Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

El topo

—Me extraña que la señorita Abberline no nos haya acompañado —-dijo Ava, sentada en un taxi junto a un taciturno Sebastian—. ¿Problemas en el paraíso?

—Olivia no ha venido porque tiene tarea pendiente —respondió sin mirarla a los ojos—. A diferencia de otros, hay personas honestas que se ganan el sueldo con su trabajo.

—Pues a mí me ha parecido que se ha quedado a velar a la doliente —espetó, alzando una ceja con superioridad.

—Eres aún más cínica de lo que recordaba —murmuró Sebastian, fastidiado.

—Los años hacen mella, cariño.

—Podrían haberte hecho recapacitar para ser mejor persona en lugar de convertirte en una víbora venenosa.

—Si hubieras estado a mi lado, probablemente habría ocurrido.

—Y dale… —Sebastian se giró hacia ella para enfrentarla—. Salvaste mi honor y mi carrera, te estaba profundamente agradecido y te admiré por ello; entonces desapareciste porque decidiste que era más interesante mezclarte con gentuza antes que con personas respetables…

—Tú también te mezclas con gentuza —lo interrumpió.

—¡Yo no me permito convertirme en uno de ellos! —escupió Sebastian, con sus ojos verdes ardiendo—. Tu falta de empatía te hizo desdibujar la delgada línea que existe entre el aprendizaje y la fusión, Ava, pero yo siempre he tenido muy claro quien soy.

—Pues se ve que no tanto, solo han hecho falta un buen par de tetas que necesitaban de tu ayuda para tumbar uno de tus rasgos principales —respondió presta.

—Como te dije antes, no me conoces. Por eso crees que estoy con Christine porque mi libido ha despertado, pero no puedes estar más equivocada.

Sebastian volvió a mirar hacia delante, impaciente por llegar a la dirección que le habían indicado al taxista y terminar con aquella pantomima lo antes posible.

—Vale, bien. Estoy equivocada —admitió Ava—. Entonces, explícame.

—No hay nada que explicar —gruñó Sebastian.

Ava se incorporó para acercarse a él, para obligarlo a que la mirase.

—Yo necesito saberlo, necesito saber por qué ella sí y yo no.

Sebastian la miró a los ojos por fin. Intentó eludir el tema, pero supo que ella no cejaría hasta que le diera una respuesta. Aunque también supo que jamás la entendería.

—Cuando te enamoras, quieres el bien para esa persona, sea como sea.

—No. Cuando te enamoras quieres a esa persona para ti, no quieres que nadie la toque, no quieres que mire a nadie más —objetó Ava enérgicamente—. Sebastian, cuando amas, quieres ser correspondido, quieres pasar todo el tiempo posible con esa persona, quieres que te vea brillar…

—Quieres que te vea tal y como eres —la contradijo—. Claro que quieres pasar tiempo con ella, claro que quieres ser correspondido, pero sobre todo, quieres que confíe en ti, que se abra contigo porque es feliz a tu lado. No la fuerzas, Ava, la reafirmas, la apoyas, le brindas seguridad.

—Yo te hacía feliz y estoy segura de que te sentías apoyado a mi lado.

—Tú no me hacías feliz, ¡tú me dabas miedo! —apuntó con seriedad—. Aún me das miedo, igual que a todos. Y dejé de sentirme apoyado por ti en el momento en que me di cuenta de que tu leit motiv era “El fin justifica los medios”.

Ava se quedó sin palabras por primera vez en mucho tiempo, pero como bien había adivinado Sebastian, no entendió lo que él quería decir.

—Mi experiencia en la vida es que todo se puede conseguir aplicando la presión correspondiente —farfulló.

—Por eso no puedes fiarte de nadie, por eso estás sola, Ava —zanjó Sebastian—. ¿Puede darse un poco de prisa? —urgió al conductor, loco por desviar el tema de conversación.

—Hago todo lo que puedo, señor, pero el tráfico está fatal.

—No sería así si hiciese bien su trabajo —murmuró Sebastian.

—Entonces, si yo fuera amable y servicial, ¿podrías enamorarte de mí?

Ava lo pilló con la guardia baja, Sebastian no esperaba una pregunta así, mucho menos, en aquel tono melifluo.

—Ava, yo amo a Christine, tanto que a veces me provoca dolor físico no tenerla entre mis brazos. Amar es un compendio de cosas, no es solo pasión o admiración, es una entrega consciente que te hace sentir especial y que vuelve tu mundo patas arriba. Y eso, no se puede fingir. Ni tampoco forzar.

Ava asintió con expresión fúnebre, pero cuando volvió a mirar por la ventanilla, una sonrisa pérfida iluminó su rostro. Lo único que había que hacer era sacar a Christine de la ecuación, como había intuido; entonces, ella tendría su oportunidad.

Y su plan iba viento en popa.

***

Cuando llegaron al apartamento de Liam Blockbeard, Ava se agachó para levantar el felpudo de bienvenida y coger la llave de la puerta, dejando a Sebastian boquiabierto.

—Hay personas que nunca cambian de hábitos.

—Incluso aunque sean así de estúpidos —añadió Sebastian—. ¿Cómo sabías que estaría…? Mejor no contestes.

Con una sonrisa de superioridad, Ava abrió la puerta del apartamento en silencio. Tal y como accedieron al pequeño recibidor, escucharon el murmullo inconfundible de las noticias en el salón. Liam debía estar sentado en su sofá viendo la tele tranquilamente.

