Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Desmontando

No quiso llamar a Olivia por teléfono. Sebastian le dio las indicaciones al conductor y repasó mentalmente todo lo que había ocurrido aquel día, desde el rescate de Ava hasta el momento en que salió de la casa de Sean Gambler.

Demasiadas sorpresas, demasiadas mentiras, y la traición de su tío erigiéndose en su preocupación principal.

¿Qué es lo que tenía Ava en su contra como para haber podido manejar a Richard Fortress con tanta facilidad?

¿Qué tipo de amenaza había esgrimido contra él para que se aviniera a desvelarle la dirección de su apartamento, la de Christine en Italia o incluso su teléfono móvil?

¿Había sido Richard quien se había ido de la lengua?

¿O Ava había obtenido esa información a través de otra persona?

No estaba seguro de nada, lo que sí tenía cristalino era que ellos habían mantenido el contacto, y que Ava podía ejercer cierto poder sobre su tío.

Tenía que averiguar las razones y no descansaría hasta que lo consiguiera.

Su intimidad había sido violada impunemente, contra eso ya no podía hacer más que rastrear su casa en busca de dispositivos emisores de señal; pero, ¿quién le decía que no hubiera otros en casa de sus padres? ¿O en la de los padres de Christine?

Negó con la cabeza, abrumado por el gigantesco cometido que tendría que llevar a cabo en el momento en que estuviese seguro de que todo el asunto de la cumbre estaba resuelto, y una vez tomada la decisión, la descartó al fondo de su mente para centrarse en la misión más importante, la que tendría que resolver nada más llegar a su apartamento: contárselo todo a Christine, convencerla de que Ava había salido de sus vidas para siempre y hacerle olvidar su visita.

Tal y como entró en su casa, marcó el número de Olivia para darle las instrucciones precisas sobre lo que Scotland Yard tenía que buscar y por dónde debía empezar, pero se sorprendió al escuchar el tono del teléfono de su compañera resonando en el estudio.

No había posibilidad de error, Olivia había elegido la banda sonora de la película Rocky , decía que la llenaba de fuerza.

Subió las escaleras apresuradamente, suponiendo que Olivia y Christine estarían arriba, trabajando, pero al entrar en el laboratorio solo se encontró de frente con Olivia, que lo miraba con una expresión preocupada que Sebastian achacó a la necesidad de saber qué había ocurrido.

Pero no podía estar más equivocado.

—Ya he hablado con Richard —empezó Olivia, interrumpiendo la pregunta que él estaba a punto de hacer—.

El dispositivo de rastreo está en marcha y parece que no va a ser difícil dar con el paradero de Maggie Gambler.

Los sacos de fertilizante ya han empezado a desalojarse, estimamos que tardaremos unos cuatro días en terminar la labor, la policía ha organizado un dispositivo gigantesco para ocuparse de ello.

—Aa-aah, bien —atinó a intervenir Sebastian, sorprendido ante la súbita eficiencia de Scotland Yard—. Se ve que son mucho más diligentes acatando órdenes que deduciendo a partir de pistas —añadió, incapaz de dejar escapar la oportunidad de mofarse de la policía una vez más.

Sin embargo, Olivia no sonreía, seguía mirando a Sebastian con cara de preocupación, buscando en sus ojos la pregunta de la que solo ella tenía la respuesta.

—Y no te preocupes —continuó, sin levantar su mirada inquieta de los ojos de su amigo—, los encargados de perpetrar la irrupción en la cumbre de este fin de semana ya han sido identificados y esperamos que todos estén entre rejas entre hoy y mañana.

La redada les va a coger totalmente desprevenidos, porque Sean Gambler ha estado más que dispuesto a colaborar.

Cuando han contactado por teléfono con él, les ha confirmado que el plan sigue el curso previsto.

Por eso hemos empezado a desalojar el fertilizante, ninguno de los implicados sospecha nada.

—Increíble trabajo, señorita Abberline —sonrió Sebastian—, resulta usted cada vez más eficiente.

