Capítulo 27 #2
—Colaboré sin dudar, cualquier cosa por ayudar a la corona, pero cuando llegaron las primeras facturas, me surgieron dudas.
No entendía que tenía que ver aquello con almacenar toneladas de fertilizante junto al río, así que le pregunté a Sean directamente; pero él se negó a darme más detalles, alegando que eso era simplemente parte del plan, y lo dejé correr.
—Supongo que el dinero ayudó un poquito a limpiar tu conciencia —afirmó Ava. Liam la miró a los ojos y los cerró apesadumbrado.
—Mi sueldo se cuadruplicó de repente, y mis deudas, que no eran pocas, desaparecieron como por arte de magia. Así que dejé pasar los meses, contemplando cómo todos aquellos camiones accedían sin control alguno bajo la Torre sin preocuparme demasiado.
Sebastian y Ava se miraron de nuevo. Sebastian se encogió de hombros y Ava asintió.
—¿Y qué le hizo cambiar de opinión? —lo urgió Sebastian.
—Casualmente, me tropecé con uno de los transportistas y me di cuenta de que no era británico, ni él ni los encargados de vaciar el camión y llevar los materiales adentro de la Torre.
Todos tenían un semblante amenazador, pero uno de ellos me miró de una forma que me heló la sangre en las venas.
Me impresionó tanto que no pude borrar su expresión de mi cabeza, ni tampoco sus facciones.
Empecé a sospechar y… utilicé mis credenciales para indagar en la intranet del Ministerio.
—Y te encontraste con una patata caliente —dedujo Ava.
—Descubrí que aquellos “transportistas” no estaban allí para ayudar al gobierno, sino para desestabilizarlo. Formaban parte de un grupo armado, aparentemente de poca envergadura; pero al escarbar un poco más, descubrí que eran muy radicales y me entró el pánico.
—¿Qué grupo era? —preguntó Sebastian.
—UST —susurró Liam, como si alguien estuviera espiándolo.
—No me suena.
—No, a mí tampoco, y no pude encontrar de dónde procedía.
—Es un grupo de terroristas de Europa del Este —aclaró Ava—, poca cosa, insignificante.
—Mi nivel de acceso no me permitía indagar más allá —dijo Liam—, así que se lo conté a Sean porque creí que lo habían engañado.
—Y entonces, empezaron a llegar las amenazas… —completó Ava. Liam asintió.
—Al principio eran anónimas y no les hice mucho caso; pero pronto se endurecieron.
En primer lugar, mi mujer, Sandra, se enteró “casualmente” de que yo tenía un lío con mi secretaria y me abandonó en el acto; y después, me llegó una carta que me explicaba que usted —señaló a Ava— había implantado una especie de…
bomba en mi cabeza… —Liam empezó a temblar al recordarlo—, y que tendría que hacer todo lo que me dijeran si quería seguir con vida.
—¿Fue Sean quien envió esa carta? —preguntó Sebastian.
—Eso no lo sé. Cuando lo puse sobre aviso, se limitó a decirme que no me preocupase, que lo dejase todo en sus manos. No sé cuánto sabe, pero seguro que mucho más que yo. Lo cierto es que desde entonces no he podido volver a dormir. Y obviamente, dejé de hacer preguntas.
—¿Y no intentó buscar el chip y arrancárselo, simplemente? —inquirió Ava con interés.
—Me dijeron que no podría encontrarlo ni siquiera con un escáner y que solo usted sabía dónde lo llevaba.
—¿Recuerdas dónde has implantado cada uno de esos chips? —preguntó Sebastian, asombrado.
—Por supuesto —respondió Ava.
—¿Siempre en el mismo sitio? —continuó Sebastian.
—A ti te lo voy a decir…
—¡Por eso te convertiste en su objetivo! —dijo Sebastian, mirando a Ava triunfante—. ¡No querían los registros de tus intervenciones, ¡te querían a ti! ¡Lo demás era solo una excusa para sacarte del agujero en el que te escondías y acabar contigo!
—Eso no tiene sentido, ellos sabían que yo no diría nada —dijo Ava, molesta.
—Los muertos no hablan, querida, ni siquiera bajo tortura —sentenció Sebastian, mirándola con tristeza a los ojos.
Ava bajó la cabeza y se quedó en silencio. Se sintió utilizada y absurdamente enfadada consigo misma; pero entonces recordó aquel mensaje que la instaba a colaborar.
—No pude negarme, no tuve opción —murmuró.
—Es lo malo de ser la mejor en lo tuyo, que no puedes pasar desapercibida —terminó Sebastian—. Sin embargo, aún hay algo que se me escapa.
—¿Aparte de que he sido una imbécil?
—Cuando Liam empezó a hacer preguntas —continuó Sebastian, ignorando el comentario—, llegaron a la conclusión de que alguien podría…
sonsacarte información. Empezaron a amenazarte para tantearte, para que cometieras un descuido; entonces tú te pusiste en contacto con Richard, quien te sugirió que desaparecieras durante un tiempo, fastidiándoles los planes —Sebastian hilaba los datos a toda velocidad, ahora que los tenía flotando frente a sus ojos—; pero te encontraron y tiraron aquella granada en tu casa…
—E inexplicablemente, fallaron —musitó Ava.
Entonces, Sebastian se quedó rígido y esbozó una amplia sonrisa de superioridad: acababa de comprenderlo todo.
—¡No! Lograron exactamente lo que querían: ¡sacarte de tu escondite y traerte de vuelta a Londres! —exclamó Sebastian con una sonrisa inmensa en sus labios.
—Eso es una estupidez, Bash, podrían haberme eliminado directamente en Las Bahamas. —Ava dejó escapar aquel dato sin darle mucha importancia, pero a Sebastian no le pasó por alto—. No era necesario traerme hasta aquí para acabar conmigo.