Capítulo 28
Rencor
Un par de horas más tarde, Richard Fortress fue liberado de la cárcel. Sebastian y Ava lo esperaban dentro de un taxi, y se sorprendieron al comprobar que el porte de Richard era tan regio como si acabase de asistir a una obra de teatro. Y que su ropa seguía en un estado impecable.
—Pensé que os habíais fugado a Nicaragua —dijo Richard tal y como se sentó en el taxi.
—No me apetecía sacarte tan pronto —respondió Ava—, creí que te vendría bien una dosis de humildad, pero esa idea cambió cuando casi soy asesinada en mi propia casa.
—Cosa que impidió mi querido sobrino justo a tiempo, imagino —dijo Richard, mirando a Sebastian de soslayo.
—Formáis un equipo de lo más inusual —apuntó Sebastian—, pero dais un poquito de grima.
—No somos equipo, Bash, simplemente compartimos información cuando es necesario —dijo Ava.
—No habéis llegado a perder el contacto en ningún momento, por lo que veo —se quejó Sebastian—, lo triste es que yo me esté enterando de eso ahora, después de tantos años.
—No puedo ir divulgando secretos de estado por ahí a la ligera, querido sobrino.
—Pues tu celo ha estado a punto de terminar con Londres tal y como la conocemos —lo acusó Sebastian en un gruñido—, de hecho, puede que aún lo logre. ¿Qué es lo que sabías ya, Richard? ¿Y por qué te lo has estado callando, incluso estando encerrado?
—Cariño, tu tío tiene las manos metidas en muchos sacos diferentes, y no siempre es factible o deseable airear según qué cosas —señaló Ava.
—¿Ni siquiera conmigo? ¿Me dejasteis investigar a ciegas aun sabiendo qué era lo que se estaba fraguando?
—¡No sabía lo que se estaba fraguando! —bramó Richard—. Al menos, no todo lo que seguro tú sabes ahora.
—Pues empieza a escupir, tío, porque no estoy dispuesto a seguir siendo un peón más en tu elaborado juego de espionaje —rugió.
Richard suspiró, miró a Ava, negó con la cabeza y volvió a mirar a Sebastian.
—Permití lo del fertilizante —empezó—. Me extrañó, pero a priori no tenía mucho sentido, así que le resté importancia. De todas formas, tenía a alguien infiltrado para que vigilase y nos pusiese sobre aviso si la cosa tomaba un cariz más serio.
—Durante cuatro años —apuntó Sebastian, muy serio.
—Te sorprendería saber lo largos y tediosos que resultan algunos procesos de investigación —respondió Richard—.
Pero al final, el trabajo dio sus frutos.
En cuanto mi informante me dijo que estaban montando una instalación eléctrica, y aunque no sabíamos aún con qué fin, nos aseguramos de que no funcionase correctamente.
—Por eso no se encendieron las luces cuando Olivia lo intentó —masculló Sebastian.
—El cuadro de luces principal fue inutilizado un par de noches antes de que os colaseis en los pasadizos, Bastian.
—Pero entonces, ¿para qué me envió Ava a investigar si ya sabíais lo que ocurría?
—¡Porque no sabíamos lo de la bomba! —exclamó Ava—. A ninguno se nos ocurrió pensar que los gases acumulados podrían devastar la ciudad con una simple chispa…
—¡Así que era eso! —interrumpió Richard, boquiabierto—. ¡Una bomba reactiva!
—Necesitábamos a alguien versado en la materia para que investigase sobre el terreno —puntualizó Ava—, y nadie mejor que…
—… que el incauto de Sebastian para hacerlo.
Podrías haber ido tú misma y salir de dudas, pero temías que alguien te siguiese y acabase contigo en los túneles —concluyó, mirando a Ava con desprecio—.
Has estado escondida en esa casita de Notting Hill todo este tiempo, muerta de miedo incluso aunque Richard te protegía, pero fingiendo que tenías la sartén por el mango conmigo.
—Quería cenar contigo —respondió Ava con una sonrisa sugerente—. Parece que no dejas de olvidar cuál es la razón principal de todo este circo, Bash.
Sebastian le dirigió una mueca de hastío y volvió a mirar a Richard.
—¿Y por qué no moviste tus hilos para salir de la cárcel antes? ¿Por qué permitiste que te dejasen días y días encerrado, basándose solo en las supuestas transferencias y en acusaciones falsas?
—Porque necesitaba comprobar hasta dónde eran capaces llegar esos indeseables, y sabía que, si volvía a mi puesto, podrían cambiar sus planes. Era mucho más eficiente…
—Exponernos a Olivia y a mí —completó Sebastian.
—Y a Christine —añadió Ava en tono malicioso.
Sebastian volvió a mirarla, esta vez con los ojos muy abiertos.
—¿Y a Christine?
—Necesitaba saber dónde estabas en todo momento —se jactó Ava—, es mucho más sencillo seguirte la pista cuando estás con ella.
La mente de Sebastian se vio asaltada por un montón de imágenes de golpe: Ava apareciendo en su casa aquella noche; los mensajes de texto dando por sentado dónde él se encontraba; sus comentarios durante la cena de la discordia sobre cuánto adoraba Christine su casa de la Toscana…
—Entraste en mi apartamento, ¡me pusiste vigilancia! —exclamó asqueado.
—Es fascinante verte hacer el amor, cariño.
Una rabia desconocida se apoderó de su mente mientras la miraba sonreír con superioridad.
Solo tardó un segundo en reaccionar, un segundo en el que pasaron cientos de detalles por su cabeza que lo impulsaron como un resorte, provocándole unas ganas terribles de borrar aquella sonrisa de suficiencia del rostro de su adversaria.
