Capítulo 33
Ejecutor
No había tenido tiempo para averiguar mucho más sobre Nathan, un error que tendría que solventar a toda prisa mientras viajaba sin rumbo en el taxi que había conseguido parar en la puerta de urgencias por la que había salido, fingiendo que era un familiar que estaba de visita y que se había equivocado de puerta.
No podía llamar a Richard, no quería darle ni un solo dato sobre sus movimientos a partir de entonces, así que se puso en contacto con una de las tantas personas que le debían un favor.
Sí que había aprendido de Ava, solo había bajado la guardia un tiempo, creyendo que la felicidad de la que había disfrutado junto a Christine podría ofrecerle una vida más estable, una vida en la que no tuviese que volver a hablar con indeseables a los que amenazar para conseguir una dirección.
Un iluso, en eso se había convertido.
En menos de diez minutos tenía la información que necesitaba. Le dio la dirección al conductor, que esperaba pacientemente dando vueltas en torno a Regent's Park, y se relajó en el asiento trasero mientras leía todo lo que le habían pasado.
Aunque Nathan se había explayado durante el almuerzo con los Pearl sobre lo que había estado haciendo los últimos años, le resultó muy curioso que no hubiese comentado en ningún momento su relación con algunos de los miembros de la política británica, probablemente, aleccionado por Ava para que él no pudiese atar cabos.
Imaginó que, en su investigación sobre Christine, Ava habría buscado puntos débiles que poder utilizar en su beneficio y se topó sin querer con el premio gordo: un admirador secreto que estaba deseando encontrar una forma de hacerse notar.
Sebastian no pudo evitar esbozar una sonrisa con la comisura de sus labios al pensar que Ava se había equivocado al elegir pretendiente.
Christine no se había fijado en él cuando eran jóvenes, mucho menos lo habría hecho teniendo el corazón ocupado; sin embargo, su sonrisa se convirtió en una mueca enseguida.
Ava no quería que Christine trasladase sus intereses sobre Nathan, solo necesitaba a alguien que se interpusiera entre él y ella, alguien que los sacase de la burbuja en la que habían estado flotando durante los meses que había durado su idilio.
Alguien que sembrara la venenosa semilla de los celos entre ambos.
Ava solo había esperado a que la semilla germinase para encargarse de alimentarla más tarde con sus actos, plantando la duda en la mente de Christine con su aparición repentina y misteriosa, y la incertidumbre en la de Sebastian, al mostrarle que su relación no era tan sólida como él creía.
Y después, la ira.
Eso, lo había logrado de una forma excepcional.
Apretó los puños al acercarse a la puerta de la casa de Nathan, una preciosa casita victoriana del barrio de Belsize Park que gritaba lujo incluso desde fuera.
Sebastian pagó la carrera y bajó del taxi con cuidado, cojeó hasta la entrada, superó la valla de acceso saltando por encima y apretó el timbre insistentemente.
Durante unos segundos, pensó que quizá no estaba en condiciones físicas aceptables para intimidar a su oponente, pero en cuanto Nathan abrió la puerta, con una mueca de extrañeza en su rostro, las dudas desaparecieron de la mente de Sebastian.
—¿Pero qué…?
Nathan intentó cerrar la puerta al ver quién estaba al otro lado, pero Sebastian le propinó un puntapié y esta se abrió de par en par.
Se lanzó sobre el indeseable con ímpetu, lo agarró de las solapas de la bata que llevaba puesta y lo arrastró hasta chocar contra la pared más cercana.
Nathan exhaló un grito al darse cuenta de que estaba indefenso frente a aquel hombre, pero Sebastian acercó tanto su rostro al de él que Nathan no pudo hacer más que bajar su tono de voz al tartamudear su nombre.
—¡Estás… loco, Sebastian!
—¡Ooooh! ¿Ahora te has dado cuenta? Creí que eso ya te había quedado claro en tu casa de la campiña, Nathan.
—¿Cómo te atreves a venir a mi…?
—Escucha, cerdo asqueroso —Sebastian afirmó su agarre, intentaba contener la rabia, le estaba costando demasiado no darle un puñetazo que lo dejara K.O.
; pero esa furia contenida le otorgó una fuerza casi sobrehumana.
Lo fue alzando poco a poco, ayudándose de la pared, hasta que tuvo sus ojos a la altura de los de él—.
Sé que estás viendo a Christine, sé que crees que puedes aprovechar que yo he salido de escena para llevártela a la cama, pero te juro que si la tocas, te mato.
El rostro de Nathan mudó del miedo al pánico más absoluto. Presa de un ataque de ansiedad que lo dejó paralizado, empezó a boquear como un pez sin poder emitir sonido alguno.