—En cuanto al resto de las capitales europeas, los responsables de estado ya han sido informados y alertados y se han puesto en marcha dispositivos similares en todos los puntos calientes —terminó Olivia, aún mirando a Sebastian con gravedad, cosa que sorprendió al detective.

—Entonces, según entiendo, mi trabajo ha terminado.

—Eso parece.

—Pero tú no pareces estar contenta.

—Ya se me pasará —respondió Olivia escuetamente.

—Bien…, entonces, si no te molesta, voy a mi dormitorio —anunció, volviéndose hacia la puerta—. Christine y yo tenemos una conversación pendiente.

—Christine se ha ido, Sebastian.

Sebastian detuvo sus pasos y giró levemente la cabeza para cerciorarse de que había escuchado correctamente las palabras de su amiga.

—¿Se ha ido? ¿Adónde?

—Ha vuelto a casa.

Sebastian permaneció inmóvil, petrificado mientras asimilaba lo que aquello significaba. Segundos más tarde, alzó la cabeza y se quedó mirando las escaleras, comprendiendo que todos sus esfuerzos por retenerla habían sido inútiles.

—Me dijo que fuese yo quien te explicara las razones de su ausencia según yo las entendiese —continuó Olivia—, pero creo que no hará falta. La conoces lo suficiente para saber por qué ha elegido marcharse antes que tener que volver a mantener la misma conversación contigo.

Sebastian apretó la mandíbula con fuerza y tragó saliva. Cerró los puños hasta que sus nudillos perdieron el color y asintió con la cabeza.

—¿Te ha dicho si es algo puntual? —masculló.

—Me ha dicho que necesitaba tiempo para pensar, para estar segura de que lo que estaba construyendo contigo no era en realidad un proyecto en solitario —respondió Olivia, apurada.

Sebastian asintió lentamente, aún dándole la espalda a su amiga. Se mantuvo allí de pie, sintiendo cómo el peso de toda la casa se cernía sobre él, cómo su pecho le rogaba que respirase más hondo para poder paliar la angustia que sentía su alma. Volvió a tragar saliva y reanudó sus pasos.

—¿No vas a ir a buscarla? —preguntó Olivia alzando la voz, incrédula ante la calmada reacción de su amigo.

—No.

Sebastian bajó las escaleras, abrió la puerta de su dormitorio y permaneció junto al umbral, apreciando cada detalle, cada rincón que ella había dejado vacío.

La imaginó mientras hacía la maleta a toda velocidad, con sus ojos llenos de lágrimas, con el pecho encogido mientras Olivia le rogaba que atendiese a razones; pero ella negaba con la cabeza una y otra vez.

Y no dejaba de llorar.

—Solo tienes que aclararlo todo, Sebastian —sonó la voz de Olivia a su espalda.

—Todo está claro entre nosotros, cristalino, me atrevería a decir —murmuró.

—Es normal que surjan los celos en una pareja tan reciente como la vuestra, solo lleváis juntos tres meses, no os conocéis lo suficiente como para…

—Todo eso ya lo sé, pero no es esa la cuestión, Olivia.

—¿Y entonces cuál es?

—La ausencia de confianza. —La frase salió de sus labios dolorosamente, como si pronunciarla le hubiese desgarrado el pecho desde dentro.

Sebastian intentó volver a tragar saliva, pero sus glándulas habían decidido no facilitarle la labor y terminó tosiendo como si estuviese enfermo—.

No he sabido ofrecerle la confianza que necesitaba, no he estado a la altura en ningún momento, y ahora he de pagar las consecuencias.

Olivia pasó al dormitorio para enfrentarlo directamente, lo agarró por los hombros y lo sacudió para obligarlo a que la mirase.

—Fuiste claro con ella, ¿no? La jodiste, vale, ¡pero luego lo arreglaste! ¡Y fuiste muy convincente! ¡Yo misma vi su expresión cuando salió ayer de su habitación después de haber estado contigo y no vi sombra alguna de resentimiento!

