuelos que serpenteaban sobre su suave piel aceitunada y acariciaban sus curvas sensuales.

Parpadeé varias veces para asegurarme de que veía bien y no estaba alucinando por el agotamiento. Tras pisar el acelerador a fondo durante las últimas cuarenta y ocho horas seguidas, había llegado en tiempo récord, pero mi cerebro funcionaba en piloto automático.

Cuando volví a mirar, seguía avanzando hacia mí como un disparo directo a la cabeza.

Joder, era una visión salvaje.

No me asustaba fácilmente, pero esos ojos negros ardientes en ese rostro delicado me hicieron preguntarme si no sería una bruja o algo así.

Conociendo a Tee y recordando cómo me había embrujado para aceptar esta misión de mierda, todas las mujeres Rose probablemente venían de una larga estirpe de brujas.

Lo que significaba que su prima Gracie también podría ser igual de astuta y mañosa.

Reprimí el impulso de santiguarme. Sí, los Aguilar éramos gente supersticiosa. Pero cuanto más se acercaba, más claro veía que era real.

Marcados claramente contra el top empapado, sus pezones erectos se clavaban en la tela.

Su intimidad no era exactamente íntima en ese momento, perfilada bajo el diminuto triángulo blanco que se le pegaba al sexo.

También se adivinaba su vello púbico corto, pequeños rizos que daban textura a la tela.

Madre mía. Mi polla y mis ganas se despertaron al mismo tiempo.

—Bienvenido a Florida —murmuré para mis adentros.

Habría apostado lo que fuera a que si le lamía la piel suave, sabría salada, sabrosa y deliciosa. Ver esas piernas largas moverse mientras sorteaba los montones de escombros me mandó otra oleada de sangre a la entrepierna.

Una erección. Joder. No era la forma más profesional de conocer a nadie. Me tragué el gemido y le ordené a mi polla que bajara el pistón.

La mujer que venía hacia mí coincidía con la foto de mi expediente. El problema era que ni Tee ni Kass se habían dignado mencionar que era una bomba sexual andante capaz de cautivar a cualquier soldado con el vaivén de sus caderas.

Hasta el momento, no había dicho una sola palabra. Solo seguía avanzando, con los labios carnosos apretados y la mandíbula delicadamente esculpida fija en un ángulo testarudo.

Me fijé en que agarraba una botella de bourbon de Kentucky por el cuello, como si estuviera a punto de estrangularla. Y resultó ser Buffalo Trace, mi favorito.

Mi polla dio un respingo.

Oh, no. No. Tú no vas a llevar la voz cantante aquí.

Ella no era ninguna señal. Ya había decidido que no me iba a gustar. Ni siquiera un poquito. Era alguien que podía distraerme de mi objetivo, o quizás la bala que podía joderme la misión si no andaba con cuidado.

Así que andaría con ojo.

Sin quitarle el ojo de encima, seguí el vehículo que avanzaba por la calzada. Incluso mientras admiraba a la mujer que venía hacia mí, procesé la información auditiva. Aceleración ronroneante. Potencia considerable. Equipamiento caro. Un sedán de lujo. Alemán. ¿Un Mercedes?

Gracie se detuvo a unos dos metros a mi izquierda y se plantó con los puños en las caderas justo cuando el Mercedes aceleraba por el aparcamiento en ruinas y se detenía a mi derecha.

Dos hombres iban en el sedán, pero solo uno salió y cerró de un portazo, con las aletas de la nariz temblándole como si olfateara el aire en busca de presa.

Afianzándome en el sitio pero manteniendo una postura relajada, vigilé al hombre que seguía en el coche mientras estudiaba al recién llegado.

Estatura media. Ojos pequeños. Nariz grande.

Llevaba un traje de alta gama que debía de haber costado un dineral, pero ni siquiera el buen corte podía disimular la barriguita que le asomaba bajo la chaqueta.

Algo en él me daba mala espina.

¿Era por cómo se subía los pantalones y avanzaba pavoneándose como si fuera el dueño del lugar?

¿O quizás por la manera agresiva en que inflaba el pecho como un gato callejero al desafiarme con los ojos entrecerrados?

Seguro que también influía cómo se levantaba el borde de la chaqueta para enseñarme la culata de la pipa que llevaba.

Reprimí un bufido.

¿Se creía que me iba a acojonar porque iba armado?

Por todo eso no logró causar buena impresión, pero lo que inclinó la balanza en su contra fue la sonrisa repugnante que le torció los labios flácidos cuando miró a la mujer que estaba a mi izquierda.

Sus ojillos de cerdo fueron directos al triángulo blanco entre las piernas de ella y la recorrieron con la mirada como si fuera el dueño no solo del lugar, sino también de su cuerpo.