—No quiero que te acerques a ella, no quiero que le mandes mensajes, ni que la llames por teléfono.
Te quiero fuera de su vida inmediatamente.
Créeme, ella ni lo notará —gruñó Sebastian—.
Si me desobedeces, lo sabré, y no habrá piedra bajo la que puedas esconderte.
Te encontraré, estés donde estés, y te aseguro que será mi cara lo último que veas en esta vida.
Sebastian aflojó sus puños y soltó a su presa, que cayó al suelo pesadamente. Nathan se quedó mirando a Sebastian mientras recuperaba su respiración normal y se puso de pie en cuanto pudo. No pensaba enfrentarlo, pero tampoco iba a quedarse allí tirado a merced de aquel maníaco.
—Espero no tener que volver a ver tu sucia cara de traidor nunca más —terminó Sebastian, girándose para marcharse.
Al hacerlo, no pudo evitar dejar escapar un gemido de dolor, el esfuerzo empezaba a pasarle factura; pero Nathan aprovechó la tesitura para lanzarle una pulla, al ver que Sebastian cojeaba un poco y no era capaz de mantenerse erguido.
—Puedes amenazarme a mí, pero eso no cambiará las cosas entre Christine y tú, imbécil.
Ella no te quiere, solo la deslumbraste, pero se ha olvidado de ti en el momento en que ha visto lo mezquino que eres —escupió, relamiéndose de gusto al contemplar cuánto daño acababa de causar en su agresor, a juzgar por la expresión de su rostro.
No tardó ni un segundo. Sebastian dio un paso atrás, lo agarró por el cuello y lo alzó en el aire, esta vez, sin ayuda de la pared y sin esfuerzo aparente, asfixiándolo momentáneamente.
Desde abajo, sus iris atravesaron los de Nathan a la vez que sus dedos apretaban cada vez con más fuerza su garganta.
—Tú lo has querido.
Y como si de una hoja se tratase, Sebastian lo lanzó contra una vitrina llena de vasijas y copas que adornaba la pared, estrellando su cabeza contra el cristal, que se rompió en mil pedazos.
Nathan sintió como su rostro se llenaba de pequeños cortes, cómo su cabeza destrozaba la preciada colección de piezas antiguas y cómo se quedaba sin respiración al recibir un fuerte puñetazo en el estómago, que logró que las patas de la vitrina cediesen bajo su peso, sepultándolo bajo un amasijo de cerámica y cristales rotos.
—Ahora, ve a buscar a tu “amiga” Ava, a ver si ella puede reconstruir tu estúpida cara de gilipollas.
Sebastian no volvió a girarse, temeroso de ceder al deseo de cebarse con Nathan y patearle las costillas como habían hecho los Johnnesy con él.
El cálido aire le golpeó el rostro cuando llegó a la acera, recordándole el enorme esfuerzo que acababa de realizar para poder vengarse a su manera, y se encogió de dolor.
Miro atrás, valorando la posibilidad de que Nathan se hubiera levantado y estuviese acercándose a él, pero su víctima yacía en la misma postura en la que él lo había dejado.
A punto estuvo de volverse de nuevo y terminar con él al imaginar cuánto habría disfrutado de su ignorancia, cómo se habrían reído Ava y él a su costa; pero el ruido de unos frenos interrumpió sus pensamientos.
Volvió a mirar hacia la carretera y se encontró con la mirada horrorizada de Olivia clavada en su rostro a través de la ventanilla del coche.
—¡Sube, joder! —lo urgió en voz baja.
Sebastian dudó un instante, pero finalmente asintió y subió al asiento del copiloto.
Sabía que ella le insultaría y le recriminaría lo que acababa de hacer, quizá incluso lo detuviera; pero la cárcel le parecía un buen lugar donde pasar la noche, ahora que el dolor físico había vuelto a aflorar multiplicado por tres tras el esfuerzo.
—¿Eres idiota? —exclamó Olivia, conduciendo a toda velocidad para alejarse de la casa de Nathan—. ¿Cómo se te ocurre allanar una propiedad privada para atacar al dueño?
—No he allanado nada —respondió, agotado—, Nathan me ha abierto la puerta. Y no le habría atacado si él no me hubiera provocado. Solo he venido a darle un aviso, pero él se ha empeñado en hacerse el gallito conmigo y eso sí que no iba a tolerarlo.
Olivia permaneció en silencio unos instantes mientras ponía distancia entre su coche y el lugar de los hechos.
—Era Ava, ¿verdad? —preguntó en voz baja.
—Sí.
—Ella fue la que le envió la foto a Nathan para conseguir que Christine y tú os alejaseis.
