Capítulo 37 #2
Christine se derrite al escuchar mis palabras porque sabe que son sinceras, que son fruto del deseo que ella provoca en mí, y separa un poco más sus muslos para darme acceso completo a todo su sexo.
Entonces, enajenado, vuelvo a hundirme en su boca a la vez que froto su clítoris justo donde sé que más le gusta, primero con una suavidad deliciosa, más firmemente a medida que sus gritos en mi boca se hacen más profundos.
Y cuando creo que está lista, mantengo el ritmo con mi pulgar mientras me introduzco en ella, localizo su prominencia en segundos y me empleo a fondo en mi tarea de acariciar y masajear cada terminación nerviosa con la dedicación de un devoto.
—Ash…, ¡Ash! No q-quiero c-correrme así…
—¿Voy a hacer que te corras?
—Sí… si sigues, sí…
—Entonces córrete, cariño, luego volverás a hacerlo mucho más fuerte.
—No… nnno…, ¡oh, sí! ¡Sí! ¡Sí!
Christine empieza a contorsionarse para colocarse justo como desea, sus caderas se balancean imparables y alcanza un orgasmo duro y vibrante entre gritos.
Permito que baje de su cenit, pero enseguida me cuelo entre sus muslos con mi boca y empiezo a lamer su clítoris, a golpetearlo un poco más duro de vez en cuando, a succionarlo con ganas cuando ella empieza a sollozar de placer.
Alterno mis succiones mientras lo lamo incansable, me detengo para que la punta de mi lengua revolotee sobre su capuchón, ejerciendo una cálida presión que la hace suspirar y volver a agarrarme fuerte del pelo, y entonces vuelvo a succionar, cambiando el ritmo de suave a exigente según la escucho escalar de nuevo hacia el orgasmo.
—Cariño…, quiero sentirte… —me ruega jadeando.
—No te preocupes, eso también lo tendrás —murmuro, pronunciando mi promesa sin dejar de atenderla—. Hoy voy a hacer que te corras tantas veces que habrás olvidado tu nombre para cuando amanezca.
Christine emite un gruñido sordo, separa sus piernas por completo y me permite saciarla con mis labios. En segundos, ella grita mi nombre una y otra vez, me ruega que me detenga para enseguida contradecirse y rogarme que no pare… y me vuelvo loco.
Ella me regala una serie de confesiones que me enardecen, que me encienden mucho más de lo que esperaba.
Casi tartamudeando, me dice que soy maravilloso, que nadie la ha hecho sentir así, que echaba de menos sentir mi lengua buceando entre sus pliegues y que se muere de gusto cada vez que succiono en profundidad.
Y en cuanto su abdomen se tensa, mis labios se dedican a aplicar la presión a la que la tenía acostumbrada.
Meto todo su clítoris en mi boca y empiezo a succionar intermitentemente, agitándolo con mi lengua mientras muevo mi cabeza suavemente de lado a lado, gimiendo porque no puedo evitarlo, y ella…
—¡Dios! ¡Eres un Dios! Ash, me corro, joder, joder, ¡Ash!
Su clítoris empieza a expandirse y a contraerse sin control, su esencia baña mis labios y me siento el ser más poderoso del universo al escuchar cómo ella se deshace en gemidos de puro delirio.
—Ooo-oooh, Ash…
***
Desde la ubicación privilegiada de la que gozo ahora mismo, con mi cabeza apoyada en su muslo, perdido entre sus piernas, me recreo en su rostro unos instantes, momentos que sé que atesoraré en mi mente para volver a ellos cada vez que la sienta lejos de mí, tan lejos como la he sentido todos estos días.
Es preciosa, toda ella es preciosa, y ahora que hemos aclarado nuestras dudas de la forma más natural que existe, sincerándonos el uno con el otro, estoy seguro de que nada ni nadie volverá a interponerse entre nosotros.
Pero por mucho que me apetezca contemplar su expresión de profunda satisfacción, la mía empieza a quejarse. He obtenido un aperitivo, y de eso hace ya un rato grande. Ahora quiero más, y lo quiero ya.
—No voy a dejar que descanses ni un poquito, preciosa.
Un gruñido sale de mi pecho al intentar colocarme sobre ella, quizá me he venido muy arriba y me haya olvidado de que tengo dos costillas fracturadas; pero mi chica es maravillosa y resuelve el asunto en un santiamén, colocándome con cuidado boca arriba sobre la cama mientras besa mis labios como si hiciese días que no lo hacía.
—Mi amor es muy capaz de llenarme por completo mientras lo monto —susurra—, de hecho es eso lo que me apetece después de haber disfrutado tanto como me has hecho disfrutar.
—Tus deseos son órdenes.
