Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Sean

Al llegar frente a la puerta de la magnífica mansión donde vivía el Ministro de Exteriores, Richard le pidió a su mayordomo que anunciase su llegada, para no levantar sospechas.

El atareado sirviente no desconfió, Richard Fortress era un habitual de aquella casa, así que no se molestó en poner a su empleador sobre aviso.

Sin embargo, cuando Sean bajó al salón y comprobó quiénes acompañaban a su colega, palideció inmediatamente.

—No es lo que tú piensas, Richard —balbuceó, retrocediendo tres pasos sin dejar de mirar a Richard.

—¿Y qué es lo que crees que pienso? ¿Que eres un traidor? ¿Que has expuesto la seguridad nacional a indeseables sin cerebro por dinero? ¿Por asqueroso dinero?

—He sido víctima de un chantaje demasiado elaborado como para poder detenerlo —masculló Sean, respirando agitadamente.

—¡Pamplinas! ¡Deberías haber contado conmigo, no venderme al mejor postor, imbécil! —bramó Richard—. ¿Alguna vez te he dado la espalda? ¿No me he ocupado de tapar tus escándalos una vez tras otra, para mantener tu reputación y tu dignidad incólumes, Sean?

—Esta vez, ni siquiera tú podrías…

—¡Eso no lo sabes! ¡No lo sabes porque no tuviste los huevos de…!

—¡Tienen a mi hija!

Sean Gambler se derrumbó literalmente al pie de las escaleras que subían a los dormitorios, hecho un despojo humano, y empezó a llorar desconsoladamente.

Los tres visitantes contuvieron la respiración sin saber cómo reaccionar.

Fue Sebastian quien, lleno de una repentina compasión por aquel hombre al que no conocía de nada, se acercó a Sean para ayudarlo a levantarse del suelo.

—Señor Gambler, creo que necesitaremos una explicación un poco más extensa si es que quiere que podamos ayudarle.

—¡No lo compadezcas! —gruñó Richard, airado—.

Se ha estado riendo de todos a nuestras espaldas, ha puesto la seguridad nacional en peligro y estoy seguro de que se ha lucrado ampliamente con ello.

¡No te dejes engañar por una explosión sentimental fingida y premeditada!

¡Deberías sentirte tan asqueado como yo, Sebastian!

—Prefiero no llegar a conclusiones antes de escuchar los hechos, tío.

Al contrario que tú, aún confío en la raza humana más que en certezas retrógradas y poco contrastadas —murmuró Sebastian, acompañando a Sean hasta la inmensa mesa de comedor que presidía la enorme habitación—.

Señor Gambler, espero que mi gesto no le induzca a error, estoy aquí para llegar al fondo de todo esto y para intentar salvar Londres; pero también para que se haga justicia.

—¿Pero quién es usted? —murmuró Sean.

—Soy el hombre que puede salvarle el culo o encerrarlo en la celda más oscura de la cárcel nacional. Todo depende de cuán convincente resulte a partir de ahora. Sea exhaustivo, pero conciso. Si no me equivoco, no tenemos demasiado tiempo para actuar.

La voz de Sebastian inducía a la obediencia, pero su mirada, que se había vuelto oscura y amenazadora desde que supo que había sido el juguete de Ava y que su tío lo había permitido, obligaba a una sinceridad absoluta.

Sean sintió la ira de Sebastian tan adentro como si se hubiese colado en el fondo de su mente, y no tuvo el menor reparo en empezar a hablar, creyendo a pies juntillas que aquel hombre que se mostraba compasivo con él, pero que encerraba una profunda oscuridad en su corazón, era el pasaporte para la salvación de su hija.

Y que él sería el único que podría interceder a su favor, si es que eso aún era posible.

—Hace cuatro años, el líder de una organización que velaba por el medioambiente se puso en contacto conmigo para pedirme audiencia —empezó despacio—.

No le hice demasiado caso, entonces ni siquiera conocía la existencia de aquel grupo, ya que operaba principalmente en pequeños países de Europa del Este.

Estaban poco y mal organizados y mis consejeros me indicaron que no suponían ninguna amenaza.

—Así que no accedió a esa reunión —dijo Sebastian. Sean negó con la cabeza.

—Meses más tarde, ese hombre volvió a ponerse en contacto conmigo, pero en aquella ocasión fue mucho más contundente.

Me amenazó directamente, exponiendo una lista de requerimientos que el gobierno británico debía cumplir y ocuparse de hacer extensible al resto de los gobiernos de Europa, todos ellos absurdos y poco prácticos, incluso sobre el papel.

A cambio, se me “ofrecía” la no intervención del grupo armado en la paz europea, así como una débil garantía de que a mi familia se la dejaría aparte de todo aquel turbio asunto.

—Y te reíste de ellos —sugirió Richard.

—No solo me reí —se lamentó Sean—, los reté, seguro de que todo aquello no era más que un farol.

Sabes de sobra que no tengo poder para avenirme a ningún tipo de acuerdo, mucho menos, bajo coacción —aseveró, buscando comprensión en su colega—.

Accedí a reunirme con su líder y lo ridiculicé delante de sus hombres.

—Un error que le ha costado demasiado caro —murmuró Ava.