—Eso parece —respondió en un gruñido—. Me tenía vigilado, ha sabido en todo momento lo que hacíamos, y todo para alejarme de Christine.
—Y tú vas a permitirle que se salga con la suya una vez más.
—Christine ya ha elegido.
—¡Sebastian! —Olivia dio un frenazo que casi consiguió que Sebastian se estrellase contra el parabrisas—.
¡Ella no ha elegido nada! ¡Tienes que luchar por lo vuestro!
¡Por lo que teníais! ¿Es que no te has parado ni un segundo a pensar en cómo debe sentirse ella, en lugar de regodearte en tu propio dolor?
—Sé perfectamente cómo se siente. Traicionada, igual que yo.
—¿Entonces?
Sebastian calló unos segundos, pensando en cuál habría sido la respuesta a aquella pregunta si se la hubiese hecho la propia Christine, en lugar de Olivia.
—La amo demasiado, no puedo condenarla a sufrir a mi lado —confesó con la mirada baja.
—¿Y por qué crees que ella va a sufrir estando a tu lado? ¿No crees que sufrirá más alejada de ti?
—No. Tengo que llegar hasta el final con este asunto, Olivia. No podré volver a descansar tranquilo hasta que no averigüe toda la verdad.
—Eso puedes hacerlo con alguien que te espere en casa, y te lo dice una experta en el tema, así que hazme caso y ve a buscarla.
Sebastian se giró despacio hacia ella para enfrentarla, para que intentase entender lo que le estaba diciendo.
—¿Permitirías que Meredith y Bianca durmieran en un apartamento que ha estado vigilado sin que tú lo supieras, incluso habiendo creado un sistema de seguridad especialmente diseñado para detectar intrusiones?
—Olivia dejó de mirar a la carretera para mirar a Sebastian un instante, y finalmente, negó con la cabeza—.
¿Te arriesgarías a poner en peligro la vida de Meredith, a sabiendas de que tu investigación podría provocar que alguien la secuestrase?
Olivia frunció el ceño, no comprendía de qué estaba hablando su amigo.
—La vida de un policía está llena de riesgos, pero creo que te estás dejando llevar por la paranoia, Sebastian.
—No tienes ni idea —respondió—. ¿Pondrías en peligro el futuro de Meredith y su familia, solo para poder dormir a su lado cada noche?
—No, ¡claro que no! ¡Pero es que nada de eso va a ocurrirte!
Inmediatamente, Olivia enmudeció. Pensó en todo lo que acababa de mencionar Sebastian y recordó cuán lejos había llegado Ava para hacerles daño a ambos. Y que Richard había estado al corriente en todo momento y se había mantenido al margen, incluso sabiendo la consecuencias.
—¿Entiendes ahora? No puedo volver a ella, no puedo pedirle perdón, decirle que la adoro, que muero un poco más cada día que paso lejos de ella, que me revuelve las tripas pensar que puede que, cuando aclare todo este asunto, ella se haya olvidado de mí; pero tengo que hacerlo, Olivia, tengo que resolver todo esto antes de ir a buscarla para poder ofrecerle la seguridad que se merece.
Olivia sintió un profundo desasosiego, y un enorme sentimiento de compasión por su amigo se apoderó de ella.
Estuvo a punto de abrazarlo, pero supo que no era eso lo que él necesitaba.
Tenía que sacar fuerzas de flaqueza, recuperarse y seguir adelante, si es que quería resolver su situación de una vez por todas.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó, segundos más tarde—. ¿Ir pegándoles a todos los que se han visto involucrados con Ava o con tu tío?
—No.
Sebastian apretó fuerte la mandíbula con su mirada clavada en el salpicadero del coche, evitando mirar a Olivia a los ojos.
—Sebastian, tienes un plan, ¿verdad?
—Tengo un plan, pero no puedo contártelo.
—Claro que puedes contármelo; es más, vas a contármelo ahora mismo.
Sebastian sonrió con la comisura de sus labios, pero incluso aquel leve gesto le provocó una punzada aguda en las costillas. Exhaló el aliento en un gemido y se echó hacia delante.
—Voy a bajar a los infiernos, y eso tengo que hacerlo solo. Lo siento, amiga mía, pero esta vez no puedo dejar que me acompañes.
—Vas a buscar a esa persona, ¿verdad? A ese conocido tan peligroso, ¿no es así? ¿Vas a pedirle ayuda, independientemente del precio que tengas que pagar? —preguntó, preocupada y asustada.
—Ya he pagado el precio más alto. No tengo nada que perder —murmuró Sebastian.
—Siempre hay algo más que perder, tu vida, por ejemplo.
—Mi vida no significa nada si no puedo ser libre, Olivia. Mi vida no vale nada si no puedo estar con ella.