Christine vuelve a colocarse a horcajadas sobre mis caderas tras comprobar que no necesita tocarme, mi cuerpo está listo desde que ella empezó a gemir entre mis dedos.
Me sonríe lasciva y, acercando un pecho a mi boca, coloca mi punta en el lugar correcto para que ambos sepamos que, en cuanto deje de chupar su glorioso pezón, mi cuerpo invadirá el suyo.
Hasta el fondo.
—Creía que… no te… ¡aah! Apetecían…
—Tus pechos son una locura, nena. Antes estaba demasiado ansioso, y preocupado, pero ahora me muero por tocarte toda.
Mis manos se ciernen en torno a sus abundantes y esponjosos senos, juntándolos para que mi boca pueda disfrutar de tal derroche de femineidad sin tener que moverme más que unos centímetros.
Mi lengua lame su canal, la suave piel que los cubre y sus areolas justo antes de volver a meterme sus pezones en la boca para chuparlos con veneración.
Christine gime, balancea sus caderas sobre mi erección y va abriéndose poco a poco para mi pujante vigor.
Yo suspiro entrecortadamente y ella hace lo mismo hasta que toco fondo, hasta que pierdo el sabor de sus pechos porque no puedo elevarme hacia ellos a causa del dolor.
Entonces, nos miramos a los ojos, conscientes de cuánto nos hemos echado en falta. Y la conexión es inmediata, y muy intensa.
—Te amo.
—Yo también te amo, Ash.
Mis manos vuelan a sus caderas para pedirle que empiece a moverse.
Christine obedece y comienza un delicioso vaivén que nos va adentrando despacio en una burbuja de sensaciones en las que solo estamos ella y yo, mirándonos a los ojos mientras nos disfrutamos, mientras suspiramos con cada nuevo movimiento, expresando nuestro gozo sin restricción alguna.
Christine se curva hacia atrás para poder apoyar sus manos en otro lado que no sean mis costillas, consciente de cuánto daño puede hacerme; pero yo aprovecho su postura para acariciar su centro inflamado y la reacción es inmediata.
—¡Uuuuf! Así… así voy a durar muy poco.
—Sigue moviéndote, es perfecto…
Mi libido sube exponencialmente al contemplar cómo su cuerpo se retuerce de placer sobre el mío, cómo sus pechos se mueven cada vez que me impulso dentro de ella, cómo su expresión va cambiando a medida que sube para alcanzar su placer.
Siento cómo me desboco, y de repente ya no me importa el dolor.
—Necesito follarte más profundo —murmuro.
En un alarde de fuerza, la agarro por la cintura e invierto nuestras posiciones sin salir de su cuerpo. El cambio la toma por sorpresa, pero una vez que estoy sobre ella, me pongo de rodillas en el colchón, la alzo agarrándola por los glúteos y empiezo a moverla como mi cuerpo me exige…
—¡Dios! ¡Ash, estás tan… duro!
Mis brazos se olvidan del esfuerzo y empiezo a clavarme en el fondo de su ser una y otra vez, arrancando un profundo jadeo de su garganta con cada empellón.
Mi erección me aplaude efusiva y los latigazos de placer empiezan a recorrerme de arriba a abajo, provocando que pierda el sentido por completo, pero no el ritmo.
—Me en-canta moverte como me apetezca… —murmuro, a punto de derramarme de nuevo—, me encanta sentir cómo me aprietas alrededor. Apriétame, Chris…
Christine obedece ciegamente y, al sentir su cuerpo estrujándome con fuerza, mi control desparece.
La alzo un poco más, sus piernas pierden el apoyo y siento que su placer está en mis manos, que depende absolutamente de mí.
Ella sigue mirándome y veo la admiración en sus ojos, el placer vibrando en sus labios, hasta que, incapaz de continuar alargando el momento, ella entorna su mirada y se entrega a mí por completo.
—Ash…, Ash… sigue… ¡sigue!
—Chris…
—¡Ash!
Sus convulsiones inician un periplo de placer sublime alrededor de mi polla, eliminando mi contención por completo. El placer invade todos mis sentidos y, arropado por sus gemidos desaforados, me dejo llevar…
—Cariño —consigo articular temblando, aún de rodillas sobre el colchón—, eres un espectáculo.
Ella sonríe con los ojos cerrados y cae automáticamente en un coma letárgico, adormecida por el maravilloso sentimiento de saciedad que otorga el buen sexo. Sonrío, sintiéndome feliz, y me acurruco junto a ella para poder abrazarla y entregarme también a la dulce pereza del post-orgasmo compartido.
A la indescriptible plenitud de saber que ella estará aquí cuando vuelva a abrir mis ojos.