Sebastian: Celos (Sebastian 2) Epílogo
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Epílogo

Ineludible

Sebastian y Christine renovaron su compromiso aquella tarde.

Se sinceraron el uno con el otro, se dijeron verdades difíciles de confesar y asimilar y sentaron nuevas bases para seguir avanzando con paso firme y seguro.

Ambos deseaban una relación más profunda e intensa tras redescubrir la maravillosa compenetración de la que disfrutaban cuando estaban juntos, cuando se abrían por completo y dejaban a un lado sus inseguridades.

Conscientes de sus flaquezas, no pretendieron hacerse promesas que no pudiesen cumplir, sino acordar mecanismos para no dejarse llevar por ellas.

—Prometo no volver a ocultarte nada, por mucho que el tema pueda afectarnos a ambos —dijo Sebastian—. Sé que estaré tentado de hacerlo, pero también sé que necesitas esa certeza para poder confiar en mí.

—Soy una mujer adulta, Ash, es más, soy mayor que tú, ¿recuerdas? —bromeó Christine—. Podré encajar lo que sea y te ayudaré en todo lo que pueda.

—No volveré a desatender tus necesidades, en ningún sentido —concluyó Sebastian, sonriendo con intención.

—Y yo dejaré de pensar que vas a salir corriendo detrás de otra mujer.

Sé que va a ser muy difícil, me aseguraré de hablarlo contigo si resurge esa sensación, pero prometo luchar contra ella centrándome en lo que tenemos.

Confío en ti, siempre lo he hecho, pero los celos me cegaron y nublaron mi entendimiento.

Esa no era yo, aún no sé qué maldito encantamiento lanzó esa mujer sobre mí que me hizo olvidar quién era.

—Ava es una mujer de recursos, Christine, difícilmente nos encontraremos con una amenaza parecida otra vez.

Y a ella ya la conocemos, y sabes perfectamente que no provoca en mí más que rechazo y repulsión, mucho más ahora que he sabido lo que se ha avenido a hacer sin pararse a valorar ni un segundo las consecuencias de sus actos.

—Después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que carece de empatía.

Es algo patológico, durante mi investigación con la BPCP llevamos a cabo un amplio estudio sobre ese tema y creo que Ava nació así, como si el dolor ajeno no le afectase en ningún momento.

Por eso creyó que podría tener opciones contigo, no creo que entienda que el amor no se puede forzar y que es imposible amar a alguien con un corazón tan negro como el suyo.

—De hecho, intenté explicárselo mientras volvíamos de casa de Liam, me pareció que lo había entendido, pero después de recibir las fotos de tú y Nathan juntos, creo que estaba equivocado. Ava estaba convencida que, sacándote de mi vida, habría sitio para ella.

—Y seguro que de eso mismo convenció a Nathan, lo convenció porque ella lo creía a pies juntillas —zanjó Christine—. Está enferma, Sebastian, y es una enfermedad de la que ella no querrá deshacerse jamás.

—Lo sé. Pero mientras no me afecte, no pienso ser yo quien trate de abrirle los ojos —dijo Sebastian.

Entonces se acercó a Christine y la besó suavemente en los labios mientras acariciaba su melena despacio—.

Ella ha salido de nuestras vidas, ahora solo tenemos que recuperar el tiempo perdido, amor mío.

—Estoy total y absolutamente de acuerdo, cariño —dijo ella, enredándose de nuevo con él en un beso cargado de promesas.

Y, como no podía ser de otra manera, su unión se vio favorecida por aquellas decisiones, y la confianza, que se había resquebrajado con facilidad ante la primera adversidad, se restituyó de inmediato, fortaleciéndose día a día con muestras de cariño y de apoyo incondicional.

Sebastian retomó su colaboración con Scotland Yard tan pronto como se repuso de sus heridas, prometiéndole a Christine que tendría más cuidado a partir de entonces.

Le costó bastante conseguirlo, Christine tuvo que recurrir a la amenaza de ponerlo a dieta sexual si descubría que se había expuesto demasiado, a lo que él no pudo más que acceder presuroso.

Aunque, interiormente, era el primero que no deseaba poner en peligro su integridad física, tanto estaba disfrutando de la compañía constante de Christine después de haberla echado tanto de menos.

Durante las dos primeras semanas, Olivia y Meredith les ayudaron a revisar todo el apartamento en busca de dispositivos de cualquier tipo que pudiesen haber sido instalados para tenerlos bajo vigilancia.

