Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

El fotógrafo

Por mucho que me empeño en decirle a la enfermera que estoy bien, Olivia y Meredith me reprenden cada vez que intento demostrarlo moviéndome un poco. Y me están fastidiando, no me apetece nada quedarme en el hospital a pasar la noche. La comida es una basura, y la cama es aún peor.

—¿Pero por qué eres tan cabezota? —dice Meredith—. Tienes dos costillas fracturadas, varias contusiones, y sigo diciendo que te veo la nariz doblada, por mucho que el médico haya dicho lo contrario. ¿Quieres hacer el favor de estarte quieto?

—No quiero quedarme aquí, he estado mucho peor y no he necesitado pasar la noche en un hospital. Y mi nariz está perfectamente —me quejo.

—Pues, qué quieres que te diga, yo también creo que la tienes un poco torcida hacia la derecha —señala Olivia.

—¡Eso es porque está hinchada! —exclamo indignado. Y tal y como alzo la voz, dejo escapar un gruñido de dolor.

—¿Ves como no estás bien? Necesitas reposo, Sebastian. Además, mejor estar aquí, que en casa, lamentándote.

Miro a Olivia alzando una ceja condescendiente y niego con la cabeza, así logro que se ría y deje de pensar que voy a morirme.

—Lo que tenéis que hacer es marcharos de una vez. ¿No tenéis un bebé del que cuidar? —suelto, malhumorado.

—Sí, pero aún tenemos canguro durante un par de horas más.

—Mmmm… —Me incorporo un poco más, dispuesto a entablar conversación, aunque no me apetezca en absoluto, y el dolor del abdomen se agudiza considerablemente.

Frunzo el ceño y oculto una mueca de sufrimiento, pero no digo nada, no quiero alarmarlas—.

Si voy a tener que soportar vuestra visita durante dos horas más, ponme al día de la situación.

—Llevas una semana borracho, ya no sé dónde te quedaste. —Olivia me mira con el ceño aún más fruncido que el mío.

—Lo que me interesa saber es la resolución final, y sobre todo, cómo se encuentra la hija de Sean.

Olivia respira hondo y se pone muy derecha para empezar a contarme todos los detalles.

Me gusta mucho verla en modo policía, cada vez es más profesional, y no puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa de satisfacción que no creo que ella entienda, porque frunce levemente el entrecejo durante un instante, pero enseguida lo pasa por alto para ponerme al día.

—Nos pusimos inmediatamente manos a la obra, siguiendo tus instrucciones.

Sean empezó a cantar de lo lindo en cuanto lo presionamos un poco, no le costó demasiado recordar datos de todo tipo, desesperado por recuperar a su hija, y eso nos facilitó enormemente la labor.

Esa misma madrugada localizamos el escondite del núcleo operativo de la organización y logramos liberar a Maggie, gracias a Dios, totalmente ilesa.

—No me lo digas, estaba en Londres —suelto, alzando una ceja.

—Así es —gruñe Olivia, fastidiada. Yo sonrío, orgulloso de haber acertado en mis deducciones—. Se habían atrincherado en una nave abandonada al este de la ciudad.

—¿Y nadie había notado nada? —pregunto extrañado.

—Habían sido muy meticulosos. Solo les suministraban víveres una vez a la semana, en días distintos y a horas intempestivas. Imposible averiguar un patrón en una zona que, prácticamente, está deshabitada.

—Brillante —comento, impresionado.

—El resto de rehenes también han sido localizados a tiempo y puestos en libertad. Gracias a Dios, nada más allá de algunos rasguños, aunque necesitarán apoyo psicológico durante una buena temporada.

—Lo lamento mucho, e imagino que las organizaciones a las que apoyaban, también —susurro, imaginándome las terribles escenas que la policía ha debido presenciar—. Supongo que encerrasteis a Sean en cuanto terminó de declarar…

—Por supuesto. Después de todo lo que ha confesado, estará más seguro en la cárcel que fuera de ella.

—Va a tener que dar muchas explicaciones a lo largo de las próximas semanas —añado—. ¿Y Liam?

—Liam también está en la cárcel, así como la mitad del personal de mantenimiento de la Torre, todos los que habían colaborado directa o indirectamente.

A la policía, de momento, le da igual el grado de implicación de los participantes, eso ya lo resolveremos en el juicio; pero van a pasar una temporadita entre rejas, así se les quitarán las ganas de dejarse untar en el futuro.

