Capítulo 26
Ilusa
No sé cómo pude llegar a convencerme a mí misma de que sabía lo que hacía.
Desde que lo vi la primera noche, tuve la sensación de que él estaba fuera de mi alcance, de que un hombre así tendría toneladas de mujeres a su alrededor deseando conquistarlo.
Incluso urdí un plan arriesgado y complejo para llamar su atención porque estaba segura de que debía deslumbrarlo de alguna manera.
Creí que lo había conseguido, que era la única a quien él podría admirar, la única con quien podría abrirse por completo, la única con quien él podría mostrarse tal y como era.
Estaba equivocada.
Tan solo me han hecho falta dos encuentros con esta mujer para darme cuenta de que, por muy cerca que me haya sentido de Sebastian, por mucho que me haya entregado a él sin guardarme nada, no sé quién es.
No lo sé porque no sé nada de su vida, ni de su pasado, ni de cómo funciona su mente. Mucho menos, su corazón.
Le creo, por supuesto que le creo cuando me habla de amor, cuando se entrega a mí con sus caricias, cuando me elige como única opción para hacerme partícipe de sus increíbles deducciones.
Sé que está cómodo conmigo, sé que se siente atraído por mí, incluso puede que me ame.
Pero yo no lo conozco, no lo suficiente, no tengo ningún poder sobre él, y acabo de darme cuenta de que no sabría cómo retenerlo si alguien como Ava quisiera arrebatármelo.
No lo sabría porque le entregué mi corazón antes de que el suyo empezase a brillar conmigo.
Su comportamiento de estos últimos días solo me provoca incertidumbre, una angustiosa desazón al darme cuenta de que utiliza palabras que le vienen muy grandes, como amor, compromiso y fidelidad absoluta.
Sebastian acaba de descubrir la pasión física, el encandilamiento que se siente hacia la persona que te otorga el placer sexual por primera vez, y ha creado un clima de profunda intimidad conmigo por ello; pero no es la primera vez que se abre con alguien, y ahora que es consciente del exótico sabor del sexo, es muy probable que pueda crear esa atmósfera de intimidad con cualquier otro enigma que se le ponga por delante, igual que ocurrió cuando me conoció.
Sebastian no me ama, solo soy una adicción a la que ha sucumbido, sorprendido por su poder.
Solo se sentirá así conmigo hasta que aparezca otra mujer que le ofrezca ese misterio que yo ya no puedo ofrecerle, porque me entregué a él por completo desde la primera vez que le hice el amor.
Soy yo quien está enamorada de él, y no puedo exponerme a sufrir su desdén, no quiero pasar a un segundo plano, con nadie. Y mucho menos, con él.
Pensaba que estaba enamorado de mí, pero lo que está es enganchado a la adrenalina que le provocan todas esas incógnitas que no puede resolver de un solo vistazo.
Y yo ya no soy una de ellas.
—Creo que ya sé dónde encontrar a Liam.
Ava acaba de volver a entrar al laboratorio.
Sonríe, y su sonrisa me parece una mueca macabra porque sé que esconde una maldad que me repugna hasta lo más profundo.
Instintivamente, miro a Sebastian esperando que la ignore, que por una vez no muestre ese desmesurado interés que sus ojos gritan cada vez que esa mujer inunda la habitación con su aplastante presencia; pero no es así.
Sebastian la mira con avidez, deseando que ella le cuente todo lo que sabe, rogando internamente tener que acompañarla adonde sea que se oculte nuestro hombre.
Intento tragar saliva, pero tengo la boca seca.
—Necesito agua —farfullo, levantándome de la mesa donde llevo horas sentada. Ahora Sebastian sí que me mira, pero es solo un instante, porque Ava acapara su atención inmediatamente para seguir creando misterio a su alrededor.
—Me ha costado, pero creo que tenemos algo —enuncia, logrando que todos volvamos a mirarla expectantes.
—¿Liam es tu contacto? —pregunta Sebastian.
—No, es un candidato a Ministro que operé hace un año, pero creo que puede darnos la información que necesitamos.
—Uno de los de tu lista.
—Así es. Necesitaré apoyo físico, Bash. Liam es un hombre bastante corpulento, de los que no se andan con chiquitas. Si voy a apretarle las clavijas, es probable que se sienta amenazado.
—Contaba con ello —responde Sebastian, encantado con la petición.
Ava sonríe con intención, se acerca a él moviéndose sugerente y a punto está de acariciar su mandíbula. Está loca por tenerlo y desea que él lo sepa en todo momento; pero él no reacciona, se limita a mirarla en silencio, un silencio que yo no sé interpretar, pero que me da ganas de vomitar.
—Solo espero que lo que nos diga el tal Liam esté a la altura del favor que acabo de hacerte —dice Sebastian por fin—. Te he librado de la cárcel sin siquiera haber puesto un pie en ella, Ava. No me defraudes.
—¿Alguna vez lo he hecho, cariño?
Otro más. No deja de lanzarme dardos envenenados indirectamente. ¡Y él ni se inmuta! ¿Es que no se da cuenta de cuál es su juego? ¿De cuánto daño me hace que él no corte de raíz todos sus intentos de acercamiento?
