Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

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Sebastian agarró a Ava por el brazo para evitar cualquier intento de huida y casi la arrastró hasta su apartamento. No se detuvo en el hall , ni tampoco la llevó al salón, como ella pensaba, sino que se dirigió inmediatamente escaleras arriba hacia su laboratorio, donde Christine seguía trabajando.

Cuando Christine vio a Ava entrar en el despacho, abrió la boca, sorprendida, y volvió a sentir la rabia inundando su pecho, pero se contuvo e intentó no mostrar cuánto le afectaba ver a aquella mujer en el espacio que consideraba especial en su relación con Sebastian.

Buscó la mirada de su amante para intentar entender por qué era Ava, y no Richard, quien lo había acompañado al apartamento; pero Sebastian no le devolvió la mirada, estaba demasiado ocupado zarandeando a Ava, a la que lanzó sobre una silla, visiblemente enfadado.

—Ahora vas a contárnoslo todo, y te lo advierto antes de que empieces: no juegues conmigo. Ya estoy cansado de dar vueltas mientras que tú te ríes a mis espaldas —la amenazó, sentándose frente a ella con los brazos cruzados.

Olivia se colocó junto a Sebastian para apoyar la presión sobre Ava, no sin antes dirigirle una mirada a Christine para comprobar su nivel de incomodidad. Christine asintió como silenciosa respuesta, tranquilizando a la agente de policía.

—Has venido a rescatarme —empezó Ava, con una sonrisa, intentando mantener su papel de seductora sin escrúpulos.

—No, iba a sonsacarte información, pero no tenía ganas de ver tus sesos esparcidos sobre la tapicería de tu sofá. Limpiarlo resultaría una ardua tarea y es una pena estropear telas de tanta calidad —respondió Sebastian, impertérrito.

—Tú ganas, Bash. —Ava bajó la cabeza, consciente de que su situación no dejaba espacio alguno para seguir fingiendo—. Me habéis salvado, los dos, y os estoy muy agradecida. No creía que podrían encontrarme, pero está claro que hay demasiados intereses puestos sobre mi cabeza.

—Déjate de halagos y dinos por qué hay toneladas de fertilizante bajo la Torre de Londres. ¿Quién está detrás de todo esto, Ava?

Ava respiró hondo, se enderezó en su silla y, mirando a Sebastian con preocupación, empezó a hablar.

—Hace unos cuatro años, alguien se puso en contacto conmigo para ofrecerme un acuerdo muy ventajoso a nivel económico al que, básicamente, tampoco me pude negar, ya que en el momento en que se me reveló que yo había sido la elegida, y sin saber aún de qué se trataba, se me dio a entender que, si no cooperaba, acabarían conmigo de igual forma.

—¿En qué consistía? —preguntó Sebastian, extrañado a la par que intrigado.

—Se me hizo llegar un listado de personalidades del panorama político internacional, los cuales, por una razón u otra, iban a someterse a una operación.

Mi contacto se las arreglaría para que yo fuese la doctora encargada de realizar la intervención, independientemente del centro en el que esta fuese a tener lugar.

—¿Estamos hablando de centros privados? —inquirió Olivia.

—No solamente privados, también tuve que operar en hospitales nacionales —respondió Ava—.

Mi labor consistía en implantarles un chip antes de finalizar la intervención, un dispositivo minúsculo que no aparece en radiografías ni es detectado por radiofrecuencia; a cambio, se me pagaría una cuantía demasiado sustanciosa como para ser rechazada, así como acceso a cierta información de mi agrado.

—Espera, espera un momento. —Sebastian se había detenido a valorar los chips que conocía mientras ella hablaba, pero la información de la que disponía no cuadraba con lo que ella decía —. No existe ningún dispositivo que no aparezca en radiografías o ecografías…

—Sí existe —lo interrumpió Ava—. Sebastian, tienes que intentar abrir tu mente un poco. No todo lo que existe está al alcance del conocimiento de todo el mundo, igual que no todo lo que se puede hacer con una persona durante una operación, sin acabar con su vida, es de dominio público.

—Está bien. ¿Y para qué sirve ese dispositivo? —continuó Sebastian, ignorando por el momento lo que implicaban ambas afirmaciones, vencido por la repulsión que le provocaron las imágenes asociadas a ellas.

—Tiene varias aplicaciones. La principal es el rastreo, aunque también se puede utilizar para… acabar con la vida del portador —añadió Ava, sintiéndose repentinamente juzgada.

—¿Te has avenido a implantar un chip, que puede ser fatal, en el cuerpo de una persona? —preguntó Sebastian, asqueado—. Tu codicia no tiene límites…

—¡No lo hice por dinero! —replicó exaltada—. ¡Acabo de decirte que me vi obligada a ello!

—¡Eso cuéntaselo a otro! —respondió Sebastian, igual de alterado— No mientas, Ava, no funcionará conmigo. Ni siquiera te lo planteaste. En el momento en que supiste que habías sido elegida por tu reputación, tu orgullo se infló como un globo y accediste sin reparo alguno.