—Increíble que el cuerpo haya tomado represalias de este calibre —bromeo.

—Cuando tu tío interviene, las cosas funcionan de otra manera.

En el momento en que Olivia menciona a mi tío, mi expresión se ensombrece. La decepción de la traición es mucho más dolorosa que mis costillas rotas.

—Mi tío… ¿él ha conseguido localizar a todos los portadores de chips?

—Ha tenido una idea fantástica. Los ha aislado a todos en un complejo, del que ni siquiera yo sé la ubicación, y no saldrán de allí hasta que se les hayan extraídos los chips.

—¿Ava va a… encargarse de ello? —pregunto con cautela.

—Llegará al destino en unas horas, pero solo para supervisar las operaciones.

Richard no se fía de ella lo suficiente como para dejarle ponerles las manos encima a esos sujetos.

Son todos de la elite, Sebastian, no te haces una idea de hasta dónde habían llegado los tentáculos de Life for the planet .

—Eso es lo que ocurre cuando un reducido grupo de personas tiene acceso a millones de libras: corrupción a diestro y siniestro.

—Pensaba que, en el caso de personas altruistas que persiguen un objetivo tan elogiable como mejorar la vida en la tierra, serían más íntegros, y menos violentos —dice Olivia, apenada.

—El dinero es asqueroso —murmura Meredith, interviniendo por primera vez.

—La gente con dinero es asquerosa —corrige Olivia.

—No. La gente que tiene acceso a dinero que no es suyo, y que se rodea de personas sin escrúpulos, son el problema. Por eso es necesario que haya un organismo regulador externo cuando se acumulan grandes sumas de dinero —perfilo, mirándolas a ambas.

—Sí, una teoría preciosa —dice Olivia, con una mueca de disgusto en sus labios—; pero, ¿quién vigila al vigilante?

Miro a Olivia con la imagen de mi tío en mi cabeza y sé que ella está pensando lo mismo que yo. ¿Hasta dónde habrá metido Richard sus manos? ¿Y Ava? ¿Cuántas Maggies habrá habido que no han podido ser rescatadas a tiempo? ¿Cuántos atentados llevados a cabo con éxito, aun sabiendo que ocurrirían?

—Alguien cuya moral sea tan cuestionable como la del vigilante, pero cuyos intereses estén puestos en otros asuntos —murmuro, pensando en una persona en particular, en alguien que conocí hace mucho y del que también hace mucho del que no sé nada: Eidan Promptor.

—Eso no existe, Sebastian. Las personas poderosas siempre tienen intereses diversos, sobre todo, si hay dinero en juego. Incluso aquellos que son inmensamente ricos, aprovechan cualquier oportunidad para enriquecerse aún más —zanja Olivia, negando con la cabeza.

“No, si el dinero no les importa una mierda”, pienso. La imagen de Eidan se vuelve más clara en mi mente y entonces sé que tendré que contactar con él tarde o temprano, si es que quiero lograr llegar al fondo de este asunto.

Y lo haré, me cueste lo que me cueste.

—Entonces, Ava estará ocupada durante algún tiempo —me aventuro, intentando desviar el tema.

—Eso, pregúntaselo a Richard. Una inspectora de pacotilla como yo no tiene acceso a esa información —se lamenta, ceñuda.

—Ya no eres una inspectora de pacotilla, supongo que, como mínimo, esta vez le quitarás el puesto a Logan —sonrío.

—A mí me da igual lo que piensen en la comisaría —dice Meredith, mirando a Olivia con una cariñosa sonrisa en sus labios—, para mí, ella es una heroína.

—Sí, pero será mucho más heroína si le suben el sueldo —apunto, suscitando la risa general.

A ver si con esto logro que se marchen y me dejen a solas.

La enfermera entra de repente en la habitación con mi asquerosa cena en una bandeja, sonriendo como si en realidad trajese un manjar entre sus manos. Debe de trabajar en el ala de pediatría, nadie en su sano juicio sonreiría al servir una cena tan repugnante.

—Creo que tenemos que marcharnos —dice Meredith, mirando a la enfermera.

—El señor Fairchild debe descansar un poco, es la mejor manera de recuperarse de una buena paliza. —La sonrisa de la enfermera empieza a resultarme inquietante, no me puedo creer que pueda mantenerla intacta mencionando la paliza que me han dado. Definitivamente, es un alien .