La tarea fue más que ardua, la abigarrada decoración del apartamento del detective dificultaba la rapidez visual, y tampoco ayudaba mucho la evidente incomodidad que Sebastian mostraba cada vez que alguna de las chicas trataba un objeto de forma brusca o volvía a colocarlo sin respetar la exactitud milimétrica que él le había otorgado en su meticulosa planificación inicial.

Pero, aparte de un micrófono pequeño instalado en el salón, y una cámara bastante indiscreta que Olivia encontró tras uno de los halógenos del cuarto de baño, aprovechando el hueco que el falso techo aislante prestaba para ello, la minuciosa inspección no arrojó ningún otro aparato que pudiese vulnerar la intimidad y seguridad de los habitantes del apartamento.

—No me queda claro si lo que Ava pretendía con esto era enterarse de tus pasos o disfrutar de… unas vistas excelentes —dijo Olivia cuando terminó de recolocar el foco—. Me parece enfermiza la obsesión de esa mujer contigo.

—El micrófono del salón es obra de mi tío; lo del baño…

—Lo del baño es una falta total de respeto —intervino Christine, asqueada—, aunque qué otra cosa podríamos esperar de una mujer como esa.

—¿Y dónde está? —preguntó Meredith—. ¿Ha vuelto a Las Bahamas o sigue en Londres?

—A pesar de que he evitado mantener contacto asiduo con mi tío Richard, sé que los chips han sido eliminados de todos sus “recipientes”, por decirlo de forma técnica —respondió Sebastian—. El paradero actual de Ava lo desconozco, y sinceramente, no me interesa en absoluto.

Olivia lo dejó correr, no quería insistir sobre el tema delante de las chicas, pero en cuanto vio la oportunidad, tiró de Sebastian hacia la cocina, con la excusa de ir a buscar unas bebidas, y le preguntó directamente.

—Vamos a ver, si no recuerdo mal, estabas empeñado en descubrirlo todo sobre Ava y tu tío.

Según me dijiste en el coche cuando te recogí, después de pegarle la paliza a Nathan, ibas a contactar con una persona muy peligrosa y te ibas a embarcar en una misión a solas para salir de dudas y poder mantener segura a Christine…

, ¿y ahora dices que no te interesa lo más mínimo dónde está Ava?

¿Después de todo lo que os ha hecho pasar?

—terminó, mostrando su sorpresa y desconcierto.

—Ahora mismo, lo más importante para mí es Christine —respondió Sebastian en voz baja—.

Ava ha salido escarmentada de todo esto, no digamos mi tío.

No creo que yo sea uno de sus objetivos, ni de lejos.

Richard tiene mucho trabajo por delante, teniendo en cuenta el alcance de este caso, además de tener que volver a retomar sus quehaceres diarios, que no son pocos, después de haber estado apartado de su puesto tanto tiempo.

—Ya, muy bien, tu tío va a estar ocupado.

Pero, ¿y Ava? ¿Ahora me dices que crees que se va a olvidar de ti?

¿De que no ha podido lograr su ansiado objetivo de destruir tu relación con Christine?

¡Esa mujer es el demonio, Sebastian! Estoy segura de que hará lo que sea por salirse con la suya y volverá a las andadas antes de que te des cuenta.

Sebastian permaneció en silencio unos instantes, pero finalmente, negó con la cabeza.

—El odio que me hizo sentir ha desaparecido, ahora que Christine ha vuelto. No quiero arriesgarme, Olivia, se lo he prometido a ella, y hurgar en el pasado solo logrará que me meta en líos de nuevo.

—A veces, hay que meterse en líos para terminar las cosas bien y para siempre.

—Lo sé, pero ahora no es el momento.

Sebastian se dirigió al frigorífico y sacó una botella de vino, pero su semblante había cambiado momentáneamente, y aquel detalle no se le pasó por alto a su compañera.

—¿Estás seguro de que no me despertaré una mañana y me enteraré de que has desaparecido? ¿De que has cambiado de opinión y has decidido ponerte en contacto con esa persona de la que me hablaste? —preguntó, preocupada.

—No. Y además, si ese fuese el caso, sabes que te lo acabaría contando —respondió Sebastian con una media sonrisa.

—Te conozco bien, Sebastian, no quieras hacerte el honesto conmigo.

Mientras servía una copa de vino para cada uno, Sebastian continuó.

—Tenemos mucho que hacer, se me han acumulado los casos pendientes y no me apetece verme involucrado con esos dos, que solo traen dolores de cabeza.

