Capítulo 31
Provocar
Escucho el clic de la puerta al cerrarse, Olivia ha debido salir por fin.
Le ha costado, sé que no le gusta verme taciturno, no está acostumbrada a que me deje llevar por los sentimientos, mucho menos, por esta desolación que he sentido al conocer la noticia de que Christine me ha dejado.
Pero al fin estoy solo, ya puedo recrearme en todos mis errores.
En lo doloroso que es sentirse descartado.
En lo mezquino que resulta que te abandonen sin darte la oportunidad de opinar sobre ello.
Le dije que me esperase, ella sabía que no podía demorarme ni un instante más, ¡asintió cuando le dije que terminaríamos la conversación más tarde! ¿Cómo ha podido marcharse sin despedirse? ¿Sin siquiera decirme adónde iba, o cuánto tiempo necesitaba para aclarar sus ideas?
Esa no es Christine, no la Christine que conozco, no la Christine de quien estoy desesperadamente enamorado.
La chica que me robó el corazón es fuerte, decidida, jamás se escabulliría a escondidas para evitar enfrentarme.
La mujer que puso mi mundo patas arriba habría hablado alto y claro, me habría montado una escena, habría impuesto unas normas o dado un ultimátum…
Pero jamás se habría quedado en un segundo plano.
Y sin embargo, es la misma mujer que ha salido de mi vida sin mediar palabra.
Sé que es culpa mía, no tengo duda alguna sobre ello, pero también sé que fui honesto con ella, tarde, sí, pero totalmente sincero.
Y me duele mucho saber que no fue suficiente, que aunque pareció que ella comprendía la situación y perdonaba mi comportamiento, no lo hizo de corazón.
Me escuchó, me creyó, pero las dudas resurgieron en el momento en que Ava volvió a aparecer en escena.
¿En qué lugar deja eso a nuestra relación?
¿A esa confianza que creí sincera? Porque el problema no es Ava, el problema es la inseguridad de Christine con respecto a mí.
Aunque Ava desaparezca de nuestras vidas, si ella no se siente segura conmigo, ocurrirá lo mismo cuando vuelva a sentirse amenazada, independientemente de cuántas veces le asegure que ella es la única para mí.
Porque no me cree, y eso no sé cómo remediarlo.
Levanto la cabeza y miro por la ventana, la luz del sol hace tiempo que desapareció.
Debo de llevar horas aquí sentado, pero no me he dado cuenta de que el tiempo ha pasado.
Alzo las cejas e intento levantarme, apartar a un lado todo este desconcierto que me ha provocado su marcha, y me doy cuenta de que me he olvidado por completo del caso que acabamos de resolver.
Debería llamar a Richard para que me confirme cómo avanza la situación, o a Olivia, para ver si hay noticias por parte de Scotland Yard; pero lo único que me apetece es ahogarme en alcohol.
Así, con suerte, también se me olvidará la enorme decepción que me he llevado con ella.
Avanzo despacio hacia la puerta, me duele un poco la cabeza, creo que no he comido nada en las últimas veinticuatro horas. Mejor, así me será más fácil emborracharme. Me voy directo al Footsteps , Myriam me dará la bienvenida en cuanto me vea entrar.
Al menos, aún hay alguien a quien le apetece verme, haya hecho lo que haya hecho.
***
—¡Vaya! ¿Hoy también por aquí?
Myriam me mira con una sonrisa en sus labios, pero sus ojos denotan una profunda preocupación por mi estado anímico, aunque también físico.
Ella recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies y esboza un gesto de desagrado.
Entonces, me miro yo también. Sí, doy un poco de pena.
He perdido unos kilos, llevo una camiseta arrugada y unos vaqueros desgastados reemplazan mis usuales pantalones de vestir.
Desde luego, no es este mi aspecto habitual, pero me da exactamente igual.
—Ponme un whisky , anda —respondo en un gruñido—, y no me des la murga, no tengo ganas de hablar.
—Llevas una semana viniendo cada noche a beberte mis reservas, Sebastian, y ninguna de ellas tenías ganas de hablar —me reprende suavemente.
—Pues entonces, no sé de qué te sorprendes. Nada ha cambiado, así que no hay nada que contar.
Myriam me sirve una copa del whisky más caro del pub , ella sabe perfectamente lo que me gusta, y permanece frente a mí en la barra, en silencio, pero analizándome con sus expertos ojos.
—¿Todo esto es por ella? ¿Por la chica despampanante?
Asiento con la cabeza, no tengo ganas de levantar mi vista de la copa que ya está a medio vaciar entre mis dedos.
—Mi cabeza está llena de interrogantes, Myriam, pero es su imagen la que prima sobre el resto de preocupaciones.
—¿Y por qué no hablas con ella?
—Porque ella no quiere hablar conmigo —susurro—. No quiere hablarme, ni escucharme, ni verme. Lo único que quiere es estar lo más lejos posible de mí.
Myriam se acerca a un cliente que acaba de sentarse tres asientos más allá del mío en la barra, le sirve lo que le pide a toda velocidad y vuelve frente a mí. Está preocupada, no pretendía que lo estuviera, pero es reconfortante saber que se interesa por mí.
