Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo dos #3
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Capítulo dos #3

Efectivamente, allí estaba: la llave para derribar a los Morgan, y no hablaba en sentido figurado. Solté el aire que había estado conteniendo. La pequeña llave significaba algo: no esperanza, sino propósito, y quizás incluso una remota posibilidad de salir de esta contra todo pronóstico.

No iba a quedarme esperando a que la muerte me alcanzara. Al contrario, iba a plantarle cara.

Cerré el cajón, me di la vuelta y contemplé la casa. La brisa entraba por las puertas correderas, disipando el calor sofocante y la humedad que espesaba el aire.

La alfombra trenzada desteñida, el antiguo sofá de pana y el viejo sillón reclinable ya estaban en la habitación cuando llegué.

Las encimeras de fórmica naranja de la cocina y los armarios de madera nudosa seguían igual.

La tetera de la Tía Betsy descansaba sobre el quemador delantero de una cocina verde aguacate que hoy en día se consideraría vintage.

Esa tetera.

Tragué un sollozo.

Luchando contra el dolor, me quité los tacones y caminé descalza hasta el dormitorio de mi tía. Las ventanas estaban tapiadas y la habitación estaba completamente vacía.

La cama de la Tía Betsy había desaparecido, junto con las cómodas, los adornos y las fotografías.

Su armario estaba vacío. Las paredes, desnudas y descascarilladas en algunos lugares.

El manitas había sacado las cosas mojadas y arruinadas antes de que se enmohecieran y se pusieran asquerosas, pero no podía evitar la sensación de que todas las pruebas de la vida de la Tía Betsy habían sido borradas.

Mi visión se nubló tras una cortina de lágrimas. Parecía que mis penas no tendrían fin. La soledad descendió sobre mí, aplastando mi espíritu ya maltratado.

Caminé hasta mi dormitorio y eché un vistazo. Estaba exactamente como lo había dejado. El edredón rosa y morado. Mis trofeos del equipo de natación. El póster de la boy band colgado en la pared. Todo seguía allí, mi adolescencia, congelada en el tiempo.

Me dejé caer en la cama, apoyé los codos en las rodillas y hundí la cara entre las manos. El viejo colchón se hundió bajo mi peso. Lo único que quería era tumbarme y morir. La Tía Betsy habría dicho que estaba siendo melodramática, pero así me sentía.

Pegajosa por el largo viaje en autobús, el sudor y las lágrimas, me sentía asquerosa.

Necesitaba alivio, al estilo Florida.

Rebusqué en mi armario y encontré un montón de ropa que había dejado atrás. Me quité el conjunto y me puse un bikini blanco. Siempre había sido minúsculo, pero todavía me quedaba bien. Me calcé unas viejas sandalias Teva y salí a encontrarme con mi vieja amiga, el mar.

Mientras cruzaba la sala de estar, el silencio se burlaba de mí.

Los murmullos constantes y las carcajadas repentinas de la Tía Betsy ya no animaban el lugar.

No había compañeras de celda gritando, hablando, roncando o riendo, como hacía solo unos días en la prisión.

Ni guardias haciendo la ronda y compartiendo los últimos chismes.

Solo los susurros discretos de las olas afuera y la soledad que se estrellaba sobre mí.

La casa no tenía barrotes para contenerme, ni una sucesión de puertas que tuvieran que abrirse para dejarme pasar. Una oleada de ansiedad me sacudió.

«Respira», me ordené. «Haz algo».

Fui a la cocina, abrí el armario debajo del fregadero y metí la mano hasta el fondo.

Mis dedos tropezaron con vidrio. Ahí estaba.

La botella de whisky de emergencia de la Tía Betsy.

Estaba casi llena. La mujer no era precisamente una bebedora empedernida, pero solía decir que a veces una chica necesitaba un empujoncito para seguir adelante.

Esa chica era yo.

La asistente de la directora me había informado bien sobre los términos de mi libertad condicional.

Incluían no consumir drogas, pero no había dicho nada sobre el alcohol.

Si resultaba que beber alcohol iba contra las normas, me daba igual.

Para sobrevivir a la liberación anticipada y derrotar a los Morgan, iba a tener que crear un nuevo marco mental, una forma diferente de afrontar mi cuarta vida.

La primera regla del flamante Manual de Supervivencia para la Liberación Anticipada de Gracie Rose era simple: romper las reglas. Dios sabía que seguir las reglas hasta ahora no me había ayudado en absoluto.

Así que, al diablo con las malditas reglas.

La segunda regla de mi Manual de Supervivencia para la Liberación Anticipada era: ser ruda.

Vale, de acuerdo, estaba improvisando, escribiendo las reglas sobre la marcha, pero en serio, ¿cómo iba a vencer a los Morgan y lograr escapar si no aprendía a dar caña?

La tercera regla de alguna manera iba a tener que abordar mis inhibiciones y mi forma de hablar. Solo usar la palabra «traseros» me hacía sentir culpable y a punto de que me saliera urticaria.

«Sin culpa, sin arrepentimientos». Seguro que esa tenía que ser la regla número tres.

Mírate, haciendo reglas para romper las reglas.

Gemí. Era un caso perdido.

Desenrosqué la tapa, me llevé la botella de whisky a los labios, eché la cabeza hacia atrás y di un trago.

Maldición.

El calor me abrasó el esófago. Siseé como si mi estómago chisporroteara en una sartén. Había olvidado lo que era beber licor. Por lo visto, ser ruda no era bueno para mi hígado y tenía cero riesgo de convertirme en alcohólica.

Daba igual. Otro sorbo. ¿Quién demonios necesitaba un estómago?

Las llamas en mi vientre de alguna manera redujeron la ansiedad que me golpeaba el pecho.

Agarré la botella y bajé la escalera, crucé el aparcamiento sorteando los montones de basura.

Más escombros cubrían la arena y flotaban a lo largo de la costa.

Con las Tevas puestas para protegerme los pies, me abrí paso entre los restos y me adentré en el océano.

El agua cálida me lamía las piernas. Seguí adelante hasta dejar atrás los restos flotantes y que el océano me llegara a la cintura. Di otro sorbo de la botella, enrosqué la tapa, inspiré hondo y me hundí bajo el agua, botella incluida.