Capítulo 37
Amor herido
Tras conseguir su objetivo, Christine me ordena que me tumbe en la cama y se marcha a buscar el botiquín, no sin antes volver a mirar en derredor, temerosa ante la posibilidad de estar siendo observada.
—No te preocupes, el dormitorio es seguro —afirmo. No he revisado cada rincón, pero sí los ángulos más estratégicos. Estoy seguro de que nadie puede vernos.
Y espero que tampoco oírnos, porque pienso arrancar un gemido tras otro de ese pecho que me vuelve absolutamente loco.
Christine vuelve, me mira con preocupación mientras prepara trozos de algodón y saca el agua oxigenada y el ungüento del botiquín; pero para mi regocijo, veo el deseo en el fondo de sus ojos.
Ella también quiere terminar pronto para poder tenerme tan adentro como pueda.
Una media sonrisa se me escapa, pero ella la capta enseguida y sonríe también.
—Lo primero es lo primero, cariño.
—Me pongo en tus sabias manos, amor mío —respondo bromeando.
Ella repasa cada una de mis heridas con su mirada y a continuación se ocupa de ellas con un mimo tal que casi no siento dolor.
Al terminar con mis manos, que eran las que presentaban peor estado, ella se ocupa de mis piernas, que lucen llenas de rasguños y moratones.
Los Johnnesy se cebaron de lo lindo cuando me dejaron inconsciente.
Pero eso sí que duele. Christine me mira con una mueca de culpabilidad cada vez que me estremezco, pero continúa aplicando cremas en las zonas donde la sangre se ha agolpado, más suavemente cada vez.
Lo peor es que esa delicadeza con la que esta tratando mi cuerpo me hace ponerme tan duro que ya me es imposible ocultar mi excitación. Y mucho menos, mi impaciencia.
—Chris, creo que ya es suficiente…
Christine mira mi erección, tan evidente como el vendaje de mi torso, y algo la hace mantener su mirada fija sobre ella. Entonces soy yo quien la miro y me doy cuenta de que ya está húmeda de pura necesidad. No me avergüenzo, quiero que sepa cuánto la deseo y que no puedo esperar mucho más.
—No te haces una idea de lo erótico que me resulta tocarte así, suave y despacio, cuando ambos estamos deseando desatar el fuego que nos tortura ahora mismo —susurra sin levantar su mirada de mi, aparentemente, hipnótico deseo.
—Yo solo puedo decirte que jamás me he sentido tan sensible como lo estoy ahora, y me da miedo derramarme en cuanto me toques.
—¿Tantas ganas me tienes? —pregunta, fingiendo inocencia.
Su expresión, mirándome con intenciones indecorosas, y la forma en la que se muerde suavemente el labio inferior logran que mi glande empiece a gotear.
Siento una necesidad imperiosa de que ella lo agite sin detenerse, de que me permita vaciar un poco de todo este ardor contenido que me consume ahora mismo, pero no me atrevo a pedírselo porque sé que ella me desea con la misma intensidad.
Y que no va a conformarse con un par de empellones, que es lo que creo que podré durar.
—Me muero por sentir esos dedos juguetones dándome placer —me limito a insinuar, reprimiendo la frase que en realidad desearía pronunciar—, no solo deambulando por mi piel.
—Está bien, creo que podemos dejar la cara para luego.
Christine suelta todo lo que tiene entre las manos, se levanta de la cama y va quitándose la ropa prenda a prenda. No lo hace despacio, pero a mí me parece que va a cámara lenta porque me está haciendo sufrir demasiado.
—Chris, por favor…
Ella se quita las braguitas por fin y me permite contemplarla a placer durante unos instantes; entonces, sube a horcajadas sobre mis caderas, pero en lugar de otorgarme la calidez de su interior inmediatamente, besa mi garganta, asciende por mi cuello y se enreda conmigo en un beso que dista mucho de esa inocencia con la que me tocaba hace solo unos minutos.
—Déjame que te complazca.
—¿Q-Qué?
—Sé lo que necesitas, y que lo necesitas ya. No voy a hacerte esperar y no quiero tener que parar más tarde.
—Hmmmppfff… —es lo único que atino a pronunciar ante lo inminente.
Christine se adentra en mi boca y succiona mi lengua con ganas, me muerde los labios, los lame despacio y los abraza con los suyos una y otra vez.
Cuando más entregado me tiene, se interrumpe un instante para meter sus dedos en mi boca de una forma tan sensual que casi me corro solo con verla.
Se los mete también en su boca, para saborearme, para tentarme hasta lo indecible, para escuchar cómo mis jadeos se intensifican ante la visión de sus lujuriosos labios.
Entonces se aparta solo un poco, justo lo suficiente para llegar a mi polla…
—¡Aa-aah!
No es un grito lo que sale de mi garganta, ni un jadeo o un gruñido. Es el deseo, la satisfacción y la complacencia unidas en un sonido imposible, abriéndose paso a través de mis pulmones.
—Solo disfruta, siente cómo mis dedos se deslizan sobre tu piel para darte todo ese placer que necesitas —susurra en mi oído, mordisqueando mi lóbulo con sus dientes mientras sus dedos se deslizan a lo largo de mi erección.
