Capítulo 26 #2
Sus palabras se me clavan en el pecho y trago saliva para poder encajarlas; pero llevo demasiadas horas encajando puñaladas, ya estoy harta de ser el saco de boxeo de todos.
—Yo también creía que habíamos creado algo solo nuestro, y también estaba equivocada —me defiendo, aunque sé que estoy jugando sucio.
—¡No estás siendo justa conmigo! ¡Cada vez que ella aparece, tú te comportas como si no fueses mi pareja! ¡Lo único que debería importarte es lo que sientes conmigo! ¡Lo que yo siento cuando estoy a tu lado!
Me quedo mirándolo a los ojos, profundamente dolida, y lo único que soy capaz de argumentar es una frase malintencionada que suena tan triste como nuestro futuro.
—Eso, cariño, no es suficiente.
Él supera los escasos centímetros que nos separan y se pega a mi rostro, el suyo una máscara impenetrable marcada por el dolor.
—¿No es suficiente? ¿Mi amor incondicional no es suficiente para ti?
—Tu amor dejará de ser incondicional en el momento en que otra persona me reemplace con su ingenio o sus habilidades, y no estoy dispuesta a ser tu segunda opción, Sebastian.
—¡Por Dios! —ruge, totalmente fuera de sí—. ¿Cómo es posible que se te haya metido en la cabeza una idea semejante?
—¡Sebastian! —se escucha la voz de Ava al otro lado de la puerta—. ¡Tenemos que irnos ya!
Él me mira con rabia, indeciso entre quedarse para terminar la conversación o marcharse para terminar de resolver el enigma; pero el deber tiene más poder que la devoción. Sobre todo si es Sebastian Fairchild el encargado de tomar la decisión.
—Tardaré un par de horas, a lo sumo. Por favor, espérame aquí, esta conversación no ha terminado.
Se gira hacia la puerta, hacia Ava, que lo espera fuera impaciente por alejarlo de mí una vez más. Al girar el pomo, vuelve a mirarme con una súplica en sus ojos, y yo asiento, solo para calmarlo, para que no se demore un segundo de más y haga lo que mejor se le da: resolver rompecabezas.
Quizá yo soy el único que no podrá desentrañar.
***
—Ya se han ido.
Olivia asoma su cabeza por el resquicio que Sebastian ha dejado al marcharse. Quiere saber si estoy bien, no la culpo. Sonrío y ella entra en la habitación.
—Lo sé.
—¿Estás bien?
—No. No lo estoy, pero no pasa nada.
Me dirijo al armario y rebusco entre mis cosas.
Aún no están organizadas, todo lo que ha ocurrido estos últimos meses no me ha permitido asentarme del todo.
Es como si la casa supiera que no iba a quedarme demasiado, que incluso permitiéndome ciertas remodelaciones, este apartamento no estaba destinado a ser mi hogar.
Sonrío, aunque mi corazón está tan encogido que no puedo evitar que mis ojos se humedezcan momentáneamente.
—¿Qué estás haciendo?
—Me marcho, Olivia.
—¡No! No puedes marcharte, no ahora. Él…
—Él lo entenderá —respondo en un murmullo—.
Necesito pensar, necesito tiempo y distancia para poder procesar lo que siento, para poder entender por qué Sebastian es como es, para poder estar segura de lo que estoy construyendo y de si lo estoy construyendo a solas.
Ahora mismo no me siento capaz de afrontar lo que he descubierto, y no estaría siendo honesta si permaneciese junto a él cuando pienso que solo haría falta un soplo de aire para que Ava lo tuviese a sus pies.
—Christine, sabes que eso no es verdad. No sé por qué te estás sintiendo así, creo que él ha sido claro contigo con respecto a sus sentimientos hacia ti. Ava es solo…
—Es una mujer, Olivia, una mujer deslumbrante que representa todo lo que el desea, todo lo que él admira.
Ava ya estuvo donde yo estoy, eligió marcharse, pero solo ha necesitado un par de movimientos para tener la absoluta atención de Sebastian.
No empecé esta relación porque la necesitara, no quiero tener que estar preocupándome de si hay alguien que pueda desbancarme en su corazón.
No podría vivir así… No puedo vivir así.
—¿Pero por qué crees que Ava te ha relegado a un segundo plano? ¡Es solo un caso, Christine! ¡Uno más, como cualquier otro!
—No —la corto, mirándola muy seria—, no es como cualquier otro, y tú lo sabes.