—Precisamente por eso no voy a ir a buscarla, Olivia. Si aun después de haberle explicado la situación, ella prefiere alejarse, está en su derecho. Sus razones deben ser poderosas y yo no soy nadie para obligarla a cambiar de opinión.

—¡Eres su pareja! ¡El hombre que salvó su vida y que está dispuesto siempre a volver a hacerlo! —exclamó Olivia al borde de las lágrimas—. ¿No es eso suficiente?

—Al parecer, no. Y me niego a estar junto a ella si mi presencia le hace daño.

En aquel momento, Sebastian recordó sus propias palabras, cómo le había prometido a Christine que jamás volvería a provocarle dolor alguno, incluso aunque tuviera que prescindir de ella.

—No te rindas, Sebastian, esto es solo una cuestión de orgullo herido, pero si no vas a buscarla, se convertirá en una zanja enorme entre vosotros.

—Vete a casa, ve a ver a Meredith. Ella te necesita ahora mismo mucho más que yo —susurró, entrando en su habitación.

—¡No pienso echarme a un lado! ¡No pienso quedarme sentada mirando cómo mi mejor amigo destroza su vida por tozudez! ¡O por orgullo! ¡O por lo que sea que te esté impidiendo ver las cosas con claridad!

—No es nada de eso. Solo estoy respetando sus deseos. Cuando ella comprenda cuánto la amo, cuando esté lista para aceptar que no hay ni habrá nadie en mi vida si no es ella, volverá. O eso espero.

Sus palabras reflejaban amargura, pero también aceptación.

—Ella dijo que no estaba segura ni siquiera de sí misma. Esa falta de confianza reside en ella, no en lo que siente por ti. Y mucho menos, en lo que tú le transmites.

—En eso te equivocas. Lo que yo le he transmitido es precisamente la causa de su inseguridad y desconfianza, pero no sé cómo lograr que ella me crea, aparte de siendo completamente sincero.

No tengo dobleces, Olivia, pero ella cree que soy inmaduro, que no estoy listo para amar y que solo me he enamorado de ella porque me sorprendió cuando la conocí.

Y por ende, que dejaré de amarla en cuanto otra mujer suscite mi curiosidad.

—¡Pero eso es mentira!

—Pero para ella, es cierto —se lamentó—. Se ha creado una imagen en su cabeza que me va a ser muy difícil desbancar solo con palabras.

—Una imagen que Ava se ha ocupado de introducir.

—Así es.

—¿Y? ¿Vas a dejar que sea ella quien gane? ¿Que esa mujer estúpida y mezquina te arrebate lo que más quieres? —exclamó Olivia, fuera de sí.

—Me ocuparé de que pague por ello, cuando llegue el momento.

—¿Q-qué quieres decir? —preguntó Olivia, preocupada.

—El caso en el que estábamos trabajando ha terminado, pero se ha abierto uno nuevo, uno en el que tengo que trabajar yo solo y que terminará cuando obtenga todas las respuestas que necesito, y la venganza que merezco.

Sebastian se había sentado en uno de los pequeños sofás de la habitación mientras hablaba, y no había levantado la mirada del suelo en ningún momento.

Olivia lo observó detenidamente durante un par de minutos, buscando las palabras adecuadas para poder reconfortarlo; pero al escuchar su sentencia, lo hizo con más ahínco, desesperada por que Sebastian eliminase la venganza de su mente.

—Sebastian, no hagas esto, no te hagas esto a ti mismo.

—Márchate, por favor. Necesito estar solo.

Olivia iba a responder, pero supo que era absurdo continuar insistiendo.

Sebastian no estaba listo para enfrentar la situación, el dolor lo atenazaba y estaba sumiéndolo en un agujero muy negro y muy hondo al que él se aferraba como si fuera el mástil de un barco a punto de naufragar.

Sabía que ella tendría que ayudarlo a salir de él, sabía que él era consciente de que podría contar con ella en todo momento; pero también supo que ese momento aún no había llegado.

Y que tardaría mucho en hacerlo.