Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Eidan

Acabamos de aterrizar y, tal y como he puesto un pie en esta tierra, un frío húmedo e imposible de vencer se ha instalado dentro de mi cuerpo. Es cierto que Oslo es una ciudad gélida incluso en verano, pero el frío que siento tiene más relación con la incertidumbre que con el clima.

Hace mucho tiempo que no sé nada de Eidan, por eso me sorprendió tanto dar con él tan fácilmente.

Solo tuve que poner en marcha una señal, una baliza para que él supiera que necesitaba su ayuda, y en menos de diez minutos recibí un mensaje encriptado en el que se me indicaba una dirección de la capital Noruega.

Me habría gustado tener más tiempo para explicarle a Christine por qué nos íbamos, a quién íbamos a buscar y qué consecuencias tendrían nuestros movimientos, pero solo he podido hacerle un resumen sucinto, quizá demasiado, pero hacer esperar a alguien como Eidan no es una opción.

Así que abandonamos Londres en silencio tan pronto como recibí instrucciones, arriesgándonos a desaparecer del mapa si a Eidan le apetece y sin que nadie sepa dónde encontrarnos.

Pero no tenía otra opción. Solo él puede sacarme de dudas.

Casi no tengo tiempo de dejar las cosas en nuestro hotel.

Tal y como entramos en la habitación que se nos ha asignado, recibo la localización de un coche, que al parecer me espera en la puerta.

El mensaje que lo acompaña deja muy claro que debo ir solo, así que miro a Christine y niego con la cabeza.

—Es demasiado arriesgado, Ash, no comprendo por qué he de quedarme al margen —se queja, abrazándose fuerte a mí.

—Sus reglas, Christine, ya te lo he explicado. Hay poco que discutir cuando se trata con gente de la calaña de Eidan Promptor si es que pretendes salir con vida. Y te aseguro que no tengo ninguna intención de dejarme asesinar.

Ella me aprieta aún más fuerte contra su cuerpo y yo beso su cabello, tratando de infundirle una seguridad de la que yo mismo carezco en este momento.

—Prométeme que tendrás cuidado —insiste.

—Te aseguro que volveré antes de lo que crees. Tú quédate aquí y no abras la puerta a nadie, bajo ningún concepto, ¿me has entendido?

—No le abriré la puerta a nadie y no me moveré de aquí, pero ten cuidado.

Nos besamos una vez más y, aunque me cuesta horrores separarme de ella, logro hacerlo finalmente.

Mientras bajo en el ascensor, vuelvo a arrepentirme de haberla traído conmigo, pero tenía que cumplir la promesa que le hice de no ocultarle nada nunca más, incluso aunque hacerlo supusiera arriesgar su vida.

Y eso es precisamente lo que estoy haciendo, arriesgar su vida y la mía para poder terminar con la amenaza constante a la que estoy sometido desde que la maldita Ava Lutman volvió a aparecer en mi vida.

El taxi me deja frente a la puerta de una casa bastante bonita, nada ostentoso, pero me queda claro que este barrio es de clase alta.

El vaho se arremolina a mi alrededor mientras avanzo hacia la puerta para llamar al timbre, cada vez siento más frío, pero nada en comparación con el pánico que me invade al notar que un hombre me espera oculto entre las sombras del porche delantero.

—¿Eres Sebastian? —Su voz suena extraña, como si llevase un distorsionador incorporado. Yo asiento y él se acerca a la luz para que pueda ver su rostro—. Dime a qué hora se pone el sol.

—A las siete y treinta y dos —respondo. Es solo una clave que Eidan y yo creamos la última vez que nos vimos.

Si la respuesta no era la correcta, significaba que alguien me había seguido, que nuestro encuentro no era seguro.

El hecho de que aún recuerde nuestro código, después de tantos años, me infunde ánimos, incluso me parece que el frío ha amainado un poco.

—Sígueme.

El hombre que camina delante de mí es alto y rubio, de ojos tan claros como el agua y tan ancho de hombros como Jack Johnnesy, pero sin el aire zafio y rudo del taimado maleante.

Podría infiltrarse en una fiesta de alto copete sin levantar sospechas, pero también matar a un hombre a sangre fría sin despeinarse.

Eidan tiene fama de escoger muy bien a sus hombres, es imperativo tener personas de confianza bien preparadas cuando te dedicas al intercambio de información.

Bueno, mejor dicho, a robar información para el mejor postor.

Damos la vuelta a la propiedad y llegamos a la puerta trasera, custodiada por un par de guardias armados hasta los dientes, pero bien ocultos a la vista del vecindario.

Eidan ha creado una especie de antesala que parece estar blindada, entiendo que no desea llamar demasiado la atención sin perder un ápice de seguridad.

Los dos guardias me cachean a conciencia y, cuando quedan satisfechos, uno de ellos abre la puerta de la casa por fin.

Lo primero que me resulta chocante es el ambiente cálido y acogedor que se respira en la cocina, que es la primera estancia con la que me encuentro.

Cualquiera diría que esto es un hogar corriente donde reside una familia de clase media con dos o tres hijos, y no la guarida de un espía que es además un asesino a sueldo y que se gana la vida ejecutando órdenes y personas sin hacer preguntas.

—Espera aquí —me ordena el hombre que me ha recogido en la entrada.

Tomo asiento donde él me señala, una silla de madera muy incómoda y diferente del resto de las que rodean a la mesa de comedor.

Está claro que el dueño no desea que sus “invitados” se acomoden.

Solo son negocios, y Eidan es de esos que desean encuentros breves en los que se intercambien instrucciones precisas.

Y nada más.

Pero al verlo entrar en la estancia, tan derecho como si aún tuviese treinta años, noto enseguida que este no va a ser un encuentro breve. Ni mucho menos.

—Jamás pensé que te vería sentado en esta cocina, Sebastian…

¿Será capaz Sebastian de mantener su promesa a Christine o se apartará de ella para mantenerla a salvo?

¿Volverá Ava a inmiscuirse en la relación de nuestros protagonistas?

¿Cuál es el secreto que esconde Richard?

Las respuestas a todas estas preguntas en el próximo caso: Sebastian: Oscuro.