—Está bien. Nos vamos en diez minutos —le dice. Ella frunce el ceño, pero ahora él la ignora porque viene hacia mí—. Christine, ven conmigo.
No sé si quiero escuchar lo que me va a decir, lo que sí tengo cristalino es que quiero perder de vista a Ava lo antes posible, así que me levanto apresuradamente de mi asiento y me lanzo escaleras abajo, loca por llegar a nuestro dormitorio.
—No creas que no me doy cuenta de lo que está pasando —empieza, tras cerrar la puerta.
—No sé si te das cuenta o no, lo que sí sé es que le estás siguiendo el juego, y que te encanta hacerlo.
—Le sigo el juego porque necesitamos que ella colabore, es la única que…
—Sí, sí, conozco el motivo, Sebastian. Llevo todo el día aquí contigo, por si no lo habías notado —lo interrumpo, molesta.
—Estás enfadada conmigo…
—¡Uy! ¡Qué perspicaz! ¿Has llegado tú solito a esa conclusión?
—Christine, por favor…
—Aunque no sé de qué me sorprendo. Estoy saliendo con el detective más inteligente de Londres, ¿no es así? Y también el más solicitado. ¿Tendré que pedir cita a partir de ahora para que me dedique un poco de atención?
—Estás siendo irracional, y lo sabes —dice en voz baja, mirándome condescendiente.
—Mira, déjalo. Tú tienes que hacer lo que tienes que hacer, independientemente de cuánto te guste tener que hacerlo.
Así que márchate, encuentra a ese tal Liam como se llame y resuelve el caso.
Ava necesita protección, tu tío necesita que alguien se ponga de verdad manos a la obra y lo saque de la cárcel y tú necesitas averiguar qué es eso que Ava y Richard se traen entre manos.
Eso es algo que te corroe por dentro, ¿verdad?
Algo que no te ha dejado dormir desde que tuviste noticia de que podía ser cierto, y ahora que ella te lo ha confirmado, te trae de cabeza.
—¡Lo único que me trae de cabeza eres tú!
—responde en un gruñido, acercándose a mí—.
He sido sincero contigo, te he pedido perdón por mi indiscreción y te he prometido que no tienes nada que temer, ni ninguna razón para dudar de mi lealtad; pero tú no me crees, no quieres creerme sea lo que sea lo que yo diga o haga porque prefieres confiar en tu intuición, en esa vocecita que el cabrón de Nathan ha instalado en tu disco duro y que, como un virus, ha infectado tu sistema.
Pues lo siento, Christine, pero Nathan se equivoca, y si tú piensas que no estoy siendo sincero, o que mis afectos son tan volubles como los suyos, también estás equivocada.
Intento seguir discutiendo, pero sé que hacerlo no llevará a nada más que a decirnos cosas que no debemos decirnos estando enfadados. Bajo la cabeza y dejo caer mis hombros como si toda la habitación pesase de repente toneladas y hubieran caído todas sobre mí.
—Sebastian, esto no funciona —expongo con pesar—.
Estamos hablando lenguajes diferentes, posiblemente porque hemos ido demasiado deprisa en nuestra relación.
Yo me he entregado al cien por cien demasiado pronto y, lo siento, pero no creo que tú estés haciendo lo mismo.
Es más, creo que no estás preparado para esto.
Sebastian, que seguía acercándose a mí, se detiene de repente y me mira en silencio. Levanto mi mirada para enfrentarlo, para comprobar qué está pensando, y me encuentro con un ceño lleno de incertidumbre. Y de dolor.
—No sé cómo te atreves a decirme eso cinco segundos antes de que tenga que marcharme —ruge enfadado.
—Yo no iba a decirte nada, has sido tú quien me ha traído para intentar convencerme una vez más de que tus intenciones son honestas, independientemente de las de Ava; pero no te das cuenta de que si todo estuviera bien, si tú mismo no tuvieras duda alguna de tus sentimientos, no tendrías que venir a explicarme por enésima vez que lo que estoy presenciando entre tú y ella no es lo que parece.
—¿Qué es lo que estas presenciando, Christine? ¿Cómo fuerzo una situación para salirme con la mía? ¡Eso es lo que siempre hago! ¡Ese es mi trabajo! —exclama exasperado.
—No. Lo que estoy presenciando es la admiración que esa mujer maquiavélica suscita en ti, lo que estoy presenciando es lo fácil que le resulta llevarte a su terreno. Y también soy consciente de que tú no lo eres.
Su mirada se oscurece, y me sorprende mucho ver cómo cambia su postura.
Está dolido porque no me comprende, aunque no me extraña, ni siquiera yo comprendo muy bien lo que siento; pero también está muy enfadado.
Él se endereza y da dos pasos hacia mí, pero antes de dar el tercero, ese que lo pondría tan cerca como para poder abrazarme, se contiene.
Quiere que atienda a razones, a sus razones, pero no quiere imponerse conmigo.
Y está desesperado por que yo cambie de opinión.
—Creía que me conocías, que haber eliminado mis defensas contigo había servido para crear algo solo nuestro; pero veo que me he equivocado.