Si consiguen detener la explosión, y espero que lo hagan, aún quedará el asunto de Richard pendiente y su relación continuará.
Ava tiene el poder en sus manos, se dedicará a darle una de cal y una de arena hasta que él logre averiguar todos esos secretos que ella guarda celosamente. Y eso conducirá irremediablemente a…
No puedo decirlo, no puedo.
—Sebastian está enamorado de ti, y le otorgas muy poca confianza al pensar que sus sentimientos son tan volátiles como los químicos con los que trabajas —me reprende—.
Vuestro enlace es estable porque, aunque Sebastian carezca de experiencia, cuando entrega su corazón, lo hace sin concesiones y por entero.
Lamento que no te hayas dado cuenta de cuánto vale su lealtad.
Miro a Olivia unos instantes, sé que puede que tenga razón, pero la malvada vocecita no calla, sigue diciéndome que él puede cambiar de opinión de la noche a la mañana.
—Yo también lo lamento, pero no puedo quedarme a su lado mientras sienta que no tengo el espacio que merezco, que él no me necesita, que en cuanto vuelva a mi vida normal, él me reemplazará enseguida —confieso, casi sin aliento.
Decir esto en voz alta me cuesta mucho más de lo que pensaba, porque al hacerlo, estoy poniendo nombre a lo que me ocurre.
Y no me gusta esta Christine que duda.
No soy esta Christine que duda.
—Estás cometiendo un error que os hará muchísimo daño a los dos.
Mi cabeza obliga a mis manos a que se detengan para poder pensar en lo que Olivia acaba de decir.
Si me marcho, le haré daño, pensará que lo he abandonado; pero no puedo fingir que no me importa lo que he visto, que no me duele ver cómo Ava hace lo que le viene en gana con él.
Y no quiero volver a discutir con él sobre lo mismo.
Pero tampoco quiero terminar con él, lo amo demasiado.
Entonces pienso que puede que lo que siento solo sea un arrebato, que en cuanto esté en casa, segura y a salvo de las pullas de esa arpía, todo volverá a su ser y yo podré volver para explicarle mis razones y pedirle perdón; y él me perdonará…, o eso creo.
—Si Ava no está… Si consiguen resolver el caso, si Sebastian consigue averiguar pronto qué es lo que esconde, ella desaparecerá para siempre, y la amenaza desaparecerá con ella —pienso en voz alta.
—¿Y qué valor te das a ti misma si vuelves con él cuando Ava ya no esté? —pregunta Olivia, muy acertadamente—. ¿Qué impedirá entonces que vuelvas a sentirte de menos cuando aparezca la siguiente amenaza, Christine?
Sus palabras se cuelan en mi cabeza y se quedan ahí, listas para que las piense en cuanto encuentre un poco de calma; pero ahora mismo, no la tengo.
—Probablemente, tienes razón —respondo en un susurro—. Necesito pensar, ordenar mis sentimientos, necesito volver a ser yo. No me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo, Olivia.
—Si te soy sincera, a mí tampoco.
Ambas nos miramos a los ojos y, tras unos instantes, asiento y continúo metiendo mis cosas en la maleta.
—Ahora entiendo perfectamente por qué Sebastian siempre dice que iluminas sus deducciones.
—No debo ser tan buena cuando sigues haciendo el equipaje —apunta con tristeza en su voz.
—Te prometo que pensaré en lo que me has dicho —respondo despacio—.
Ahora siento que me ahogo aquí dentro, necesito respirar, refugiarme en lo que conozco.
Vuelvo a mi casa, me centraré de lleno en mi trabajo e intentaré recuperar mi fuerza y mi determinación.
Llevo demasiado tiempo comportándome como alguien que no soy.
Ella se gira, dándose por vencida, pero justo antes de abandonar la habitación, se vuelve hacia mí de nuevo.
—¿Quieres que le diga dónde has ido?
EL rostro de Sebastian aparece en mi mente, con esa sonrisa preciosa que me enamoró, y me muero de ganas de llorar durante horas.
—Haz lo que tengas que hacer. Eres quien mejor lo conoce, al fin y al cabo.
Olivia asiente y se marcha, dejándome con mis lúgubres pensamientos. Termino la maleta en un santiamén, no me lo llevo todo, solo lo imprescindible para unos días. Necesito salir de aquí.
Necesito volver a encontrarme a mí misma.