Capítulo 34
Demasiado grande
Así es como siento mi casa, ahora que no estoy con él.
Demasiado grande, demasiado sola, demasiado vacía.
Creía que no me afectaría, que al no haber convivido aquí con Sebastian, aislarme en mi refugio lograría que aclarase mis ideas, que me abstrajese de la situación para poder reencontrarme conmigo misma y actuar como yo soy, no como una novia celosa y poco segura de sí misma.
Así es como me he comportado desde que apareció esa mujer, como una novia despechada, estúpida y sin amor propio, celosa sin motivos, deseosa de tener la absoluta atención del hombre a quien amo.
Y todo por un beso, por un roce de labios que no significó nada, y por el sabotaje claramente premeditado de un amigo que ha dejado ya de serlo.
Por mi absurda inseguridad.
Pero en lugar de lograr recomponerme en este hogar que construí poco a poco y con toda la ilusión del mundo, lo único que puedo hacer es echarle de menos.
Ha pasado más de una semana desde que me fui y no he sabido nada de él.
Sabía que no me llamaría, que respetaría mi decisión, pero esperaba obtener noticias de alguna manera, mi ego herido necesitaba saber que él me echa tanto de menos como yo a él; pero nada.
Ni siquiera un mensaje de Meredith, o de Olivia, o una llamada silenciosa en plena madrugada.
Solo nada.
Hoy me siento tan sola y abandonada que no me importaría que la retorcida Ava Lutman se presentase frente a mi puerta para reírse de mí, así al menos tendría una excusa para ponerme furiosa, para abofetearla, para reaccionar de una maldita vez en lugar de estar aquí sentada, regodeándome en mi soledad y replanteándome una y otra vez qué es lo que debo hacer.
Gentie me mira preocupada, pero cuando yo la miro, sonríe.
No quiere que me dé cuenta de lo que piensa, no está acostumbrada a verme taciturna, mucho menos, tumbada en el sofá sin hacer nada.
No entiende por qué no he vuelto a encender el ordenador para continuar con mi investigación, ni por qué no estoy organizando una fiesta o recibiendo visitas, porque no sabe qué es lo que ha ocurrido.
No se lo he contado a ella, ni a mis padres, creo que porque, en el fondo, esperaba que mi decisión fuese solo un arranque, o que Sebastian vendría a buscarme, o…
O que sé yo.
Enciendo el televisor con la idea de buscar algo que me distraiga, algo que pueda servirme de inspiración para dar un paso en la dirección que sea.
Utilizo el mando a distancia para navegar a través de los menús eternos de los que es imposible extraer nada en claro, mucho menos, tomar una decisión, cuando mi móvil vibra sobre la mesa de centro.
Mi corazón da un vuelco porque pienso que Sebastian ha abandonado su mutismo, porque ya no puede estar más sin mí, y mis esperanzas se redoblan al ver que el mensaje es de Olivia.
¡Sí!
Olivia ha enviado una imagen que me apresuro a descargar, imaginando que mostrará a un Sebastian taciturno, o sonriente mientras mira a cámara; pero lo que aparece en mi pantalla me arranca un sollozo del pecho.
“¿Ya te has olvidado del amor de tu vida?”.
En la foto salgo yo, de espaldas a la cámara, con Nathan sentado a mi lado. Ambos estamos riendo, y Nathan agarra mi mano con fuerza.
Se me cae el alma a los pies.
Él ha venido a verme, cada día, hasta que me di cuenta de que solo lo hacía con la intención de intentar ocupar el vacío que ha dejado Sebastian en mi pecho. Entonces lo despedí educadamente, pero dejándole muy claro que no tenía nada que hacer.
Y dejó de visitarme.
Así estamos, ambos víctimas de otra trampa de Ava, exactamente igual que la otra vez.
La diferencia es que ahora es Sebastian el agraviado.
Y yo la imbécil que no encuentra la manera de acercarme para darle en las narices a esos dos, para demostrarle al mundo entero que el amor que ha nacido entre Sebastian y yo es indestructible.
Soy una pareja pésima.
Si Olivia me ha enviado este mensaje es porque Sebastian también ha visto la foto, y probablemente esté tan destrozado como lo estaba yo hace unos días.
