Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

Cómplices

Es ella quien me arrastra al dormitorio, a este cuarto que creo que puedo volver a llamar nuestro, prendida de mis labios. Me devora, devora mi boca de forma literal, pero no recuerdo haberme sentido tan bien en mucho tiempo.

Tropezamos con un par de cosas que había dejado por el suelo en mi búsqueda, ninguno de los dos podemos abrir los ojos, sentirnos es lo más importante ahora mismo; y cuando nuestras rodillas encuentran la cama, Christine se separa de mí y, sin quitarme la vista de encima, acaricia mi mejilla cariñosamente.

Lo hace con mucho cuidado, teme hacerme daño al pasar las suaves yemas de sus dedos sobre mis cortes y heridas, pero no sabe que sentirla es el mejor bálsamo que podría tener.

La cuestión es que me estoy poniendo muy nervioso porque ya estoy más que listo para continuar, para poder desnudarla y fundirme con ella en un abrazo en el que solo existan piel y calor, en el que pueda perderme para olvidar cuánto la he echado de menos.

Y no quiero esperar.

—Meredith ha venido a verme y me ha contado que los Johnnesy te dieron una paliza —aclara, cuando descubre mi evidente impaciencia.

—Ellos también se llevaron algún rasguño —presumo, colocando una sonrisa prepotente en la comisura de mis labios.

—No lo dudo, sé perfectamente lo fuerte que eres —me halaga con una media sonrisa—. Tienes la nariz hinchada, así que intuyo que debe dolerte todo el cuerpo.

—No ha sido para tanto, de verdad; deja que…

—Ash, sé que has estado en el hospital, y también sé que te has escapado para ir a darle una paliza a Nathan —me suelta, mirándome preocupada.

¡Maldita sea!

—No fui a darle una paliza, él me provocó. Solo fui a… avisarle —admito, fastidiado por la interrupción de mis deseos inmediatos y por la vergüenza de reconocer frente a ella que me he comportado como un delincuente de poca monta con su amigo.

—No tienes que disculparte, yo habría matado a Ava en más de una ocasión con mis propias manos —sonríe—. Además, sé que recibiste una foto…

—Christine, no hace falta que me lo expliques.

—Pero quiero hacerlo. Nathan quería aprovecharse de la situación, lo mismo que Ava. Estuvo viniendo a visitarme unos días, a mí me pareció extraño, pero en cuanto empezó a desvelar sus verdaderas intenciones, lo despaché. No he vuelto a verlo más, y quiero que sepas que lo he sacado de mi vida.

Respiro hondo, pero no porque me tranquilicen sus palabras, sino porque sé que ahora debo explicarle todo lo que sé sobre esos dos indeseables. Y que no le va a gustar.

—Ava nos ha estado espiando. —Ella frunce el ceño, pero rápidamente alza las cejas, indicando que no le sorprende. Así que continúo—. No es solo lo que ya suponíamos, ella urdió el plan desde el principio, desde que supo que tú y yo estábamos juntos.

—Bueno, eso también me lo imaginaba.

—Fue demasiado lejos. En primer lugar, buscó a alguien de tu entorno, alguien muy concreto que estuviese desesperado por conseguirte y que pudiese provocarme celos.

Así que le vino al pelo descubrir que tenías un amigo atractivo, soltero y bien posicionado, alguien que yo pudiera percibir inmediatamente como un posible rival.

Me conoce, sabe que no toleraría una amenaza directa, entre otras cosas porque no tenía experiencias con las que contrastar.

Sabía que me sentiría vulnerable frente a otro hombre que pudiese llamar tu atención; así que te investigó y se puso en contacto con Nathan.

Christine me escucha atentamente, veo cómo va hilando cabos sueltos a la vez que hablo y, en cuanto termino mi frase, alza de nuevo las cejas, esta vez, sorprendida.

—O sea, que ella fue quien hizo las fotos…

—Exacto. Nathan debió mostrarse más que dispuesto a colaborar, supongo que Ava le contaría cualquier mentira para que él pensase que tenía opciones contigo, así que se avino a sus requerimientos.

Él fue el encargado de hacerte llegar la foto de la discordia, y por supuesto fue el modelo adiestrado para hacerme daño cuando Ava me envió las tuyas con él.

—Por eso se mostraba tan cariñoso conmigo…

Christine entorna los ojos, decepcionada, y me duele mucho tener que ser yo quien le explique que todo lo que ha vivido con Nathan no era más que parte de una farsa muy elaborada.

