Capítulo 29 #3
—Pero, ¿cómo vamos a averiguar dónde tienen escondida a mi hija? —balbuceó Sean, aún de rodillas en el suelo.
—Scotland Yard tiene poco más de veinticuatro horas para detener a los encargados de perpetrar el asalto a la cumbre de Londres y localizar a su hija, señor Gambler; solo espero que el buen hacer de mi tío y de la policía británica sean suficientes para evitar desastres mayores.
Ava miraba a Sebastian completamente arrobada.
No había dejado de impresionarla desde que la había salvado de una muerte casi segura horas antes, pero escucharlo resolver el caso en cinco minutos, hilando datos a una velocidad pasmosa, había logrado que su interior se arrebolara sin remedio.
Se acercó a Sebastian despacio, admirándolo como si de una estrella de cine se tratase; sin embargo, él la recibió con una mirada fría y penetrante, desprovista de sentimiento alguno.
—Te haría mío ahora mismo si no fuese porque estamos rodeados de dos de los miembros más influyentes de la política internacional —susurró, encendida.
—No conseguirías tocarme ni aunque me tuvieses un mes encerrado y encadenado sin agua ni comida, Ava —respondió Sebastian, mirándola con calma, dejando patente su superioridad—.
A partir de este momento, no quiero que vuelvas a cruzarte en mi camino, ni a dirigirte a mí a través de ningún medio disponible.
Lamento profundamente haber accedido a tus estúpidos deseos solo para ayudar a Richard, me ha quedado claro que podía defenderse por sí mismo —gruñó Sebastian mirando a Richard de soslayo.
—Sin ti, no habríamos podido averiguar lo que se estaba tramando, Bastian —aseveró Richard, apurado.
—Yo creo que lo habríais logrado si os hubieseis tomado la amenaza en serio en algún momento, pero estáis tan acostumbrados a que todo el mundo os obedezca y a ser el centro de todos los tejemanejes y asuntos turbios que se cuecen cada día en este bendito país, que habéis olvidado una premisa fundamental.
—¿Y cuál es? —preguntó Ava, inquieta.
—Que las personas son impredecibles cuando sienten que no tienen nada que perder —respondió, con sus ojos oscurecidos por la ira.
Sebastian giró sobre sus talones y se apresuró hacia la salida, pero justo antes de salir de la habitación, la voz de Richard lo detuvo.
—Hablaré con Olivia inmediatamente para que organice un pequeño grupo de rastreo, creo que encontraremos a su hija antes de que termine el día, señor Gambler.
—Y espero que, para el alba, esté usted entre rejas —añadió Sebastian, mirando a Sean a los ojos.
Sean se hundió en un mar de lágrimas y se dejó caer sobre un costado en el suelo, temiendo por su futuro, pero sobre todo por su hija.
—¿Y yo? —preguntó Ava—. ¿Puedo…?
—Tú te ocuparás de localizar a todos los miembros de esa maldita lista en el más absoluto secreto, no queremos cabezas que exploten como globos en la mesa de operaciones —dijo Sebastian—; tendrás que deshacer tu repugnante trabajo, “doctora” Lutman.
Y tú, tío, ocúpate de los altos cargos, creo que eso es lo que mejor se te da, a la vista de las conclusiones de esta investigación —murmuró, mirándolo con desdén—.
Organízalo todo para que podamos seguir viviendo en este mundo, tal y como lo conocemos.
Y sin añadir ni una sola palabra más, Sebastian salió de la habitación, intentando controlar todo el dolor y toda la angustia que le habían provocado aquellas dos últimas horas, así como la ira y la decepción que habían crecido en su interior exponencialmente hacia el hombre que, hasta hacía solo unos días, creía de su confianza.
—¿Adónde vas?
La voz de Ava le hizo detenerse justo antes de llegar al borde de la acera, pero no se giró para mirarla, no quería volver a sentir el deseo de estrangularla con sus propias manos estando a solas porque sabía que no podría controlarse.
—A casa.
—Bien. Descansa, lo necesitas. Y cuando estés preparado para saber todo eso que aún no sabes, pero que deseas averiguar con tanto fervor, no dudes en ponerte en contacto.
Creo que ahora sabrás perfectamente cómo dar conmigo cuando la curiosidad sea superior a tus ansias de arreglarte con la pija esa que tienes por novia.
Sebastian respiró hondo y contó hasta tres. Tragó saliva, cerró los ojos y avanzó un par de pasos para llamar a un taxi. Ava esperó pacientemente a que él respondiera, sabía que tendría la última palabra en aquella situación, pero él siguió en silencio hasta que el taxi paró a su lado.
Y al abrir la puerta trasera, le dirigió una mirada llena de odio, un odio que ella jamás había visto antes en su rostro.
—Te aseguro que averiguaré todo lo que respecta a Richard, a ti, y a la relación que habéis mantenido a mis espaldas antes de lo que imaginas; pero lo haré por mi cuenta. Desde ahora, prescindo de sus “inestimables servicios”, señorita Lutman.
Sebastian entró en el taxi y se marchó sin mirar atrás, dejando a Ava de pie en la acera con expresión contrariada.
“Ya veremos quién ríe el último, Bash”, pensó.
Y una sonrisa asomó a la comisura de sus labios.