Capítulo 35
Dame la mano
Me despierto de repente, no sé si por el dolor tan agudo que siento en las costillas o porque me ha parecido oír un ruido. Me incorporo despacio, no puedo hacerlo de otra forma, y busco a tientas mi pistola, que se supone que debería estar sobre la mesita de noche; pero no la encuentro.
—¿Quién anda ahí?
No hay respuesta, aunque tampoco esperaba que si hubiera entrado alguien sin permiso, se delatase.
Ni un solo ruido más, nada. Ni pasos, ni roce de telas, nada en absoluto.
Quizá mi mente me ha jugado una mala pasada.
Quizá es que no podré volver a dormir tranquilo en esta casa desde que sé que Ava entró en ella sin ninguna dificultad.
En cuanto me reponga un poco, voy a echar la casa abajo, no me queda otra opción si quiero volver a ser capaz de conciliar un sueño reparador.
Tengo que encontrar todos los dispositivos de vigilancia que ella o mi tío hayan podido instalar y reforzar la seguridad.
Y en cuanto lo haya hecho, iré a por ellos.
Me preparo un desayuno fuerte, hacer planes abre el apetito.
Me tomo un analgésico y, en cuanto surte efecto, me encuentro bastante mejor.
De hecho, me encuentro tan bien que creo que voy a empezar a revisar el salón, o mejor el dormitorio.
Aunque ya me deshice de la cámara que Ava había colocado en una de las repisas, no descarto que haya algún micrófono o algo similar.
Con mucha dificultad, empiezo a inspeccionar cada una de las perchas del armario, los cierres de las puertas, las esquinas menos accesibles…
Nada, al menos en este lado del armario.
Entonces miro hacia el otro par de puertas, esas que no he abierto en ningún momento porque están llenas de sus cosas aún, y el dolor vuelve de forma repentina; pero es del centro de mi pecho de donde mana.
Entonces, toda la ira que sentí anoche se acerca reptando hacia mí, pidiéndome que la deje tomar posesión de mi razón, mostrándome, como si de un carrusel de instagram se tratara, todas las fotos que Ava me envió ayer, recordándome qué poco ha tardado Christine en retomar su vida anterior y cuánto la echo de menos.
Pero, en lugar de sucumbir a la tentación de dejarme llevar, en lugar de regodearme en todo lo malo que nos ha pasado desde que empezó esta historia, me obligo a centrarme en su rostro, en su sonrisa cuando me miraba embobada mientras que yo hacía deducciones sin parar, en su cabello dorado enredado en mis dedos o en su empeño en dejar entrar la luz a este apartamento, que ya empezaba a considerar su hogar.
Este apartamento que ella convirtió en nuestro.
Una sonrisa aflora a mis labios al pensar en el viaje a Italia, en lo empeñada que estaba en que conociera a su familia, en el apoyo que me dio cuando empecé a comportarme como un crío delante de sus padres y en lo adorable que se veía aquella noche mientras cenábamos todos juntos.
Y en cuánto le gusta jugar con Bianca.
Y en cómo se ha ganado el respeto de Olivia.
Y en las buenas migas que ha hecho con Meredith…
En lo especial que es la mujer de la que me he enamorado sin remedio.
Dejo caer las perchas que tengo entre las manos y me meto en la ducha a toda prisa. Ya no me duele nada, ni me siento cansado, y me importa una mierda qué es eso que me ocultan Ava y mi tío. He dejado escapar al amor de mi vida y tengo que ir a buscarla para decirle que la amo.
Ahora mismo.
***
Estoy frente a la puerta del apartamento, temblando como un flan. Tengo llaves, podría entrar y lanzarme en sus brazos sin esperar ni un segundo más, pero no me atrevo. No me atreveré a nada hasta que no compruebe en sus ojos que no me odia.
Pero tampoco soy capaz de pulsar el timbre.
¿Y si no me abre la puerta? ¿O si me mira con repugnancia cuando me vea?
No podría soportar ver el rechazo en sus ojos, incluso aunque me lo merezca, incluso aunque él tenga derecho a descargar toda su furia sobre mí. Yo estaría furiosa conmigo si fuese él, incluso puede que le diera una bofetada por haber sido tan estúpido.
«No, no harías nada de eso. Se te caería todo y te abrazarías a él como si no hubiese un mañana».
Mi vocecita interior tiene razón: lo abrazaría y no volvería a dejarlo escapar.
No voy volver a dejarlo escapar.
Abro mi bolso a toda prisa para buscar las llaves mientras recuerdo lo que él me dijo aquella mañana en nuestro dormitorio, después de haberme devuelto a casa sana y salva como el héroe del cuento: “ahora que te tengo delante sé lo que tengo que hacer, por fin sé lo que tengo que hacer”.
Ahora yo también lo sé.
Meto la llave en la cerradura, pero esta cede de repente…
Y me encuentro con sus ojos.
Sebastian los tiene abiertos, mucho, no sé distinguir si es sorpresa, pánico o alivio lo que me muestra su rostro, solo sé que está imponente con ese traje, guapo como nunca con su pelo rizado aún húmedo, debido a la ducha que se acaba de dar.
Su aroma habitual se mezcla con el del jabón y el definidor de ondas que utiliza, y no recuerdo haber olido nada tan delicioso antes en toda mi vida.
Lo he echado mucho de menos, y solo quiero abrazarlo y besarlo hasta quedarme sin respiración.
—Hola —me dice, dudando qué hacer.