—¿Y Olivia? ¿Ella no puede hacer de intermediaria entre vosotros? Si no recuerdo mal, se habían hecho amigas.
—Olivia está hasta los topes de trabajo, llega tarde a casa y está en la comisaría antes de su hora. El último caso ha traído demasiados quehaceres, ella no tiene tiempo para mí ahora —me lamento.
—¿Y su pareja? Esa chica tan encantadora…, ¿cuál era su nombre?
—Meredith tiene una hija a la que atender, no pienso ir a darle la tabarra con mis problemas, ya tiene suficiente con su trabajo, el bebé y apoyar a Olivia para que no desfallezca ante tanto trabajo.
—¿Y por qué no vas tú a ayudar a Olivia? Al menos, así estarías más distraído, y serías de más utilidad que sentado aquí, bebiendo sin parar.
—Porque no tengo ganas de ver a nadie que me recuerde todo lo que he perdido.
Myriam vuelve a quedarse en silencio. Me mira durante unos instantes, esperando a que trague la última gota de licor para volver a llenarme la copa y se sirve a sí misma otra igual.
—Sé que no soy nadie para opinar, y que no te gusta hablar de según qué temas, pero la única manera de salir de este callejón de autodestrucción en el que te estás empeñando en meterte es yendo a buscarla, Sebastian.
—Lo que quiero es meterme hasta el fondo en ese callejón —murmuro, con mis ojos clavados en el ambarino brebaje. Y lo apuro de un solo trago, hasta el fondo—. Ponme otra, sé buena.
La puerta del pub se abre violentamente.
No me sobresalto, estoy demasiado abotargado como para que algo me sorprenda, así que giro un poco mi cabeza para ver quién está entrando, con un minúsculo resquicio de esperanza de que sea Christine, que ha decidido que la espera ha terminado, que ya está lista para volver a casa conmigo.
Pero no. Son los hermanos Johnnesy.
—¡Vaya, vaya! El señor Fairchild en persona. —El que habla es Jack, el mellizo más bullanguero, el que está deseando partirme en dos en un callejón tan oscuro como el que acaba de describir Myriam—. Hacía tiempo que no nos veíamos…
—Intento no cruzarme con indeseables como vosotros —mascullo, llevándome la copa a los labios para volver a apurarla hasta el final. Myriam me lanza una mirada tensa, intenta advertirme de que no debo provocarlos, y yo asiento levemente con la cabeza.
—Sé que has estado viniendo por aquí a menudo últimamente, me extraña que no hayamos coincidido.
—Sí que hemos coincidido. Vosotros estabais en el cuarto de atrás, amenazando a pobres e incautos pusilánimes mientras yo me bebía este whisky tan delicioso.
Me la estoy jugando, pero quizá eso es lo que quiero. Miro a Myriam y veo la incertidumbre en su rostro. Alterna su mirada entre Peter, Jack y yo, preparada para salir corriendo en caso de que los mellizos decidan que mi descaro no les parece aceptable.
Siento cómo Jack se acerca, sé que se muere de ganas de arrancarme la cabeza de cuajo ahora mismo, los hermanos no han sido capaz de perdonarme que su mano derecha se haya pasado los últimos tres meses en la cárcel, supuestamente, por mi culpa; pero me da igual, no tengo miedo alguno.
De hecho, me apetece una buena pelea.
—Aquí el único pusilánime eres tú, enano —me increpa Jack, cuyo pestilente aliento ya siento en mi nuca.
—Deberías dejar de beber, Jack. O ir al dentista. O mejor, ambas cosas. —Jack se queda callado unos segundos, su minúsculo cerebro está tratando de procesar lo que le he dicho—. Lo digo porque te huele la boca a retrete, imbécil.
—¡Serás cabrón!
Jack se abalanza sobre mí, pero aunque el alcohol ya ha hecho efecto en mi sistema, mis reflejos son más rápidos que los suyos.
Esquivo su embestida dando un salto a mi derecha y su cabeza se estrella contra el tirador de cerveza, que queda bastante maltrecho al recibir el brutal empellón de esta mole humana.
La sangre empieza a manar de su frente y su horrible rostro se llena de ira.
Ahora no es solo desagradable a la vista, su cara se ha convertido en una terrorífica máscara veneciana.
—Eres tan lento como imbécil —me burlo con una media sonrisa prepotente.
—¡Aaargghh!
Con un rugido, Jack vuelve a lanzarse sobre mí, pero esta vez logra alcanzarme de lleno.
Me empuja hasta que mi cuerpo tropieza contra la pared más cercana, pero aprovecho que se separa de mí un instante para asestarle un puñetazo en la herida, de la que sigue fluyendo sangre; aunque eso solo lo despista un segundo.
Jack lanza un derechazo directo a mi mandíbula que esquivo sin dificultad y su puño choca contra la pared, arrancándole una alarido de dolor.
Sonrío y me separo de la pared, pero Peter ya está junto a nosotros, y él no es tan lerdo como su hermano.