Yo mismo había admirado a la mujer, pero lo que vi en la cara de este imbécil no era admiración, ni de lejos. Era violencia. Reconocía a los de su calaña. Había cazado a hombres como él. La codicia que desprendía me puso en alerta.

El cabrón me echó un vistazo antes de volver la mirada a la mujer, como descartándome de momento. Ese fue su segundo error del día. El tercero fue cuando volvió a mirar a Gracie y le repasó los pechos con todo el descaro.

—¿Quiénes sois? —exigió ella, alternando la mirada entre los dos.

El tipo se estiró el blazer de un tirón. El hijo de puta arrogante dio por hecho que la pregunta iba para él. Sin problema. Que fuera primero. Yo podía esperar. Me apoyé en mi camioneta y crucé los brazos.

Que empiece el espectáculo.

—La mejor pregunta aquí es: ¿quién eres tú? —la voz del hijo de puta rezumaba condescendencia—. Puede que no lo sepas, pero estás invadiendo mi propiedad.

—Creo que es justo al contrario —Gracie le sostuvo la mirada—. Tú estás invadiendo mi propiedad.

El hombre miró la botella de whisky que llevaba en la mano. —¿Estás borracha, cielo?

—No estoy borracha, no soy tu cielo y no pienso repetirlo. —Su voz musical se volvió acerada—. ¿Quién eres y qué quieres?

—Soy Douglas Furman —dijo el hombre como si el mundo entero debiera inclinarse ante su superioridad.

—He oído hablar de ti —soltó ella—. Fuera de mi propiedad. Ahora.

—Está borracha. —El hombre desvió la mirada hacia mí—. Tú lo ves, ¿verdad?

—No, no lo veo.

Tanto la mujer como Furman me miraron. Ella arqueó una ceja inquisitiva y me examinó rápidamente. Sonreí y mantuve una postura relajada para transmitirle que no era una amenaza.

Furman frunció el ceño, sin saber muy bien qué pensar de mí, pero volvió a equivocarse al dedicarle a Gracie una sonrisa condescendiente. —Quizá debería llevarte a casa, cielo.

—Si vuelves a llamarme «cielo» o «cariño» —ronroneó en un tono engañosamente plácido—, te arrancaré los ojos de las cuencas, aplastaré tus globos oculares como cucarachas bajo mis pies y te los meteré donde haya tanta oscuridad que no los necesites.

—¡Ja! —Una carcajada se me escapó.

Esta mujer era francamente impresionante. Y divertida, además.

Tanto ella como Furman me fulminaron con la mirada por segunda vez. Ella estaba a punto de decir algo cuando otra voz interrumpió la discusión.

—¿Sr. Furman? —El hipster pelirrojo que había estado sentado en el coche aprovechó ese momento para salir—. El sol se está poniendo. Si quiero recorrer la propiedad para localizar las mejores vistas del atardecer para el diseño de los nuevos edificios, tengo que hacerlo ya.

—Aquí no vas a diseñar ningún edificio. —Gracie arrugó la nariz como si hubiera olido uno de los pedos pestilentes de Furman—. ¿Eres el arquitecto de este chupasangre?

—Sí. —El hipster se encogió ante ella como un gusano desenterrado—. ¿Sr. Furman?

—Ve a lo tuyo —ordenó él.

—Quédate en el coche. —La autoridad de su tono detuvo al arquitecto en seco—. No tienes derecho a estar aquí.

El hombre cambió el peso de un pie a otro sobre sus Converse blancas, con aire perdido. Se metió de nuevo en el coche y cerró la puerta con suavidad.

A Furman se le descolgó un poco la mandíbula, pero no estaba dispuesto a echarse atrás. Los imbéciles como él nunca se retiran de una pelea hasta que ganan. O hasta que alguien les pone fin por las malas.

—Creo que te han informado mal. —La voz de Furman subió de tono—. La dueña de esta propiedad está muerta y la ciudad se ha hecho cargo. Estoy a días de ser el dueño de este lugar.

—Error —replicó ella con un tono cortante que quemaba todo lo que tocaba—. La ciudad ha programado una audiencia para decidir el destino de la propiedad, pero dicha audiencia aún no se ha celebrado.

—La decisión ya está tomada —dijo Furman.

—Si ese es el caso, habrá que revocar esa decisión. —Alzó la barbilla—. Heredé este lugar de Betsy Rose. Tengo los documentos legales que lo demuestran.

—Ah, ya veo. —Furman clavó una mirada fulminante en Gracie—. Debes de ser la sobrina de Betsy Rose, la infame Graciela Rose.