—Por eso, y porque realmente deseaba obtener tu atención —me apresuro a resaltar.

—Es… asqueroso. Cada vez que alguien intenta acercarse a mí es para sacar tajada de alguna manera.

—Bueno, yo no…

Ella me mira de nuevo y me sonríe con dulzura.

—Tú eres el hombre que elegí para mí, Sebastian, mi héroe dispuesto a salvarme de todos esos hombres que creen que soy una especie de trofeo por el que competir —dice en voz baja, profundamente contrariada.

Esbozo una sonrisa y me acerco para darle un suave beso en los labios que ella se apresura a devolverme.

—No eres ningún trofeo, eres una mujer increíble que destaca por sí sola; el problema es que la mayoría de las personas suelen obviar esos detalles cuando…

—Cuando ven el dinero y la fama que me rodea.

—Y tu incontestable atractivo. Cariño, eres preciosa, no lo olvides nunca.

Por fin consigo que me dedique una sonrisa con la comisura de sus labios. Ella respira profundamente y se refugia entre mis brazos. Aún se siente decepcionada, pero debo continuar.

—Por desgracia, eso no es lo único que Ava organizó, ni tampoco lo peor.

—Ava tiene los dedos muy hábiles, y demasiado largos —susurra.

—Demasiado.

Brevemente, le relato los pasos que dimos una vez que me fui del apartamento con ella, cómo le sonsacamos la información a Liam, cómo sacamos a Richard de la cárcel y nuestro posterior interrogatorio a Sean Gambler.

Ella me escucha atentamente, su rostro expresa cada uno de los sentimientos por los que atraviesa al escuchar la serie de barbaridades que descubrimos en tan solo unas horas, y cuando termino, me mira boquiabierta.

—No me puedo creer que cosas así sigan pasando en este siglo —murmura.

—Lo que más me sorprendió cuando descubrimos hasta dónde llegaba el poder del grupo fue lo bien organizados que estaban; pero entonces, Richard empezó a explicarse.

Christine me mira a los ojos expectante, pero creo que también llegando a conclusiones en silencio.

—No me digas que el gobierno estaba al tanto…

—No del todo, pero sí que permitieron ciertos avances para comprobar hasta dónde pretendían llegar los terroristas con sus amenazas.

—O sea, que Richard sabía más de lo que os dijo a ti y a Olivia —dice consternada—, ha estado jugando con vosotros…

Entonces, la miro fijamente y me preparo para decirle lo que viene a continuación.

—Richard ha estado moviendo los hilos desde hace tiempo, me ha mentido y ha jugado conmigo; pero lo peor es también facilitó que Ava se entrometiese entre tú y yo.

Christine abre mucho los ojos y la boca, claramente impactada.

—¿Estás seguro de eso?

—Tal y como nos dijo la noche que llegó, Ava tiene información sobre mi tío, información que no debe salir a la luz y que aún no he logrado descubrir. Parece que esgrimió esa carta contra él para obtener acceso a nosotros y a nuestro círculo…

—Por eso sabía dónde vivías… ¡Por eso se coló aquí mientras estábamos en Italia! —concluye acertadamente.

—Ya había estado aquí antes, Christine —le confieso, abochornado—, antes incluso de aquella primera noche, y aprovechó su visita para… instalar dispositivos de grabación.

La bomba suscita en Christine una mueca mezcla de dolor y repugnancia. Mira hacia todas partes, a las esquinas de la habitación, a la mesita de noche y, finalmente a la cama. Entonces, vuelve a mirarme con una expresión inenarrable en su rostro.

—¡Ava nos ha visto… juntos!

—Así es —confirmo avergonzado.

—¡Nos ha estado controlando! ¡Dios mío, Ash!

Christine empieza a caminar por la habitación, visiblemente nerviosa. Se lleva las manos a la cabeza en varias ocasiones y, aunque no dice nada en voz alta, la escucho murmurar para sí misma sin parar. Cuando pasa junto a mí en uno de sus paseos, se me queda mirando, ceñuda y enfurecida.

—¡Sebastian! ¡Eso… eso es un delito! ¿Y Richard lo permitió? ¡Richard lo permitió, por Dios bendito!

Ella vuelve a caminar arriba y abajo del dormitorio, totalmente incrédula ante la situación.