—Chr-isss…
No puedo hablar, no puedo decir nada más porque ella ya me ha agarrado fuerte y ha empezado a imprimir el ritmo demoníaco por el que mi cuerpo clamaba, llevándose mi cordura entre sus manos.
Mis caderas se elevan hacia ella para encontrarse con ese consuelo tan dulce que otorga la comezón cuando te rascas, y ella lo hace tan bien que estimula mis sentidos y los calma a la vez.
No pretende acelerar, pero tampoco piensa detenerse, me quiere rendido, disfrutando de cada movimiento justamente como lo necesito, colmándome de goce como sabe que deseo con urgencia.
Ella vuelve a mi boca y me obliga a besarla, pero el placer es tan intenso que acabo mordiendo sus labios, incapaz de contener mis ansias de sentir.
Ella hace lo mismo, empieza a jadear de pura excitación, imitando los sonidos que salen sin contención de mi boca, y en cuanto ambos sentimos que estoy listo, que esto ya no tiene marcha atrás, vuelve a acercarse a mi oído…
—Córrete para mí…
Y me remata con su voz cargada de lujuria.
—Oo-ooh…, oooh, Dios, me corro… me corro, Chris…
Siento cómo mi semen sube rápidamente, ansioso por ser liberado, impulsado por todo ese placer que ella me está regalando; siento cómo llega a mi glande, cómo este se ensancha para dejarlo salir…
—¡Sí! ¡Chris! ¡Chris!
Y todo explota.
Empiezo a eyacular entre jadeos, balbuceando su nombre en cada eyección. Mi mente se nubla, mis ojos también, y todos mis sentidos se concentran en esos dedos magníficos que me dan exactamente todo lo que les pedía en silencio…
—Me encanta ver cómo disfrutas —susurra, aún junto a mi oído.
Abro los ojos para encontrarme con los suyos, con su sonrisa triunfante, pero dulce y cariñosa a la vez. Me doy cuenta de que mi pecho está lleno de mí, y de que sus pechos, salpicados de mi placer, gotean un poco; pero lejos de avergonzarme, me siento… orgulloso.
—Ni siquiera has podido tocarme —se burla, sacándome la lengua—, sí que necesitabas esto…
—No sabes cuánto lo he disfrutado —confieso sin tapujos.
—Sí que lo sé. Ahora, déjame que te limpie, quiero terminar lo que estaba haciendo y besar cada una de tus heridas después.
—Yo quiero estar dentro de ti. —Mi voz suena casi a una súplica y ella sonríe—. Sé que suena egoísta, pero solo estoy siendo sincero, cariño.
—No te preocupes, vas a estar retozando entre mis muslos enseguida. Solo deja que vuelva a tenerte tan excitado como hace unos segundos; entonces, seré toda para ti.
—Y serás muy exigente conmigo —gruño, empezando a imaginarme la escena.
—Muy exigente —confirma, guiñándome un ojo.
Mientras termina de curarme las heridas del rostro y de besar cada una de ella como había prometido, empiezo a ser consciente de su cuerpo.
Cada uno de su movimientos provoca que sus pezones rocen mi piel, pero soy obediente y me estoy quieto como me ha ordenado, aunque me muero por tocarlos; pero cuando sus besos empiezan a ser más apasionados, siento que ya puedo hacer lo que me apetezca, que es ella quien desea ser mimada ahora, y que mi mayor deseo es complacerla.
—Chris, creo que ya estoy más que listo otra vez… —susurro con mi voz más profunda.
Ella no dice nada, pero cuando la sujeto por la cintura para colocarla sobre su costado, alza su pierna para rodear mis caderas, exponiéndose para mí.
Sus besos arrecian, sus sonidos de excitación suben de volumen, y casi sin darse cuenta, sus caderas me buscan, rogando que la toque allí donde ya le es urgente sentirme.
Me giro un poco hacia ella para poder tocarla, mis dedos acarician su cuello mientras la beso cada vez más insistentemente, erizando su piel al paso.
Christine gime, siento cómo el vello de sus brazos se eriza cuando me acerco a su pezón, y logro extraer un grito de placer al pellizcarlo entre mis dedos.
Eso me excita mucho, tanto que me dejo llevar y agarro el pecho con fuerza con mi mano, profundizando en su boca, hundiéndome entre sus labios.
Sus músculos se aflojan al sentirme al mando, siento cómo su abdomen se relaja junto a mi cintura, pidiéndome que avance, que lleve mis dedos a su hendidura para poder calmar un poco su agonía.
Ella se aferra a mi pelo y, al sentirla, vuelvo a perderme. Mis dedos descienden para acariciar su vientre, pero no me detengo demasiado, continúo hasta sus húmedos labios y deslizo dos dedos entre ellos para recrearme a gusto en el centro de su deseo.
Porque me pone cachondo nivel Dios descubrir lo húmeda que está y saber que soy yo quien la ha puesto así.
—¡Aa-aah! —exclama al sentirme, liberando mi boca por un instante.
—Siénteme, siente cuánto te han añorado, aprende a reconocerlos porque son los dedos que van a darte placer cada día a partir de ahora.