Pero me viene al pelo el comentario.

—Sí, será mejor que dejemos que el paciente coma algo —dice Olivia, levantándose por fin—. Volveremos mañana al mediodía, ¿de acuerdo?

Asiento y le dedico una falsa sonrisa a Olivia, quien sin embargo, la reconoce como sincera. La enfermera me ayuda a incorporarme y, aunque me duele horrores el abdomen, me niego a mostrar debilidad. La sonrisa sigue en sus labios y ya empieza a darme miedo.

—¿Quiere que le ayude, señor Fairchild?

—Puedo solo, gracias.

La enfermera se retira de la cama y sale de la habitación. Justo antes de marcharse, compruebo en su perfil que aún no ha borrado su sonrisa de los labios y siento un escalofrío recorriendo mi espina dorsal. Eso sí que es dar grima de verdad.

Abro uno de los recipientes, que huele a rayos, por lo que lo cierro inmediatamente. Es sopa de sobre, pero de las malas. Abro el segundo paquete, este parece que huele mejor, pero es pescado hervido, y odio el pescado hervido; así que lo vuelvo a cerrar.

Y cuando voy a comprobar qué tengo de postre, rogando que no sean natillas, mi móvil emite un sonido extraño y vibra sobre la mesita de noche que tengo a mi lado.

—¡Maldita sea! —exclamo al intentar alcanzarlo. El dolor se vuelve punzante cuando me estiro y no puedo evitar dejar escapar una maldición; pero al menos, ya lo tengo en mis manos.

Desbloqueo la pantalla y veo un mensaje de texto de un número desconocido. Por eso no he reconocido el tono, ya nadie envía mensajes de texto.

A no ser que…

Pulso la tecla de aceptar y, en la bandeja de entrada, totalmente vacía, aparece una imagen borrosa. Tengo que descargarla para poder verla y odio hacerlo a ciegas; pero cuando voy a pulsar aceptar, obviando todo lo que sé sobre ciberdelincuencia, un nuevo mensaje entra en la bandeja:

“Por si tenías dudas de quién era la fuente”.

Mi pulso se revoluciona y aprieto el botón para poder ver la imagen…

Es el beso, ese que Ava me dio en la puerta del restaurante. El que ha destruido mi relación.

La ira sube por mi garganta. Agarro el móvil con fuerza, dispuesto a contestar a la altura, pero una segunda imagen entra en la bandeja, acompañada de otra frase:

“¡Ah! Y he ganado”.

Descargo la segunda imagen mientras siento como mi corazón galopa desbocado…

Es una foto de Christine. Está con Nathan en su casa, en el jardín donde cenamos la primera vez.

El dolor de las costillas me resulta nimio en comparación con el que siento en mi pecho al contemplar la escena. Ella ríe, él también. Se lo están pasando en grande…

Me quiero morir.

Un par de segundos después, docenas de fotografías inundan mi bandeja de entrada, fotografías que descargo sin dudar mientras me regodeo en mi dolor. En todas se ve la misma escena, tomada desde diferentes ángulos, pero la idea está muy clara: Christine está muy bien sin mí.

Y Nathan ha aprovechado la tesitura.

“Tener contactos, poseer información. Parece que has olvidado todo lo que te enseñé, Bash”.

El odio al confirmar que Ava estaba detrás de todo esto se une al intenso dolor de mi pecho, a la revolución de mi torrente sanguíneo, a las punzadas en mi sien.

Salgo de la cama casi arrastrándome, olvidándome de mis costillas, de mi nariz, incluso de la paliza que he recibido y de los Johnnesy.

Me pongo en pie, mi ropa está sobre la silla y me visto lo más rápido que puedo, y justo antes de salir de la habitación, le reenvío una de las fotos a Olivia por Whatsapp.

“Voy a matarlo”.

Ese es el mensaje que ella recibe en su móvil, el mensaje que tardará en descubrir aproximadamente un par de horas porque está ocupada haciendo lo que hacen las parejas cuando confían la una en la otra.

Eso que yo debería estar haciendo ahora mismo con Christine si no me hubiera reemplazado, en lugar de cojear hasta el ascensor más cercano, intentando huir sin ser descubierto del hospital en el que me encuentro, por haberme dejado golpear hasta perder el conocimiento.