Al pensar en él, triste por mi marcha, confundido como sé que lo estará ante mi comportamiento, no puedo evitar derramar un par de lágrimas.
Y segundos más tarde, las lágrimas se vuelven ríos que alivian mi dolor en forma de llanto desconsolado.
No puedo responderle a Olivia. No sé qué responderle.
Por un instante, un pensamiento cruza mi mente, la posibilidad de que Sebastian haya ido a desquitarse con Nathan; pero se marcha tan rápido como vino, porque alguien llama a la puerta y pienso que debe ser él que viene furioso a increparme, a pedirme explicaciones.
Y yo se las daré todas, y luego le besaré como él hizo aquella mañana en mi habitación.
Corro a abrir, retocando mi pelo en el camino y pellizcando mis mejillas para devolverles un poco del color que he perdido sumida en la pena.
Cuando llego a la puerta y veo que Gentie ya la ha abierto, dejo que el nerviosismo se apodere de mí e imagino su rostro, cómo la furia lo abandona tal y como me vea sonreír…
—Señorita Pearl, aquí hay alguien que dice que la conoce.
Bajón, eso es lo primero que siento. Me asomo a la puerta, intrigada por saber quién ha venido a verme, y me encuentro con Meredith, que me mira con el ceño levemente fruncido, pero también con expresión preocupada.
—¡Oh! Hola…
—Siento no ser a quien estabas esperando —responde con una mueca.
—No te preocupes, no esperaba a nadie —me excuso, intentando mantener un atisbo de la sonrisa que antes lucía con entusiasmo—. Pasa, no te quedes ahí.
Nos sentamos en el salón, la una junto a la otra. Intento empezar la conversación preguntando por Bianca, pero Meredith niega con la cabeza inmediatamente.
—Nosotras estamos bien, las tres, y no he venido aquí a perder el tiempo con formalismos. Lo siento, pero me siento parte de esto y no puedo seguir mirando hacia otro lado como si no estuviera pasando nada entre tú y Sebastian.
—Entiendo —murmuro, bajando mi mirada.
—Christine, Sebastian no está bien.
Sus palabras duelen hondo, mucho más de lo que esperaba. Entorno mis ojos y bajo la cabeza, abrumada y muy triste.
—Lo sé. Yo tampoco.
—¿Y por qué no vas a hablar con él? —pregunta con un ruego en su expresión y en su tono de voz.
—Porque no sé cómo hacerlo —confieso en voz baja—, ni siquiera sabría por dónde empezar.
—Mira, si quieres mi opinión, lo mejor es sincerarse, abrirse en canal.
Ambos lo estáis pasando mal y ambos sois personas racionales y muy inteligentes.
Estoy segura de que, si lo habláis sin interrupciones ni personas indeseables de por medio, lo arreglaréis enseguida y daréis carpetazo a este absurdo episodio de celos que estáis sufriendo los dos.
—¿Ava sigue en Londres? —pregunto esperanzada.
—Ava es el menor de vuestros problemas ahora mismo, Christine.
—¿Cómo? —Por la forma en la que Meredith me responde, sé que ha ocurrido algo terrible—. ¿Qué ha pasado? ¡Dímelo!
—Verás, anteayer… —Meredith me mira, no sabe cómo decirme lo que sea que tiene que decirme, pero mi mirada de profunda incertidumbre logra que arranque—, anteayer, Sebastian se metió en una pelea y… acabó en el hospital.
—¿C-cómo?
Siento cómo mi garganta se estrecha, atenazada por el miedo, y mi voz sale como un murmullo ahogado.
—Ha estado borracho día y noche durante días, Christine, Myriam ha tenido a Olivia al tanto, estábamos muy preocupados por él.
—¿Borracho…?
La imagen de mi amor, recostado sobre una barra, ahogado en whisky y con su bello rostro lleno de heridas inunda mi mente. Y de repente, siento unas ganas tremendas de estar a su lado, de abrazarlo y decirle que lo siento, que he sido una idiota, que…
—Al parecer, el martes llegó a Footsteps para emborracharse una noche más, pero tenía ganas de bronca; los Johnnesy aparecieron y… él los provocó. Y ya sabes cuántas ganas le tenían.