—No estabas allí, no sabes lo convincentes que pueden llegar a ser —murmuró Ava como tímida respuesta.

—No me hace falta haber presenciado la situación para estar seguro de que no tuviste dudas. Se te ofreció algo muy suculento, algo a lo que cualquier persona con un poco de empatía se habría negado; pero tú no has desarrollado ese gen —la acusó Sebastian.

—La empatía es el telón tras el que se esconden las mentes débiles —murmuró Ava, desafiante.

Sebastian se mantuvo en silencio, mirándola como si estuviese en presencia de un insecto sucio y ponzoñoso con el que tuviese que tratar forzosamente para evitar un mal mayor.

—Suponía que eras doctora, pero eres un súcubo, Ava Lutman.

—Gracias por el cumplido —respondió ella, con una media sonrisa—.

Pero dejemos las lisonjas para más tarde, querido, creo que el tiempo se nos echa encima.

Hace unos nueve meses, mi contacto volvió a enviarme un mensaje, solo que en este caso, su contenido era bastante inquietante.

Se me daba a entender que alguien sabía lo que yo había hecho, que corría un peligro inminente, y se me aconsejaba que abandonase mi residencia habitual y que me tomase unas vacaciones fuera del continente, para ver si se calmaban las aguas.

—Un momento —intervino Olivia—, estamos avanzando en la historia sin saber quién es tu contacto, Ava. Esa información ayudaría bastante a centrar el caso, ¿no crees?

—No sé quién es mi contacto —escupió Ava, molesta por la interrupción—. Como comprenderás, cuando se te encarga que realices una operación que no solo es ilegal, sino también inmoral, las instrucciones no vienen con remitente.

—Imagino que no, pero sí que debes saber al menos de dónde vienen las órdenes, aunque no sepas quién las imparta —respondió Olivia al punto.

Ava respiró hondo, volvió su mirada a Sebastian y alzó una ceja provocativa.

—Pensaba que la señorita Abberline era un mero adorno de tu persona, desconocía por completo su habilidad para pensar —soltó con sarcasmo.

—Al contrario de lo que supones, Olivia es de una utilidad imprescindible, y su valía es mayor que lo que se le quiere atribuir.

Olivia sonrió ampliamente, orgullosa de sentirse defendida por Sebastian.

—Pues sí, señorita Abberline, sé de dónde vienen las órdenes y también sé quién confeccionó esa lista, pero me temo que esa información no es susceptible de ser conocida por…

—¡Te he dicho que no quiero juegos, Ava! —bramó Sebastian—. Si sigues haciéndonos perder el tiempo, te aseguro que la próxima vez no apareceré en el último momento, ni me jugaré mi vida para salvar la tuya.

Ava tragó saliva, sorprendida ante el arranque de Sebastian, y bajó la mirada hasta clavarla en el suelo.

—Las órdenes provienen de un alto cargo del gobierno británico —confesó en un murmullo—, alguien que debe ser muy cercano a Richard, Sebastian.

Sintió una corriente helada atravesando su espina dorsal. Sebastian se giró para mirar a Christine a los ojos, confirmando al observar su expresión que había oído correctamente.

—¿Del gobierno? ¿Lo dices en serio, Ava? —la interpeló Olivia.

—Así es.

—¿Estaba Richard en esa lista?

La mirada del detective estaba llena de aprensión, pero también de una urgencia desmedida por conocer la verdad. Ava mantuvo el suspense unos instantes, pero finalmente asintió.

—Ya te dije que tengo información relevante de muchas personas influyentes, Bash.

Sebastian se irguió en toda su estatura y respiro hondo, intentando centrar sus pensamientos. Así que su tío no era el dechado de virtudes que se atribuía. Tenía secretos, secretos oscuros e inconfesables, y Ava había tenido acceso a ellos.

—¿Y él también tiene implantado un chip? —volvió a preguntar, su expresión una máscara impenetrable.

—No. Él estaba en la lista porque pidió que así fuera —respondió Ava, sorprendiendo aún más a Sebastian—. Necesitaba una intervención que no quería que trascendiese entre sus familiares, así que solicitó mis servicios a través del gobierno, para garantizar la confidencialidad.

Sebastian se quedó mirándola durante unos segundos mientras intentaba conjeturar qué era aquello que Richard necesitaba ocultar a todo el mundo, incluidos sus familiares, y por qué había elegido confiar en Ava, sabiendo de lo que era capaz.

Desgraciadamente, supo que ella no le diría nada más, así que tendría que probar con Richard, aunque no tenía ni idea de cómo abordar la situación cuando llegase el momento.

Christine también miraba a Ava, totalmente desconcertada, pero por una razón muy distinta a la de su pareja. Le había impactado mucho saber que Richard también tenía trapos sucios que ocultar, pero aún le había impactado más escuchar a Ava dirigirse a Sebastian por aquel diminutivo.

Lo había llamado Bash. Dos veces.