No puedo apartar la vista de sus ojos, mi intuición busca aceptación en los suyos, pero le doy un empujón y la mando al rincón porque necesito lanzarme al vacío. Ya.
—Te echo de menos.
Y sus ojos me gritan que él siente lo mismo que yo.
—Christine…
Sebastian tira de mi brazo para meterme en su casa, cierra la puerta a toda prisa y me empuja contra ella justo antes de invadir mi boca con un desenfreno que casi me deja sin aire.
Pero le correspondo, mi cuerpo deja de estar encogido para abrirse por completo y permitir que me abrace a él tan fuerte como puedo.
Sonrío. En lugar de seguir besándolo, en cuanto él separa un poco sus labios de los míos para poder respirar, sonrío. Él también sonríe, aliviado, incrédulo, sus manos me sostienen por los hombros sin atreverse a soltarme, ni tampoco a acariciarme por miedo a que desaparezca de nuevo…
—Perdóname, Ash. Me he comportado como una cría todo este tiempo, no sé lo que me ha ocurrido, pero sé que esa no soy yo.
—No, no. Tú tenías razón, tendría que haberme dado cuenta de que mi comportamiento te hacía daño…
—¡No! Tú estabas haciendo tu trabajo, tengo que aprender a ser consciente de que habrá muchas ocasiones en las que no me gusten las compañías que tengas que frecuentar para poder resolver un caso, y sobre todo, tengo que aprender a creer en ti.
—Christine, yo no…
—Estoy absurdamente enamorada de ti, Sebastian, y estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para no volver a separarme de ti. Lo que sea.
Sebastian enmudece y me mira, aún incapaz de soltarme, ni de ir más allá.
—Iba a buscarte —susurra, acercándose un poco.
—¿Ahora? ¿En serio?
—No podía soportar más tu ausencia, no quería estar sin ti ni un solo día más…
Él me besa de nuevo, esta vez, suavemente, pero se detiene porque necesita seguir hablando.
—Te amo, Christine, como nunca he amado a nadie. Y he sido un imbécil.
—Ambos…
—No. Te prometí en Italia que renunciaría a ti si veía que te hacía daño estar conmigo, pero tú me pediste que no lo hiciera; y no te hice caso porque soy un cabezota y un desconsiderado, y porque tengo la estúpida manía de creer que siempre tengo razón.
—Eso es porque casi siempre tienes razón —sonrío.
—Sí, pero en esto no. Soy un novato en esto del amor, y lo siento, pero vas a tener que lidiar con todos mis errores porque no estoy dispuesto a cumplir mi promesa.
Quiero estar contigo, equivocarme contigo para luego volver de rodillas a pedirte perdón; quiero amarte de forma incorrecta para que tú me corrijas, para que me muestres quién eres si he sido tan torpe de no darme cuenta por mí mismo.
Quiero superar contigo todas esas carencias afectivas, que seguro que serían carne de psicólogo, si es que yo me aviniese a ir a uno, y quiero descubrir cómo se siente poder contar con una persona en todo momento, por muy independiente que me considere.
Pero, todas esas cosas, las quiero contigo.
Te amo más que a nada, Christine, y quiero que seas mi cómplice en todas y cada una de las locuras en las que tú y yo deseemos embarcarnos.
—Sí, quiero —respondo en un murmullo mientras sonrío.
—Quiero estar contigo, cada día, hasta que te canses de mí.
Sebastian vence de nuevo la barrera física para besarme con todas sus ganas, sus manos por fin sueltan mis hombros y me acarician los brazos despacio.
—No voy a cansarme de ti, bobo —susurro entre sus labios.
—Sí, lo harás porque seguiré siendo un cabezota que se arriesga demasiado, y a veces me comportaré como un niño malcriado; pero te prometo que cuando te canses, volveré para intentar reconquistarte. Tú eres la única para mí, Christine, y lamento mucho haberte hecho pensar lo contrario.
Dejo escapar un suspiro de felicidad y me agarro más fuerte a él.
Lo miro a los ojos arrobada, sintiéndome tan llena de amor que aún me resulta más absurda la situación que hemos vivido al haber antepuesto los celos a lo que sentimos el uno por el otro.
Y vuelvo a besarle con todas mis ganas, porque si no lo hago, me muero.
—Nos hemos equivocado los dos —murmuro entre sus labios—. Nos hemos topado con estos celos absurdos que nos han poseído y nos hemos enfrentado el uno al otro, en lugar de unirnos para vencerlos.
—Pues eso es lo primero que vamos a hacer, y ahora mismo.
Sebastian se separa de mí y me agarra de la mano para llevarme dentro, pero yo no me dejo llevar.
—No, antes necesito que me expliques con detalle cómo ha terminado la investigación. Entonces, podremos hablar de todo lo demás.
—¿Es más importante eso para ti?
Lo agarro por el pelo, clavo mi mirada en la suya y lo beso con ansia, aunque me separo inmediatamente de su boca. Sebastian me mira aturdido, pero yo sonrío ampliamente.
—Ahora mismo, lo más importante eres tú —le digo mientras observo las heridas de su rostro con preocupación—, necesito saber qué ha pasado y cómo te encuentras.
—Estoy bien, solo ha sido un rifirrafe, ya no me duele nada.
—No me has entendido —susurro, acercándome de nuevo para morder sus labios con ansia—. Tengo que saber exactamente dónde no puedo tocarte, porque antes de hablar de nosotros, voy a hacerte el amor como si fuera nuestro último día en la tierra.