—Estaba deseando que me dieras motivos, Fairchild.
Y ahora sí que nos enzarzamos en una pelea a puñetazos.
Peter me agarra de la camiseta para acercarme a su fea cara y me escupe en los ojos, impidiéndome ver por un instante, lo que aprovecha para tumbarme en el suelo de un solo golpe.
Los Johnnesy son enormes, y aunque yo no me quedo atrás, sé que no soy rival si se empeñan en darme una paliza. Aun así…
—¿Eso es todo lo que tienes? —lo provoco.
—Solo estoy calentando, muchacho.
Desvío la mirada hacia Myriam, quien nos observa con pánico en su rostro. No se ha marchado, está paralizada por completo y sé que teme por mi vida. No es la primera vez que ve salir a algún hombre del pub directo al hospital.
O a la morgue.
Al intentar incorporarme, Jack vuelve a lanzar un bramido y se ocupa de levantarme y de cerrar su abrazo alrededor de mis hombros, dejándome a merced de Peter. Él se acerca despacio, relamiéndose de gusto ante lo que está a punto de pasar, y antes de que me dé cuenta, ya me ha golpeado una vez.
Y empieza a contar.
—¡Esto por Lester! —El puñetazo se hunde en mi estómago, haciendo que me incline hacia delante—. ¡Esto por Blair! —Ahora un izquierdazo directo a mi mandíbula, que me obliga a mirarlo a los ojos. Y ya estoy sangrando—. ¡Esta por mi hermano!
Peter se explaya en mi cara, cada golpe me resulta menos doloroso que el anterior porque estoy a punto de perder la consciencia, cosa que agradezco enormemente porque así dejaré de regodearme en lo insulsa que es mi vida sin Christine.
Cuando parece que empieza a cansarse, yo solo escucho los gritos de Myriam, creo que pidiéndole a Peter que pare de una vez.
Se retira de mí un instante, solo lo justo para darme la oportunidad de mirarlo a los ojos, si es que me atrevo.
Mi cabeza cuelga inerte de mi cuello y ya no me apetece seguir recibiendo hostias, pero hago un último esfuerzo y levanto mi mirada hacia donde supongo que está él.
Da igual, solo veo un borrón delante de mí, pero sonrió como puedo.
—¿Ya hemos terminado? —me escucho decir.
—Espero que hayas aprendido la lección: nadie se mete con los hermanos Johnnesy sin salir mal parado.
Entonces, Peter estrella su puño en mi nariz.
***
Me duele todo.
Abro los ojos, tengo frío.
¡Dios! ¡No puedo respirar! ¡Peter ha debido romperme la nariz!
Abro la boca para llenar mis pulmones de oxígeno y me sobreviene un terrible golpe de tos.
Estoy tirado en el suelo boca abajo, en medio de un charco de sangre, que presumo que es toda mía, y siento cómo sale un poco más de mi boca, que me apresuro a escupir.
Me llevo la mano a la nariz para comprobar los daños y compruebo que no está rota, no puedo respirar porque la sangre se ha secado y me ha taponado los orificios nasales.
Pero las costillas son otra cosa.
Entre gemidos, consigo sentarme sobre el asfalto y miro a mi alrededor.
Reconozco el callejón, es donde se acumula la basura del Footsteps , así que me siento afortunado, no me han llevado a su guarida para continuar torturándome.
De repente, la puerta trasera del local se abre y aparece Myriam, que corre hacia mí con desesperación.
—La ambulancia viene de camino —me dice, mientras me apoya contra su cuerpo.
—No necesito ninguna ambulancia, puedo caminar por mí mism…
Al intentar moverme, un dolor sordo me arranca un gruñido. Myriam me sujeta con fuerza, impidiendo que vuelva a moverme, y por una vez, me dejo hacer.
—Nada de eso, Sebastian. Tienes la nariz rota, cortes por toda la cara y una costilla fracturada, como mínimo.
—La nariz no está rota, ya lo he comprobado —susurro, casi sin fuerza.
—Eso será mejor que lo diga un médico, cariño.
—Llama a Olivia, seguro que ella…
—¡Chist! —me insta a callarme—. Ahora mando yo, ya está bien de salidas de gallito estúpido. ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué has provocado a los Johnnesy? ¡Podrían haberte matado y…!
—Me habrían hecho un favor, la verdad. Así terminaría con este infierno de una vez por todas —murmuro, casi de forma ininteligible.
—Mira, niñato, deja de decir estupideces. Nadie se merece que te expongas al peligro de esa manera. ¿Es que no te dan pena tus padres? ¿Tu familia?
En ese instante, recuerdo a Richard, todo lo que me ha estado ocultando durante años, todas las mentiras, todas las dudas que ha sembrado en mi mente.
Recuerdo cuántas veces he tenido que huir de su estrecha vigilancia, supuestamente “en mi favor”, y me doy cuenta de que siempre he sido su marioneta, y de que no tengo ni la más remota idea de qué otros miembros de mi familia están al tanto de ello.
—Yo ya no tengo familia, Myriam. No tengo nada.