Richard y yo estaremos bien mientras yo me mantenga al margen, y Ava…

Ava va a estar muy vigilada durante una larga temporada.

Al gobierno británico no le gusta la idea de que exista una mujer como ella, mucho menos, de que merodee por aquí a sus anchas.

De hecho, a ninguno de los países involucrados en el intento de atentado les apetece tener a Ava cerca, se ha convertido en persona non grata en media Europa, así que no pienso poner en peligro mi felicidad para averiguar cosas que, con seguridad, destruirán mi autocontrol otra vez.

Se lo debo a ella —dijo, mirando hacia la puerta—, no quiero que vuelva a perder su confianza en mí.

Sé que, si eso ocurriese, no habría otra oportunidad, y eso es lo último que quiero en la vida.

Así que puedes estar tranquila, amiga mía, pienso estarme quietecito.

—Hmmm…, de momento —murmuró Olivia, siguiendo a Sebastian al salón.

***

Me despierto sobresaltado, exactamente como me ocurrió cuando Christine me abandonó.

Al principio, pienso que ha sido solo una pesadilla, porque agudizo el oído, pero no siento que nada se mueva.

No hay sonido de pisadas amortiguadas por suelas de goma, ni roce de telas tropezando con las esquinas de los muebles.

La puerta del dormitorio está cerrada, exactamente como la dejé, y Christine descansa tranquilamente a mi lado.

Sin embargo, sé que algo aquí dentro ha… cambiado.

Me levanto con cuidado de no despertarla y salgo del dormitorio en absoluto silencio, sé cómo moverme a oscuras en mi casa sin que nadie note mi presencia.

Al llegar al salón, sé inmediatamente que es esta habitación la que ha sufrido el cambio, sea cual sea, y agudizo la vista para intentar localizarlo sin iluminación.

Pero no detecto nada. Las cortinas están como las dejamos anoche, en la mesa que hay frente al sofá sigue estando la fuente del aperitivo que Christine y yo dejamos a medias, cuando la película que estábamos viendo perdió interés y estar juntos en la cama se impuso como prioridad inmediata.

Me siento en el sofá y miro alrededor con detenimiento, pero sigo sin ver nada distinto.

“Quizá me estoy volviendo un paranoico”, pienso, dudando de mi instinto por primera vez.

Niego con la cabeza, estoy seguro de que eso no es así.

Me quedo quieto, muy quieto, aguzando vista y oído todo lo que me es posible.

Y cuando pasan unos cinco minutos, por fin lo veo: un pequeño reflejo ha parpadeado tras el televisor, una minúscula luz que, en la oscuridad, se ha convertido en un faro a mis ojos.

Me levanto despacio, preocupado por si la visita que hemos tenido aún no se ha marchado, y me muevo hasta localizar la fuente del parpadeo: un micrófono grabador ha sido instalado en la parte trasera del televisor.

No es wireless , es uno de esos dispositivos que graba todo durante unos minutos, envía un pequeño archivo por satélite y, tras reiniciarse y borrar su memoria, continúa grabando.

Y durante esa milésima de segundo que tarda en realizar el envío de datos, emite una luz de baja intensidad. Esa que lo ha delatado.

Acerco el micrófono a mis labios y lanzo una amenaza a la oscuridad: “voy a ir a por ti”. Espero a que el minúsculo parpadeo emita el paquete de datos y destruyo el micrófono aplastándolo con mis propias manos. La ira que empieza a dominarme me otorga tanta fuerza como determinación.

Subo las escaleras despacio, intentando no perder los papeles para no ser pillado por sorpresa, y en cuanto compruebo que el laboratorio está limpio, escribo un mensaje breve y pulso con firmeza la tecla de enviar.

Esto se tiene que terminar.

Vuelvo en silencio al piso de abajo, reviso cada habitación minuciosamente y, más tranquilo al asegurarme de que estamos solos, regreso a mi dormitorio.

Christine también se ha despertado, está sentada en la cama, en silencio, alerta a cualquier movimiento.

Al verme entrar, escucho un suspiro de alivio saliendo de sus labios.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién era? —pregunta, asustada.

Mi móvil emite una pequeña vibración. Desbloqueo la pantalla y leo el mensaje que acabo de recibir, ese que va a cambiar nuestras vidas radicalmente a partir de ahora.

—Cariño, haz las maletas. Nos vamos a Noruega en el primer vuelo de la mañana.