—Dios mío, Ash… —A medida que Meredith va detallándome la situación, mi angustia crece exponencialmente. Siento calor, frío, y no soy capaz de moverme—. ¿Dónde está? ¿En qué hospital? ¡Quiero que me lleves ahora mismo!
—Verás, es que… ya no está en el hospital. —Meredith me mira con gravedad, respira hondo y niega con la cabeza—. Anoche… se escapó…
El nudo de mi garganta se cierra aún más. Me lanzo sobre Meredith y la agarro por los hombros para aferrarme a algo, para no tener un ataque de pánico, para que me diga todo lo que debo saber.
—¿Herido? ¿Se escapó del hospital estando herido?
—¡Recibió una foto…!
Dejo de escuchar a Meredith por un momento porque acabo de adivinar el resto de la historia: ese pálpito que tuve justo antes de que ella llegase se ha convertido en realidad.
Sebastian vio la foto, pensó que Nathan y yo estamos juntos, que he pasado página y me he olvidado de él; así que se escapó del hospital para ir a cantarle las cuarenta al único al que podía acercarse, porque yo he desaparecido de su vida sin darle ninguna explicación y él está resignado a respetar mi estúpida decisión.
—He visto la foto, Olivia acaba de enviármela —susurro, aflojando mi agarre.
—Pues ya puedes imaginarte el resto. Ahora es Nathan quien está en el hospital.
—Dios mío…
Empiezo a encontrarme francamente mal. Temo momentáneamente por el estado de Nathan, pero la imagen de Sebastian, malherido y poseído por la furia, escapándose del hospital para ir a darle una paliza, elimina a mi ex amigo de mi mente.
Meredith sigue hablando, pero yo no soy capaz de centrar mi atención.
—Sebastian avisó a Olivia antes de ir a por Nathan, así que ella salió corriendo a buscarlo en cuanto leyó el mensaje; pero no llegó a tiempo, Sebastian ya lo había tumbado cuando ella llegó.
—¿Y? —la insto, desesperada por saber—. ¿Qué ocurrió después?
—Nathan está lleno de cortes y heridas, pero…
—¡No! ¡¿Qué ocurrió con Sebastian?! ¿Dónde está Sebastian? —inquiero atropelladamente.
—¡Olivia lo dejó en su apartamento anoche! —responde, un poco asustada por mi arranque—. Imagino que seguirá allí…
—¿Solo? ¿Sebastian está herido y solo?
—Ella insistió en quedarse con él, pero Sebastian le dijo que necesitaba pensar y que podía cuidarse por sí mismo. Ya sabes cómo es…
—Me voy. —Me levanto del sofá a toda prisa, ignorando la expresión de confusión de mi amiga—. Tengo que ir a verlo ahora mismo.
—Pero…, pero…
—¡Pero nada! Desde que apareció Ava, hemos estado comportándonos como críos, ¡los dos! Necesito verlo, Meredith, no sé si para matarlo, para pedirle explicaciones o para pedirle perdón, pero he de hablar con él ahora mismo.
Salgo a toda prisa del salón en dirección a mi dormitorio para ponerme cualquier cosa, desesperada por llegar lo antes posible a su apartamento, y mientras subo las escaleras, pido un Uber para que me recoja en diez minutos.
Meredith me sigue, mirándome como si tuviera algo muy importante que decir, pero valorando si debe hacerlo.
—Suéltalo, sea lo que sea —digo mientras me desnudo a toda prisa.
—Estás loca, ¿lo sabías? —pregunta Meredith con una media sonrisa.
—¡Sí! Estoy loca y he sido una imbécil; pero Sebastian no está bien, necesita apoyo, ¡nos necesita! Y también necesita un buen bofetón por haberme dejado al margen de todo esto.
—Creo que, de eso, ya ha tenido bastante.
—Eso, lo decidiré en cuanto lo vea —murmuro mientras me pongo una blusa blanca y agarro una chaqueta.
—He venido porque estaba preocupada por Sebastian, pero ahora eres tú la que me da miedo —dice, aún sonriendo—. No seas demasiado dura con él.
Agarro mi bolso con determinación y miro a Meredith a los ojos.
—No sé cómo voy a ser, pero voy a solucionar esto de una vez por todas.