—Días después, recibí en casa una caja, por supuesto, sin remitente. Llamé a artificieros antes de abrirla, pero me dijeron que no contenía ningún explosivo, así que la abrí en cuanto estuve a solas. Dentro encontré…, digamos que había pruebas de todas mis “faltas” en aquella caja.

—Dios mío, Sean… —murmuró Richard, cubriendo sus ojos con su mano izquierda.

—E imagino que iba acompañada de la amenaza de hacerlo público si no hacía lo que le pedían —coligió Sebastian.

—Así es.

—Qué vergüenza —murmuró Richard—. ¿Y qué era exactamente lo que te pidieron, Sean? ¿Qué era tan importante como para jugársela raptando a la hija de un alto cargo del Ministerio? —inquirió Richard.

—Lo primero que solicitaron fue la intervención de la señorita Lutman.

—Para implantar los chips… —apuntó Sebastian. Sean asintió cabizbajo.

—De esa forma, podrían ejercer su poder con mayor facilidad y persuadir a aquellos que ya eran dirigentes, o que podrían llegar a serlo en años posteriores. Además de eso, solicitaron acceso a la Torre de Londres para…

—Eso podemos saltárnoslo, señor Gambler —lo interrumpió Sebastian—. ¿Qué es lo que pretendían conseguir?

—Que la ejecución del grupo de leyes para la protección del medioambiente se agilizara. Quieren que la batería propuesta para dos mil cuarenta entre en vigor este mismo fin de semana —desveló por fin Sean.

—¡Eso es una locura! —exclamó Richard— ¡Además, es imposible! Hay que seguir protocolos organizados para ir implantando medidas paulatinamente para que todas las naciones lleguen a los plazos establecidos.

—Richard, ellos no entienden de plazos, ni de protocolos, mucho menos, organizados por políticos —masculló Sean, mirándolo a los ojos con humildad—.

Cedí al chantaje, no vi otra salida, así que permití que accedieran a la Torre, no creí que la cosa fuese a desmadrarse ya que solo estaban utilizando los pasadizos como almacenamiento; pero hace unos meses, descubrí que todo estaba relacionado con la cumbre de este fin de semana.

—Y decidiste actuar… —dijo Richard.

—¡No iba a permitir que continuasen con lo que fuese que estuvieran haciendo! —gimió Sean—. No podía decirles que los había descubierto, habrían cumplido con sus amenazas enseguida; así que… les mentí.

—¿Cómo? —inquirió Richard con los ojos muy abiertos.

—Les dije que había perdido la potestad de permitir el libre acceso de los camiones a la zona y les prometí que encontraría a alguien que pudiera hacerlo en mi lugar.

—Pero se dieron cuenta de que era solo una excusa —dijo Sebastian.

Sean asintió despacio y su expresión cambió por completo.

—A la mañana siguiente, mi hija… —la voz de Sean se quebró y las lágrimas empezaron a barrer su rostro—, no estaba en su habitación; en su lugar yacía una carta, con la promesa de que, si continuaba haciendo la vista gorda, me la devolverían sana y salva una vez que su misión tuviera éxito.

—¿Su hija lleva retenida desde entonces? —preguntó Sebastian, atónito.

—Así es. Sé que está bien, no le han hecho ningún daño porque me permiten hablar con ella de vez en cuando, pero también sé que acabarán con ella si no sale todo como ellos desean.

—¿Y una organización de poca monta ha puesto a sus pies al gobierno solo con un movimiento? —preguntó Ava, extrañada.

Esa misma pregunta era la que carcomía sin descanso la mente de Sebastian.

Había permanecido en silencio mientras escuchaba hablar a Sean, dándole vueltas a una idea.

Una luz se había encendido de repente en el fondo de su mente, pero había algo que se le resistía, algo que chirriaba tan fuerte como un tren descarrilando.

—¿Y si no es una organización de poca monta? —masculló. Sebastian empezó a caminar arriba y abajo del salón, murmurando en voz baja, ante la mirada estupefacta de todos los presentes.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Richard.

De repente, Sebastian se detuvo, sacó su teléfono móvil y empezó a teclear a toda velocidad mientras interrogaba a Sean.

—Su hija se llama Maggie, ¿cierto? Maggie Gambler…

—Así es.

—Si no recuerdo mal, su hija participa activamente en varias ONG, de hecho es, junto a otras chicas de su círculo, una de las principales abanderadas de los derechos animales y del medioambiente…

—Sí, pero…

—Y supongo que esas otras chicas también son hijas de empresarios y políticos importantes —lo cortó Sebastian.

—No sabía que estabas al tanto de la vida de las celebridades… —murmuró Ava, mirándolo de soslayo.

—Me gusta leer la prensa y tengo mucho tiempo libre —respondió Sebastian en un susurro—. ¿Estoy en lo cierto, señor Gambler?

—La mayoría de sus compañeras son hijas de personalidades de la política internacional —confirmó Sean—, hemos coincidido durante años en reuniones y…

—¿Quiénes son esas chicas? ¡Dígame sus nombres! —lo interrumpió Sebastian sin levantar la mirada de la pantalla de su móvil.

—Pues…, Diane Craston, Sophie Plank, Carla Schoenherr…

—¿Schoenherr? —lo interrumpió Ava—. ¡Christopher Schoenherr está en mi lista!