Ava se llevó un dedo a los labios para indicar silencio y Sebastian asintió. Ambos avanzaron con cuidado de que sus pisadas no hiciesen crujir el desgastado parqué y se dirigieron despacio hacia la fuente del sonido.

El sofá donde Liam reposaba su almuerzo estaba de espaldas a la puerta del salón, por lo que no los vio llegar, y no se dio cuenta de que tenía visita hasta que Ava se sentó a su lado, sobresaltándolo.

—Buenas tardes, encanto. ¿Te acuerdas de mí?

Tan aterrorizado como si hubiera visto a Satán en persona, Liam dejó escapar un grito y se giró para buscar algo bajó un cojín, pero se encontró con Sebastian de pie frente a él, apuntándole con una pistola que, desde su asiento, parecía más grande de lo que era.

—Yo que usted no haría eso, señor Blockbeard —lo amenazó—, últimamente tengo un tic en mi dedo índice y sería una lástima perder el control sobre él justo ahora.

—¿Quién es usted? ¿Qué queréis de mí? ¡Yo no he hecho nada! —sollozó Liam.

—Mi nombre es Sebastian Fairchild. A la señorita Lutman creo que ya la conocía —añadió con retintín—. Necesitamos que nos facilite cierta información.

—¡Yo no sé nada! —gritó Liam—. ¡Se equivocan de persona!

Sebastian subió al sofá de un salto y clavó el cañón de su revólver en la frente de Liam, lanzándole una mirada llena de crueldad.

—Si vuelve a alzar la voz, no dudaré en usarla, señor Blockbeard. No queremos que la policía venga antes de que se les necesite.

—Liam, encanto, sé bueno con nosotros y me olvidaré de hacerle llegar a tu mujer las fotos de tu despacho, esas en las que aparece tu secretaria de rodillas entre tus piernas.

No se le ve la cara, estaba demasiado ocupada, pero la tuya sí que aparece en ellas, y no te haces una idea de la magnífica definición de la que las imágenes disfrutan.

—Mi mujer me ha abandonado —balbuceó Liam bizqueando, incapaz de levantar la vista del revólver.

—Lo sé, pero también sé que estáis en pleno proceso de divorcio, y supongo que no querrás que ella se quede con todo ese dinero sucio que tanto te ha costado ganar, ¿verdad?

Liam iba a contestar, pero sabiéndose atrapado, bajó la cabeza y asintió.

—Es por lo de los camiones, ¿verdad? —murmuró.

—¿Es que hay algo más? ¿O peor? —preguntó Ava, displicente. Liam se permitió mirarla con una expresión que dejaba claro que no se hacía una idea de cuántos más asuntos sucios había tenido que tapar en su vida.

—Empieza a cantar, pajarillo —lo instó Sebastian, retirando momentáneamente el arma de su frente—, no tengo todo el día.

—Me dijeron que tenía un chip implantado en la cabeza, que tenía que cooperar o me matarían —empezó, casi tartamudeando—, que me harían explotar en el momento en que diese un paso en falso.

—¿Qué es lo que tenías que hacer? —preguntó Ava.

—Firmar unas facturas sin hacer preguntas.

—Facturas de fertilizantes procedentes de Europa del Este —añadió Sebastian.

Liam se giró hacia él y lo miró, profundamente sorprendido.

—¡Sí! ¿Cómo diablos…?

—Mejor no preguntes —lo cortó Ava—. ¿Solo firmar las facturas? ¿Ya está?

—Tenía que asegurarme de que los cargamentos de fertilizante se almacenaran según las indicaciones que me hicieron llegar, y untar a los responsables de mantenimiento para que mantuvieran la boca cerrada.

Ava y Sebastian se miraron a los ojos y asintieron. Eso era justo lo que esperaban escuchar.

—¿Sabías que estabas permitiendo que se fabricase una bomba delante de tus narices, Liam? —lo increpó Ava—. ¿Sabías que estabas colaborando en la muerte de millones de personas inocentes?

—¡No! —gritó Liam, al borde de las lágrimas—. ¿Cómo iba yo a saber…? ¡Solo es fertilizante, maldita sea!

—¿Quién dio la orden? —dijo Sebastian, volviendo a ponerse de pie.

Liam aprovechó el movimiento del detective para intentar zafarse, pero Sebastian estaba alerta y le asestó un codazo en la cara que lo dejó tumbado en el sofá. Liam se llevó las dos manos a la boca y su nariz empezó a sangrar abundantemente.

—Le dije que, yo que usted, no lo haría —dijo Sebastian—. Díganos quién dio la orden, señor Blockbeard, la próxima vez no seré tan benévolo.

—Fue una orden directa de Sean —murmuró, doliéndose.

—¿Sean? ¿Se refiere a Sean Gambler, el Ministro de Exteriores? —inquirió Sebastian.

—Así es.

—¿Y qué explicación te dio? ¿O solo accediste a hacer la vista gorda porque te amenazó? —preguntó Ava.

—Las amenazas empezaron hará un par de meses —empezó Liam—.

Al principio, Sean me dijo que la familia real estaba en peligro y que el gobierno planeaba un duro golpe contra un grupo terrorista que pretendía abolir la monarquía, una especie de demostración de fuerza para disuadir a los grupos armados interesados en hacer que el sistema se tambalease.

—Eso lo vi venir —dijo Sebastian.