Sebastian volvió a agarrar a Ava por la garganta y se abalanzó sobre ella, dispuesto a estrangularla de verdad; pero Richard se interpuso entre ambos.
Lucharon el uno contra el otro durante unos segundos, Ava pudo deshacerse del agarre de Sebastian y la refriega terminó en tablas cuando Richard pudo exclamar entre jadeos:
—¡Yo no tuve nada que ver con eso! ¡Solo me ocupé de que Christine y su familia estuvieran a salvo!
Automáticamente, Sebastian cedió su agarre. Volvió a sentarse y a recolocarse la chaqueta para intentar recobrar la dignidad, pero no levantó en ningún momento la vista de su tío y de Ava, sentados frente a él, con el odio más profundo brillando en sus verdes iris.
—No sabía que te habías vuelto un cavernícola —murmuró Ava con la voz débil por el ahogamiento.
—Ni yo que te habías convertido en una víbora sin escrúpulos —respondió Sebastian, negándose a volver a mirarla para no sentir de nuevo el deseo de lanzarse sobre ella y terminar con el trabajo que había dejado a medias—.
O sea, que tú estabas de acuerdo con que ella se interpusiera entre Christine y yo.
Richard no respondió, se limitó a devolverle la mirada a Sebastian. Este se giró entonces para mirar a Ava, quien tenía su mirada clavada en él.
—Cariño, mi vida me importa poco si no puedo conseguir lo que quiero, y ya sabes qué es lo que más deseo en este mundo.
Sebastian estuvo a punto de volver a lanzarse sobre su tío, deseando arrancarles su asquerosa vida a aquellas dos ratas indeseables; pero se contuvo. Apretó los puños y respiró hondo. De nada serviría la violencia, no con ellos, y menos aún, dentro de aquel taxi con el conductor como testigo.
—Me dais mucho asco ahora mismo —se limitó a murmurar.
—En cuanto a lo de las transferencias y las acusaciones falsas —continuó Richard, agitado tras el refregón—, me temo que fue un regalito de los terroristas que apresamos.
Pensé que podría gestionarlo rápidamente, pero no ha sido tan sencillo de demostrar.
El equipo de tu querida Olivia ha resultado ser más meticuloso de lo que esperaba —terminó Richard, recolocándose la corbata.
—Definitivamente, estáis para que os encierren juntos y tiren la llave al Támesis —escupió Sebastian.
—Dejemos las pullas para más tarde. Ahora, si sois tan amables de ponerme al día…
Tras varios insultos, miradas despectivas y gruñidos, Sebastian y Ava pusieron a Richard al tanto de los últimos acontecimientos.
No se sorprendió cuando le desvelaron el nombre del grupo armado que estaba detrás de todo, aunque sí que entrecerró los ojos cuando se mencionó el nombre de Sean Gambler.
—Es tu mano derecha, si no estoy mal informado —subrayó Sebastian—. No quieres divulgar secretos de estado por ahí a la ligera, pero tienes un topo dentro de tu despacho y ni siquiera te habías dado cuenta.
—Se ve que estoy perdiendo facultades —murmuró Richard, contrariado.
—Esa frase la he escuchado ya dos veces en las últimas cuatro horas —apreció Sebastian—. Quizá sí que va siendo hora de que ambos os retiréis y me dejéis a mí controlar la nación.
—Eso es lo que tú quisieras. —Richard alzó ambas cejas y negó con la cabeza—. Entiendo que le habéis dado las señas de Sean al taxista…
—Por supuesto —dijo Sebastian.
—Y que no es posible que me permitáis hablar con él a solas…
—Ni lo sueñes —zanjó Sebastian.
—Ya, me lo imaginaba.
—Lo que sí me vendría muy bien es que vosotros dos me explicaseis un poquito más qué es lo que os traéis entre manos.
Creo que, después de todo el daño que habéis causado entre ambos, sería lo más considerado —dijo Sebastian, intentando controlar la ira que ardía en su interior para poder obtener la información que ansiaba.
—Bastian, hay cosas que es mejor dejarlas enterradas, sobre todo cuando afectan a la familia —dijo Richard. Su mirada se desvió sobre Ava y esta asintió, gesto que no pasó desapercibido para Sebastian y que confirmaba sus peores sospechas.
Y entonces supo que tendría que hacer lo imposible por averiguar esas cosas por sí mismo.
—Esto no acaba aquí, os lo aseguro —masculló, indignado.
Giró de nuevo su cabeza y miró hacia la calle a través de la ventanilla, aparentemente sumido en sus pensamientos; pero su mente inquieta ya urdía un plan a toda velocidad, un plan que realmente tuviera el efecto que deseaba, el que se merecían aquellas dos personas a las que había creído que conocía, pero que no habían dudado un instante en jugar con él y con su felicidad.
Pero un plan de ese calado no podría empezar a desarrollarse hasta que no hubiesen acabado con la amenaza que se cernía sobre Londres.
En primer lugar, había que atar muy bien todos los cabos sueltos del caso en el que se encontraban; después, cuando las aguas se hubiesen calmado, él reclamaría su venganza.
Y la obtendría, pesase a quien le pesase.
Sebastian no volvió a pronunciar palabra hasta que llegaron a la dirección de Sean Gambler.
Ava y Richard compartieron una mirada llena de comprensión y permanecieron en silencio, respetando el terrible enfado de Sebastian, avergonzados de haber sido tan indiscretos como para que él se diese cuenta de sus planes.
Ajenos al resentimiento que sus pasos habían despertado en el corazón del avezado detective.