Capítulo 27 #3
—Te equivocas. No solo era necesario, sino indispensable —señaló Sebastian—.
Sabían que, en cuanto llegases, te pondrías de nuevo en contacto con Richard y podrían argüir que estaba encubriéndote para así poder encerrarlo durante el tiempo suficiente para llevar a cabo su plan —explicó—.
Sabían que la policía de Londres andaba detrás de ti, si relacionaban a Richard contigo matarían dos pájaros de un tiro: eliminarían a la única persona que sabía exactamente dónde estaban implantados los chips, intento que me he ocupado de frustrar hace solo unas horas, y a su vez se quitarían de en medio a Richard para que no indagase más allá —explicó—.
¡Brillante! Y también espeluznante. Aunque aún no comprendo por qué lo acusaron de alta traición, ni por qué falsificaron las cuentas en Suiza a su nombre.
Sebastian no dejaba de pasear ansiosamente arriba y abajo del salón, con la mirada fija en el suelo, mientras componía el resto del puzzle. De repente, se detuvo frente a Liam y Ava y les lanzó a ambos una mirada asesina llena de rabia.
—¡Maldita sea! ¿Por qué me habéis hecho perder el tiempo así?
—¡Yo no sé nada más, se lo juro! —musitó Liam, que seguía sangrando abundantemente por la nariz.
—¡Usted es un mequetrefe, sin ánimo de ofender! —escupió Sebastian, dirigiendo su mirada sobre Ava—. ¡Richard estaba al tanto de todo esto, ¿verdad?! ¡Y tú lo sabías!
—Me atribuyes demasiados méritos, cariño, me siento halagada.
Sebastian se acercó a ella, sin dejar de apuntar a Liam con la pistola, y la sujetó fuerte por la garganta, incapaz de ignorar sus ganas de estrangularla en aquel mismo momento.
Lleno de odio, apretó aún más fuerte y Ava empezó a toser y a ponerse cada vez más roja, y por primera vez en su vida, pensó que Sebastian no era ni de lejos el hombre que había conocido en la universidad.
—¿Lo sabías? —gruñó en un tono casi inaudible.
—Sabía que… Richard… tenía más información —jadeó Ava, sintiendo cómo se le cerraba la glotis poco a poco—, pero no tenía… ni idea… de todo lo demás.
Sebastian respiraba entrecortadamente debido a la adrenalina que corría por sus venas a toda velocidad y a la frustración que le provocaba aquella maldita mujer.
No la creyó, no creyó una sola palabra que saliese de sus labios a partir de aquel momento, pero aflojó su agarre y permitió que el oxígeno volviese a fluir hacia sus pulmones.
Ava se llevó las manos a la garganta y empezó a toser descontroladamente, mirando a Sebastian horrorizada.
—Tendrías que haberme dicho la verdad desde el principio —escupió Sebastian—. Nos has puesto en peligro a todos.
Ella gemía mientras intentaba recuperar el oxígeno y aclararse la garganta herida, mirándolo a los ojos como si estuviera frente al mismo diablo.
—Yo… Quería sacar tajada… Te lo dije —balbuceó.
—Pues no has sacado más que odio, porque eso es lo que plantas a tu alrededor. ¡Oh! No, me olvidaba. También vas dejando chips asesinos en cuerpos de personas inocentes.
—¿Po-podría decirme dónde tengo el chip implantado, por favor?
—intervino Liam, rogándole a Ava con su mirada.
Acababa de recobrar la compostura tras observar la disputa entre ambos asaltantes, como si estuviese en el estreno de una película de acción, y vio su oportunidad al ver a aquella malvada mujer vencida por su acompañante.
Por un momento, casi se apiadó de él; pero entonces Ava recordó la granada de mano irrumpiendo en su dormitorio a medianoche, las llamadas telefónicas con voces camufladas asaltando su sueño durante semanas, lo indefensa que se había sentido al ir a buscar a Richard y, también unos instantes atrás, frente a Sebastian.
—Lo haré en cuanto todo esto haya terminado, Liam. Aunque, lo siento mucho, pienso que no te lo mereces, eres exactamente igual de culpable que los demás.
—¡Por favor, señorita Lutman! —Liam empezó a llorar, sus lágrimas se mezclaron con la sangre de su nariz y con los mocos que se habían empezado a reunir en torno a ella y su cara se convirtió en un lienzo picassiano—. ¡Yo les he contado lo que sé! ¡Me han destrozado la vida! ¡No tuve elección!
—Siempre se puede elegir, señor Blockbeard —sentenció Sebastian, mirando a Ava directamente—. Es simplemente una cuestión de integridad.
Sebastian guardó el arma y se dirigió hacia la salida, dejando a Liam hecho un mar de lágrimas a su espalda, y a Ava dolorida y muy confundida junto a él. No sentía compasión alguna, sino una repugnancia visceral al comprobar, una vez más, que la codicia y la desidia humanas no tienen límite.
—Me pondré en contacto con usted si es que conseguimos arreglar esto y no morir en el intento —le dijo Ava a Liam al levantarse para ir tras Sebastian.
—Hay algo más…
Sebastian se detuvo instantáneamente. No se giró, simplemente se quedó de pie, esperando a que Liam confirmase lo único que quedaba por confirmar.
—¿Sí? —dijo Ava.
—Sea lo que sea lo que tienen planeado, será este sábado, a las doce de la mañana.
De repente, Ava se puso muy tensa. Se acercó a Liam y lo agarró por la camisa para acercárselo a su cara.
—¿Tú tienes que estar allí? ¿En la Torre?
—No. De hecho, me han pedido que me marche de la ciudad esta misma tarde —confesó Liam.
Ava miró a Sebastian, quien acababa de girarse del todo para clavar sus ojos en ella.
—Alguien va a entrar en la Torre a esa hora, detonarán su chip… —murmuró Ava.
—Podría ser cualquiera de los de tu lista —completó Sebastian.
—No podemos localizarlos a todos, no tenemos tiempo.
—No. Por eso hay que hablar con Sean. Tenemos que sacar a Richard de la cárcel. Ya.