—Estuve a punto de estrangularlos a ambos —confieso, empezando a encolerizarme también—, pero Richard me aseguró que solo lo hizo para mantenerte a ti y a tu familia a salvo. Ava compró su silencio con amenazas y él se echó a un lado, dejándole el camino libre hasta nosotros.

—¡Esa mujer no tiene límites! ¡Ni integridad! ¿Había amenazado con ir también contra mis padres? —Vuelve a detenerse frente a mí, pero ahora su expresión es de verdadero pánico—. Sebastian, ¿ellos están en peligro?

La miro a los ojos, incapaz de mentirle, pero no quiero que saque conclusiones extremas.

—No creo que la cosa haya ido más allá, no te preocupes.

Desde que Richard volvió a tomar las riendas del asunto y Ava se sintió amenazada realmente, nosotros dejamos de estar en el ojo del huracán.

Pero no te dejes engañar como me ha ocurrido a mí, Richard es tan culpable de todo lo que ha ocurrido como ella.

—Bueno, no es lo mismo facilitar que cometer…

—Él nos expuso, a ambos. Si le preguntas, te dirá que lo tenía todo bajo control, que nunca corrimos verdadero peligro, pero no es así. Mientras estuvo encerrado, la cosa se le fue de las manos, por mucho que no lo quiera reconocer.

Christine vuelve a mirar en derredor, valorando toda la nueva información que acaba de recibir.

—Por eso creaste todas esas trampas, por eso todas esas extravagancias con respecto a tu seguridad…

—No es fácil ser sobrino de Richard Fortress y ex-compañero de correrías de Ava Lutman, sin mencionar mi tendencia natural a meterme en líos —le confirmo.

—Dios mío, cada vez que pienso que ella nos ha escuchado hablando, riéndonos, haciendo el amor…

Christine se muerde los labios con fuerza, intenta contenerse, pero sentirse tan expuesta ante personas desconocidas con intenciones tan viles, la supera.

—He revisado el dormitorio a conciencia —me apresuro a decirle—, pero no descansaré hasta estar seguro de que el resto de la casa está completamente limpio. De hecho, pensaba empezar hoy mismo, pero cuando iba a abrir tu armario, y solo con pensar en ti un segundo… Bueno, cambié de opinión.

—Ash, esto es muy grave —me dice, acercándose a mí para abrazarme.

Cuando rodea mi torso, siento una punzada en las costillas y no puedo evitar encogerme un instante—.

¡Perdón! ¡Lo siento, lo siento! —dice separándose de mí—.

Estamos hablando de conspiraciones y de traición cuando debería comprobar ahora mismo cómo estás, y ocuparme de ti.

—No pasa nada, en serio, saber que estás aquí lo cambia todo —aseguro con una media sonrisa inocente—. Ahora me siento mucho mejor.

—Está bien, tú sigue contándome mientras te examino.

Christine me obliga a seguir hablando mientras me quita la chaqueta con mucho cuidado, haciéndome toda clase de preguntas sobre el caso, sobre la hija de Sean, sobre los chips implantados y sobre cómo se ha resuelto el problema de la evaporación de gases.

Cuando me pregunta por el incidente con los Johnnesy, acaba de terminar de quitarme la camisa, y ahoga una exclamación al ver el vendaje que rodea prácticamente todo mi torso; pero no puede evitar dejar escapar un pequeño grito al descubrir los moratones.

—Dios mío, Ash…

—De verdad que no es para tanto…

Ella se sienta frente a mí, coge mis manos entre las suyas y observa todas las magulladuras de mis nudillos con la atención y el detenimiento de una enfermera.

No, no de una enfermera, de una mujer… que me ama.

—No te has curado las heridas, todo esto se puede infectar —dice, señalando los cortes de mis manos y antebrazos—. Y la nariz…, dices que no está rota, pero las heridas que tienes alrededor tienen muy mala pinta…

—Gracias por recordarme que debo estar horrible —bromeo.

—Anda, déjame verte, necesito verlo todo, necesito saber que estás bien —insiste, empujándome para que me levante y me quite el resto de la ropa.

—El problema —comento con intención, mientras ella me quita los pantalones—, es que creo que me van a dar igual las heridas una vez que me desnudes del todo, amor.

Ella me mira con picardía y me lanza una media sonrisa de lo más seductora.

—Nadie ha dicho que una cosa excluya a la otra.