—Esa soy yo —proclamó la infame e intrépida Graciela Rose con la autoridad de una reina poderosa, dejando claro que era valiente, feroz y que no se dejaba intimidar por aquel imbécil pomposo.

La nuez de Furman subió y bajó con un trago difícil. Esta mujer había logrado sorprenderlo. Bien por ella. Ensanché mi sonrisa. Hasta ahora, lo estaba bordando. No necesitaba mi ayuda.

La sorpresa de Furman dio paso a una sonrisa untuosa que me revolvió las tripas. —Se supone que deberías estar en prisión, o eso he oído. Dicen que eres una delincuente convicta.

Gracie palideció, me lanzó una mirada evaluadora, volvió a mirar a Furman y se mantuvo firme. —Ahora soy libre.

—No tan rápido, cielo. —Oliendo la victoria, la sonrisa de Furman se ensanchó—.

Eres una delincuente convicta sin derechos.

Tienes todo tipo de restricciones. Estás borracha y llevas una botella de alcohol en la mano.

Cuando se lo cuente a tu agente de la condicional, volverás a prisión en un abrir y cerrar de ojos.

—Ella no está borracha, y el whisky no es suyo. —Di un paso adelante, le quité la botella y, tras dejarla en la caja de mi camioneta, ignoré su mirada desconcertada y fulminé a Furman con los ojos—. Me la estaba sujetando mientras me ataba el zapato. No tengo ningún problema en responder por ella.

Furman volvió a evaluarme, recorriéndome de arriba abajo con la mirada. —Detecto músculo de alquiler. ¿Me equivoco? —Como no me digné a responder, añadió—: Quienquiera que seas, puedo duplicarte la tarifa si la sacas de aquí ahora mismo.

Hijo de puta comemierda. Pensaba que yo era un don nadie codicioso y sin honor al que podía comprar en el acto. Su oferta no mejoró precisamente mi opinión de él.

—Quédate con tu puto dinero —gruñí—. No estoy en venta.

—Tu problema es conmigo. —Gracie dio un paso al frente, atrayendo la atención de Furman—. Déjalo en paz.

Ella no me conocía. Era un extraño, y aún no habíamos intercambiado una sola palabra. No tenía ni idea de si pretendía hacerle daño, pero había notado mi aversión hacia Furman. Me asombró que, dada su pésima situación, eligiera defenderme.

—Tú —Furman la fulminó con la mirada—. Eres una exconvicta. No tienes el dinero para reconstruir y llevar este lugar. De una forma u otra, me haré con esta propiedad. Para acelerar las cosas, si realmente tienes los documentos que dices tener, te haré una oferta.

—No quiero ninguna oferta tuya —lo desafió con una mirada que gritaba Vete a la mierda—. No aceptaré tu dinero asqueroso. La Tía Betsy se negó a venderte y yo haré lo mismo.

—Tengo influencia por aquí —Furman agitó un dedo admonitorio en el aire—. No recibirás ninguna otra oferta. Te lo garantizo. Me aseguraré de que ningún banco te financie, ningún proveedor te venda y ningún contratista del estado trabaje contigo.

—Meh —me encogí de hombros—. Yo no estaría tan seguro de eso último.

—¿Qué quieres decir? —exigió Furman—. Y a todo esto, ¿quién demonios eres tú?

A juzgar por la mirada interrogante de Gracie, ella también quería saber quién era yo.

—Me llamo Aguilar, Sebastian Aguilar —clavé los ojos en los suyos y le supliqué en silencio que me siguiera el juego—. Soy el contratista de la señorita Rose. El albacea del patrimonio de Betsy Rose me contrató para arreglar este desastre.

Las cejas de Gracie se fruncieron con confusión. Le costaba asimilar lo que pasaba. No la culpaba. Si hubiera llegado antes, habría tenido tiempo de explicarle todo antes de que apareciera Furman, pero esta mujer era valiente ante todo.

—Como puedes ver, tengo un contratista —señaló hacia el camino con un gesto de la mano—. Vete y no vuelvas.

Me fascinó el contraste entre la fragilidad de su cuerpo y la enorme fuerza de su carácter.

Esta mujer no era una niña mimada que necesitara que la cuidaran.

No era desagradable, fea, corta de entendederas, quejica, creída ni aburrida.

Tampoco tenía la personalidad de un nabo.

No era solo una cara bonita y un cuerpo atractivo. Era más. Tenía agallas y coraje.

Me había prometido que no me iba a caer bien, y sin embargo tenía que admitir que me caía bien esta guerrera feroz. Sí, a pesar de mi determinación de que no me gustara, me gustaba mucho.

Maldita fuera mi suerte.

Ni siquiera había hablado con Gracie Rose y ya estaba metido en un lío.